Novela: “Te veré esta noche”, de Susana Rodríguez Lezaun

Manu López Marañón

Complicado se lo pone Susana Rodríguez (Pamplona, 1967) al inspector de policía David Vázquez porque para su nuevo caso ha orquestado la desaparición de una familia casi al completo. Solo la madre, Raquel Gimeno, consigue librarse del múltiple secuestro; el resto, el padre Iñigo Lizarán, la suegra, Leonor Gorriz, y dos gemelos de corta edad, Markel y Maite, se han difuminado en la cerrada noche invernal como por ensalmo. La familia se dirigía en coche a Pamplona tras pasar el día en un pueblo cercano a Sangüesa y el vehículo (en el que despierta Raquel sola y con síntomas evidentes de haber sido drogada) ha quedado estacionado cerca de un edificio derruido con huellas de neumáticos cerca del portón.

Hay un progreso de la tensión muy matizado en esta investigación que ocupa gran parte de Te veré esta noche. Sigue usando Susana Rodríguez el molde que tan satisfactoriamente le funciona: dos historias paralelas, una, el caso que toca resolver al inspector Vázquez, y otra, la que viene protagonizando lrene Ochoa, una desequilibrada que –como muchos lectores ya saben– es la mujer del citado policía. Pero si en las otras entregas de la trilogía (Sin retorno y Deudas del frío) ambas tramas se repartían las páginas, en Te veré esta noche, quizá debido a la complicación de tantas desapariciones por esclarecer, éstas superan en hojas, y con mucho, a las desventuras de Irene.

Como pasa siempre en las novelas de Susana Rodríguez nada puede faltar en una investigación. El competente equipo, capitaneado por Vázquez y siempre bajo la supervisión del comisario Jacobo Tous, recorre exhaustivamente todas las etapas sin saltarse una: inspecciones del lugar de los hechos; chequeo de cámaras (en este caso de gasolineras y de las facilitadas por la DGT); escuchas telefónicas y rastreo de ordenadores; retratos de los desaparecidos hechos por quienes los trataron (empezando por la esposa y madre, Raquel); investigación de los primeros sospechosos dentro del entorno familiar y laboral, y, en los capítulos finales, desenmascaramiento del culpable y la posible manera de llegar hasta él para capturarlo.

En esta novela el canónico esquema se relaja con unas particulares señas de identidad. Así, la aparición de cadáveres salvajemente mutilados o esos finos análisis psicológicos que acaban conformando –por ejemplo– cuadros complejos de psicopatías desarrolladas en ámbitos domésticos; pero también por el protagonismo que adquieren los niños capturados –Markel y Maite– haciendo que el lector viva acongojado el trepidante desenlace (y más aun estando tan reciente el espeluznante asesinato del chaval de Almería que conmovió a España).

Irene había emprendido su frenética huida al final de Deudas del frío tras matar a Katia Roldán, la cual, teniendo evidencias de cómo ella había carbonizado a su esposo, pretendía chantajearla. Si en las primeras partes de la trilogía el lector no podía dejar de sentir cierto apego hacia Irene –hay que recordar que su infortunio viene de eliminar a un indeseable que la maltrataba– en Te veré esta noche su proceso de degradación moral, así como el escalonado desarrollo de una completa falta de empatía (perceptible, sobre todo en Madrid, con la dominicana Imelda, una emigrante que ayuda a conseguir papeles nuevos a Irene y de la que parece hacerse amiga), imposibilitan de forma casi absoluta sentir cariño hacia su persona.

Vuelven a ser las páginas de Irene las más intensas de la función. Con el desgarro que demanda la literatura necesaria, se nos revela la capacidad de Susana Rodríguez para sentir la soledad absoluta que padece Irene y sus angustias existenciales, contadas en estado de gracia y con mano maestra. Ese periplo de sórdidas pensiones (con el intercalado submundo madrileño de aquellos que viven de falsificar documentos) y hoteles de carretera consigue que uno ponga el rostro de la actriz norteamericana Janet Leigh, también fugitiva en la imperecedera Psicosis, a nuestra Irene Ochoa.

Resultan alucinantes los finales, tanto el de la investigación de la familia desparecida como el de Irene. Ambos los cierra el inspector David Vázquez por lo que su protagonismo acaba resultando apabullante. Hay que decir de este sólido personaje que, por derecho propio, se ha convertido en una figura de la investigación criminal española. Nada nos sorprendería que su creadora requiriese de sus servicios para nuevos asuntos porque le tiene totalmente tomada la mano, y, con tres casos ya resueltos, Vázquez ha logrado un empaque y una soltura que lo han convertido en referencia ineludible para cualquier amante del género negro en su variedad más popular y vendida: la crónica criminal.

Sin embargo –y perdón por la indiscreta predilección– quien esto suscribe recordará más a Irene Ochoa. Una mujer vapuleada y con muy mala suerte en esta vida ingrata que lucha sin tregua por conquistar su propio lugar bajo el sol. Una heroína de nuestro tiempo.

Te veré esta noche
Susana Rodríguez Lezaun
Debolsillo

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