Novela: “En un lugar solitario”, de Dorothy B. Hughes

Juan Mari Barasorda

El thriller feminista de una dama noir de los años 40

Cuando Chandler, en El simple arte de matar (1944), defiende que Hammett había creado un género escrito “para un lector… que no se asusta de lado en ebullición (“steamy”) de las cosas… la violencia no les asusta porque la violencia se vive en sus calles”, está encaminándonos a un elemento fundamental de la novela negra: la escena, la atmósfera, tensa, oscura, negra. Es más importante la escena que el crimen en sí mismo. El detective, sea privado o de la policía, transita las calles y es su voz en primera persona quien guía al lector. Fue el imprescindible Jim Thompson quien, con Un asesino dentro de mi (1952), ha pasado a la posteridad como el autor que trasladó la visión del detective al criminal. Su protagonista, Lou Ford, el ayudante del sheriff de una imaginada ciudad de Texas, se desnuda ante el lector (“Maté a Amy Stanton el sábado 5 de abril de 1952 poco antes de las nueve de la noche”), al que hace cómplice de las razones que le llevan a cometer un asesinato. La novela de Thompson es una de las mejores novelas negras que el lector podrá encontrar, pero sin embargo hasta ahora muchos lectores desconocían una novela publicada en 1947 narrada desde el punto de vista de un asesino en serie y escrita por una mujer a quien gran parte de la crítica ha considerado como la más noir de las escritoras americanas de los años 40.

Dorothy Belle Hughes publicó En un lugar solitario (In a lonely place) en 1947. Tenía 33 años. Había trabajado como periodista, escrito un volumen de poesía y comenzado a reseñar novelas criminales. Reconocía que Eric Ambler y Graham Greene fueron los escritores cuyas lecturas le llevaron a escribir sus novelas. De hecho, dedicó El gorrión caído, publicada en 1942, a Eric Ambler (“For Eric Ambler 2nd Lieutenant, Royal Artillery somewhere in England because he has no book this year”). Una escritora nacida en Missouri seducida por la manera de escribir de dos escritores británicos y capaz sin embargo de encarar la novela criminal bajo el mismo prisma en negro que escritores como Hammett, Chandler o Cain. El gorrión caído –una novela que recuerda a obras de Aghatha Christie y Eric Ambler– fue su primer gran éxito al ser llevada al cine, pero desde So blue marble o El oso bizco –publicada en España en los años 40, y una delicatesen a juicio de este lector que la leyó hace ya muchos años–, ambas de 1940, Hughes ya tenía ganado un papel de referencia en el género negro. En total catorce novelas negras –con nuevos éxitos como Persecución en la noche, que también fue una película– o The expendable man– entre 1940 y 1963. Y sin embargo, quedó relegada frente al elenco de escritores masculinos, al igual que otras escritoras que se adentraron en un género negro que consolidaron en la década de los 40 junto con Hughes: Vera Caspary (Laura,1941; Bedelia,1945); Charlotte Amstrong (The case of the weird sisters,1943); Helen Eustis (The horizontal man,1946); Leigh Brackett (con la fantástica y absolutamente chadleriana No good for a corpse,1944); Elizabeth Sanxay Holding (Nido de arañas, 1945; La pared vacía, 1947); Craig Rice / Georgiana Ann Randolph Craig (con la surrealista e hilarante Un cadáver afortunado,1940) o Margaret Millar (desde la necesitada de urgente traducción: The invisible worm,1941, a Pagarás con maldad,1950).

Hughes inauguró un camino que escritoras como Patricia Highsmith –que entra en la década de los 40 con Extraños en un tren (1950), novela emparentada con En un lugar solitario– continuaron años más tarde. El estudio de la psicología de un sociópata varón narrado por una mujer pero desde el punto de vista del criminal. Es cierto que En un lugar solitario es una novela narrada en tercera persona, pero el lector seguirá la trama, a través de una narración impersonal, desde la mente del criminal protagonista. Un logro más de Hughes.

Dix (Dickson) Steele es el protagonista. Terminada la guerra y su empleo como piloto de combate, llega a Los Angeles a ocupar la casa –y usar los trajes– de un amigo del que poco se sabe (Mel Terris) y subsistir con las rentas de un tío suyo del que se sabe aún menos. Dix añora la guerra porque añora sus días de piloto. El primer párrafo de la novela es la primera incursión en la mente del protagonista (pido disculpas por introducir alguna traducción diferente en base a mi lectura del original):

“Se estaba bien allí, de pie en el promontorio con vistas al mar nocturno (o del anochecer / “evening sea”)… Había en ello algo parecido a volar; la sensación de estar suspendido muy por encima de la tierra, de formar parte de la locura (o frenesí / “wildness”) del aire… Le había gustado volar de noche; lo echó de menos después de que la guerra terminase de aquel modo tan abrupto. No era lo mismo volar en un avioncito privado; lo intentó pero era como volver a picar piedra (o al hacha de piedra / “to the stone ax”) tras haber empleado herramientas de precisión. Aún no había encontrado nada parecido a volar sin cortapisas (o salvaje / “wild”).

El lector sabe desde los primeros párrafos –o por lo menos lo intuye– que Dix es un paranoico, un sociópata. Pero no hay regresiones a su infancia. Solo nos deja entrever un pasado hecho de fragmentos. Esa guerra en la que estuvo junto a su amigo Brub Nicolai y a cuyo final ambos tomaron caminos opuestos en el mundo del crimen. Esa guerra que le llevo a conocer a Brucie, la joven con la que vivió un pasado que el lector conocerá entre jirones de bruma y que marcó su vida.

Dix esta solo en Los Angeles. No soporta esa soledad (“Un hombre no podría vivir solo; necesita amigos”). Pero transita por un lugar solitario y encuentra una mujer solitaria… Al día siguiente, en su apartamento, Dix necesita leer el periódico. Una mujer ha sido asesinada. Una nueva víctima del estrangulador. El lector sabe lo que ha pasado. Pero los pensamientos de Dix no se centran en el crimen sino en la soledad. Dix descubre que su viejo amigo de la fuerza aérea, Brub Nicolai, vive en los Angeles. Le llama. Brub le invita a su casa y le presenta a su mujer. Brub es el detective de la policía que investiga el caso del estrangulador. Algo salvaje vuelve a aparecer en Dix, su deseo de jugar al gato y el ratón con la policía. El riesgo.

Hughes no convierte En un lugar solitario en una novela de detectives sino en un thriller (algo parecido había planteado ya en El oso bizco, una novela también compleja y no tan valorada pero que combinaba el whodunit con el thriller de manera perfecta a juicio de este lector). Sabemos que fue Dix. Dix juega con Brub y su compañero detective, Lochner. En los diálogos entre los tres hay mucho de reto salpicado de retazos de ironía. En un momento, Nicolai ofrece mostrarle a Dix la última escena del crimen; Dix lo lleva a él y a Lochner al lugar, y Lochner dice: “El único lugar donde encontraremos algo es en su automóvil”. Y Dix se ofrece a llevarles en su coche. Dix juega con los detectives y el lector asiste al juego desde la mente del asesino. Es precisamente la tercera persona narrativa que ha elegido Hughes la que guía al lector por los pensamientos de Dix. Sentirse un sociópata no es fácil.

Ser un sociópata no es su única desviación. Dix es, además, un misógino. Su actitud hacia las mujeres se revela en muchos de sus pensamientos y solo es frente a mujeres fuertes como Sylvia Nicolai, la inteligente mujer de Brub, o Laurel Gray, la vecina del edificio de apartamentos donde Dix vive, cuando Dix se retrae, se empequeñece. Frente a Sylvia, la mujer de su amigo Brub, porque aprecia en ella una poderosa fuerza interior –de hecho Dix la imagina como una mujer que empequeñece a su amigo Brub– y frente a Laurel Gray porque aprecia en ella inteligencia y determinación, tanta que es su actitud ante la vida la que le seduce, la que le enamora. Porque, no lo olvidemos, es el lado salvaje y libre de la existencia el que sustenta las ilusiones de Dix.

Sea mujer o varón el lector, en ningún caso le resultará fácil identificarse con Dix. Además, difícilmente puede ser ese el objetivo de Hughes. Posiblemente la propuesta es intentar “sentir” sus emociones sin necesidad de identificarnos con el protagonista. Como cuando Dix sigue a una víctima (“Sabía que ella lo escuchó cuando su talón dio un golpe extra, como si hubiera tropezado a medias, y sus pasos fueron más rápidos. No caminó más rápido, continuó caminando pero alargó el paso, sonriendo levemente. Ella estaba asustada”). Otras veces el pensamiento es más directo, como cuando conoce al matrimonio amigo de los Nicolai. Maude Jepson es el tipo de mujer sin valor para Dix. “Le gustaría encontrársela en algún rincón oscuro. Le haría un favor a la humanidad”. También es necesario este proceso para advertir hasta qué punto el criminal va sintiendo que el círculo se cierra sobre él. Ese es el suspense que nos brinda Hughes, porque no olvidemos que En un lugar solitario hay tanto de thriller como de novela negra, solo que no es el thriller que cocinaba Hitchcock en sus películas. Dix no es ni Cary Grant ni James Stewart. El enamoramiento de Dix por Laurel Gray que se consolida a medida que avanza la novela es un complemento en la tensión, aunque en la versión cinematográfica protagonizada por Humphrey Bogart (Dix Steele) y Gloria Grahame (Laurel Gray) adquiere el papel principal de la trama (en la película, Dix es un escritor de novelas y guiones de misterio y su culpabilidad no resulta manifiesta como lo es en la novela).

Hughes tuvo la valentía de situar en la mente de un sociópata misógino a sus lectores, hombres y mujeres, lo que no era una propuesta fácil en los años 40. Fue en 1947 cuando fue detenido Jake Bird, el asesino del hacha de Tacoma, uno de los más prolíficos asesinos en serie, autor confeso de la muerte de 46 mujeres. Y Hughes escribió su novela mientras leía en los periódicos la persecución policial de Bird e hizo pasar al lector por el trance de ponerse en su piel. Pero Hughes tuvo también la habilidad de construir una novela feminista –logro conseguido en menor medida en la película– a través de los caracteres de Sylvia y Laurel, especialmente la primera.

Sylvia vive un matrimonio perfecto con Burb, posee la estabilidad económica que Dix envidia y un alto nivel de relaciones sociales como Dix también desea. Además es un carácter fuerte e inteligente (“…soy psicologa y descubro lo que hay en el interior”). Dix fantasea incluso con que Sylvia pueda interesarse en él. Además Sylvia sugiere libertad (“era demasiadas mujeres”). Pero no por ello Hughes deja de ofrecer al lector, en esa narración impersonal que representa a Dix, una lectura de un periódico matutino sobre el ¿quinto? asesinato del Estrangulador, el de una impersonal Mildred Atkinson, una mujer que, según el periódico, “había llevado una vida muy anodina”, “lo único estimulante que le había pasado era haber sido violada y asesinada. Y hasta en eso había sido la sustituta de otra”. En esa terrible frase, Hughes nos introduce en la mente sociópata de Dix; en su odio hacia la mujer a la que teme por su fuerza. Con Laurel es distinto porque Dix se enamora de ella. Laurel es ambiciosa, decidida (“ella es dinamita”). Ambos personajes femeninos renacerán al final de la novela (un final muy distinto por cierto al de la película protagonizada por Bogart) que no defraudará al lector.

La recomendación es que lean En un lugar solitario. Pero no una sola vez. Hace falta reposo para apreciar la prosa y los diálogos de Hughes y para acompañar durante unos días a Dix Steele en su búsqueda del viento libre y salvaje. Háganlo en su sillón favorito, en ese lugar solitario donde la (buena) novela negra les atrapa, y no podrán abandonar su lectura.

No tienen escapatoria. (1)

”…sinceramente no creo que él (asesino) pueda escapar. Tiene que vivir con sí mismo. Esta atrapado en ese lugar solitario. Y cuando ve que no puede escapar…” –dijo Brub encogiéndose de hombros– pues se suicida o acaba en el manicomio…, no lo sé. Pero no creo que haya una escapatoria” (En un lugar solitario)

En un lugar solitario

Dorothy B. Hughes
Trad.: Ramón de España
Gatorpardo Ediciones

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