África Negra: Dakar



Por Ricardo Bosque, Jokin Ibáñez y Jesús Lens

A Dakar, es bueno llegar de noche. Porque la noche te confunde. Y, en África, más todavía.

Nada más recoger el macuto de la cinta de equipajes del aeropuerto, sales al aire libre y las primeras inhalaciones de una atmósfera cargada de los gases emanados de tubos de escape sin catalizador te dicen que no. Que no estás en la cómoda, purificada y liofilizada Europa. Estás en terra incógnita.

Entonces coges un taxi que, en cualquier otro continente, sería carne de chatarrería y, después de negociar el precio con el conductor, te ves recorriendo calles oscuras, extrañas y misteriosas, en cuyas aceras sientes la presencia de personas que pasan la madrugada al raso, hablando, descansando, durmiendo. Sientes su presencia, pero no les ves, su tez oscura camuflada en las tinieblas de la noche.

Los hay que, a veces, se calientan las manos junto a un fuego improvisado con cuatro palos. Porque, si bien es verdad que en África hacer calor, también hay madrugadas en las que te puede sorprender un inesperado frío helador, como ocurre en el arranque de Ramata, del senegalés Abasse Ndione.

“El sábado 3 de abril, día previo a la celebración de la fiesta nacional, la temperatura empezó a bajar de forma inusual ya desde primera hora de la mañana. De los veinticinco o treinta grados, normales en esa época del año, había descendido en picado hasta diez. Nadie recordaba que antes se hubiera cernido sobre el país una ola de frío tan rigurosa.”

No era bueno el presagio. En absoluto. Y por eso, avanzadas unas páginas de la narración de Ndione, se cruzará en nuestro camino el cadáver de una Guapa Señora.

“Claro que tú no debías conocerla. Ningún cliente del bar la conocía, aunque vivía aquí, en el Brisa del Mar. Su verdadero nombre es Ramata Kaba. Si me invitas a una copa de vino, jefe… te cuento su historia, que es muy interesante, además”.

No le faltaba razón al narrador. En dos sentidos: la Ramata que da título a la novela seguía siendo una belleza, aunque había perdido mucho desde sus días de vino y rosas. Y, por supuesto, el narrador acertaba de pleno cuando proclamaba que la vida de Ramata era apasionante. Las 346 páginas de la novela editada por Roca Editorial así lo atestiguan.

Ramata cuenta la historia de un país, Senegal, fracturado, que se desangra por culpa de unas desigualdades sociales abismales. Un país en que unos pocos, muy pocos, son apestosamente ricos mientras que una inmensa mayoría es escandalosamente pobre. Y el autor no evita criticar todos los estratos de una sociedad corrupta que permite que ello ocurra así, desde el papel de unas élites cuya responsabilidad y dejadez es manifiesta en el mantenimiento del statu quo, a los funcionarios corruptos, militares brutotes, periodistas timoratos y a una ciudadanía dejada y abandonada a la molicie, el sexo fácil y el alcoholismo.

Vamos, que Ndione no deja títere con cabeza en una novela que sirve para conocer los entresijos del Senegal mejor y con mayor profundidad que si lees cualquier tratado de historia o texto sociológico al uso. Y ello utilizando las herramientas propias del género más negro y criminal, por supuesto, con curiosidades como ésta, ¿propias solo del Tercer Mundo?:

“No bien se descubrió la fuga de Ramata de la clínica Dieynaba, como no existía ninguna agencia de detectives privados en todo el país, Armando hijo y su esposa recorrieron durante un día entero todos los servicios de Urgencias y los depósitos de cadáveres de los grandes hospitales de la capital. Una vez descartada la posibilidad de que le hubiera sobrevenido un accidente o la muerte en la vía pública, decidieron recurrir a la Policía y a los medios de comunicación, la única vía disponible en caso de desaparición”.

Las primeras ciento cuatro páginas de Ramata son excepcionales, condensándose en ellas toda la esencia del género. Lo que pasa es que Ramata tiene 346 páginas. Y, aunque las doscientas y pico restantes no sean ni mucho menos malas, no están a la altura de las primeras cien. Y, al final, eso acaba pesando en una novela que, por lo demás, es sensacional, con personajes desaforados, más grandes que la vida, encabezados por esa Ramata, la Madame Bovary africana, que da nombre a la historia.

Antes de pasarse ocho años de lucha, a brazo partido, con la novela que le hizo famoso, Ndione había publicado La vida en espiral, que llegó a España en 2010, a rebufo de la buena acogida de Ramata, publicada por la editorial Miscelánea.

En su debut literario, el autor senegalés, que vive en un tranquilo pueblo de pescadores llamado Rufisque, situado a veinte kilómetros de la caótica y bulliciosa Dakar, cuenta una historia de tráfico de marihuana en el que, por supuesto, están involucradas las más altas instancias del país africano, tanto policiales como judiciales.

Una narración, además, que juega con la reivindicación de las hazañas sexuales del protagonista de la novela, un leit motiv en la narrativa africana. Será que, cuando el demonio se aburre, con el rabo mata moscas, pero los personajes de la literatura del continente negro no suelen esconder o disimular su propensión por disfrutar del sexo, más o menos legítimo, más o menos adecuado, más o menos bien visto.

Ruta completa: Ciudad del Cabo – Trekkesburg – Gaborone – Bamako – Dakar

 

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