Novela: “La suerte del enano”, de César Pérez Gellida

suerte del enanoTeresa Suárez

«Valladolid, 2019. Sara Robles es una inspectora singular. Encargada de resolver un macabro crimen, además tiene que lidiar con sus problemas cotidianos, estrechamente relacionados con la adicción al sexo y con un pasado que no termina de curar. Mientras tanto, El Espantapájaros, una misteriosa cabeza pensante, ha orquestado el robo perfecto junto a un exminero, un pocero y un sicario, y está a punto de llevarlo a cabo a través del alcantarillado de la ciudad.

La suerte del enano es una brillante novela con altas dosis de investigación policial, sexo y violencia en la que el lector profundizará en el complejo mundo de los robos de obras de arte y sus extensas ramificaciones que los relacionan con grupos de delincuencia organizada.

Gellidismo extremo en estado puro».

Dantesco, kafkiano, quijotesco, dickensiano, orwelliano… Los epónimos (darle el nombre de uno a alguien o algo) son frecuentes en la literatura y dan fe de la trascendencia que, bien el autor o su obra, han tenido, y tienen, en la cultura popular.

Al hilo de lo anterior, y puesto que es la primera novela que leo de César Pérez Gellida, obvia decir que el término “gellidismo”, empleado, según parece, para referirse a un estilo “muy particular” que caracteriza a este autor vallisoletano, a mí no me dice nada.

Ni los thriller sobre timadores ni aquellos cuya trama gira en torno a un robo o a la planificación y ejecución de un atraco, sea a joyerías (Camille de Pierre Lemaitre sería la excepción), bancos, furgones blindados o trenes del dinero, se encuentran entre mis favoritos. Descartado, pues, el argumento, el trabajo de engancharme a novela y escritor en este caso recaía, exclusivamente, en la forma y los personajes.

Como en La suerte del enano el arte desempeña un papel importante (el golpe es en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid y la obra sustraída El martirio de San Sebastián), se me ocurre que en su estructura narrativa podemos destacar una nave central (el robo de una pieza escultórica de valor incalculable), con tres ábsides (Sara Robles, el Espantapájaros y Raimundo Trapiello Díaz, Rai, minero asturiano y mi personaje favorito) y varias capillas laterales dedicadas al resto de personajes, presentes o elípticos, con especial devoción por el pocero, el sicario y, por riguroso orden de aparición, los compañeros de Sara Robles.

La trama principal (robo, varios asesinatos, búsqueda de los culpables) es atravesada por varias subtramas entre las que brilla, como neón luminoso, la vida personal (amores, desamores, polvos múltiples y resto de relaciones inclasificables) de Robles, Sara Robles.

Buscado, y la mayoría de las veces conseguido, destaca el rigor en la investigación y en la práctica forense (“La teoría dice que es un proceso post mortem que se presenta a partir de los treinta días del fallecimiento, pero se acelera bajo condiciones de alta temperatura y humedad”). Se nota que hay detrás una importante labor de documentación.

La hipersexualidad de la policía pucelana («De poco le habían servido las nueve sesiones que acumulaba con su terapeuta en un poco convencido intento de controlar lo que la doctora Hernández Revilla había denominado hipersexualidad y que el resto del planeta conocía como adicción al sexo») recuerda, sin remedio, a otra célebre inspectora afincada en Madrid, de nombre Elena Blanco, nacida de la pluma de la enigmática Carmen Mola.

En respuesta a estados de ánimo que van desde la depresión galopante, la ansiedad, el aburrimiento, la irritabilidad o situaciones vitales estresantes, ambas mujeres practican, con asiduidad preocupante, conductas sexuales de marcado carácter adictivo, lo que te lleva a preguntarte si para que una fémina ascienda a posiciones de autoridad en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado es requisito obligatorio estar obsesionada con el sexo y gozar, nunca mejor dicho, de una libido muy activa (a tenor de Amaia Salazar, inspectora de homicidios de la Policía Foral de Navarra, su representante más conocida, parece que, a la hora de ocupar cargos de responsabilidad, en las policías autonómicas se valoran más las cuestiones espirituales que las estrictamente corporales).

Latinajos («Sin embargo que su altura no influya en el resultado, ergo, que sea circunstancial, no altera la situación en que se encuentra: con su diminuta mano manchada de mierda»), hipérboles («Sentado en una silla de madera mil veces barnizada»), anáforas («Trescientos veinticinco trabajadores a la calle, trescientas veinticinco familias), rasgos de afectación («Emile Qabbani, más aturdido que malherido, estaba a punto de completar la composición espacio tiempo para determinar así la manera de incorporarse») y cargantes metáforas («la opacidad morfológica de los dos hombres, parados bajo el quicio de la puerta, impedía la visión de la inspectora») que, pese a buscarlo con insistencia, no logran arrancarme la ansiada sonrisa.

Aunque en la fisonomía de la escritura de este autor hay rasgos que, en ocasiones, evocan al culteranismo encabezado por Luis de Góngora, la belleza no es el objetivo principal de la prosa de César Pérez Gellida.

Humor absurdo, humor negro y humor descolorido o crudo, de ese que apela a situaciones vergonzosas o dolorosas de los personajes para provocar la risa como, por ejemplo, el propio título de la novela («la suerte del enano, que fue a cagar y se cagó en la mano»).

Una vez («La había pillado vistiéndose a hurtadillas en completo silencio para no despertar a su particular Vello Durmiente – no por guapo, sino por peludo»), otra («Rondaba los treinta y era de esos que, sin ser físicamente muy agraciados, se saben resultones. De los que han sido finalistas en el concurso de guapos de la feria de ganado de su municipio total»), otra más («De la misma quinta que Casiguapo, su amigo era bastante más llamativo en primera instancia, pero de los que en cuanto abren la boca te demuestran que son tontos hasta el almuerzo y luego ya todo el día») y otra («En su cabeza se estaba desarrollando un debate en el cual, los preceptos defendidos por los diputados del partido TDC – Terapia Dialéctica Conductual- estaban siendo aplastados por las voces de los integrantes del GLE –Ganas de Liberar Endorfinas-, y todo parecía indicar que, otra vez, el decreto ley que pretendían aprobar sería rechazado por amplia mayoría»)… ¡Uffs!

La terca actitud humorística («Podría culpar al itinerario marcado por Google Maps, pero, claro, la aplicación aún no tiene en cuenta si el usuario ha delinquido o no antes de trazar la ruta»), muy presente en toda la novela, no sé si convierte el estilo Gellida en algo particular, pero irritante es un rato. Bastante. Bueno, al menos a mí me lo parece.

Cuando el recurso al alivio cómico en vez de puntual se hace recurrente, deja de ser alivio para convertirse en agobio, y en vez de relajar la tensión, si es que la hay, te produce tal irritación que lo que añoras es que alguien se ponga serio, descargue un puñetazo sobre la mesa y grite aquello de: ¡Callarse, coño!

Los guiños a una ciudad, sea natal o no (se es de donde se pace, no de donde se nace), siempre garantiza un nutrido grupo de lectores para quienes las menciones a sus bares, monumentos, equipo de futbol o grupos musicales de referencia («Nacimos hace unos años en Pucela capital, nos llamamos Celtas Cortos y empezamos a tocar»), supone un atractivo añadido a cualquier historia. Pero que la ciudad, pueblo o territorio, exceda los límites de la ambientación espacial para convertirse en un personaje más o, en ocasiones, en el auténtico protagonista de la narración, a mí me produce rechazo.

Es más, la frecuencia con que, últimamente, se utiliza este recurso en el género negro, policiaco y thriller, me hace añorar novelas como La noche sin memoria de Jordi Ledesma, donde ni personas ni lugares tienen nombre, por lo que la identificación del lector con lo escrito cuesta bastante, es cierto, pero cuando brota es un amor incondicional para toda la vida.

Por lo dicho hasta ahora, no sé si exclamar ¡Ave!, mientras levanto mi brazo como saludo de bienvenida de este César pucelano a mi acervo literario, o agitarlo en el aire en señal de despedida.

El tiempo lo dirá.

Mientras tanto, y como siempre, ustedes deciden.

La suerte del enano
César Pérez Gellida
Suma de Letras

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