África Negra: Trekkesburg



Por Ricardo Bosque, Jokin Ibáñez y Jesús Lens

“La novela negra se filtra por otro canal. La gente la lee en principio para evadirse, para pasar un buen rato. Y ese era el terreno en que yo pensaba que realmente podía golpear con más eficacia a un público conservador”.

Las palabras no son nuestras, aunque no tendríamos problema alguno en suscribirlas. En realidad, fueron pronunciadas en algún momento por James McClure y el público, ese público conservador al que se estaba refiriendo, era el integrado por los lectores de la Sudáfrica del apartheid de los años setenta.

Tal vez al leer lo que sigue alguien se eche las manos a la cabeza, pero nos atrevemos a aventurar -menudos somos nosotros- que si Berlanga o Azcona no hubieran nacido en Valencia o Logroño respectivamente sino en Pietermaritzburg y se hubieran dedicado a esto de la novela negra, es muy probable que se hubieran llamado James McClure.

Pietermaritzburg

Y es que tanto James McClure como el tándem formado por Luis García Berlanga y Rafael Azcona se sirvieron del humor, de los personajes a veces surrealistas y de la aparente ingenuidad de sus hechos y dichos para denunciar la situación política de sus respectivos países y hacernos llegar -los unos a través del celuloide, el otro a través de la celulosa- su visión crítica de la sociedad en la que les tocó vivir, la nacionalcatolicista española o la racista -y también profundamente cristiana, lo que son las cosas- sudafricana. Y todo mediante la descripción fiel -pero intentando no emitir juicios de valor, en cuyo caso el censor de turno en el caso de los españoles se habría dado cuenta de la jugada- de lo que sus ojos y los de cualquiera con algo de sensibilidad podían observar a su alrededor.

Para ello, McClure -que es, en definitiva, de quien queremos hablar aquí- se sirvió de una de las parejas más peculiares que ha dado la literatura criminal: el teniente blanco Tromp Kramer y el sargento negro -cafre por más señas- Michael Zondi, ambos integrantes de la Brigada de Homicidios de Trekkesburg, localidad imaginaria que bien podría ser la Pietermaritzburg natal del autor. Y no se crean que la elección de los protagonistas respondía a ese recurso a lo antagónico que tan buen resultado suele dar -el alto y el bajo, el gordo y el flaco, el tonto y el listo- o a una decisión arbitraria fruto del capricho del autor. Qué va: si Kramer era blanco y Zondi, negro, es porque así se conformaban las parejas policiales sudafricanas de la época. La razón: que el poli blanco -que no bueno- pudiera interrogar a la clase dominante de su mismo color (si bien no era lo mismo enfrentarse a un inglés que a un bóer, pongamos por caso) y el poli negro -que no malo- hiciera lo propio con los sirvientes (valga la matización anterior pero ahora distinguiendo entre zulúes y bantúes, entre otros).

James McClure

Pero siendo importante y evidente la diferencia de color entre ambos personajes, no es lo único que los hace distintos, pues tampoco sus hábitos, sus caracteres o su educación se parecen demasiado.

Kramer es un tipo malhumorado, solitario tanto en el trabajo como en su vida personal -de la que solo conocemos algo de la que parece ser su única relación sentimental más o menos estable, la que mantiene con la viuda Fourie-. Fumador incansable de sus inseparables Lucky Strike y no demasiado complaciente con la superioridad -ni en el aspecto estrictamente laboral ni en la sociedad en su conjunto- en ocasiones puede parecer racista -lo extraño sería lo contrario en un país como Sudáfrica- aunque haga una excepción, tal vez interesada, con su compañero de fatigas Zondi.  

En cuanto a éste​, es un tipo estilizado y elegante en el vestir, aunque uno no termine de comprender cómo hace para usar habitualmente traje completo y sombrero ​aún en los escenarios más calurosos y rurales que se puedan imaginar. Inteligente como es, además de hablar varios de los once idiomas oficiales del país, sabe mostrarse lo suficientemente sumiso como para no resultar arrogante ante quienes consideran escoria a todo aquello que no sea de color blanco. Y si Kramer es un solitario sentimental, apunten otra diferencia entre ambos: Zondi está casado y tiene tres hijos​.​

Tan diferentes y quizás por ello tan complementarios, juntos y en buena armonía -a pesar de las puyas verbales con que se obsequian mutuamente de vez en cuando- resolvieron un total de ocho complicados casos entre 1971 y 1991, tan  solo cuatro de ellos traducidos al castellano: El cerdo de vapor (The Steam Pig, 1971), El leopardo de la medianoche (The Caterpillar Cop, 1972), El huevo ingenioso o El huevo con truco (​The Artful Egg, 1984) y La canción del perro (The Song Dog, 1991)​​​​​​​​​​​​​.

La primera de las cuatro novelas -primera también de toda la serie- supuso un prometedor debut​​, pues con ella obtuvo McClure el premio Gold Dagger de la Asociación Británica de Escritores de Novela Negra.​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​ ​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​ ​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​ Y​ ya en su arranque ​​​​​​​​​​​​​​​contenía curiosas enseñanzas, demostrando​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​ ​​​​​​​que la novela negra puede ser tremendamente edificante, pedagógica e ilustrativa de los modos de vida -y de muerte- en diferentes ​​​​​​​​​​​culturas. Por ejemplo, ¿sabían ustedes ​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​que el radio de una bicicleta es uno de los aliados preferidos por ​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​ ​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​los bantúes de mala fe? De hecho, tienen la mala costumbre de afilarlos e introducirlos por la espina dorsal de sus víctimas, pero antes tienen el detalle de esterilizar la punta con una cerilla para evitar infecciones y tener así la certeza de que el pinchado vivirá lo suficiente para lamentar los errores que haya podido cometer en vida.

Pero no se crean que esta muestra de arte asesino es una excepción en la obra de McClure. Todo lo contrario, supone una declaración de intenciones acerca de cómo será lo que leamos a continuación y no solo en esa novela sino en todas las que protagonicen Kramer y Zondi pues, como adelantábamos al principio, la ironía y el surrealismo son dos constantes en las investigaciones de esta peculiar pareja de baile.

“La canción del perro”, primera novela de la serie aunque escrita y editada en último lugar

Y el humor, un humor socarrón que el autor deja caer como quien no quiere la cosa cuando, por ejemplo y para describir físicamente a una mujer no demasiado agraciada viene a decir: “Frente a Kramer se encontraba el presidente Paul Kruger sin barba. Tardó un instante en darse cuenta de que se había dejado los pechos a cambio”. Ya solo nos queda buscar una imagen del citado presidente en internet -algo con lo que no contaba McClure en su época por razones obvias, pero tengamos en cuenta que sus potenciales lectores conocían sobradamente al susodicho- para tener una imagen clara y precisa de cómo era la señora en cuestión.

Y si las tramas son originales -sobre todo el modo en que arrancan los casos, como una autopsia realizada sobre el cadáver equivocado o la desinteresada colaboración de un Club de Detectives que no es otra cosa que una especie de Juventudes Racistas en las que formar a los hombres blancos del futuro-, lo que realmente distingue a las novelas protagonizadas por Kramer y Zondi es la caracterización exquisita de sus personajes -principales, secundarios, transitorios o referenciales- gracias a los cuales obtenemos un detallado análisis de cómo era la compleja situación sudafricana de los años setenta utilizando, como ya hemos dicho, el humor como mejor modo de denunciar las aberraciones de una sociedad clasista y racista.

Terminamos ya el paseo por Trekkesburg y lo hacemos parafraseando a Tromp Kromer cuando dice, en El cerdo de vapor, que cuando se ha leído un asesinato bantú -en referencia a los informes policiales necesarios en toda investigación- ya  se han leído todos. Bien, puede que sea cierto en el caso de los informes policiales, pero no cometan ustedes el imperdonable error de leer una sola de las novelas de McClure. Léanlas todas -desgraciadamente, sólo las cuatro citadas están traducidas al castellano- y, cuando terminen con la última, vuelvan a empezar por la primera.

Nos lo agradecerán.

Ruta completa: Ciudad del Cabo – Trekkesburg – Gaborone – Bamako – Dakar

 

2 comentarios en “África Negra: Trekkesburg

  1. Lo que me fastidia de este tipo de reseñas es que me ponen los dientes largos como los de un conejo. Si sigo todos vuestros consejos, me harían falta varias vidas para leer todo lo que me atrae.
    Excelente post. 🙂

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