Crucero mediterráneo: Marsella

Por Ricardo Bosque, Jokin Ibáñez y Jesús Lens

Marsella no es una ciudad para turistas. No hay nada que ver. Su belleza no se fotografía. Se comparte. Aquí hay que tomar partido. Apasionarse. Estar a favor o en contra. Estar, hasta las cachas. Y sólo así lo que hay que ver se deja ver. Y entonces, demasiado tarde, uno se encuentra de lleno en pleno drama. Un drama antiguo, donde el héroe es la muerte. En Marsella, incluso para perder, hay que saber pegarse.

Para cubrir los casi 800 kilómetros que separan París de Marsella habíamos pensado tomar un tren al que llaman “el tren de la muerte”, pero entre lo del mal fario por el nombre y que, justo cuando llegábamos a la estación, una hermosa mujer con gafas nos ha dicho que podíamos subir a bordo de su coche, un Thunderbird descapotable de color blanco… Pues miren ustedes, que hemos sucumbido a la tentación.

La mujer, nos cuenta, se llama Marie-Virginie Longo, aunque prefiere que nos dirijamos a ella como Dany Longo. Tiene veintiséis años. Mide metro sesenta y ocho, es ligeramente rubia y trata de ocultar su miopía tras unas gafas oscuras.

También nos dice que trabajaba en una agencia publicitaria hasta que decidió, de la noche a la mañana, tomar prestado el coche de su jefe -de la mujer de su jefe, en realidad- para dar una vuelta. Que nunca había visto el mar y que pensó que el puente del 14 de julio sería una fecha apropiada para hacerlo. Que un camionero le tiró los tejos en una estación de servicio. Que alguien le atacó en los lavabos de una gasolinera dañándole la mano izquierda, su mano buena, porque es zurda.

Nos cuenta igualmente -y ahí es cuando comienza a dudar de sí misma- que hay quien dice que ya estuvo en determinados lugares la noche anterior, y ya con la mano vendada. Que recogió a un autoestopista que terminó robándole el coche. Que volvió a encontrar el Thunderbird descapotable muy cerca de Marsella, “la ciudad más extensa y más incomprensible de todas las que he recorrido. Las calles, más estrechas que las de París, parten en todas las direcciones y, las tomes por donde las tomes, no te llevan a ninguna parte”.

Nos asegura que el coche no estaba como cuando se lo robaron. Que aquel cadáver no se encontraba en el maletero la noche anterior, que ella no conoce de nada al muerto. Y que tampoco sabe nada del fusil que también hay en el maletero y en cuya culata se pueden leer las iniciales M. K.

¿O sí le conocía? Porque, de no conocerlo, ¿qué hacían ropas suyas en la vivienda del fallecido? ¿por qué tenía el tal M. K. una foto de ella desnuda?

Dany Longo duda. Duda siempre hasta el punto de llegar a decirse: “Claros mis cabellos, oscuros mis ojos, negra mi alma y frío el cañón de mi fusil. Ya no sé ni por dónde van mis ideas.”

Duda Dany y dudamos nosotros como lectores. Y si eso es lo que pretendía Sébastien Japrisot, autor de La mujer del coche, con gafas y un fusil, debemos felicitarle sinceramente. Pero antes de escribir esta su tercera y última novela de género criminal, Japrisot ya había publicado El tren de la muerte y Trampa para Cenicienta, con la que ganó el Grand Prix de littérature policière en 1963 y en la que ya practicaba con maestría el juego de la confusión tanto con el lector como con sus propios protagonistas.

De hecho, es sin duda Trampa para Cenicienta su mejor obra. Y solamente por haber escrito esta extraordinaria novela ya se merecería un lugar de honor en nuestro viaje por el mundo de la literatura criminal.

Trampa para Cenicienta, un título cuyo significado e importancia en la comprensión de lo sucedido solo se nos revelará en la última página de la novela. Una novela que nos cuenta la historia de dos amigas, Mi y Do (existió una La, pero murió demasiado joven), y un terrible incendio producido en una casa de Cap Cadet -entre La Ciotat y Bandol, a pocos kilómetros de Marsella- que acabó con la vida de una de ellas.

Fotograma de “Piège pour Cendrillon”, de André Cayatte (1965)

¿De cuál?, es lo que nos preguntaremos casi desde el principio, cuando comencemos a dudar -al tiempo que lo hace la propia interesada- acerca de la identidad de la mujer que se restablece en una clínica parisina de las quemaduras sufridas en el incendio, unas quemaduras que le han dejado sin cara, sin huellas dactilares y, lo que es peor, sin memoria.

¿Por qué?, querremos saber a la primera vuelta de tuerca, cuando creamos haber obtenido respuesta a la pregunta anterior.

¿Cómo?, volveremos a cuestionarnos a la segunda vuelta, cuando sospechemos que nuestra anterior deducción tal vez no fuera del todo correcta.

¿Seguro?, dudaremos cuando cerremos definitivamente este excelente tratado sobre la complejidad de la mente humana en general y criminal en particular.

Lo que sí es seguro, aquello que no nos genera ningún tipo de duda es que, si el lector de esta guía se decide a leer Trampa para Cenicienta, pasados unos meses volverá a leerla y a formularse las mismas preguntas.

Bien, gracias a una mujer con gafas y a otra sin memoria, hemos llegado finalmente a Marsella, una ciudad en la que no sería difícil toparnos de bruces con investigadores como Poirot en una de las escalas de su viaje en El tren azul. O al mismísimo Maigret: quizás cuando fue a Antibes a resolver un caso en el Liberty Bar -en España se tituló en alguna edición como Maigret en la Costa Azul, tal vez para que los lectores habituales identificasen de inmediato la novela como otra de la serie del policía de Simenon, tal vez porque en España no se estilara en aquellos tiempos lo de hablar de libertad ni siquiera en la portada de una novelita policíaca-. Incluso, por qué no, nos podríamos imaginar en el puerto de Marsella, siempre de paso, a un tipo tan indefinible como Tom Ripley -ya sea interpretado por Matt Damon o por Alain Delon- haciéndose pasar por su amigo Dickie Greenleaf.

Alain Delon en el papel de Fabio Montale

Alain Delon, Marsella… ¿Sabían ustedes que fue Delon quien interpretó en una serie televisiva -para disgusto del padre literario del personaje- a quien mejor conoce la ciudad, sus gentes, sus bajos fondos? Hablamos, por supuesto, de Fabio Montale, el policía creado por Jean-Claude Izzo y protagonista de tres novelas que constituyen su trilogía marsellesa –Total Khéops, Chourmo y Soleá-, la mejor guía de viajes por la capital del sur de Francia, porque pocos autores han descrito con tanto detalle en sus obras la ciudad en la que han querido que se muevan sus personajes. Vaya, que Izzo nos da el trabajo casi hecho.

Fabio Montale es, como buen marsellés, hijo de extranjeros, en concreto de italiano y española. Nació a finales de los cuarenta en Le Panier, el barrio de los marineros y las putas, el cáncer de la ciudad en palabras del autor, el foco de degeneración para el mundo occidental que los nazis trataron de arrasar durante la ocupación.

Pero, afortunadamente, no lo hicieron y allí creció Fabio, al lado de la prima Gélou -ese amor que no se toca-, junto a Manu y Ugo, con quienes dará sus primeros palos en gasolineras y farmacias, golpes que celebrarán tomando algo en Le Péano, el auténtico, el de los pintores y periodistas de cualquier tendencia política y no ese en el que se convertirá veinte años más tarde, en una plaza remodelada a la italiana con terrazas de mesas blancas y sombrillas en la que dejarse ver.

Con Lole, el motor afectivo de los tres inseparables amigos.

¿Inseparables? Digamos mejor inolvidables, porque siendo chourmo (esto es, parte de la chusma) de nacimiento, Montale aprendió palabras como amistad o fidelidad en las calles del barrio y en los muelles de La Joliette. Aprendió valores primarios como el de la palabra dada y el honor como algo irrenunciable. Pero todo eso no impidió que los tres amigos tomaran caminos antagónicos tras dejar paralítico de por vida al dueño de una farmacia en el transcurso de un atraco: Manu y Ugo siguieron su carrera delictiva; Fabio se metió a policía, un policía tan atípico, eso sí, que a la segunda novela ya vemos separado del Cuerpo.

Desde la ventana de su despacho se puede ver precisamente ese puerto, el de La Joilette, sobre el que los promotores inmobiliarios han puesto sus ojos para convertir la zona en una nueva Marsella a la orilla del mar aunque para ello haya que trasladar las instalaciones portuarias a la vecina Fos-sur-Mer. Igual que se trasladaron los vecinos nativos del barrio -los que pudieron- al este de la ciudad una vez el centro fue ocupado por gentuza en general y moros en particular. Y como eje que divide a la perfección la ciudad en dos sectores, el norte y el sur, La Canebière, la avenida que antaño servía para que los chavales se pasearan a la caza de niñas a las que invitar a un helado y ahora no es más que una vía con cuatro tiendas de ropa, muerta a partir de las seis de la tarde.

Al norte de esa avenida comienzan a proliferar las cités, en las que se hacinan los miles de inmigrantes que en algún momento llegaron a la ciudad pensando que un buen día lograrían ser franceses. Han pasado los años, pero siguen siendo lo que eran, inmigrantes ahora ya sin ilusión alguna y sin futuro.

Y en las calles de esas cités, además de en las de su barrio de toda la vida, es donde Montale se mueve como pez en el agua, porque conoce a sus gentes, porque las comprende, porque forma parte de ellas. Unas calles que, para la mayoría de los marselleses -no digamos ya de los forasteros que venimos a pasar aquí unas horas- “no son más que una realidad abstracta. Lugares que existen, pero que no conocen, que no llegarán a conocer nunca. Y que se mirarán siempre con los ojos de la tele. Como el Bronx, vaya. Con los consiguientes fantasmas. Y los miedos”. Pero, a pesar de esos miedos, de esa violencia siempre latente, del racismo a flor de piel que ha hecho que la ciudad sea uno de los feudos del xenófobo Front National de Le Pen -cuyo logotipo, la llama tricolor, exhiben muchos taxistas en el salpicadero de sus vehículos-, Izzo nos recuerda a través de Montale que “pese a todo, a la gente le gusta vivir, ir de juerga. Que cada día la felicidad era algo nuevo, incluso si al final de la noche la cosa se liquidaba con un severo control de identidad”.

Y la noche, la juerga, la diversión no pueden entenderse sin música, desde la que suena en la Ópera del Viuex-Port y que hace que las prostitutas de la zona conozcan a Verdi y Pavarotti como si fueran de la familia al mejor jazz de Thelonious Monk o Dizzy Gillespie del que Montale disfruta en sus momentos de intimidad. El reggae de Bob Marley y su variante electrónica, el ragga, con los Massilia Sound System a la cabeza. Y la música raï, y el flamenco de Paco de Lucía, incluso la canción melódica de Django. Y, por supuesto, el rap o el hip-hop de grupos como IAM -uno de sus temas da título a la primera novela de la trilogía- o Le 3ème Oeil que gritan a los cuatros vientos desde las barriadas del norte las penurias de sus gentes.

La banda marsellesa de hip hop IAM

Tampoco puede entenderse la diversión y la vida de calle -no olvidemos que estamos en una ciudad mediterránea- sin bares, muchos bares, algunos reales como La Samaritaine y su terraza en el Vieux Port o la cercana del ya citado Le Péano. Otros costará más encontrarlos, como Chez Félix en la Caisserie, Chez Ange en la plaza de Treize Coins o Chez Hassan en La Plaine, junto a la plaza Jean Jaurés, uno de los lugares favoritos de Montale. Según en cual de ellos entremos podremos degustar una bullabesa auténtica, un buen pistou -la variante marsellesa del pesto italiano-, una lubina a la plancha, spaghetti con almejas… Disfrutar, si así lo deseamos con los intensos sabores árabes del Mil y Una Noches o dar buena cuenta de la exquisita pizza que preparan en Chez Ettiene, la mejor de la ciudad. Y regarlo todo, según el momento del día y el estado de ánimo con el tradicional pastís, el whisky Lagavulin -el preferido de Montale-, un vino de Bandol o un Côtes de Provence o, llegado el caso, unas generosas dosis de tequila.

Como estamos viendo, Montale comparte muchas cosas con otro colega al que nos encontraremos pronto en nuestro viaje, el siciliano Montalbano, no solo la similitud en el nombre -en ambos casos inspirados en el padre de la novela negra mediterránea, Manuel Vázquez Montalbán- sino también en su gusto por la comida más tradicional, que disfruta en los restaurantes y tabernas antes nombrados o con las recetas que le prepara su vecina Honorine -la equivalente a la Adelina que se encarga de que el siciliano esté siempre bien alimentado-, como esas lenguas de bacalao marinadas que nadie prepara como ella.

Al igual que Montalbano, también Montale vive a orillas del mar, en una pequeña cabaña heredada de sus padres en Les Goudes, y también encuentra sus mejores momentos bañándose en sus aguas. Y, también como Montalbano, pertenece a la escuela de policías de calle que harían suya la máxima de Concepción Arenal de “odia el delito y compadece al delincuente”. Al menos, al pequeño delincuente, que con quienes manejan los hilos de la delincracia no suele ser tan comprensivo.

Como tampoco comprende del todo en qué se ha transformado su ciudad, una ciudad en constante proceso de reconversión. Una ciudad en busca de identidad propia a la “le había podido la tontería parisina. Se imaginaba capital. Capital del sur. Olvidándose de que lo que la convertía en capital era el hecho de ser un puerto. El cruce de todas las mezclas humanas. Desde hacía siglos. Desde que Protis puso el pie en la orilla. y desposó a la bella Gyptis, princesa ligur”.

La mezcla humana, la eterna mezcla humana.

Manu, Ugo, Mavros, Hassan. Español, italiano, griego, moro, pero todos ellos amigos de Fabio y marselleses. Gélou, Lole, Leila, Marie-Lou, Babette. Italiana, española, mora, negra, francesa, pero todas ellas mujeres de Fabio y marsellesas. Porque esta ciudad es de quienes viven en ella. Porque, según Izzo, “hayas nacido aquí o hayas desembarcado un día, a esta ciudad te agarras enseguida con suelas de plomo. Los viajes los preferimos en la mirada del otro”.

Estamos de acuerdo con la primera frase, discrepamos de la segunda porque nos encanta viajar, porque vamos a seguir viajando. Rumbo al sur, en esta ocasión. Rumbo a Cagliari.

Ruta completa: París – Marsella – Cagliari – Vigàta – Florencia – Milán – Venecia – Atenas – Estambul – Argel – Tánger

2 comentarios en “Crucero mediterráneo: Marsella

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