Danubio azul: Hamburgo


Por Ricardo Bosque, Jokin Ibáñez y Jesús Lens

El elemento de Hamburgo es el agua: hay más canales y puentes en la ciudad alemana que en Amsterdam o Venecia, y el Aussenalster es el mayor lago urbano de Europa. Llueve durante todo el año.

No lo decimos nosotros, tampoco la omnisciente Wikipedia. Lo dice Jan Fabel, Erster Kriminalhauptkommissar (primer comisario general) de la Policía de Hamburgo.

También dice Fabel que Hamburgo es “el barrio más al este de Londres”. Tal vez por eso The Beatles tocaron por primera vez fuera de Inglaterra en la ciudad alemana, en el bar Indra concretamente. Y esto último sí lo decimos nosotros, algo teníamos que poner de nuestra propia cosecha.

Pero vayamos con Fabel, uno de los dos personajes que viven o trabajan en Hamburgo y que nos van a acompañar en nuestra visita por la ciudad alemana. Y que, como el que conoceremos un poco más adelante, es historiador aunque no ejerza como tal -un dramático suceso le alejó de su vocación y le acercó a su actual profesión-, si bien los conocimientos de Historia Europea adquiridos en su paso por la universidad nunca están de más a la hora de resolver los casos que le van cayendo en suerte.

De padre frisio-alemán, madre escocesa y educación inglesa -le suelen conocer como “el comisario inglés”- Fabel estuvo a punto de ser bautizado con el gaélico nombre de Iain, aunque finalmente recibió el de Jan, más asumible por sus vecinos hamburgueses. Por supuesto, en estos orígenes mezclados tiene mucho que ver -todo, en realidad- su padre literario, Craig Russell, escocés de Fife, apasionado por la historia alemana y que fue cocinero antes que fraile. En nuestro caso, policía antes que escritor.

Craig Russell

Fabel es un tipo extremadamente serio, casi diríamos que incapaz de sonreír -de gastar una broma, ni hablamos- y dedicado en cuerpo y alma a su profesión. Divorciado como tantos otros policías de ficcción y padre de una hija a la que ve de ciento a viento, aficionado a la música clásica  y a la lectura de diccionarios y a otros libros elegidos que le proporciona su librero de cabecera. En esto último el lector de esta guía verá una clara similitud con el ateniense Jaritos, pero que nadie se engañe pues es en lo único en que ambos se parecen. En todo lo demás son tan radicalmente distintos como diferentes son el BMW descapotable que conduce el alemán y el Mirafiori antediluviano del ateniense. O como lo bien que come el griego -gracias en parte a los cuidados que le proporciona su esposa Adrianí- y lo mal que se alimenta el teutón.

En lo profesional, los asuntos a los que Fabel se enfrenta en las cinco novelas que se han publicado hasta la fecha en España -aunque no todas ellas transcurren en Hamburgo- responden al patrón a que nos tienen bastante acostumbrados los autores centroeuropeos, nórdicos y parte de los anglosajones, con asesinos en serie a la vuelta de cada esquina cuyas dos únicas obsesiones parecen ser: 1) ser más bruto y despiadado que cualquiera de sus antecesores y 2) desafiar al policía de turno a que logre detenerlo, como si no hubiera cosas menos sangrientas a las que jugar.

Y la partida empieza pronto para Fabel, ya en la primera de las novelas que componen la serie cuando el policía recibe un correo electrónico en el que el asesino de dos mujeres -hasta el momento, que todo es empezar- desafía abiertamente al comisario: “Podrás atraparme, pero no detenerme”. Con un arranque así es comprensible que el lector piense que se se encuentra ante otro psicópata sanguinario con deseos de notoriedad y sin escrúpulo alguno, uno más que engrosará la nómina de desequilibrados que acostumbramos a ver en novelas parecidas. Sin embargo, pronto intuiremos que en la trastienda se esconde algo mucho más elaborado, que no estamos ante otra novela de tipos que deberían vestir camisa de fuerza hasta para dormir en lugar de dedicarse a retar a la Policía.

Y por supuesto que hay mucho más. Hay un montón de cuerpos policiales y militares –de nombres excesivamente largos e impronunciables para alguien que no sabe alemán– enfrentados entre sí, varios grupos mafiosos turcos y ucranianos disputándose los negocios sucios que surgen cada día en las calles de Hamburgo, políticos vinculados al pasado nazi de Alemania, especulación inmobiliaria y blanqueo de dinero a la vuelta de cada esquina de la ciudad… Y la propia ciudad, Hamburgo, como escenario de todo tipo de tropelías. Una ciudad en la que, debido a sus especiales características, no siempre nos moveremos sobre cuatro ruedas. A menudo utilizaremos los transbordadores para, por ejemplo, desplazarnos por el Binnenalster -uno de los dos grandes lagos artificiales de Hamburgo- y hacer una parada técnica para repostar en alguno de los bares bajo soportales en los que tomar, junto a Fabel, una ensalada Matjes y una cerveza Jever con la que acompañar los típicos arenques. Si después de la ensalada y los arenques queremos algo más caliente siempre podemos acercarnos al cercano distrito de Sankt Pauli, el que pasa por ser el barrio rojo más extenso de Europa y en el que encontraremos cualquier cosa que busquemos en materia sexual. Lo que no está claro es que, con su carácter reservado, el comisario nos invite a conocer su apartamento en el barrio de Rotherbaum, frente al Aussenalter, el mayor de los dos grandes lagos de la ciudad. Más fácil es que nos reciba en su despacho del Polizeipräsidium -la jefatura central de policía de Hamburgo-, ubicada en un llamativo edificio circular al norte de Hamburgo.

Polizeipraesidium Hamburgo

Hamburgo, la ciudad que ama y vigila. Son, nuevamente, sus propias palabras.

Con un inicio de serie así de desafiante no es extraño que en sucesivas entregas de la misma nuestro Erster Kriminalhauptkommissar se tope con individuos que matan siguiendo el hilo de los cuentos folclóricos y las leyendas populares recopilados tiempo atrás por los hermanos Grimm, esos cuentos catalogados como infantiles que todos conocemos y que más de una pesadilla han provocado en muchos de nosotros. O que maten a hombres de mediana edad a los que arranca la cabellera como si de un vulgar sioux se tratara.

Excusas, siempre excusas de las que se sirve Russell a través de Fabel para contarnos parte de la historia europea más reciente que siempre parece estar en el trasfondo de tan sanguinarios crímenes. Un Fabel que sabe rodearse, por cierto, de un equipo compacto -qué lejos estamos de esa soledad de los detectives que conocimos en los orígenes del género- del que nos gustaría destacar -antes de conocer a nuestro siguiente acompañante- a dos de sus integrantes, dos mujeres radicalmente opuestas: Maria Klee, siempre bien vestida, inteligente y metódica a quien podríamos considerar su mano derecha, y Anne Wolff, una chica impulsiva que luce atuendos informales tirando a punks y en quien, en cierto modo y mirándola con detenimiento  vemos a una antecesora de la insociable sueca Salander aunque, en este caso, del lado más oficial y ortodoxo de la ley y el orden.

Decíamos al principio de este capítulo dedicado a Hamburgo que los dos personajes en quienes íbamos a centrarnos compartían licenciatura universitaria en Historia, algo que puede parecer lógico teniendo en cuenta que, si hay un país marcado por la historia -al menos por la historia europea más reciente-, ese país es Alemania. Holocausto, genocidio, guerra fría… ¿Les suenan estos términos? Desgraciadamente, seguro que la respuesta es afirmativa.

Por ello no es de extrañar que quien se va a encargar de acompañarnos en la segunda parte de nuestra estancia en Hamburgo también sea licenciado en Historia. Pero, a diferencia de Jan Fabel -cuyo gusto por la materia es vocacional-, el personaje del que vamos a hablar a continuación hizo de su carrera profesión y ejerce su actividad laboral en la universidad de Hamburgo. Se trata del profesor y aspirante a catedrático -si algún día es capaz de terminar su tesis doctoral, cuando ponga orden en esa pila inacabable de papeles que él mismo llama “la montaña de la vergüenza- Josef Maria Stachelmann quien, si bien reside en la cercana Lübeck, debe desplazarse diariamente a Hamburgo para impartir sus clases sobre el nacionalsocialismo.

Si queremos ser sinceros -y por qué no íbamos a serlo, nos preguntamos- tendremos que reconocer que este historiador profesional nos parece más interesante como personaje que quien nos ha guiado hasta ahora por las calles y canales de Hamburgo, ya sea por su caracterización alejada de los tópicos del género o porque el objeto de sus investigaciones extraacadémicas -aunque no sea policía tiene una facilidad pasmosa para meterse en líos que, a menudo, le sobrepasan- resulta más original e instructivo a la hora de que el lector se forme una visión de conjunto de la historia alemana más reciente, tanto en la inevitable mirada al nazismo de los años treinta u cuarenta como a la época de la Guerra Fría y sus consecuencias posteriores o a las actividades terroristas de grupos como aquella Rote Armee Fraktion -Fracción del Ejército Rojo, tal vez más conocida por los apellidos de dos de sus componentes más destacados: Baader-Meinhof- tan activa en los setenta.

Cuarentón, con frecuentes dolores de espalda motivados por la artritis, Stachelmann representa la antítesis del héroe, del hombre de acción. Sin embargo, y como acabamos de decir, demuestra una facilidad asombrosa para meterse donde no le llaman, aunque esto -si lo pensamos bien- no sea del todo cierto ya que en ocasiones es su amigo, el comisario Ossi, o el propio rector de la universidad, quienes le dan vela en unos entierros de los que suele salir mal parado, a veces incluso acusado de los propios delitos que investiga. Un pobre desgraciado. Un poco gafe, si ustedes lo prefieren. Y tal vez por eso nos caiga bien, porque a cualquiera de nosotros, como a Stachelmann, le es aplicable aquello de que la curiosidad mató al gato.

A pesar de todo -o quizás gracias a ello-, Stachelmann resulta atractivo para las mujeres aunque algunas de ellas no duden en utilizarle al más puro estilo femme fatale: ya saben, la Joan Bennett de turno que se sirve de un ingenuo profesor interpretado por Edward G. Robinson para conseguir sus fines, la Stanwyck envuelta en toalla blanca y camelando a un ambicioso MacMurray… O, en el caso que nos ocupa, la mujer del candidato perfecto a la cátedra a la que aspira y con quien termina en la cama tras una noche pasada por alcohol. El candidato terminará peor, desde luego, y Stachelmann tendrá motivos suficientes como para plantearse muy seriamente no volver a beber y jamás introducirse en lechos conyugales ajenos.

Stachelmann es, además, la demostración palpable de que un horror como el vivido en Alemania hace tan solo setenta años no se olvida de un plumazo, que unas heridas tan profundas no cicatrizan en solo una generación y que no hay alemán vivo que pueda presumir de no tener antecedentes familiares vinculados de un modo u otro con el régimen de Hitler, ya sea por acción o por omisión. Y resulta interesante y reconfortante comprobar cómo muchos hombres y mujeres de su quinta tratan de levantar la cabeza y no negar lo sucedido sino asimilar que ellos no tuvieron ninguna culpa en lo sucedido. Aunque, como en el caso de nuestro historiador, su propio padre le trate de hacer comprender que, si no hubiera colaborado, él no habría llegado a nacer. Algo que, desde luego, no sirve de consuelo a Stachelmann, quien tal vez habría preferido no nacer en tales condiciones. Pero ya se sabe que, en ocasiones, se puede decidir sobre la propia muerte; sobre el nacimiento, nunca.

Bien, nuestro recorrido por la cuenca de un Danubio más negro que azul llega a su fin. Pero el viaje continúa, todavía quedan unos cuantos miles de kilómetros para completar la vuelta al mundo criminal y un día de estos viajaremos a Amsterdam donde, acompañados por los detectives Henk Grijpstra y Rinus De Gier -y algunos otros más- iniciaremos nuestro circuito por el Mar del Norte, el Báltico y los Países Escandinavos, donde conoceremos a unos cuantos asesinos en serie que harían palidecer a los enemigos de Fabel. ¿Será cosa del clima?

Ruta completa: Viena – Zúrich – Mannheim – FráncfortBerlínHamburgo

 

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