Crucero mediterráneo: Venecia

Por Ricardo Bosque, Jokin Ibáñez y Jesús Lens

Dos horas y media tardamos en llegar desde Milán a Venecia en tren. El policía que nos espera, paciente, en la entrada principal de la estación sita en la plaza de Santa Lucía, es la antítesis de quien nos ha despedido en la de Milán: si Duca Lamberti es tosco, malhumorado, grosero, violento y con cierta tendencia a tomarse la justicia por su mano, nuestro hombre en la Serenísima República de Venecia es el colmo de la educación, de las buenas maneras, del saber estar…

Parece satisfecho al comprobar que el ligero equipaje que llevamos viaja a nuestras espaldas, en mochila y no en esos trolleys que de poco sirven en una ciudad en la que los numerosísimos puentes no están precisamente adaptados a elementos dotados de ruedas, ya sean sillas para minusválidos, cochecitos de bebé o maletas como las que, afortunadamente, no llevamos con nosotros. Y parece satisfecho, imaginamos, porque así podemos renunciar al vaporetto que espera en el Gran Canal, a las puertas de la estación y desplazarnos a pie recorriendo las intrincadas callejuelas de la ciudad, como a él le gusta hacer.

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Estación de ferrocarril de Santa Lucia

Vaya aquí una aclaración que consideramos necesaria: en otros viajes -de placer, no de “trabajo” como este que estamos haciendo ahora- alguno de nosotros confiesa que ha intentado realizar un mismo recorrido entre dos puntos de esta ciudad, sin guía humano alguno pero con la ayuda de un detallado callejero, llegando a la conclusión que se trata de una misión imposible, que siempre ha terminado por alcanzar su destino pero recorriendo calles diferentes y cruzando puentes nuevos en cada ocasión. Misión imposible, por supuesto, para quien no sea veneciano, pues dicen que los lugareños -y nuestro guía lo es hasta la médula- llevan impreso en su mente desde su mismo nacimiento un plano que les indica cómo llegar de un punto a otro de la ciudad sin perderse por sus laberínticas calles acabando así en el puente equivocado.

Perdonen la distracción, no lo hemos dicho todavía por darlo como sabido que quien nos acompaña por la ciudad canalizada no es otro que un comisario que lleva unos cuantos años destinado en la questura de San Francesco della Vigna. Hablamos, por supuesto, de Guido Brunetti.

Como ya hemos dicho, Brunetti es el colmo de la educación, y solo a él le consentiremos decir expresiones como “¡Al cuerno!” sin esbozar una sonrisa, es lo que corresponde a un hombre impecablemente vestido, de familia humilde pero con estudios universitarios y casado con Paola, una mujer extremadamente culta, licenciada en filología inglesa por la misma universidad en la que ambos se conocieron, devota de Henry James y perteneciente a la nobleza italiana aunque no descuida su preocupación por los problemas de los más desprotegidos ni oculta su interés por leer, además de a los clásicos, un diario tan popular como Il Gazzettino veneciano.

Un hombre enamorado, de Venecia, de su esposa, de su familia, a la que nos quiere presentar lo antes posible.
Para ello nos lleva a las inmediaciones de Campo San Polo, nos señala un edificio tan antiguo como todos los que lo rodean y nos invita a subir noventa y cuatro peldaños, uno a uno, hasta llegar al cuarto piso del palazzo en el que residen los Brunetti, un apartamento ilegal de acuerdo con la restrictiva normativa urbanística de la ciudad y sobre el que pesa el riesgo permanente de una inspección catastral que ponga a toda la familia de patitas en la calle.

Campo San Polo

Campo San Polo

Pero, mientras eso sucede -si es que sucede, para más detalles leanse Amigos en las altas esferas-, el apartamento en cuestión es un remanso de paz, el refugio perfecto de una familia bien avenida, demasiado bien avenida para nuestro gusto. Incluso podríamos decir que el equilibrio que demuestran en su diaria convivencia haría sombra al demostrado por los Ingalls -ya saben, los suecos más empalagosos del salvaje oeste-, máxime cuando, además de Guido y Paola, la integran dos adolescentes absolutamente modélicos que responden a los nombres de Raffi y Chiara y cuyas únicas discusiones tienen lugar a la hora de ver quién friega los platos: los dos quieren hacerlo.

¿Encantadores, no?

Claro que, para tener una visión completa de las relaciones de familia en los Brunetti y, de paso, encontrar alguna aspereza que limar, tendríamos que incluir en la misma a los padres de Paula, los condes de Falier, Orazio y Donatella por más señas y con quienes no diremos si Brunetti se lleva bien o mal; diremos, simplemente, que se lleva, que no es poco. Amigos de las recepciones en su palacio a orillas del Gran Canal, amantes de la buena mesa, exquisitos modales y con excelentes relaciones con las capas más altas de la sociedad veneciana, los Falier -sobre todo Orazio- serán una magnífica y fiable fuente de información para el bueno de Guido.

Y es que, si ya estamos acostumbrados a oír hablar en los medios de comunicación de “el peluquero de las estrellas”, “el modisto de las estrellas” o, por qué no, “el cocinero de las estrellas” -y no solo de las Michelin-, cuando hablamos de Brunetti es inevitable pensar en él como el detective de la nobleza, el policía de la alta burguesía veneciana. Por eso, y aunque de vez en cuando le toque lidiar con casos en los que el cadáver sea el de un pobre inmigrante ilegal o que partan de la muerte de una anciana solitaria, lo habitual es verle metido de lleno en crímenes más elitistas. De hecho, Brunetti empezó su carrera literaria enfrentándose al asesinato con cianuro de un mundialmente conocido director de orquesta en el transcurso de una representación de la Traviata en el teatro de La Fenice. Clásico entre los clásicos. Con esos inicios, lógico es que por sus siguientes libros lo normal sea encontrarnos con directores de banco travestidos, abogados de postín muertos en sospechosas circunstancias, restos óseos de los hijos de las más influyentes familias venecianas o parlamentarios italianos por poner solo unos cuantos ejemplos.

Questura de San Francesco della Vigna, lugar habitual de trabajo del comisario Brunetti

Questura de San Francesco della Vigna, lugar habitual de trabajo del comisario Brunetti

Pero para hablar de trabajo, lo mejor es que Brunetti nos acompañe a su oficina en la questura de Campo de San Francesco della Vigna y así conocer a quienes le ayudan, poco o mucho -en ocasiones más que ayudar le pueden poner ciertas trabas, especialmente alguno de sus superiores- a resolver todos esos asuntillos que constituyen el pan suyo de cada día.

Para ello, Guido nos lleva de nuevo por calles estrechas y malolientes que pueden tener hasta seis nombres diferentes y que suelen estar numeradas sin orden ni concierto, calles que conforman la telaraña vital de una ciudad en el que hay dos elementos prácticamente inútiles para un veneciano como dios manda: los ascensores -un nacido en la capital del Veneto jamás será visto utilizando el claustrofóbico ingenio- y el medio de locomoción de las cuatro ruedas. A cambio disponen de otros dos elementos imprescindibles: unas buenas piernas que les permitan subir tantos escalones como sea preciso y el transporte acuático, fundamentalmente los vaporetti -un a modo de autobuses flotantes que permiten realizar trayectos más o menos largos- y los traghetti, antiguas góndolas explotadas por familias a lo largo de varias generaciones y que sirven para cruzar el Gran Canal en puntos concretos de su cauce.

Gracias a piernas y traghetti -el medio preferido por Brunetti, ya hemos dicho que es un tanto conservador para estas cosas- llegamos por fin a nuestro destino. Y allí nos recibe, con un hermoso ramo de flores en la mano, la signorina Elettra, Elettra Zorzi, secretaria del vicequestore Patta -el jefe supremo- y, por extensión, del propio Brunetti.

Elettra es la mano en la que Brunetti puede confiar cuando se trata de documentar un caso. Las manos, en realidad, pues con sus diez dedos y un teclado, Zorzi es capaz de encontrar lo que sea en cualquier base de datos que se ponga a su disposición. Disciplinada, rigurosa y siempre atenta, Guido nunca ha terminado de comprender cómo una joven como ella tiró por la borda su prometedor futuro en el Banco de Italia para incorporarse a la lucha contra el crimen, si bien desde una oficina. Sí, de acuerdo, algo le ha contado de que lo suyo fue una cuestión de principios éticos, de que no estaba dispuesta a tomar al dictado según qué cartas dirigidas a un banco de la racista Johannesburgo o tener relación de ningún tipo con compañías que se enriquecen con inversiones en compañías que operan en países que han pasado de la Edad Media al capitalismo más avanzado (sic), pero esas razones le parecen al comisario tan loables y limpias que no puede terminar de creerlas posible en un mundo envilecido e inmoral como el que le ha tocado conocer.

Donna Leon, nacida en New Jersey y residente en Venecia

Donna Leon, nacida en New Jersey y residente en Venecia

Y prudente, también lo es, hasta el punto de que, cuando nos dirigimos al despacho de Brunetti, nos aconseja que lo hagamos de puntillas: Patta -ese superior que no duda en arrogarse cualquier éxito ajeno a la vez que echa balones fuera respecto a los fracasos propios- sigue intratable desde que su mujer se fue de casa, después de décadas de matrimonio, para iniciar una nueva vida, o al menos una nueva aventura, junto a un productor de cine porno.

Le hacemos caso, por supuesto. Y conocemos, así, al resto del equipo investigador de costumbre, conformado por cuatro hombres de características muy diversas: Lorenzo Vianello, su mano derecha, ahora sí, cuando se trata de la investigación a pie de calle, el hombre de confianza que todo comisario querría tener a su lado; el anodino Pucetti, que sirve un poco para todo sin destacar especialmente en nada; y Alvise y Riverre, las ovejas negras, los elementos de los que, si pudiera, Brunetti habría prescindido incluso desde antes de haber tenido la desgracia de conocerlos. Cuatro hombres que cobran del Estado por resolver crímenes, pero habría que añadir un quinto elemento, un espontáneo que suele ser de mucha ayuda en las investigaciones que lleva a cabo Brunetti, sobre todo cuando tocan a la alta sociedad -la mayoría de las veces, como hemos dicho-: el amigo de la familia Damiano Padovani, crítico de arte y experto en lujerío, lujuria, cultura y mundo gay.

Pero el comisario es hombre de poco despacho y mucho callejeo, así que no pasamos ni cinco minutos en la questura sin que sienta un deseo irrefrenable de volver a su querida ciudad, a sus canales, sus puentes, sus trattorias, sus cafeterías en las que tomar un café demasiado azucarado para nuestro gusto o las pastelerías en las que comprar las bussolai, esas rosquillas saladas típicamente venecianas que le hacen perder la cabeza.

En el centro de la imagen, las típicas "bussolai"

En el centro de la imagen, las típicas “bussolai”

La compañía es grata y resulta complicado reducir a unos párrafos los miles de páginas que han salido de las manos de Donna Leon con Brunetti y su sagrada familia como protagonistas. Veintiún títulos protagonizados desde aquella Muerte en La Fenice de 1992 hasta que La palabra se hizo carne de 2012. Veinte años que convierten a Brunetti en uno de los policías más longevos de la literatura policíaca, comparable a esa Kinsey Millhone que a punto está de completar el abecedario del crimen o al siciliano Montalbano de Camilleri.

Veinte años trabajando en una Venecia de la que nos despedimos, porque ahora nos esperan es Atenas, con su propia visión de la ciudad.

“Brunetti subió hacia el hotel, todavía iluminado a esta hora de la noche en la que el resto de la ciudad estaba oscura y dormida. Venecia, que fuera la capital de la disipación de todo un continente, se había convertido en una ciudad provinciana y dormilona que, después de las nueve o las diez de la noche, prácticamente dejaba de existir. Durante el verano, mientras los turistas pagaban y el sol brillaba, desempolvaba sus fastos de cortesana, pero en el invierno era una vieja cansada, amiga de acostarse temprano, y dejaba sus calles silenciosas a los gatos y a los recuerdos.

Pero, para Brunetti, éstas eran las horas en las que más bella estaba la ciudad, las horas en las que él, veneciano hasta la médula, podía vislumbrar vestigios de la gloria de antaño. La noche ocultaba el musgo que cubría las escalinatas de los palazzi del Gran Canal, tapaba las grietas de las iglesias y disimulaba los desconchados de la yesería de las fachadas de los edificios públicos. Al igual que muchas mujeres de cierta edad, la ciudad necesitaba de la penumbra para aparentar la belleza perdida. La barca que, de día, repartía detergente o coles, por la noche, era una forma nebulosa que navegaba hacia un destino misterioso. Las nieblas, tan frecuentes en estos días invernales, transformaban a personas y objetos y hasta podían convertir a los adolescentes melenudos que vagaban por las calles compartiendo un cigarrillo en misteriosos fantasmas del pasado”.

Ruta completa: París – Marsella – Cagliari – Vigàta – Florencia – Milán – Venecia – Atenas – Estambul – Argel – Tánger

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