
Un viaje alrededor de la novela negra
Costa Este: Detroit – Cleveland – X-ville – Boston – Nueva York – Nueva Jersey – Baltimore – Washington DC – Richmond – Miami
Etapa anterior: Detroit
En octubre de 2024, se publicaba El lugar de los hechos. Un viaje alrededor de la novela, ensayo a cuatro manos escrito entre dos amigos y apasionados por el género negro: Jesús Lens y quien firma ahora estas líneas. Algo más de cuatrocientas páginas en las que visitamos tres continentes (Europa, Asia y África), treinta países y cincuenta y dos ciudades.
La aventura continúa, ahora en solitario y en otro soporte (esta vuestra revista Calibre .38), con la pretensión de recorrer América de norte a sur, Caribe, Pacífico y Antártida. Podrás seguir el recorrido en «cómodas entregas» -una por cada etapa del viaje- que recopilaré en un pdf de libre descarga conforme se vayan completando las diversas rutas en las que he estructurado el recorrido.
Buen viaje.
Anunció su intención de construir allí un “complejo de entretenimiento” que rivalizaría con cualquiera de los de Nueva Orleans y demás ciudades ribereñas. Constaría de un restaurante de lujo, dos salas de fiestas en las que actuarían los mejores artistas del país y un bar con pantallas gigantes para ver deportes. Todo ello se edificaría a lo largo de un bellísimo paseo junto al río, y Hubbard aseguraba que se convertiría en el lugar preferido de la ciudad. En su origen una zona llena de naves industriales y garitos de mala muerte, los Flats ya se habían convertido en un barrio muy popular de la vida nocturna, pero los proyectos de Hubbard dejarían todo eso en nada.
Esta noche digo adiós. Michael Koryta
Nos encaminamos ahora hacia Nueva Inglaterra, región del nordeste de Estados Unidos que comprende seis estados diferentes. En concreto, queremos hacer escala en Massachusetts, pero antes, aprovechando que vamos a bordear por el sur el lago Erie, haremos una parada técnica en Cleveland para conocer a un tipo muy interesante.
Lincoln Perry abandonó la Unidad de Narcóticos en la que prestaba sus servicios por ciertos problemillas con sus superiores y decidió adquirir un gimnasio y un piso encima en el que vivir. Pronto vio que lo de ser empresario no iba con él y, aunque sigue manteniendo el local -donde se ejercita siempre que puede-, decidió establecerse como detective privado junto con a Joe Pritchard, también expolicía, cincuentón aunque no lo aparente, muy observador y bastante retorcido cuando se lo propone.
Perry se crió en uno de los barrios situados a pocos kilómetros al oeste de la ciudad y atravesado por varias de esas avenidas salpicadas de casas con un pequeño jardín delantero, naves abandonadas, centros comerciales y postes de luz -como los que ya estamos acostumbrados a ver en la mayoría de ciudades estadounidenses aunque en España solamente los veamos en poblaciones pequeñas-. En cuanto a su educación había dos opciones: la escuela católica privada o la pública West Tech. Su padre, conductor de ambulancias, consideró que esa última era la mejor opción para un niño que de mayor quería ser poli: si no era capaz de sobrevivir en la escuela, mucho menos lo sería patrullando las calles de Cleveland.
Perry y Pritchard son los protagonistas de cuatro novelas escritas por Michael Koryta, quien, a pesar de su insultante juventud -poco más de veinte años cuando publicó en 2004 la primera de la serie, Esta noche digo adiós-, es un digno heredero del estilo imperante en los años cuarenta y cincuenta, siendo posible equipararle por la ambientación de las novelas, por su afilados diálogos a los Chandler, Hammett, Westlake, Block o Macdonald. Ahí es nada.
Dicen que la infancia es la patria del hombre. Podríamos puntualizar que todavía lo es más de los hombres de clases más humildes pues, en ocasiones, las vivencias y amistades de la niñez es de lo poco que poseen. Y es el caso de Lincoln, frecuentemente reclamado para revisar su juventud, aunque sea para aclarar la muerte de uno de sus primeros amigos, un muchacho al que tuvo que detener cuando se metió a la policía, lo que le obligará a volver al barrio en el que vivió y del que tuvo que marcharse después de la detención. Porque hay cosas que no se les hacen a los amigos, sean cuales sean las circunstancias. Sobre todo cuando éstas no están demasiado claras.
Sin llegar al límite del deterioro de Detroit, también Cleveland sufrió la reconversión y la pérdida masiva de puestos de trabajo. Y la decadencia de muchos de sus barrios. Y la sustitución de la tradicional mafia italiana por la rusa. Y la especulación inmobiliaria inherente a las grandes urbes, ya sea con la recuperación de esos Flats en la desembocadura del río Cuyahoga -si lo desean, pueden comer en el restaurante italiano Casa la Luna, tomar unas copas en el Harbor Inn Cafe o asistir a algunos de los conciertos que programan en el auditorio Jacobs Pavilion- o con la rehabilitación de antiguas escuelas y casas medio en ruinas en apartamentos para las clases más bajas.
Querían que arreglara esas casas para poder revenderlas, y eso es lo que hago. Se trata de un proyecto gubernamental, no sé si del Ayuntamiento o del condado. Compran casas que están hechas una mierda, casas en ruinas y abandonadas, los adefesios del barrio. Las arreglan para que queden decentes y se pueda vivir en ellas y luego las ofrecen a gente pobre. Hacen que el gobierno federal asegure las hipotecas y toda esa porquería. Se supone que esto hace algo más elegante el barrio.
Más opulento es el centro de la ciudad, con ese estadio de los Browns de Cleveland o el horrible edificio de veintiséis plantas que le hace sombra y en el que se ubican las oficinas principales del Departamento de Policía en las que trabajaron Perry y Pritchard, así como el Centro de Justicia de la ciudad. O la Terminal Tower de Public Square, claro.
Las oficinas de Hubbard estaban en el centro de la ciudad, en la Terminal Tower. Se trata, sin lugar a dudas, del edificio más emblemático de la ciudad. En su tiempo, fue el más alto de la población y el segundo del mundo, aunque hoy día el Key Building lo ha dejado pequeño. Pero la Terminal Tower tiene un simbolismo del que los otros rascacielos carecen; el tamaño es lo de menos. Los precios de las oficinas son desorbitados, y no tenía la menor duda de que las de Hubbard estarían entre las más caras de todas.
Por supuesto, también en lo relativo a la alimentación de nuestros personajes el ejemplo a seguir son los clásicos del género a los que hacíamos referencia antes. Y, desde luego, no encontraremos manjares a su mesa -también es cierto que, como les adelantábamos ya en Canadá, esta será una constante mientras permanezcamos en los Estados Unidos-, así que tendremos que conformarnos con las típicas pizzas, los tacos de diversos ingredientes, la sopa Wonton, algún batido de proteínas y una mariscada muy de vez en cuando.
Mejor surtidos estaremos en cuanto a la bebida, corriendo por las páginas de las novelas litros de cerveza desde primeras horas de la mañana, ya sea de la omnipresente Budweiser o la canadiense Moosehead.
Nos despedimos ya de Cleveland -no sin antes agradecer a Rodrigo Fresán el descubrimiento de un autor tan singular como Koryta-. Y ahora, sí, ponemos rumbo a la Costa Este, en concreto al estado de Massachusetts en el que, antes de visitar la imprescindible Boston, conoceremos una localidad difícil de ubicar en el mapa y de enigmático nombre.
Nos vemos en X-Ville.
Próxima etapa: X-ville




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