El rincón oscuro. La conjura contra América

Distopías. Hasta hace tres meses, siempre que hablábamos de distopías había quien preguntaba por su sentido y significado. Hoy es una palabra de uso común, como pandemia, confinamiento o desescalada, por desgracia.

Esta semana vamos a hablar de una modalidad distópica diferente: la ucronía, que se define como una reconstrucción histórica construida lógicamente y que se basa en hechos posibles, pero que no ha sucedido realmente.

Año 1940. Europa de desangra en una cruenta guerra que ha llevado a los nazis a dominar prácticamente todo el continente. Los Estados Unidos se debaten entre entrar en la contienda o seguir permaneciendo al margen, haciendo gala de su supuesta neutralidad.

Por los demócratas se presenta Franklin Delano Roosevelt, padre de la New Deal. Por los republicanos, el candidato que concurre a las urnas es el ídolo de masas Charles Lindbergh, adalid de la neutralidad, autor de varias declaraciones públicas de carácter antisemita y cuyo eslogan de campaña es tan simplista como maniqueo: ‘La guerra o yo’. Su otro mantra, agárrense ustedes, es ‘América First’. ¿Les suena? Así las cosas y dado que estamos en una ucronía, ¿quién piensan ustedes que ganará esas elecciones?

Ese es el punto de partida de ‘La conjura contra América’, miniserie de seis episodios producida por la HBO y basada en una de las novelas más controvertidas del escritor norteamericano Philip Roth.

Una miniserie de época que se deleita en el detalle ornamental y en su exquisita ambientación, que luce de forma muy especial gracias a una fotografía prodigiosa, a caballo entre ‘Días de radio’ de Woody Allen y ‘El Padrino’.

Una miniserie que apela a la confrontación de ideas y que interpela continuamente al espectador, como no podía ser de otra manera teniendo en cuenta quiénes están detrás de ella: David Simon y Ed Burns, dos de los mejores agitadores del noir televisivo contemporáneo desde los tiempos de su mítica ‘The Wire’.

Todo lo que ocurre en ‘La conjura contra América’ lo vivimos a través de los Levin, una familia judía de clase media que vive en Newark, conocida como ‘la ciudad de los ladrillos’ y situada en New Jersey.

Herman Levin, interpretado por un poderoso Morgan Spector, es un vendedor de seguros que sigue la actualidad pegado a la radio y a través de los noticieros que se proyectan en los cines, antes de la película. Detesta el antisemitismo de Lindbergh y no se puede creer que vaya a concurrir a unas elecciones. Su mujer Elisabeth, interpretada por la Zoe Kazan, la nieta del mítico cineasta, tiene los pies muy apegados a la tierra y la cabeza muy bien amueblada. De todos los personajes de la serie, es la más coherente y sensata. Como la vida misma.

El matrimonio tiene dos hijos. El mayor, Sandy, admira a Lindbergh, al que considera un héroe por sus hazañas aéreas. El pequeño, Philip, a través de cuyos ojos contemplamos todo lo que pasa, es el más tierno e inocente.

Junto a ellos, dos personajes esenciales: Alvin. El hombre de acción. Amigo de la mala vida y gángster en ciernes; cansado de escuchar los lamentos, miedos, dudas y zozobras de su gente, Alvin decide enrolarse en el ejército canadiense para combatir a los nazis y luchar físicamente contra ellos.

Y nos queda el rabino Lionel Bengelsdorf, el personaje más siniestro y peligroso de la serie, interpretado por el camaleónico John Turturro. Culto e ilustrado, trata de nadar entre dos aguas con su verbo florido y su retórica sin fin. De ahí que Lindbergh decida utilizarlo para su causa: si un rabino con tanto predicamento le presta su apoyo y tamiza y blanquea sus declaraciones antisemitas, los recelos de buena parte de la comunidad judía se irán desvaneciendo.

El rabino habla de paz. Como Lindbergh. ¿Quién no está a favor de la paz? Le pone el contrapunto intelectual al encendido y airado verbo de la ultraderecha. En realidad, no hace sino defender sus puntos de vista, tratando de desviar el foco de atención de las cuestiones más polémicas. El rabino, tan digno e inmaculado, le pone una repugnante sordina a las trompetas del Apocalipsis que, para quien quiera verlo, ya han empezado a sonar.

Cuando Philip Roth escribió ‘La conjura contra América’, en 2004, el fenómeno de Trump era algo inimaginable. Hoy, su lectura tiene unas resonancias distintas. No es de extrañar ni es casualidad que un tipo tan comprometido como David Simon haya ofrecido su versión televisiva en 2020, año electoral en los Estados Unidos.

Lean a Philip Roth y/o vean la serie de Burns y Simon. ‘La conjura contra América’ hace pensar, algo tan complicado de conseguir en estos tiempos líquidos, casi gaseosos. Obliga al lector/espectador a tomar partido. A plantearse qué haría en las distintas situaciones que presenta una ucronía distópica que, por desgracia, no está tan alejada de la realidad.

@jesus_lens

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