Novela: “El último beso”, de James Crumley

Teresa Suárez

«El local ni siquiera tenía nombre, solo un cartel descolorido que prometía lánguidamente CERVEZA mientras se balanceaba en el inclinado porche (…) Los tacones de mis botas hicieron crujir los tablones del suelo (…) Había llegado al lugar, un lugar al que yo mismo podría haber ido a parar en una juerga tal como una canica va a parar a una grieta (…) Podía haber sido perfectamente mi rincón: un hogar en el que un hombre podía beber en pleno aburrimiento, lamentarse violentamente y obtener el perdón por el preció de una cerveza».

¡Go West!

De la mano de Crumley, James Crumley, uno de los clásicos del género negro, nos trasladamos al Oeste americano para conocer, de primera mano, a un tipo de esos cuyo nombre tal vez no les diga nada pero cuya cara les sonará seguro. ¿Apuestan algo?

Varón caucásico, entre 35 y 45 años. Barriga de bebedor, probable nariz rota de boxeador, desaliño en el vestir y una forma de vida, macerada en alcohol, solitaria, carente de afectos y sin obligaciones. Escasas habilidades sociales. Buen conocedor de las cloacas de la existencia, escéptico y desengañado, deja pasar la vida tratando de no implicarse demasiado en ella: « ¡Ah, los buenos momentos! Fiestas que nunca terminan, inagotables botellas de whisky, el placer de las drogas… mujeres excéntricas envueltas en satén y tela vaquera, en plata y oro repujado. La vida fácil, sin el lastre de una familia, de un empleo, sin la maldición de las responsabilidades. La libertad consiste en no tener nada que perder, y la vida nocturna es la única que puede llamarse vida porque puede continuar y continuar y continuar».

Arquetipo del detective privado.

Sughrue, «pistolero a sueldo de segunda categoría o vagabundo de primera», de Meriwether (Montana), detesta pensar. Cuando se cansa de su profesión habitual (recuperar coches robados o no pagados, expiar a esposas poco dóciles o perseguir maridos inquietos), y decide aplicarse a sí mismo un expediente de autorregulación temporal de empleo, dedica su tiempo libre a poner copas en un bar de alterne del que es medio socio, o eso cree («Me asocie en secreto con los gemelos Schaffer y compramos el local y la licencias (…) En tanto socio minoritario no pude impedir que se adueñaran de mi bar favorito y lo convirtieran en un negocio rentable con bailarinas en topless, billar y maquina del millón»). ¡Si te priva la priva, no hay mejor oficio en el mundo que el de camarero!

En medio de uno de esos lunes al sol que tanto le gustan, recibe el encargo de buscar y devolver a casa, más o menos entero, a Trahaerne, un escritor de best-sellers desaparecido. Trabajo llama a trabajo y, en el mismo miserable bar en el que encuentra al escritor, seco de inspiración pero empapado en alcohol, es contratado para seguir la pista de Betty Sue Flowers, una joven que huyó de su hogar hace tiempo y de la que su madre no ha tenido noticias en diez años.

El caprichoso, rico y aburrido Trahaerne, decide acompañar a Sughrue en la búsqueda de la chica. A la improvisada comitiva se unirá un chucho de bar de nombre Fireball, un bulldog tan beodo como sus dos compañeros de viaje (a un perro con una cerveza en la boca, ni su dueño le toca).

Ambos encargos llevarán a Sughrue de una mujer a otra…

Madres…

Rosie, dueña del bar, una pobre chica sola en el mundo («se atusó los rizo canosos, metió la mano por debajo de la barra y sacó una semiautomática española del calibre 380 bañada en plata»).

Edna Trahearne, alta, huesuda, cerca de los ochenta pero con unos «ojos llenos de vida» y que «pese a sus dedos retorcidos, estrechaba la mano con firmeza».

Nueras…

Catherine Trahearne, la primera, a quien «los años no le habían restado belleza; al contrario, la habían vuelto más encantadora. Tenía la piel tersa y bronceada y las carnes firmes».

Melinda Trahearne, la segunda, una mujer que «no era fea, solo común y corriente (…) Tenía el pelo de un marrón anodino, ni claro ni oscuro, y lo llevaba tan enmarañado y tan corto que hacía que su nariz pareciera más larga, su boca más ancha y sus ojos más separados (…) No parecía ni gorda ni flaca, pero se desenvolvía con la calculada gracia que las ricas parecen aprender en cuanto dan sus primeros pasos».

Y ella, la hija perdida, la prodiga, la deseada, la más buscada.

Betty Sue, «una chica guapa y solitaria, solitaria porque nadie estaba a su altura», cuyo rastro, compuesto de babas, fluidos varios y pensamientos impuros, se pierde en el tiempo como lagrimas en la lluvia…

¿Qué como suelen terminar estas historias?

Pues con el detective de turno, apuntalado en la barra de cualquier barucho de mala muerte, tratando de embriagarse para no recordar, mientras suena de fondo una de esas canciones que acompañan a los borrachos en el último trago (bueno en el penúltimo porque, como me dijo una niña con su lógica infantil, si fuera el último estarías muerto) y los reconcilia con el mundo.

Los lectores, repantigados en nuestro sofá, cuando llegamos al final de la historia lo hacemos con cierto regusto a whisky y cerveza en la boca, aunque no hayamos probado ni una gota, y con cierta amargura que el antihéroe nos ha legado.

Si, como cantaba Dani Martín y su banda, son de los que creen que «lo bueno y lo que importa está en los besos», no dejen de leer a James Crumley.

Aunque sea el último, o tal vez por eso, su beso les producirá un enorme placer.

El último beso
James Crumley
Trad.: Enrique de Hériz
Salamandra

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