África Negra: Gaborone



Por Ricardo Bosque, Jokin Ibáñez y Jesús Lens

Requisitos necesarios -pero no suficientes- para obtener una novela policíaca exitosa:

1. -Cree un personaje atractivo aunque no necesariamente guapo, casi siempre masculino, marcado por algún pasado que le atormenta, con un hijo al que apenas ve por culpa de un traumático divorcio y, a poder ser, con tendencia al alcoholismo. Si le gusta el jazz, miel sobre hojuelas.

2. -Haga que se mueva por un entorno urbano, estresante pero en el que se encuentre como pez en el agua.

3. -Enfréntele a algún asesino en serie, tan desocupado y con ganas de llamar la atención -se diría que los delincuentes en general y los asesinos en serie en particular deberían ser lo más discretos posible, pero parece ser que no es así- que su única obsesión es dejar las pistas necesarias para que el protagonista encuentre la pauta común que lleve a su detención. Si lo desea, incluso puede permitir que el asesino establezca contacto directo -aunque sea a través de mensajes de correo electrónico, lo de los anónimos confeccionados con recortes de periódico ya no se lleva- con quien deba capturarle.

4. -Introduzca en la trama alguna escena de sexo, aunque tampoco se pase -el pornothriller es otro género diferente-. Tenga en cuenta que el protagonista está divorciado pero eso no significa que haya perdido el apetito por la carne.

5. -El protagonista, a pesar de ser un profesional del ramo, debe sentir aversión por las armas de fuego, tal vez porque accidentalmente provocó en el pasado la muerte de un inocente -véase aquí lo dicho en el apartado primero.

Con todos estos mimbres, y si además es usted capaz de mantener una cierta tensión narrativa, sabe algo de gramática y ortografía -tampoco se preocupe demasiado, las editoriales disponen de buenos correctores- y cuenta con un agente literario que sepa hacer su trabajo, es bastante probable que su novela esté durante al menos un mes en las estanterías de librerías y centros comerciales.

Pero supongamos que no le gusta lo convencional. En ese caso, otra opción es inventarse un tipo de personaje muy diferente y ver si suena la flauta y consigue el beneplácito del respetable. Por ejemplo, imagine una mujer bondadosa, tierna, respetuosa con sus vecinos, entrada en carnes, partidaria de los noviazgos largos y dispuesta a adoptar a un par de mocosos del orfanato más cercano. Ah, y no permita  que beba wiskhy; si tiene sed, que tome siempre infusiones, pongamos té de roiboos, también por ejemplo.

En este caso, tal vez una gran ciudad del primer mundo no sea el escenario más adecuado, así que hágale abrir una agencia de detectives en un país muy, muy lejano, a poder ser que suene a exótico.


¿Un país africano, tal vez? Pues mucho lo sentimos, pero eso también está inventado, en concreto por el escocés -aunque nacido en Zimbabue- Alexander McCall Smith, quien, allá por 1998, parió a Precious Ramotswe, la primera detective de Botswana.

Desde entonces, trece han sido las novelas protagonizadas por esta encantadora mujer que dice de sí mismo tener una complexión tradicional -eufemismo inequívoco para reconocer que jamás podrá desfilar en la Madrid Cibeles Fashion Week-, siete de ellas afortunadamente publicadas en España.

En un a modo de breve biografía personal, diremos que Mma Ramotswe se acerca a la cuarentena y es huérfana por partida doble, ya que su madre murió atropellada por un tren cuando ella era todavía un bebé y su padre falleció bastantes años después. En asuntos amorosos tampoco le fue muy bien, ya que estuvo casada un tiempo con el trompetista Note Mokoti, de quien se divorció harta de padecer malos tratos. Eso sí, al inicio de la serie las cosas mejoraron e inició un eterno noviazgo con el señor J. L. B. Matekoni -propietario del taller mecánico Speedy Motors-, con quien llegará a adoptar a dos huérfanos, formando así una familia estable y bien avenida.

En lo profesional, apuntaremos que de su padre heredó una partida de ganado, pero no viéndose en el papel de pastora decidió venderlo y, con el dinero obtenido,abrió la que pasa por ser la primera agencia de mujeres detectives de Botswana.

Inspirada siempre por su libro de cabecera -“Los principios de la investigación privada”, de Clovis Andersen- y con el apoyo constante de su secretaria Grace Makutsi -poco agraciada físicamente pero con un considerable nivel intelectual que le permitió graduarse con honores en la Escuela de secretariado de Gaborone-, Mma Ramotswe deberá investigar asuntos que en nuestro violento mundo civilizado no merecerían ni dos líneas en las páginas interiores de un periódico de provincias: maridos que se van a por tabaco y se olvidan de regresar a sus casas, robos de escasa cuantía, la idoneidad moral de las aspirantes a Miss Botswana, las fundadas sospechas de la rica propietaria de una cadena de peluquerías acerca de los verdaderos intereses de sus muchos pretendientes…

Pero es que estamos en un país feliz -tal vez no tanto como sugiere el autor, pero bastante más que los de su entorno geográfico-, un país democrático desde su independencia en 1966 y en el que conviven -en razonable armonía- diferentes etnias, un reducto de calma en un continente tan convulso como África en el que las hambrunas y los golpes de Estado constituyen el pan nuestro de cada día. Y un escenario así no puede generar más disputas que las cotidianas en cualquier patio de vecinos que se lleven meridianamente bien.

Así pues, y a falta de enigmas complicados a los que el lector pueda enfrentarse, el interés de las novelas protagonizadas por Precious Ramotswe radica en la observación de lo rutinario, pero lo rutinario de un país no demasiado habitual en las estanterías occidentales, un país en el que el tiempo no vuela sino que se desliza con suavidad y en el que las cosas nimias se revelan como las verdaderamente importantes.

En definitiva, costumbrismo, buen humor y pequeñas dosis de intriga de la de andar por casa. Para que ustedes se hagan una idea, si Precious Ramotswe y Grace Makutsi no hubieran nacido junto al desierto de Kalahari sino en el corazón de la Mancha, podrían haberse llamado Plinio y Lotario y muchos lectores apenas notarían la diferencia. Salvo por el sexo de las protagonistas, su color de piel y la dieta alimenticia -o la ausencia de ella- que llevan, claro.

Ruta completa: Ciudad del Cabo – Trekkesburg – Gaborone – Bamako – Dakar

 

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