Crucero mediterráneo: París (I)

Por Ricardo Bosque, Jokin Ibáñez y Jesús Lens

Dos narraciones compiten por el privilegio de ser consideradas como las primeras de la historia del género policíaco, ambas publicadas en el mismo año, 1841: Un asunto tenebroso (Une tenebreuse affaire, 1841), de Honoré de Balzac, folletín cuya acción transcurre fundamentalmente en la localidad de Arcis-sur-Aube (región de Champagne-Ardenne) y que forma parte del proyecto literario La Comedia humana (La Comédie humaine); y, claro está, Los crímenes de la calle Morgue (The Murders in the Rue Morgue, 1841), de Edgar Allan Poe, relato que, además de ser el primero de carácter policíaco, inaugura la modalidad de la “habitación cerrada”. Y no solo eso, sirve además para marcar una tendencia que se prolongará durante varias décadas y que hará célebre a uno de los más aventajados alumnos de Auguste Dupin, protagonista de este relato y de los posteriores El misterio de Marie Rôget (The Mistery of Mary Rôget, 1942) y La carta robada (The Purloined Letter, 1844): la incapacidad manifiesta de las fuerzas policiales para resolver enigma alguno y la conveniencia, por tanto, de que sea un detective aficionado quien restablezca el necesario orden.

Y como no hay dos sin tres, todavía nos encontramos con otro iniciador del género en la persona de Émile Gaboriau, autor de cinco novelas policíacas protagonizadas por Lecoq, personaje abiertamente inspirado en el primer director de la Sûreté Nationale francesa, el otrora criminal Vidocq. La primera de la serie lleva por título El caso Lerouge ( L’Affaire Lerouge, 1863), y ya en ella aparecen todos los elementos clásicos, con un crimen en las primeras páginas y una investigación en toda regla que conducirá a la resolución del caso con el descubrimiento del culpable. Pero en esta su primera aparición, Lecoq no pasa de ser un joven inspector que comienza a dar sus primeros pasos de la mano del jefe de policía Gevrol y de Tirauclair, antiguo empleado del Monte de Piedad y policía aficionado dotado de grandes habilidades deductivas que será quien, en definitiva, resuelva el enigma planteado.

Verán ustedes que todas estas narraciones se desarrollan en Francia, dos de ellas en su capital. Así que, además de una misa, París bien vale un viajecito criminal, ¿no?

Arranca el siglo XX en París y lo hace, literaria y criminalmente hablando, mostrando a los lectores el punto de vista de la otra cara del delito, el sujeto que lo comete. Así, en 1907, nace de la pluma de Maurice Leblanc el más elegante de los ladrones, el que viste los guantes más blancos de la historia del crimen: Arsène Lupin, distinguido caballero que protagonizó, entre 1907 y 1941, un total de 25 publicaciones entre novelas, libros de relatos e incluso una obra de teatro, llegando hasta el extremo de enfrentar su descaro a la pericia de un maestro de la deducción como Sherlock Holmes.

Arsène es hijo de un profesor de boxeo y esgrima y debutó en su peculiar carrera criminal a la tierna edad de seis años. Apuesto, seductor, practicante de artes marciales y de una elevada formación cultural, con los años se convierte en una especie de Robin Hood o, en palabras de Sartre, en un “Cyrano de los bajos fondos”. Y a pesar de que el tiempo no pasa en balde para nadie, este auténtico héroe popular no quiso morir en la inacabada novela Los millones de Arsenio Lupin (Les milliards d’Arsène Lupin, 1941) y fueron otros dos franceses, Pierre Boileau y Thomas Narcejac, los encargados de recuperar al mito en 1973 con cinco pastiches profundamente respetuosos con el estilo de su creador.

Pero si Lupin representa la elegancia en el delito, la caballerosidad sin límite, el otro protagonista de la mayor parte de los crímenes cometidos en la Francia de principios de siglo es un tipo muy diferente, maestro del disfraz, incapaz de sentir remordimiento alguno por los crímenes que comete y que es mostrado como un sociópata de manual que disfruta matando de la forma más sádica que su mente enferma es capaz de imaginar. Se trata, ya lo habrán adivinado, de Fantômas, protagonista de 31 aventuras firmadas por Pierre Souvestre y Marcel Allain y 11 más escritas por el segundo en solitario tras la muerte de su colega en 1914. Por cierto, que aunque siempre se le haya considerado más francés que el gallo republicano, Fantômas está inspirado en un ladrón neoyorquino de padres mallorquines llamado Eduardo Arcos Puig y que tiene un papel importante en un par de novelas del escritor catalán José Luis Ibáñez, Matar en otoño y También mueren ángeles en primavera.

Mientras todo esto sucede, muy cerca de París, en concreto en el castillo de Glandier, un periodista metido a detective debe resolver otro de esos casos de habitación cerrada que tanto gustaban a los lectores de la época. Hablamos de Rouletabille, personaje creado por Gaston Leroux para El misterio del cuarto amarillo (Le mystère de la chambre jaune, 1907), publicada por primera vez en un suplemento literario y un año más tarde en forma de libro.

Sin embargo, será un poco más adelante y gracias al ofrecimiento que Arthème Fayard -el editor de Fantômas- hizo a un joven de 28 años totalmente desconocido, cuando se produzca el nacimiento literario del mejor cicerone parisino, aunque sus orígenes estén en un castillo del centro de Francia en el trabajaba su padre como administrador y su creador sea belga. Nos referimos, por supuesto, a George Simenon y su personaje más conocido, Jules Maigret, que aparece por vez primera en 1930 en una serie de novelas cortas escritas para el semanario Détective por encargo del periodista y novelista francés Joseph Kessel aunque será en 1931 cuando se publique Pietr el Letón (Pietr-le-Letton), la primera de 103 obras -75 novelas y 28 relatos- protagonizadas por el comisario.

Maigret no duda en desplazarse allá donde se cometa un crimen, incluso podríamos decir que los propios crímenes le siguen los pasos en las escasas ocasiones en que se permite unas merecidas vacaciones. Es por ello que muchas de las novelas de Simenon se ambientan a lo largo de toda la geografía francesa, en pequeñas localidades del interior del país o en pueblos costeros -ambiente éste en el que se encuentra como pez en el agua, especialmente si es capaz de encontrar una taberna frecuentada por marineros-. También ha resuelto casos fuera de Francia -Holanda o Estados Unidos-, pero nos quedaremos aquí con la parte de su obra que nos enseña París como tal vez nadie más haya hecho hasta la fecha.

Maigret no acostumbra a guiarnos por la que dicen es la Ciudad de la Luz. Tampoco por esa tópica ciudad del amor -salvo que entendamos como tal lo que se compra y vende en esos meublés tan habituales en las novelas de Simenon-. Lo que el comisario quiere que veamos en todo su esplendor es el París más sórdido, el de los hampones, porteras, prostitutas y costureras. Las tabernas en las que se puede alternar el Beaujolais con el pastís, la cerveza con los aguardientes… Visita obligada es, cómo no, la Brasserie Dauphine -en la plaza del mismo nombre, frente al Palacio de Justicia-, la mejor del barrio a la hora de ordenar unos bocadillos y unas cervezas en el transcurso de cualquier interrogatorio. Porque Maigret siempre demuestra ser un tipo austero, con gustos sencillos y que, puestos a elegir, prefiere los locales populares a los refinados restaurantes. Y es, además, consecuente con estas preferencias, pues en toda su larga trayectoria profesional muestra su comprensión hacia los desheredados de la Tierra -seguro que haría suya la máxima de Concepción Arenal “odia al delito y compadece al delincuente”- y su rechazo o al menos falta de complacencia con las clases más adineradas.

Casado y sin hijos -aunque exista alguna breve referencia a una hija muerta al nacer, en concreto en Maigret y el hombre del banco (Maigret et l’homme du banc, 1952)- Maigret vive con su esposa, Louise, en el 130 del Boulevard Richard-Lenoir, cerca de la plaza de la Bastilla, lo que le obliga a recorrer cada mañana las calles del Marais mientras se dirige a su lugar de trabajo. Claro, eso cuando debe encerrarse en su despacho -presidido por su estufa de carbón-, porque lo suyo es callejear, apostarse en cualquier terraza y observar. Y escuchar, siempre escuchar.

Son sus oídos, desde luego, su mejor herramienta de trabajo, ya que Maigret no es hombre de ingeniosas deducciones sino de acecho y observación, de acoso y derribo. Y paciencia, mucha paciencia, tanta como para permanecer horas y días apostado en los lugares más inverosímiles hasta que el culpable, a quien en ocasiones tiene en el punto de mira desde el inicio de la novela, comete el inevitable fallo que le hará caer en sus manos como una fruta madura.

Otro aspecto en el que resulta innovador Maigret es en el hecho de comprender que la labor policial se basa en el trabajo en equipo -no olvidemos que el peso de la investigación en las novelas que veníamos leyendo hasta la fecha recaía sobre los hombros de un sujeto dotado de excepcionales virtudes deductivas- y, si bien suele ser él quien acaba resolviendo los casos a los que se enfrenta, buena parte del trabajo de campo lo lleva a cabo su equipo de fieles colaboradores, los inspectores Lucas, Janvier, Lapointe o Torrence. Protagonista éste, por cierto, de uno de los más curiosos casos de resurrección que se conocen, pues muere en la primera de las aventuras de Maigret -la ya citada Pietr el Letón– para aparecer vivo y coleando en numerosas entregas posteriores. La memoria -en este caso la de Simenon- juega malas pasadas a menudo.

Y si Maigret sabe mucho de burdeles -no como cliente habitual o administrador, sino como el eficiente policía que es-, más sabe de ellos todavía Max le Menteur (Max el Rudo, se le tradujo en España), el protagonista de una trilogía escrita por Albert Simonin entre los años 1953 y 1955: Touchez pas au grisbi! (Cuidado con la plata), Le cave se rebiffe (El currante se revuelve) y Grisbi or not grisbi.

Max conoce las casas de putas -bastante más sórdidas que los meublés maigretianos– desde dentro, así como también lo sabe todo sobre los bajos fondos parisinos y quienes los viven porque pertenece a ellos. Aunque Max, paradójicamente y como un detalle más de su proverbial cinismo, viva justo frente a una comisaría y desde su casa controle cómo, cada cierto tiempo, un poli releva a otro “hasta el alba a fin de que la gente honesta como yo pudiese dormir tranquila”.

Max y su tropa -Pierrot el Gordo, Fabienne, Dabe, Tintin, Lucien…- dominan el argot como nadie, aprendido en las calles recorridas desde críos y en sus periódicas estancias en la cárcel de Poissy, al oeste de París. Tal vez sea ésta la aportación al género más importante de su creador: el empleo del argot como parte fundamental de su obra literaria. Y la socarronería de sus personajes, encantadoramente granujas como pocos.

En la misma época desarrolla su obra literaria -y con similar uso del habla de la calle- otro autor que se centra en el mundo del hampa y su argot: Auguste le Breton, autor entre otras novelas de Redadas en la ciudad (Rafles sur la ville, 1957) o El clan de los sicilianos (Le clan des siciliens, 1967). Como tantos otros huérfanos de la Primera Guerra Mundial, se cría en orfelinatos y de ahí da el salto dificilmente evitable a los reformatorios, magnífica escuela en la que aprender todo lo que luego nos contó sobre el mundo del hampa en una extensa obra que comprende una treintena de títulos de género negro, muchos de los cuales fueron adaptados posteriormente para el cine. De hecho, sólo la serie encabezada por la palabra “rififi” -registrada en su momento por el autor- daría para dar una vuelta al mundo como la que estamos dando aquí.

Sin embargo, aunque este novedoso uso del lenguaje supusiera una cierta renovación en el género, la verdadera revolución francesa de la literatura criminal se produjo a finales de los sesenta.

Dos son los acontecimientos históricos que vienen inevitablemente a la cabeza cuando oímos el nombre de la capital francesa: la toma de la Bastilla y mayo del 68. El primero no parece relevante en lo que concierne a la evolución del género negro; el segundo, sin embargo, establece un antes y un después en cuanto a la temática de la novela criminal y a cómo contarla.

Es una época marcada por la independencia de Argelia -y la cruenta guerra desarrollada entre los años 1954 y 1962, con el Frente de Liberación Nacional y las OAS como protagonistas indiscutibles- y otras antiguas colonias francesas en África, así como por lo que ahora conocemos como “multiculturalidad”, con cientos de miles de emigrantes de origen magrebí buscándose la vida por las calles de París. Es, por tanto, el caldo de cultivo idóneo para que se desarrolle lo que se conoce como el neo-polar, con Jean-Patrick Manchette como creador y una de sus figuras más destacadas.

Jean-Patrique Manchette

De Manchette resulta obligado destacar la novela que supuso su debut –El asunto N’Gustro (L’affaire N’gustro, 1971)-, en la que se enfrenta al tema del terrorismo de estado mediante la exposición de un plan de los servicios secretos franceses para asesinar a un opositor africano. Pero será un año después cuando publique su obra más conocida, Nada (Nada, 1972), centrada en el secuestro del embajador estadounidense en Francia llevado a cabo por un grupo anarquista y en la que la brutal intervención de la policía y la inevitable matanza final es algo que queda anticipado desde las primeras páginas de la novela. Páginas, por cierto, no exentas de un acertado humor negro espléndidamente mostrado en pasajes como los que ponen de manifiesto los enfrentamientos, cuasi pueriles, entre las distintas facciones revolucionarias del país.

Manchette y otros autores como Didier Daeninckx o Jean François Vilar cuestionan de un modo abierto y visceral cómo se organiza el Estado y el papel represor de las fuerzas de seguridad. Podríamos decir que hasta 1968 había buenos y malos; a partir de ese año hay malos y peores. “El sistema se protege eficazmente… La policía constituye uno de los elementos clave del dispositivo”, dirá Daeninckx por boca de su protagonista -el provinciano e irónico inspector Cadin- en la novela Asesinatos archivados (Meurtres pour mémoire, 1984), historia que parte de la matanza de cientos de manifestantes argelinos en octubre de 1961 y que seguirá teniendo consecuencias veinte años más tarde y aprovecha para mostrar unos barrios periféricos construidos con chabolas en los límites del barrio español y en los que comienzan a proliferar los miserables bares que los nativos han ido traspasando a los recién llegados argelinos.

Segunda parte de la estancia en París aquí

Ruta completa: París – Marsella – Cagliari – Vigàta – Florencia – Milán – Venecia – Atenas – Estambul – Argel – Tánger

4 comentarios en “Crucero mediterráneo: París (I)

  1. Como siempre es un placer seguir este crucero. Paris bien vale…mil novelas policiales. Aprovecho para recordar a ” el lince de la policia de Paris”: Andres L’Archiduc , el protagonista de “La huella del crimen” y “Clemencia” novelas del argentino LuisV. Varela publicadas en 1877 ( la primera por entregas, como los folletines de Gaboriau) y reeditadas por la editorial Adriana Hidalgo en 2009 y 2012 respectivamente. Ambas absolutamente recomendables y pioneras de la novela policial en lengua hispana.

  2. Impresionante viaje! lo que voy a disfrutarlo! por cierto de Èmile Gaboriau conservo un ejemplar (sin cubiertas) de El Legajo 113 (Le dossier nº 113) de noviembre de 1929 por Edita, S.A.que me dieron como deshecho (toma, a ti que te gusta tanto leer) siendo yo crío y que fue uno de los motivos de inclinación a la novela de género. (Momentos para la histoira).
    Espero el siguiente recorrido.
    Un abrazo

  3. Pingback: Crucero mediterráneo: París (y II) « Revista Calibre .38

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