África Negra: Bamako



Por Ricardo Bosque, Jokin Ibáñez y Jesús Lens

Suponemos que, a estas alturas de la película, ya habrá quedado demostrado -incluso para las mentes más santotomasianas- que el crimen no conoce fronteras, que allá donde residan dos o más individuos uno de ellos encontrará, sin tener que esforzarse demasiado, motivos más que suficientes para rajarle el pasapán a otro.

De acuerdo, podrá cambiar la naturaleza del criminal, tratarse de un asesino en serie o de alguien más partidario de los métodos artesanales -¿se han dado cuenta de que los asesinos en serie suelen surgir en sociedades en los que también la fabricación en serie y las cadenas de montaje están altamente implantadas?-, cambiarán los móviles -aunque sexo y dinero suelen ser alicientes universales a la hora de eliminar literalmente hablando a quien nos estorba- y los escenarios, urbanos o rurales, estarán más o menos trillados.

Y cuando alguien quiere matar, lo hace a poco que pueda.

Claro, vemos lo que sucede en Gaborone y es lógico que extraigamos una conclusión muy diferente, pero es que ya comentábamos que la capital de Botswana es la excepción a la regla, un mundo feliz, la Arcadia africana, vaya.

Así que abandonemos el Barrio Sésamo del género criminal, pongamos los pies en el suelo y visitemos otra ciudad que responde mejor a la imagen que, a fuerza de ver noticiarios televisivos, nos hemos formado del continente negro. Queremos tipismo, pobreza, calles mal asfaltadas, chabolas por doquier, charlatanes religiosos y corrupción, mucha corrupción, y lo vamos a tener. Para ello no tenemos más que viajar, por ejemplo, a Bamako, la capital de Malí.

Bamako es una ciudad relativamente grande, con cerca de dos millones de habitantes repartidos en su seis comunas, cada una de ellas distribuida en varios barrios. En uno de ellos, Banconi, viven -es un suponer, sería más exacto decir “sobreviven”- varios miles de personas, un 90 por ciento de ellas musulmanes y animistas el resto -los ateos y agnósticos no se estilan por estos lares o, al menos, no existen para las estadísticas oficiales- que obedecen a pies juntillas los dictados del imán de turno.

Y esta mención a la religiosidad de los habitantes de Banconi -de Bamako en general- no es gratuita, pues el marabú del barrio -un marabú, además de un ave carroñera africana es el representante del Islam en un determinado lugar y encargado de la educación de los niños; curiosa coincidencia de acepciones, ¿no creen?- es una pieza fundamental del caso al que deberán enfrentarse el comisario Habib y el inspector Sosso en El asesino de Banconi, novela del dramaturgo, cuentacuentos, editor y novelista Moussa Konaté.

Tres muertos hallados en las letrinas de sus respectivos domicilios y varios miles de francos en billetes falsos encontrados en la vivienda de un joven sin recursos son motivos más que suficientes para que el paternalista Habib y el principiante Sosso desplieguen todos sus recursos para encontrar al responsable antes de que otras fuerzas policiales -por ejemplo, la temible Policía Política- apliquen sus propios métodos para encontrar un cabeza de turco, independientemente de que éste sea el verdadero culpable o uno que pasaba por allí. Especialmente si, como consecuencia de los asesinatos, comienzan a producirse altercados espontáneos que cualquier régimen no demasiado democrático interpreta de inmediato como organizados intentos de desestabilizar el Estado, quedando así justificada la intervención de alguna de las muchas maquinarias represoras a su servicio.

Así pues, dispondrán de tres días, setenta y dos horas nada más para dar con el culpable, tiempo que emplearán para, además de hacer su trabajo -y hacerlo bien, por cierto- mostrarnos una ciudad que no despierta hasta que el sol está bien alto. Hasta entonces la ciudad, sus calles, sus viviendas y quienes las habitan, parecen encontrarse en un profundo letargo. Pero cuando despierta…

Cuando despierta, Bamako se convierte en un caos circulatorio en el que vehículos particulares compiten con los taxi-brousses -pequeños autobuses en los que nadie diría que pudieran entrar tantos viajeros como albergan en su interior-, bicicletas destartaladas, caballos y burros por hacer suyo el poco asfalto mal cuidado y el mucho polvo de las calles, componiendo unos pintorescos atascos que solo la autogestión de los implicados es capaz de resolver, aunque nadie sepa muy bien cómo lo consigue.

Y si desordenadas son sus calles, también lo son los mercados, las infraviviendas y, nadie lo diría por el respeto que se tiene hacia los muertos, los cementerios, espacios multifunción pues también hacen las veces de vertederos en los deshacerse de restos no necesariamente humanos.​

Lo único ordenado en Bamako son las jerarquías políticas, policiales y militares, obsesionadas con mantener el orden -su orden- mientras sus representantes ​engordan sus estómagos y sus cuentas bancarias en una relación directamente proporcional al modo en que adelgazan los ciudadanos a quienes dicen gobernar. Tarea ésta -la de mantener un cierto orden- harto difícil, porque, como dice el comisario Habib: “¿Cómo lograr que haya menos robos cuando cada vez hay más pobres? ¿Cómo conseguir que haya menos abortos clandestinos cuando hay cada día más mujeres a las que no queda nada más que su cuerpo por ofrecer?”

Ruta completa: Ciudad del Cabo – Trekkesburg – Gaborone – Bamako – Dakar

 

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