Crucero mediterráneo: Atenas

Por Ricardo Bosque, Jokin Ibáñez y Jesús Lens

Se merecen un aplauso estos alemanes que han pasado de requisar a alquilar, me digo a mí mismo. Porque nosotros seguimos haciendo lo mismo desde el nacimiento del Estado griego moderno: ponemos en alquiler un piso, un local, un campo o una tienda y vivimos de lo que nos renta. La compañía Olympic vuela con aviones alquilados, los propietarios de taxis los alquilan a conductores y los de autobuses los alquilan al Estado. La renta actual de un griego de clase media procede de alquileres y préstamos.

El accionista mayoritario

A Atenas se llega -y de Atenas se parte-, sobre todo si se trata de viajeros como nosotros, por dos vías: la aérea y la marítima. Tras probar ambas opciones recomendamos, sin lugar a dudas, la marítima, pues permite sumergirse de inmediato en esa inmensa cuadrícula caótica y destartalada que es El Pireo. Además, con un poco de suerte, el taxista de turno dará un pequeño rodeo amablemente -no porque suba la cuenta, sino para que podamos pasar junto al estadio en el que el Olimpiakos juega sus partidos- antes de meternos en el siempre angustioso tráfico de las avenidas que bordean la Acrópolis por el sur de la ciudad y contemplar, de paso y como quien no quiere la cosa, el impresionante templo de Zeus. O lo que queda de él, claro.

Templo de Zeus Olímpico, Atenas

Templo de Zeus Olímpico, Atenas

Un giro de noventa grados a la izquierda y cuarenta semáforos en rojo más tarde llegaremos a la plaza Omonia, en cuyos alrededores podremos alojarnos con cierta comodidad ocupando uno de los vértices del triángulo que contiene lo mejor y lo peor de Atenas -los otros dos vértices podríamos situarlos en las ruinas de Keramikos, al oeste de la ciudad, y un poco al sur de la plaza Sintagma en el extremo opuesto- y con la ventaja que supone poder llegar caminando a casi todas partes, dejando la locura del tráfico ateniense para los nativos. Así ya seremos un poco como Kostas Jaritos, ese comisario creado por Petros Márkaris que se maneja siempre que puede sin recurrir a su vetusto Mirafiori y prefiere caminar o que le conduzcan allá donde su trabajo le obliga a desplazarse.

Jaritos es un policía tradicional y, por mucho que se empeñe el jefe Guikas -amante de los métodos del FBI y con el que mantiene una confusa relación profesional que puede pasar en cuestión de segundos del odio a la admiración-, jamás abandonará la costumbre de resolver sus casos a partir de la observación, los interrogatorios a los implicados y, por qué no, una cierta dosis de intuición que nunca está de más.

Pero su gusto por lo clásico no se limita al ámbito profesional. Su vida es también un ejemplo de normalidad absoluta y se muestra encantado con su mujer, Adrianí, excelente ama de casa, dueña y señora de las cuatro paredes entre las que viven y adicta a la televisión -motivo constante éste de fricción en la pareja, pues si hay algo con lo que Jaritos se muestra intransigente es con la denominada caja tonta-. Y que cocina como los ángeles: jamás encontraremos en taberna alguna unos tomates rellenos como los que prepara Adrianí, por poner solo un ejemplo de sus muchas habilidades culinarias.

El mercadillo callejero y turístico del barrio de Plaka

El mercadillo callejero y turístico del barrio de Plaka

Así, Jaritos es a su modo feliz en su vida conyugal, tranquila y ordenada, como ha sido siempre en los matrimonios de toda la vida. Otro cantar es su relación con Katerina, su idolatrada hija, demasiado moderna para su gusto, viviendo en pecado con su novio Fanis -el médico con el que Kostas ha establecido un vínculo de complicidad permanente; al parecer, haber sido salvado por el muchacho de morir de un infarto une más que una hipoteca- y poco dispuesta a seguir el camino laboral que agradaría a su padre. Pero, ya se sabe: a una hija se le perdona todo, y si ella prefiere el doctorado en Derecho a emprender la carrera judicial o emplearse en los servicios jurídicos de la policía, en los que tendría un puesto asegurado… Entre tanta monotonía, y dentro del ámbito estrictamente personal, una sola excentricidad se permite el comisario: la pasión por leer diccionarios, como el manoseado Dimitrakos que constituye para él un auténtico libro de cabecera.

Y casi como un apéndice natural de su familia están sus colaboradores, encabezados por los subinspectores Vlasópulos y Dermitzakis; el ya citado jefe Guikas y su secretaria Kula; el periodista Sotirópulos, que siempre encuentra el modo de destacar entre sus compañeros de profesión y no hay rueda de prensa en la que no obtenga de Jaritos más que el resto -aunque siempre a cambio de algo, claro, que el comisario sabe jugar siempre bien sus cartas-; o Zisis, ese amigo comunista que le sirve de recordatorio de sus tiempos de aprendizaje en una policía represora al servicio de los militares.

Nuestro primer contacto con el comisario data de junio de 2000, fecha en que se edita en España la primera de las siete novelas que ha protagonizado hasta la fecha, Noticias de la noche. Y ya en ella el comisario pone las cartas sobre la mesa: la inmigración y la repugnancia que le producen los medios de comunicación -especialmente la pequeña pantalla- serán dos constantes en su carrera, que comienza con la investigación del asesinato de Yanna Karayorgui, estrella de la televisión griega más sensacionalista, y dos albaneses sin papeles, nombres ni apellidos. Como casi todos los inmigrantes ilegales, por otra parte.

Y a pesar de su permanente desagrado por el indomable tráfico ateniense, a Jaritos no le quedará más remedio que conducirnos -como buenamente puede- por su ciudad, llevándonos de las suburbiales calles que ningún turista en su sano juicio osará pisar -como las de Akrita y alrededores- a las grandes avenidas que parten de la plaza Omonia como un pobre remedo de los señoriales bulevares parisinos -Pireo, Papandreu-; de los turísticos, comerciales y gastronómicos barrios de Plaka y Monastiraki al más exclusivo y residencial que se extiende a los pies del monte Likavitos; de las plazas céntricas como las de Kotzias o Syntagma -en las que se concentran los poderes económicos y políticos de la ciudad- a las peatonales calles de Ermou y Aiolou, con esa coqueta iglesia de Panaghia Kapnikarea que se nos presenta como un oasis bizantino en medio de tanto edificación moderna; de Kolonaki a las carreteras que conducen hacia localidades más o menos cercanas como Corinto, Rentis o Kiffisiá…

La coquetuela iglesia bizantina de Panagia Kapnikarea

La coquetuela iglesia bizantina de Panagia Kapnikarea

O a las instalaciones de la ciudad olímpica en construcción, al nordeste de la capital, que se convierten en el escenario perfecto para una de sus investigaciones más complicadas, la que une deporte y corrupción inmobiliaria en Suicidio perfecto, novela en la que, de paso, vuelve a la carga contra los medios de comunicación ya que arranca con un suicidio transmitido en directo por una cadena de televisión.

Pero ya anteriormente había entrado de lleno en los ambientes deportivos, poniendo en el punto de mira de nuevo la corrupción, en este caso a través de otra de las pasiones griegas. Hablamos de Defensa cerrada, investigación del asesinato de un acaudalado empresario vinculado al fútbol de segunda que a punto está de costar la vida a nuestro comisario ateniense y le permite, de paso, conocer al primer novio de su hija al que está dispuesto a dar la aprobación e incluso permitir que se convierta en su yerno.

Éste es, desde luego, uno de los personajes que más ha ido creciendo con el paso de los años pues, si bien comenzó siendo otro más de los candidatos a formar parte de la familia política de Jaritos, poco a poco se ha ido haciendo con un hueco en el escéptico corazón del comisario, protector como pocos de su descendencia. Y es en el transcurso del cuarto de los casos a los que se ha ido enfrentando hasta la fecha, recogido en la novela El accionista mayoritario, cuando el doctor Fanis Uzunidis, ya convertido en el esposo de Katerina -aunque solamente por lo civil, para desconsuelo de la conservadora Adrianí- alcanza un verdadero protagonismo.

Un caso en el que Kostas se ve implicado afectivamente como nunca, pues arranca con el secuestro, por parte de unos terroristas de dudosa filiación política, del barco en el que Katerina y Fanis viajan a Creta con el objeto de conocerse mejor antes de firmar el papel que los una en matrimonio. “Pero, si lleváis dos años saliendo juntos, ¿qué más necesitáis saber el uno del otro? Dejad algo de margen para las sorpresas”, se lamentará la madre ante la mirada evasiva de su marido, siempre dispuesto a eludir cualquier tipo de confrontación conyugal. Y bastante tiene el bueno de Jaritos, pues al secuestro del barco se unirán los asesinatos de varios modelos publicitarios -otra vez los medios de comunicación en el centro de la diana- que le obligarán a separar lo personal de lo profesional y a echar la vista atrás, cuando era poco más que un aprendiz de policía en un Cuerpo entregado por completo a los militares.

Y, como decían en aquellos dibujos animados, “no se vayan todavía, aún hay más”. Así, nos encontraremos de nuevo con Jaritos en el libro de relatos Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos (2004), en una de las narraciones más coloristas y divertidas del autor, con la Eurocopa de fútbol formando parte de la atmósfera de la trama; en sus dos novelas más recientes y cercanas a la realidad económica y social de Grecia -una situación muy similar a la que nosotros mismos estamos viviendo por desgracia-, Con el agua al cuello (2010) y Liquidación final (2011). Y, por supuesto, en otra anterior y que quizás sea la novela más redonda de Márkaris, Muerte en Estambul (2008).

Pero claro, esto es un libro de viajes -criminales, pero viajes al fin y al cabo- y tiempo tendremos de hablar de Estambul en nuestra siguiente escala, hacia la que nos dirigimos llevándonos como cicerone a este ateniense nacido en Constantinopla, como gusta denominar a los griegos a la capital turca.

Una ración de la exquisita tyropita

Una ración de la exquisita tyropita

El barco está a punto de zarpar, pero antes de partir -y aunque no sea el objeto de esta guía-, de vez en cuando conviene alimentar el cuerpo y no solo el espíritu, y qué mejor que hacerlo en Grecia. Así que no podemos dejar de recomendarle que, antes de abandonar Atenas, se interne por las calles de Plaka, se siente a la mesa de una taberna -ojo, no restaurante, fíjese bien en que los manteles sean de papel, nos lo agradecerá- y se deje llevar por los aromas del lugar. Y no se limite a la ya conocida moussaka, profundice un poco y atrévase a pronunciar las palabras mágicas: tyropita o saganaki -dos excelentes modos de comer queso-, dolmades -rollitos de hoja de parra rellenos de arroz y especias-, taramosalata -huevas de carpa o bacalao con cebolla, ajo, limón y aceitunas-, tzatziki -yogur con pepino y ajo-… O, simplemente, diga usted “mezze” y prepárese a permanecer sentado a la mesa durante varias horas. Al más puro estilo griego. Al más puro estilo Jaritos.

Ruta completa: París – Marsella – Cagliari – Vigàta – Florencia – Milán – Venecia – Atenas – Estambul – Argel – Tánger

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