Crucero mediterráneo: Argel

Por Ricardo Bosque, Jokin Ibáñez y Jesús Lens

Entre Argel y la Tánger marroquí se podría viajar en línea recta, siguiendo la orilla del Mediterráneo. Y sería un viaje fascinante. Pero en este libro, planteamos al lector que, cuando llegue a Orán, haga un alto en el camino y, contraviniendo la lógica más aplastante, haga caso omiso a la ley según la cuál la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta y, en la ciudad argelina, tome uno de los ferries que parten hacia España. En concreto, hacia Alicante.

Haciendo caso de este consejo, no garantizamos que el viaje sea más corto, pero sí más interesante, sobre todo, si nos dejamos guiar por Mariano Sánchez Soler y su novela “Lejos de Orán”, en la que se cuenta la historia de algunos de los exiliados franco-argelinos, conocidos como los “Pies negros”, que se sintieron traicionados por Francia durante el proceso de descolonización de Argelia, y se refugiaron en el Levante español.

Personajes enigmáticos, duros y contradictorios; muy racistas, de los que colaboran económicamente con las campañas del Frente Nacional, cuando se acercan las elecciones en el país galo.

Mariano Sánchez Soler

Mariano Sánchez Soler

Lo que sin duda tuvo que sorprender a cualquier persona relacionada con la independencia de Argelia fue la deriva que el país tomó en los años 80, cuando el FIS ganó las elecciones y éstas fueron anuladas, el FIS declarado ilegal y todos sus miembros pasaron a la clandestinidad, comenzando una guerra civil que, de facto, cerró las fronteras del país. Fronteras que, poco a poco se van abriendo de nuevo.

Para conocer el país en que Albert Camus desencadenó “La peste” más existencialista de la historia de la literatura, para comprender qué pasó tras “La batalla de Argel” que Gillo Pontercorvo nos desgranó en su película referencial; es necesario leer las novelas de Yasmina Khadra, comenzando por su célebre Trilogía de Argel.      

Hace ya unos cuantos años, durante la celebración de una festividad oficial en Argelia, explotó una bomba y se llevó por delante la vida de varios niños que participaban en la supuestamente festiva jornada. Aunque Mohamed Moulessehoul, por aquel entonces oficial del ejército argelino, se consideraba curado de cualquier espanto, tras varios años de lucha en esa guerra civil larvada que sumió a Argelia en un caos del que todavía no se ha repuesto, la visión de los cuerpos mutilados y masacrados de varios niños, las víctimas más inocentes de cualquier conflicto, le sumió en un estado tal de abatimiento, rabia, confusión, ira, odio y perplejidad que, como si de un personaje de Dostoyevski se tratara, invadido por una febril y compulsiva necesidad de escribir, dio rienda suelta a toda la bilis que su cuerpo y su mente ya no conseguían retener por más tiempo.

Mohamed Moulessehoul, más conocido como Yasmina Khadra

Mohamed Moulessehoul, más conocido como Yasmina Khadra

Y así nació “Morituri”, una de las novelas más impactantes y sobrecogedoras que he leído nunca. La primera versión fue escrita de un tirón, con las entrañas, en un mes enfebrecido que el autor confiesa perdido en su memoria. Entre el atentado y el manuscrito de la novela no hay recuerdos en el consciente de Moulessehoul. Necesitado de un pseudónimo que protegiera su identidad, dado lo incendiario de su relato, decidió homenajear a su esposa y utilizar el nombre de ésta como su nueva identidad literaria. Así nació Yasmina Khadra. Cuando en la editorial francesa Gallimard se recibió el primer manuscrito de “Morituri”, el impacto fue brutal. Inmediatamente se planeó su publicación en la célebre Serie Noir, pero llegado el momento, dado lo escabroso y demencial de lo narrado por Khadra, hubo dudas. El propio autor hizo entonces algunas modificaciones para que los delicados estómagos europeos consiguieran soportar la narración de unos hechos que estaban sucediendo a apenas un par de horas en avión de nuestros cómodos hogares.

Desde su publicación la acogida de “Morituri” fue calurosísima, pero el éxito del Yasmina Khadra-autor era directamente proporcional al horror en que la vida del Mohamed Moulessehoul-persona se había convertido. No en vano el militar y escritor se encontraba encabezando la lista de los enemigos más odiados, denostados y buscados por un variopinto, y a cada cual más peligroso, grupo de personas, a los que, inclemente, oportunamente, había desenmascarado en su relato: desde los barbudos integristas descritos ferozmente en la novela a los múltiples beneficiarios e instigadores de una guerra sólo aparentemente sin sentido: intelectuales, burgueses, burócratas, policías y militares, a cada cual más corrupto, más miserable, más repugnante, más inmerso en la podredumbre ética y moral de una sociedad que, entre todos, estaban conduciendo a la destrucción. Por si fuera poco, incluso dentro del ejército tenía que mantener en secreto su aberrante condición de escritor, hasta tal punto que una circular militar impone la censura entre los miembros de las tropas.

Portada de "Morituri" en Gallimard

Portada de “Morituri” en Gallimard

Si hasta ahora hemos hablado del padre, Moulessehoul, y de su hija, Khadra, completemos la trilogía con el comisario Llob, protagonista de “Morituri”  y de sus dos siguientes novelas: “Doble Blanco” y “El otoño de las quimeras”. Por deferencia al lector virgen, no procede entrar en la anécdota de cada una de las historias. Digamos que conforman un todo en el que “Morituri”, de la que ya conocemos su gestación, te deslumbra, te sorprende y te engancha. Con “Doble blanco”, quizá la más clásica de las tres novelas, llega la confirmación, la seguridad, la consciencia de que Khadra tiene un talento literario de altura. Porque hasta ahora no hemos hecho referencia sino al fondo. Pero una historia sensacional, si se cuenta de forma desganada, rutinaria o, sencillamente, si no se sabe contar por falta de ganas o capacidad, es siempre un fiasco. La segunda parte de la Trilogía de Argel confirma a Khadra como un escritor de raza, talento y largo recorrido. El comisario Llob va definiendo esa personalidad insobornable, ácida, violenta y, a la vez tierna, sentimental y humana, profundamente humana que le caracteriza. Es en “El otoño de las quimeras” donde Khadra, una vez liberado de la censura militar, se atreve a desvelar su auténtica personalidad y filiación. Llob, Moulessehoul y Yasmina se funden en uno. Es inevitable que la historia real del autor impregne cada página del desenlace trágico y desesperanzado de esta trilogía dotada de fuerza arrebatadora. Un libro te lleva, irremediablemente, al siguiente. La prosa de Khadra y las andanzas de Llob y sus ayudantes por un Argel en pie de guerra, son altamente adictivos.

Concedamos la palabra, por un momento, al propio Llob, para que se presente de forma escueta: “…bebo de un trago un brebaje con cierto regusto a agua de colada y me tiro un buen cuarto de hora apostado tras la ventana, por si a algún terrorista se le hubiera ocurrido saltarme la tapa de mi prejuiciosa sesera… aparentemente la vía está libre y la calle tan desierta como el paraíso. Hay unos doscientos metros desde mi inmueble al aparcamiento donde guardo el coche. Antes me los recorría de una zancada. Hoy resulta una expedición. Cada paso supone un peligro. A veces, estoy tan cagado de miedo que me planteo regresar a casa. El guardia es buena gente. Le doy pena. Dentro de su modesta manera de entender las cosas, me da por muerto. Está incluso asombrado de verme aún vivo por ahí… Cuando (los barbudos) empezaron a tirotear a mis colegas, mi universo se despobló como por ensalmo. Por la calle la gente hace como si no me conociera. Tener trato con un pasma es una manera gilipollesca de ponerse a tiro, sobre todo cuando hay balaceras a diestra y siniestra. Ya nadie se atreve a hacerme la más mínima señal ni a echarme una miradita furtiva… en el país de los cuatro vientos, las veletas dan brincos en el aire. Hoy ya no soy sino “el” madero, y punto. Sólo se espera de mí que asuma mi condición de diana privilegiada y que cierre el pico”.

Imagino que, si en vez de llamarse Llob, el protagonista se llamara Fernández y en vez de vivir en Argel, viviera en, pongamos, Llodio o Basauri o Portugalete, el pasaje anterior habría resultado igual de válido y cercano a la realidad española de toda la última parte del siglo XX y principios del XXI. Y a cualquier otra zona en la que el terrorismo se haya enseñoreado. Esa es la grandeza de la buena literatura: su universalidad. Trascendiendo una anécdota, una historia concreta, un lugar y un momento determinados, la gran literatura se proyecta hacia el infinito. El círculo, sin embargo, se cierra: el escritor Antonio Lozano, durante la presentación de su libro “Harraga”, dijo, lo siguiente: “Yo he aprendido mucho más de la situación argelina leyendo la Trilogía de Argel que empapándome de artículos periodísticos”. Lo local es global. La tragedia individual es colectiva. Cerrar los ojos ante una injusticia,  volver la cara para otro lado ante una maldad, por lejanas y distantes que puedan parecer, te hacen cómplice de la barbarie y de la ignominia.

Adaptación cinematográfica de "Morituri", con Miloud Khetib en el papel de Brahim Llob

Adaptación cinematográfica de “Morituri”, con Miloud Khetib en el papel de Brahim Llob

En Julio de 2001, en España casi desconocido, Yasmina Khadra se bajaba del Tren Negro en la estación de Gijón. Iba invitado a la célebre Semana Negra. Licenciado del ejército argelino y desvelada su verdadera personalidad, Mohamed ha decidido seguir usando el pseudónimo que le ha dado fama como una permanente y perpetua declaración de amor hacia su mujer, quien, a la sombra de un hombre continuamente escondido, ha soportado los mismos sinsabores, miedos y terrores que él. Zeki, el editor de la nunca suficientemente valorada y reivindicada La Gangsterera, (http://gangsterera.free.fr ) le esperaba, nervioso, en el andén. Las siguientes palabras entrecomilladas son fruto de la larga, inteligente y apasionante entrevista que Zeki le hizo a Khadra: “Soy originario del Sahara argelino, de un pequeño pueblo milenario que tiene una historia extraordinaria y que se llama Kenadsa. De una tribu árabe que supo guardar durante siglos sus tradiciones, saber y valentía.” “Mucha gente se extraña de ver a un militar escribir y yo nunca fui otra cosa que un militar que un día descubrió los libros y ahí entendí que el amor que me había sido hurtado podía ser restituido por los libros”. (Hay que decir que el autor ingresó con nueve años, a instancia paterna, en una academia militar). “Me aferré a los escritores como si fueran realmente mis padres. Fueron ellos quienes me criaron, mientras paralelamente, los militares me instruían para ser oficial. Nunca traicioné a los militares que me formaron, pero tomé el desafío de ser digno de los escritores que me elevaron al rango de los hombres, que me sustrajeron al uniforme y me indicaron el camino de la comunicación que los muros del cuartel ocultaban.”

“Me prohíbo categóricamente sentirme amenazado. Soy un escritor, fui consciente de los riesgos que tomaba y para mí, en literatura, no hay más que un riesgo: el de decepcionar. Si uno consigue ponerse a todo el mundo en contra, pues… es el escritor quien tiene que demostrar que es capaz de administrar esa situación el solo. No quisiera interesar al lector por mi situación de hombre amenazado, si no por lo que digo en mis libros.” “En Argelia se está practicando una política de tierra quemada que en un principio dejará un gran caos que ocupará a la nación en un restablecimiento de las estructuras arrasadas en vez de pedirles cuentas a aquellos que están detrás de todo esto. Es una gran cobardía, porque el pueblo argelino no es rencoroso, es incluso indulgente y todo lo que desea hoy en día es un mínimo de decencia en aquellos que se supone deben garantizársela, es decir, a los responsables. Pero los responsables son extremadamente irresponsables. Es una cofradía de idiotas, de personajes codiciosos, sin conciencia, sin escrúpulos y no veo como nos podremos deshacer, con serenidad, de este sistema, ya que es una situación violenta que llama a una reacción violenta y como se sabe, la violencia nunca ha arreglado las cosas, muy al contrario… va a permitir a los belicosos de hoy ser los tiranos de mañana.”

Es suficiente ¿verdad? Llega el momento de rendir un sentido homenaje a Zoela, la editorial granadina que se embarcó, con valentía y clarividencia, en la aventura de publicar a Khadra en castellano.

Ruta completa: París – Marsella – Cagliari – Vigàta – Florencia – Milán – Venecia – Atenas – Estambul – Argel – Tánger

Un comentario en “Crucero mediterráneo: Argel

  1. RESEÑA:Al principio fue Morituri, una novela firmada por una misteriosa escritora argelina, Yasmina Khadra, cuyo nombre no tardaría a resonar como una deflagración en el paisaje literario europeo. Nacía un personaje: el tierno e incorruptible comisario Brahim Llob; escritor de novelas policíacas en sus pocos ratos perdidos, con sus 58 años cansados y su lucidez a toda prueba. Llob, dispuesto a todo para acabar con los depredadores integristas que asolan su país y desvelar sus ocultas conexiones con la mafia político-financiera. Con peligro de ser considerado “hombre muerto” por unos y otros. De ser censurado por su propia jerarquía. Llob, entregando su implacable radiografía de una tragedia vivida a puertas cerradas, a escasas brazas de Europa, mientras el mundo descubría, perplejo, el advenimiento de una plaga que habría de propagarse como un reguero de pólvora. Nacía también una voz literaria inconfundible a la hora de sondear, entre humor, rebeldía y desesperanza, el dolor de un país entregado a la barbarie y la corrupción. Una prosa ácida y metafórica a la vez, mezcla explosiva de crudeza y lirismo. Una voz, en aquel entonces clandestina, que se revelaría como la de un militar volcado en la lucha contra el terrorismo islamista, pero nacido para escribir. Elogiado unánimemente por la crítica y convertido en un clásico de la novela negra internacional, el tríptico del Comisario Llob –Morituri, Doble Blanco y El Otoño de las Quimeras–, se reúne aquí en un solo volumen, con el título de Trilogía de Argel.

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