Reseña: “El asesinato de los marqueses de Urbina”, de Mariano Sánchez Soler

Manu López Marañón

Con El asesinato de los marqueses de Urbina obtuvo Mariano Sánchez Soler (Alicante, 1954) el VII Premio Internacional de Novela Negra L’H Confidencial de 2013 «por su agilidad en la trama y la fiel recreación de los hechos de uno de los casos más mediáticos de la historia de España», según se lee en el fallo del jurado del premio.

Méritos similares, ampliables en este caso a toda su obra (en la que además de novela hay ensayos como Los Franco, S.A o Ricos por la patria), son suficientes –a juicio de los organizadores del V Encuentro de Novela y Género Negro Bruma Negra– para que el escritor alicantino gane el premio Bruma Negra 2017.

Ambientada su última novela publicada en la España de 1980, recordar cómo ese año fue el más sanguinario de ETA (con 95 muertos a sus espaldas). También que se vivía en la segunda legislatura de una UCD cuyas disensiones internas (fue la UCD un partido nacido de forma tan artificial que parecía predispuesto a ellas) minaban poco a poco la posición de Suárez, enfrentado a familias de su propio partido; algo que supuso, primero, el final de su gobierno –en 1981–, y, más tarde, la propia desintegración de UCD, un proceso que recuerda no poco a los enfrentamientos actuales que vive el centenario PSOE.

«Por imperativo legal, los nombres verdaderos de los protagonistas de esta historia se han encubierto. Los crímenes ocurrieron tal como se relata». El asesinato de los marqueses de Urbina se inicia con esta advertencia, la cual, a la larga, lo único que ha conseguido es llevar a este lector a importantes dosis de confusión. Convencido de que esto pueda sucederles a otros, aclaro una serie de aspectos.

La novela de este doble crimen es una entera obra de ficción; no solo los nombres son inventados, también varios personajes –entre ellos el protagonista principal, Antonio Fierro– han sido producto de la mente del autor. Crear un personaje ficticio que lleve el hilo de una historia «basada en hechos reales» es algo que no sólo se le ha ocurrido a Sánchez Soler. Colegas suyos como Manuel Vázquez Montalbán en Galíndez (Seix Barral, 1990) –con su Muriel Colbert–, o Mario Vargas Llosa en La fiesta del chivo (Anagrama, 2000) –con su Urania Cabral–, lo preceden a la hora de «usar» protagonistas de ficción para vertebrar el desenmascaramiento de sucesos de una dimensión histórica incuestionable, pero tratados, como estos autores se han hartado de decir, novelescamente. En el caso de nuestro siempre recordado Manolo para narrar el asesinato (a cargo de la CIA) del nacionalista vasco Jesús Galíndez en Nueva York, y en el del Premio Nobel hispano-peruano para contar el magnicidio del dictador Trujillo en la República Dominicana.

Aclarar ahora cómo la maquinación financiera que da origen a los asesinatos, y que tiene en Jacobo Castelar de Urbina –primo del marqués y vicepresidente del banco Urbina– a su único instigador, aun partiendo de un hecho veraz como resultó ser que el auténtico marqués de Urquijo fuera muy reacio a fusionar su banco con el Hispanoamericano (con lo que ello tuvo de enojosa espera a unos beneficios de los que podrían estar disfrutando ya toda la familia) hay que aclarar cómo esa maquinación que genera tal móvil basado únicamente en intereses financieros es otra invención, y no la menor, del autor.

Con estas puntualizaciones a nadie molestará que repita que si considero la obra reseñada como imaginada es porque los elementos ficticios incorporados a El asesinato de los marqueses de Urbina me resultan de un peso tal que no hace posible considerarla, primero, como un texto que fusiona ficción y no ficción (el desequilibrio es demasiado grande); menos aún, como un reportaje periodístico; y tampoco considerarla, desde luego, como novela de no ficción.

En A sangre fría el indiscutible inventor de la No Ficción, así, en mayúsculas, –el maestro Truman Capote–, después de desmenuzar con una depuradísima técnica, ni siquiera aún igualada, el espeluznante crimen de la familia Clutter, y ya con sus dos culpables ahorcados, se dio el gustazo de terminar la novela con aquella inolvidable imagen, en el cementerio del pueblo, de «una esbelta jovencita con guantes blancos» respetuosamente parada frente a las cuatro tumbas de los Clutter. Y esto Capote se lo inventó, claro.

El asesinato de los marqueses de Urbina está escrito con oficio y con adecuado manejo del tiempo narrativo. Otro acierto es el buen trazo de las complicadas psicologías de los personajes implicados en el doble crimen, sobre todo la del ejecutor material Toni Fierro, ex miembro de la élite del ejército español (al que sirvió como paracaidista y en comandos de operaciones especiales) contratado por el incitador Jacobo, un ambicioso cuya falta de escrúpulos corre pareja a su maldad. A cambio de tres pagos Fierro asesinará al marqués y el vicepresidente tendrá vía libre para sus operaciones.

La noche del crimen acompaña a Fierro un débil mental llamado Dani Espinosa, joven ocioso y dado al alcohol y las drogas, yerno de los marqueses a quienes odia por considerarlos culpables del fracaso de su breve matrimonio con Alicia de la Fonte, la hija. Muertos los Urbina, Fierro se deshace de la pistola (una Star modelo F del calibre 22) que ha aportado Dani, procedente del arsenal doméstico de su padre, hombre aficionado a las armas. Los casquillos del calibre 22 hallados acaban convirtiéndose en una decisiva prueba material contra Espinosa, quien resulta condenado en juicio a 53 años de prisión como único autor del doble crimen y que terminará por suicidarse en su celda.

Jacobo Castelar de Urbina logra la deseada fusión bancaria y queda como Gran Presidente. Pero no cuenta con que Toni Fierro va a aparecer en su flamante despacho para exigirle más dinero por su silencio…

 

El asesinato de los marqueses de Urbina
Mariano Sánchez Soler
Roca Editorial
 

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