El lugar de los hechos. Costa Este: Detroit

Un viaje alrededor de la novela negra

Costa Este: DetroitClevelandX-ville – Boston – Nueva York – Nueva Jersey – Baltimore – Washington DC – Richmond – Miami

Etapa anterior: Toronto y Niagara Falls

En octubre de 2024, se publicaba El lugar de los hechos. Un viaje alrededor de la novela, ensayo a cuatro manos escrito entre dos amigos y apasionados por el género negro: Jesús Lens y quien firma ahora estas líneas. Algo más de cuatrocientas páginas en las que visitamos tres continentes (Europa, Asia y África), treinta países y cincuenta y dos ciudades.

La aventura continúa, ahora en solitario y en otro soporte (esta vuestra revista Calibre .38), con la pretensión de recorrer América de norte a sur, Caribe, Pacífico y Antártida. Podrás seguir el recorrido en «cómodas entregas» -una por cada etapa del viaje- que recopilaré en un pdf de libre descarga conforme se vayan completando las diversas rutas en las que he estructurado el recorrido.

Buen viaje.

Ricardo Bosque

La ventana del Rocket Coffe le ofrece a Jonno una vista perfecta de la carcasa hueca de la Estación Central de Míchigan. La Acrópolis de Detroit. Alguna lumbrera propuso conservar las ruinas icónicas. Para eso está todo el mundo aquí, en cualquier caso. Para mirar pasmados los edificios derruidos y hacer fotografías. La única diferencia entre los hipsters que se cuelan aquí en edificios abandonados y los turistas de mediana edad en calcetines y sandalias del Coliseo es que los primeros usan más filtros en sus fotos y los segundos llevan audioguías.

Monstruos rotos. Lauren Beukes

En nuestra siguiente ruta pretendemos recorrer la costa este de los Estados Unidos así que, estando en Niagara Falls, parecería lo más lógico atravesar el Rainbow Bridge y plantarnos en Búfalo en poco más de media hora y ya habríamos cambiado de país y exactamente en dirección a la zona que queremos conocer.

Pero ni somos lógicos del todo ni queremos dejar fuera de nuestro viaje alrededor de la novela negra una ciudad que, sinceramente, consideramos que merece la pena una visita aunque sea de unas cuantas horas, no solo por su importancia en el género sino también por haber sido una urbe eminentemente musical -y la música siempre ha estado unida a la novela negra-, quizás una de las pocas ciudades que podemos asociar a un tipo de música muy concreto. ¿Les suena de algo lo de la Motown? ¿The Supremes, The Jackson 5, Stevie Wonder, Marvin Gaye? Todos salieron de aquí.

Así que decidimos hacer cerca de cuatrocientos kilómetros adicionales -una minucia al lado de los que nos quedan por cubrir- y nos desplazamos hacia el oeste para, en cuestión de cuatro horas, atravesar el Detroit Windsor Tunnel y pasar de un país con educación y sanidad pública gratuita y universal a otro en el que un policía veterano como Harry Bosch, con cuatro décadas de carrera profesional, debe decidir en un momento dado en qué usa la indemnización recibida del ayuntamiento de la ciudad en la que presta sus servicios, si en pagar los estudios universitarios de su hija o el tratamiento con el que combatir el cáncer que le han diagnosticado.

Pero tiempo tendremos de visitar Los Angeles, de momento haremos escala en Detroit, una ciudad que se ha convertido en los últimos años en el símbolo de la muerte del sueño americano.

Y serán dos mujeres, dos excepcionales escritoras, quienes nos presten su mirada para ver la ciudad como requiere la ocasión: Joyce Carol Oates y Lauren Beukes.

Oates es uno de esos nombres que siempre aparecen en las quinielas de los premios Nobel de literatura -hola, Murakami- e incluso de los Pulitzer pero que, desgraciadamente, siempre queda en eso, en un amago que no termina de fructificar. Sí ganó, sin embargo, el Pepe Carvalho -que tampoco está nada mal- por su personal tratamiento de la violencia en la novela negra según dijo el jurado en 2020.

Detroit no podía ser una excepción a la regla.

Bajando por Woodward Avenue y en la salida I-75 hacia el centro de la ciudad, descampados llenos de escombros como en tiempos de guerra. En los colmados, en los escalones de entrada de las viviendas, los callejones y las escaleras te encontrabas con madres que dependían de las ayudas del Gobierno. Ojos con párpados somnolientos que apenas se abrían para cruzarse miradas, iris tan encogidos que parecían una puntada. Veladura de crack y cocaína, la boca floja de tal manera que una sonrisa adecuada era la llave, era factible ingeniárselas para que entregaran a su criatura por una papelina, es decir, nos la “prestaran”.

Hanna Jarret, la protagonista de Babysitter, deja en paños menores a la aprendiza de Anastasia de las cincuenta sombras. Madre de dos hijos, disfrutando de una vida acomodada en una urbanización de lujo situada a veinticinco kilómetros al norte de la ciudad -en palabras de la autora, solo se la puede definir “dentro del patriarcado como una mujer que un día fue deseable y ahora es, sobre todo, madre”-, no tardará en caer en las redes de un depredador sexual al que conoce en una de esas reuniones de mujeres influyentes en el hotel Renaissance Grand, en Renaissance Place, una ciudad vallada dentro de otra que, ya en los sesenta, olía a bancarrota.

En 1967 hubo incendios en las barriadas del centro, tiroteos por las calles, francotiradores en las azoteas, saqueos, coches patrulla volcados y en llamas, un pandemónium, pero al menos no traspasó los límites de la urbe, quedó confinado a «su territorio». Solo que ahora están invadiendo las zonas residenciales, «nuestro territorio».

Ambientada en los años setenta y escrita a modo de thriller, la novela está basada en hechos reales sucedidos en la misma época en la que transcurre, en la que uno o dos hombres de la zona que nunca fueron detenidos asesinaron a varios niños. Sin embargo, que nadie pretenda encontrar una novela de acción trepidante, uno de esos pasapáginas de manual que tanto abundan cuando se trata de recrear este tipo de hechos. No, Oates procesa de otro modo y su novela es una excusa para denunciar toda una serie de temas que, desgraciadamente, siguen vivos cincuenta años después: el machismo, el trato vejatorio que reciben las víctimas de violación -independientemente de la extracción social de las mismas, que se lo digan si no a Hanna- o ese racismo que ya parece inherente a determinadas sociedades y la explotación que conlleva de los migrantes que residen entre nosotros, lo que vemos personalizado en Ismelda, la asistenta que podría pasar desapercibida en cualquier otra novela y aquí es un personaje que adquiere un peso vital en la estructura familiar de los Jarret.

No es lectura cómoda pero sí necesaria, sin duda. Angustiosa por momentos, en ocasiones el lector querrá romper esa cuarta pared que le separa de los personajes para gritarle a la protagonista que huya de la mierda en la que se está metiendo.

Más reciente es la época en que se ambienta la segunda de las novelas que nos va a permitir conocer mejor Detroit. Concretamente, 2014, un año después de la declaración de bancarrota de la ciudad, una ciudad que muestra unos signos de abandono que consideramos impropios del primer mundo. Como ejemplo, el complejo industrial de Packard -al este de la ciudad-, en su momento la instalación de fabricación de automóviles más moderna del mundo y actualmente refugio de grafiteros, exploradores urbanos, aficionados al paintball y fiestas tecno underground

El destino de peregrinaje número uno de la América Moribunda -dice Jonno. Pero pese a todo está impresionado. La desolación generalizada. Ladrillos rotos y pilares de cemento que sostienen el cielo. Todo empantanado por malas hierbas y grafitis. La palabra “mierda” aparece mucho, lo que parece apropiado.

Fiestas como las que se celebran en Monstruos rotos, novela coral de Lauren Beukes con un amplio reparto encabezado por la inspectora Gabi Versado, una mujer de carácter que hace suyo aquello de que todos vivimos tres versiones diferentes de nosotros mismos: una vida pública, una vida privada y una vida secreta.

Junto a ella, un equipo variopinto integrado por Bob Boyd, un tipo grande y desaseado que viste trajes flamantes para impresionar; Luke Striker, hombre con quien la inspectora mantiene una relación de las que pertenecen a su vida secreta, pintas de cafre y “la clase de tío que uno espera encontrarse con las esposas puestas y no al revés”; Marcus “Chispitas” Jones, recién salido de la academia, siempre luciendo un peinado ridículo con trenzas pegadas al cuero cabelludo rematadas por una colita de rata; Mike Croff, el zángano y bromista del equipo; Ovella Washington, muchas horas de vuelo, de Antivicio a Robos y luego a Homicidios; y en el extremo superior de la pirámide jerárquica, el capitán Joe Miranda, apodado Ol’Blue Eyes no por el color de ojos (que son marrones) sino por su frialdad a lo Sinatra.

En paralelo a este nutrido equipo y desempeñando un papel crucial en la historia nos encontraremos a Layla, la hija adolescente de Versado quien, junto a su mejor amiga, juega a flirtear por internet con un posible pedófilo para desenmascararlo. A Jonno, un periodista freelance desesperado, que con su cámara casi de aficionado trata a toda costa de conseguir la exclusiva del horror aunque tenga que introducirse en el corazón de las ruinas que invaden la ciudad. O a TK, un drogadicto de pasado turbio y ahora reformado, que procura garantizar la seguridad de su familia de la calle al tiempo que trata de encontrar su sustento introduciéndose en casas embargadas para buscar algunos bienes y enseres que vender. Y por supuesto, Clayton Broom, el escultor loco por la fama que protagoniza una de las tramas más surrealistas e inquietantes de todas.

Y el centro de todos estos personajes, la ciudad y una trama que comienza con el hallazgo del cuerpo de un niño -del tronco de un niño, concretamente- que ha sido pegado a los cuartos traseros de un ciervo. Una ciudad devastada por la ruina económica que Beukes describe como nadie ofreciendo al lector pinceladas precisas que van salpicando la novela.

Las carreteras de Detroit están construidas como radios que parten del centro hacia fuera con los kilómetros marcados. Se puede recorrer en línea recta la avenida Woodward, cruzar Eight Mile (que viene a ser la frontera de la ciudad), continuar y ver cómo el deterioro urbano se transforma en una zona residencial de extensiones de césped plagada de todoterrenos y Prius, a veces juntos, aparcados en accesos vecinales ribeteados por rosales.

Una ciudad en la que, la educación -como tantas otras cosas- no es una de sus prioridades en el presupuesto público.

El colegio no se puede permitir el mantenimiento de la biblioteca, pero tiene cámaras de vigilancia y detectores de metal. Prioridades.

Una ciudad con degradados barrios céntricos como Mexicantown o Corktown que toman el nombre de su mayoría étnica, el segundo de los dos citados por la procedencia de sus primeros pobladores, casi todos ellos emigrados del condado de Cork (Irlanda) como consecuencia de la hambruna de la patata de la década de 1840 y en cuyos límites podemos visitar esa “Acrópolis” de la que hablábamos al principio.Al margen de la trama criminal que la convierte en una novela negra, Monstruos rotos debe su título no solo a los alterados cuerpos de las víctimas sino también -principalmente, podríamos decir- a las personas rotas que buscan recomponerse de algún modo en una urbe igualmente destrozada aunque en sus fronteras exteriores ofrezca un aspecto menos desolador. Una novela que nos obliga a preguntarnos cómo es posible sobrevivir en una ciudad -no necesariamente Detroit- embargada y desahuciada.

Ricardo Bosque

Próxima etapa: Cleveland

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Un comentario en “El lugar de los hechos. Costa Este: Detroit

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