Crucero mediterráneo: París (y II)

Si lo deseas, puedes leer la primera parte de este artículo pinchando aquí

Por Ricardo Bosque, Jokin Ibáñez y Jesús Lens

Un viaje a París como el que estamos haciendo no resultaría completo si no incluyera una visita a alguno de sus múltiples y célebres cementerios. De acuerdo, escuchar la palabra “cementerio” puede provocar un cierto desasosiego, tanto que los más supersticiosos incluso llegarán a cruzar los dedos o a tocar madera por aquello de alejar el mal fario. Pero, por otra parte, también es una palabra que sugiere calma, silencio, reposo… Reposo absoluto, que es cosa de muertos, como hacía decir Sánchez Abulí a su Luca Torelli, alias Torpedo. Sin embargo, si el cementerio es el Père-Lachaise, ubicado en el barrio de Belleville, las sensaciones serán muy diferentes. Porque las calles adyacentes al lugar de eterno descanso de ilustres como Oscar Wilde, Edith Piaf, Jim Morrison y tantos otros, son recorridas a diario por una cuadrilla de personajes muy proclives a atraer hacia sí todo tipo de desventuras.

Y es que, a escasos cien metros del famoso camposanto, en el número 78 de la calle Folie-Régnault, reside Benjamin Malaussène, cabeza pensante de una curiosa familia integrada por una madre y una serie de hermanastros de características cuando menos peculiares: Clara, Louna, Jérémy, Thérèse, el Peque… sin olvidarnos del perro Julius, por supuesto.

Malaussène es el protagonista absoluto de cuatro estupendas novelas firmadas por el igualmente peculiar Daniel Pennac. La felicidad de los ogros (Au bonheur des ogres, 1985), El hada carabina (La fée carabine, 1987), La pequeña vendedora de prosa (La petite marchande de prose, 1989) y El señor Malaussène (Monsieur Malaussène, 1995) son una espléndida muestra de cómo es posible escribir novela negra alejándose de todos los cánones imaginables, encajando con maestría el humor -absurdo casi siempre- en cada una de sus páginas.

Daniel Pennac

Y si llamativos resultan los personajes creados por Pennac, ¿qué diremos entonces de quienes protagonizan las novelas de Thierry Jonquet, otro de los parisinos imprescindibles? Como Richard Lafargue, el cirujano plástico de Tarántula (Mygale, 1984), provisto de un refinado y enfermizo sentido de la venganza que aplicará sobre dos delincuentes de poca monta en una historia francamente efectista y sobrecogedora. O el frustrado aspirante a inspector educativo de La bestia y la bella (La bête et la belle, 1985) que, harto de las presiones de su mujer porque consiga un mejor puesto de trabajo -dentro de los puestos de trabajo con los que pueden soñar los habitantes de una barriada obrera-, la asesina, conserva sus pedazos en el congelador y trata de ocultar el mal olor que desprende disimulándolo con el de la basura que va a acumulando en el pequeño apartamento del extrarradio que compartían. O los que recorren La Villette -a unas pocas estaciones de Metro al norte del lugar de residencia de Malaussène- en la sorprendente y fantástica, en el sentido más literal de la palabra, Ad vitam aeternam (Ad vitam aeternam, 2001), un explosivo cóctel compuesto por el propietario de una funeraria, una muchacha que se dedica a los tatuajes y los piercings y que suele comer sola -como tanta gente en París- en un pequeño parque del barrio y un ex presidiario que ha pasado cuarenta años en prisión y que se convierte en el objetivo de una anciana millonaria y desgraciada.

Nuestra estancia en París se aproxima a su fin. Nos encontramos a caballo de dos siglos y nuevos talentos se disponen a recoger el testigo y seguir mostrándonos su ciudad a través de los ojos de sus personajes. De todos ellos queremos destacar a un hombre y, por fin, un trío de damas. Él es Tonino Benacquista, quien de la mano de su protagonista Antoine -galerista y excelente jugador de billar de truncada carrera- nos adentra en el mundo de las pinacotecas y los robos de obras de arte en La maldone des sleepings (1989) y Tres cuadrados rojos sobre fondo negro (Trois carrés rouges sur fond noir, 1990). Ellas, Fred Vargas, Dominique Manotti y Dominique Sylvain, tres de los mejores valores que se pueden encontrar en la actualidad literaria francesa y criminal.

El comisario Adamsberg es el protagonista de varias de las novelas de Fred Vargas. Solitario, carente por completo de todo aquello que se asemeje a un método deductivo al uso, Adamsberg muestra la misma querencia que Maigret por las gentes sencillas, si bien en sus investigaciones deberá compartir protagonismo con tipos de cuya existencia -por sus peculiares características- cualquier mente racional debería dudar. Como Joss, el marinero bretón que desempeña las funciones de pregonero de su barrio y al que encontramos en Huye rápido, vete lejos (Pars vite et reviens tard, 2001) rodeado de una caterva de personajes que bien podrían acabar de salir de un manicomio.

Y tan peculiares como estos son los protagonistas de Sin hogar ni lugar (Sans feu ni lieu, 1997), los historiadores Louis Kehlweiler, Marc, Lucien y Mathias, que comparten morada en un céntrico caserón parisino y cuya única misión en la vida parece ser la de demostrar la inocencia de un retrasado acusado del asesinato de varias mujeres. Individuos siempre solitarios y desamparados a los que Benjamin Malaussène jamás habría dudado adoptar como otros hermanastros más de los que ocuparse.

Trío de damas: Vargas, Manotti, Sylvain

Pero tal vez el comisario que reúna todas las virtudes y defectos mostrados hasta la fecha por sus antecesores sea Théo Daquin, personaje inventado por Dominique Manotti. Extremadamente violento en ocasiones, da muestras a menudo de una gran sensibilidad, especialmente hacia sus amantes, ya sean hombres -lo habitual- o mujeres -lo extraordinario.

Nada ortodoxo en su metodología de trabajo, Daquin se rodea de un equipo al que cualquier ciudadano honrado querría tener cuanto más lejos, mejor. Porque si las buenas maneras caracterizaban la actitud de los colaboradores de Maigret, no se puede decir precisamente lo mismo de los inspectores Romero y Attali, criados ambos en los suburbios de Marsella y que conocen el mundo de la delincuencia desde dentro. O Lavorel, policía de los denominados despectivamente de “traje y corbata” por su pertenencia a la Brigada de Delitos Fiscales y que ingresó en ella a causa de su odio precisamente hacia los delincuentes de “traje y corbata”. Por eso y por no querer pasar su vida machacando a los pequeños gamberros de periferia.

Protagonistas de tres novelas –Sendero sombrío (Sombre sentier, 1995), ¡A la salida! (À nos chevaux!, 1997) y Kop (1998), esta última sin editar todavía en España-, Daquin y su gente deben hacer frente a un nuevo tipo de delitos, casi siempre relacionados con la corrupción derivada de las altas finanzas o la inmigración. Y claro, en función de las calles que habitualmente pisen los sospechosos de los crímenes a investigar, visitaremos las zonas más ricas y conocidas por los turistas -Campos Elíseos, Rivoli, Montagne, George V- o las más deprimidas, curiosamente las que ya lo eran en las novelas de Daeninckx o Vilar, esas calles que integran el barrio actualmente conocido como El Cairo, rodeadas por los grandes bulevares haussmannianos de la orilla derecha del Sena. Un barrio tradicionalmente ocupado por los mayoristas de la confección -ahora desplazados al barrio chino o a la perifería-, por los talleres clandestinos abarrotados de turcos, por putas de bajo standing, sex-shops y locales de peep-show últimamente en declive.

Y en cuanto a la tercera en discordia, Dominique Sylvain, se sirve de una pareja un tanto estrambótica integrada por una comisaria jubilada -Lola Jost, talla 52, mala baba permanente, socarronería a flor de piel y la palabra siempre lista para los pies a quien ose interponerse en su camino- y una bailarina americana de striptease, Ingrid Diesel, para llevarnos por las calles de los distritos IX y X de la capital francesa y conocer a unos personajes tan peculiares como los que frecuentan las novelas de la Vargas inmersos en unas situaciones casi tan surrealistas, si bien dotadas de un mayor sentido del humor. Tres títulos disponibles en español muy a tener en cuenta: El pasadizo del Deseo, La hija del samuräi y Muerte en el Sena, las tres editadas por Suma de Letras.

No podemos cerrar este periplo criminal por París sin hacer referencia a las viñetas. Porque si la cara más oscura de esta ciudad ha sido mil veces escrita, la bande dessinée -tan presente en la cultura francesa- se ha encargado en no pocas ocasiones de dibujar esa misma realidad, y aquí se hace imprescindible el nombre de Jacques Tardi, adaptando novelas con resultados excelentes como La balada de la Costa Oeste (Le Petit Blue de la côte Ouest, 2005) a partir de la novela homónima de Manchette si bien publicada en España con el título de Volver al redil. Igualmente destacable es el paso por sus lapiceros de novelas como El secreto del estrangulador (Le secret de l’etrangleur, 2006) de Pierre Siniac -quizás una de sus mejores obras- o La última guerra (Le der des ders, 1997) y El soldado Varlot (Varlot soldat, 1999) de Daeninckx. Pero si hay un tándem imbatible entre letras e imágenes, ése es el integrado por Tardi y Léo Malet para dar vida a la creación más conocida de este último: el detective Nestor Burma.

Creado en los años 40 por Léo Malet, Burma protagonizó más de treinta novelas, buena parte de ellas incluidas en el proyecto Les nouveaux mystères de París, un empeño del autor de escribir una historia por cada uno de los veinte distritos administrativos de París. El proyecto quedó inconcluso por muy poco, pero en cualquier caso Malet y Burma nos hicieron llegar excelentes títulos -todos dibujados posteriormente por Tardi- como Niebla en el puente de Tolbiac (Brouillard au pont de Tolbiac, 1982, novela editada en 1956), Calle de la Estación, 120 (Rue de la Gare, 120, 1988, novela editada en 1943), Reyerta en la feria (Casse-pipe à la Nation, 1996, novela de 1957) o La noche de Saint-Germain-des-Prés (La nuit de Saint-Germain-des-Prés, 2005, novela de 1955). Curiosamente, en España se han editado más cómics con adaptaciones de sus novelas que los textos originales en sí.

Burma es, con permiso del alemán Bernie Gunther, lo más parecido que tenemos en Europa a los pioneros Sam Spade o Philip Marlowe. Anarquista como su creador, cínico como pocos, dotado de un notable sentido del humor y casi nos atreveríamos a decir que acosado por su enamorada secretaria Hélène, Burma inicia su carrera profesional en un escenario atípico, el de la Francia ocupada por los nazis de 1941. Y con una trayectoria tan dilatada como la suya es lógico que, con el paso de los años deba enfrentarse a delitos como los descritos anteriormente, aquellos que son consecuencia de la descolonización africana, la emigración o los movimientos revolucionarios del momento. Pero, sea cual sea el móvil del crimen en cada ocasión, lo que permanece inmutable es la imagen que Malet-Tardi nos ofrecen de la ciudad, anclada en los años 50, cosmopolita y variopinta. Un París en blanco y negro que desprende romanticismo, casi siempre lluvioso, de calles adoquinadas, gabardinas con el cuello alzado… y los bares, con su humo y su permanente aroma a café recién hecho. Un París inevitablemente parecido al que fotografiara Robert Doisneau.

Todo lo bueno acaba, y este viaje por el París más criminal también debe hacerlo. Decenas de autores y personajes, cientos de novelas que, de un modo u otro, nos han conducido por las calles de una de las ciudades más visitadas del mundo y que queremos resumir recurriendo a uno de los últimos fragmentos de una novela que ya hemos citado, Nada, de Jean-Patrick Manchette, fiel descripción de la parte de París que más nos interesa como consumidores de novela negra. Dice así:

“Las cuatro de la madrugada. El proletariado dormía con un ojo abierto en el extrarradio; los ejecutivos descansaban sus orejas de asnos en las almohadas de sus superconejeras de las orillas del Sena. Las últimas pizzerías del barrio de Saint-Germain cerraban sus puertas sobre los lánguidos y encantadores travelos. Unas hijas de papá hartas de alcohol y de kif se dejaban hacer hacia el oeste, entonando cánticos al goce para combatir la náusea. Los clodos se transmitían enfermedades venéreas bajo los puentes. La Coupole había cerrado, y unos intelectuales se dispersaban por la plaza de Raspail prometiéndose mutuamente una llamada telefónica. Los linotipistas se movían, activos, en las imprentas. Se componían titulares grandes referentes a las matanzas de la mañana anterior”.

Ruta completa: París – Marsella – Cagliari – Vigàta – Florencia – Milán – Venecia – Atenas – Estambul – Argel – Tánger

3 comentarios en “Crucero mediterráneo: París (y II)

  1. Pingback: Crucero mediterráneo: París (I) « Revista Calibre .38

  2. El viaje prosigue interesante. Me hubiera gustado alguna referencia a Echenoz o a Exbrayat, pero claro que no es un catálogo y no pueden estar todos. Y en cuanto a BD si que es terreno pantanoso pués son muchos los que merecerían ser nombrados, Loustal sin ir más lejos.
    Preparado para la próxima jornada. Bon voyage.

  3. Pingback: Belleville, Jornadas de Puertas Abiertas en París

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