
Un viaje alrededor de la novela negra
Canadá: Three Pines y Quebec – Montreal – Toronto y Niagara Falls
En octubre de 2024, se publicaba El lugar de los hechos. Un viaje alrededor de la novela, ensayo a cuatro manos escrito entre dos amigos y apasionados por el género negro: Jesús Lens y quien firma ahora estas líneas. Algo más de cuatrocientas páginas en las que visitamos tres continentes (Europa, Asia y África), treinta países y cincuenta y dos ciudades.
La aventura continúa, ahora en solitario y en otro soporte (esta vuestra revista Calibre .38), con la pretensión de recorrer América de norte a sur, Caribe, Pacífico y Antártida. Podrás seguir el recorrido en «cómodas entregas» -una por cada etapa del viaje- que recopilaré en un pdf de libre descarga conforme se vayan completando las diversas rutas en las que he estructurado el recorrido.
Buen viaje.
Los tres volvieron las miradas perplejas hacia Beauvoir. El inspector había olvidado que Three Pines no tenía policías, ni semáforos, ni aceras, ni alcalde. El departamento de bomberos voluntarios lo llevaba la poeta vieja y demente, Ruth Zardo, y antes de llamarla a ella muchos habrían escogido perecer en las llamas. Allí ni siquiera tenían delitos menores. Sólo asesinatos. En aquel pueblo, si alguna vez se cometía un acto ilegal, tenía que ser el peor de los crímenes posibles.
Una revelación brutal. Louise Penny
Arrancamos esta segunda parte de nuestro viaje alrededor de la novela negra -recordemos a los lectores que en la primera nos centramos en Europa, Asia y África– en la que pretendemos realizar miles de kilómetros para recorrer toda América -desde Canadá hasta la Patagonia-, el Caribe y el Pacífico más criminal jamás conocido -visitando Japón, Hawaii, Australia o Nueva Zelanda-. Incluso, por qué no, nos atreveremos a hacer una incursión a la Antártida, continente en el que no hay ciudades como tal, pero sí varias bases polares en las que se ha matado mucho y bien.
Y queremos iniciar este largo recorrido por el único reducto francófono de América del Norte, visitando una pequeña población enclavada entre los espesos bosques de Quebec, justo en la frontera entre Canadá y Estados Unidos. Hablamos, por supuesto, del imaginario pueblecito de Three Pines, a tan solo tres kilómetros de la frontera con Vermont, lo que ocasiona que, curiosamente, sea una población con una numerosa ciudadanía de habla inglesa en un estado en el que lo que se impone es el francés. ¿Contradictorio? Gamache sabe explicarlo perfectamente:
Gamache pensó en las muñecas rusas. La cara más pública era América del Norte, y acurrucada en su interior estaba Canadá, y dentro de Canadá, Quebec. ¿Y qué había dentro de Quebec? Una presencia aún más discreta: la pequeña comunidad inglesa. ¿Y en su interior?
Un pueblo que puede recordar al lector al también imaginario Saint Mary Mead de la metomentodo señorita Marple, si bien sustituyendo la abierta campiña inglesa por los cerrados bosques canadienses, o las casas victorianas o de estilo Tudor por otras de madera y, seguramente, más acogedoras. Pero en lo que sí coinciden ambas localidades es en la espectacular ratio de crímenes cometidos por habitante, lo que obliga al inspector Armand Gamache a viajar allí desde Montreal -su lugar de residencia- con tanta frecuencia que, una vez jubilado, decide establecerse en este encantador si bien algo mortífero pueblecito.
La serie, autoría de la canadiense Louise Penny, consta hasta la fecha de diecinueve novelas -incluyendo una corta-, casi todas ellas editadas en España por Salamandra, algo de agradecer cuando ya estamos acostumbrados a sagas exitosas que, de pronto y sin saber muy bien por qué, quedan interrumpidas dejando a los aficionados con un cierto sentimiento de frustración. Una serie que, a pesar de ubicarse en un país situado en una latitud similar a la de los del centro y norte de Europa, no se prodiga en los litros de sangre y toneladas de vísceras que suelen regar los escenarios de estos últimos. En absoluto: en Three Pines todo es mucho más ordenado y aséptico.
Como ya hemos adelantado, la mayoría de los casos a resolver por Gamache y su equipo se desarrollan en esta localidad, aunque en ocasiones deba dirigirse a otros puntos de la provincia de Quebec -incluida la ciudad del mismo nombre- e incluso, en una ocasión, a París. Por tanto, es comprensible que terminemos conociendo el pueblo como si fuera nuestro habitual lugar de veraneo. De sus vecinos también iremos conociendo cosas, pero ya se sabe que, en estos lugares tan diminutos, todo el mundo guarda secretos, en ocasiones inconfesables.
En el centro del pueblo se erigen tres pinos de sesenta años de antigüedad que sustituyeron a los tres que se plantaron doscientos años atrás, cuando el pueblo se fundó y sirvió de refugio para los ciudadanos leales a la corona británica -los United Empire Loyalist- que debían emprender la huída de su país tras la declaración de independencia: esos tres pinos eran un código para que supieran que allí eran bienvenidos y podían considerarse a salvo. Y es curiosa la reacción de Gamache cuando conoce esa historia:
-Mon Dieu, c’est incroyable. Tan elegante. Tan sencillo -dijo Gamache realmente impresionado-. Pero, ¿por qué no he oído hablar de ello? Yo mismo soy un estudioso de la historia de Quebec y, sin embargo, es algo completamente nuevo para mí.
-Quizá los ingleses quieran mantenerlo en secreto, por si vuelven a necesitarlo.
Trump, toma nota, que cualquier día se te escapan por esa frontera miles de neoyorquinos o californianos hartos de esa patraña del “Make America Great Again”.
Sin embargo, el verdadero centro social del pueblo es, no podía ser de otro modo, el Olivier’s Bistro, restaurante y bed & breakfast regentado por el anticuario Olivier Brulé y su pareja, Gabri Dubeau, quien ejerce como cocinero. En el local, decorado con gusto y repleto de objetos antiguos que sirven de mobiliario a pesar de encontrarse a la venta, se dan cita la mayor parte de los lugareños, destacando el matrimonio formado por Peter y Clara Morrow -ambos pintores-; la psicóloga y dueña de la librería del pueblo, Myrna Landers; o Ruth Zardo, poeta ya anciana, gruñona, siempre acompañada por una pata de nombre Rosa que le sirve de mascota, aficionada en exceso al alcohol y un tanto desequilibrada.
Curiosidad: muchos de los poemas que Ruth tiene a bien leer en las conversaciones que mantiene con sus vecinos no son obra de Louise Penny sino de su amiga Margaret Atwood.
Y, como ya hemos adelantado, Gamache y su gente, casi otros vecinos más de Three Pines. Un equipo bien engrasado encabezado por el inspector jefe, hombre sosegado de algo más cincuenta años, corpulento, la alopecia ya asomando entre sus cabellos blancos, bigote siempre bien cuidado -”daba la impresión de ser un terrateniente de provincias dirigiéndose al pueblo”-. Viste siempre con corrección, traje de tres piezas y gorra de tweed. A pesar de ser francófono, habla inglés con un perfecto acento británico.
Es padre de dos hijos: Annie, abogada con propensión a los enfrentamientos dialécticos con quien se le ponga delante; y Daniel, residente en París con su mujer e hijas. Vive con Reine-Marie, con quien lleva casado desde tiempos inmemoriales, en el quartier de Autremont, barrio residencial al noroeste de Montreal, ciudad que visitaremos un poco más adelante. Para completar la familia, un pastor alemán de nombre Henri y orejas demasiado grandes, lo que para Armand le convierte en un cruce de pastor alemán y antena parabólica.
Es un hombre observador, paciente y buen conversador, lo que le hace asumir el papel del explorador según su hombre de confianza, el inspector Jean Guy Beauvoir, un joven en la treintena que lleva trabajando con Gamache desde sus inicios, adquiriendo tal grado de confianza que ya es habitual en la casa familiar, siendo frecuentes sus discusiones con Annie, la hija, cada vez que le invitan a comer. Dentro de los roles establecidos en el equipo, Jean Guy es el sabueso que va tirando de la investigación, siempre un paso por delante de los demás.
El equipo habitual lo completa Isabelle Lacoste, quien comenzó trabajando en Tráfico antes de incorporarse al clan Gamache, una mujer con carácter, inteligente y con un agudo sentido del humor. La cazadora del equipo, decidida y metódica. Y, junto a los tres mosqueteros, algunos becarios a los que Gamache suele dar cuerda, ejerciendo como el buen padre que es, para que cometan sus propios errores antes de comenzar a hacer valiosas aportaciones al resto. Por ejemplo, la inoportuna e impulsiva, pero en el fondo prometedora, Yvette Nichol, un desastre con patas a la que, en el fondo, hay que querer.
Louise Penny, nacida en Toronto y ganadora del Premio Agatha a la mejor novela de misterio en cinco ocasiones y en otras tantas del Premio Anthony -uno de los más prestigiosos del género instituido en recuerdo de Anthony Boucher, uno de los fundadores de la Mystery Writers of America-, aprovecha sus novelas para introducirnos en la historia de Canadá y, sobre todo, en la difícil convivencia entre francófonos y anglófonos con sus sucesivos referendos por la independencia de Quebec, así como para mostrarnos esas diferencias entre ambos que tan bien sabe apreciar un hombre tan respetuoso como es Gamache:
Gamache pensó que era una de las diferencias fundamentales entre los quebequenses ingleses y los franceses: los ingleses creían en los derechos individuales y los franceses sentían que tenían que proteger los intereses colectivos, proteger su lengua y su cultura.
Por supuesto, otra de las diferencias fundamentales entre ambas culturas y algo que, de paso, caracteriza a los franceses, es su gusto por la gastronomía. Así que aprovechen ustedes para disfrutar con unos buenos platos mientras puedan ya que, una vez vez crucemos la frontera -lo haremos por Detroit en su momento-, lo más probable es que deban alimentarse a base de tacos o perritos calientes apoyados en el capó del coche.
Gamache, no. Gamache es un gourmet que disfruta con los platos tradicionales de la región que prepara Gabri en el Olivier’s Bistro, cuidadoso incluso a la hora de preparar un simple bocadillo:
Beauvoir fue el primero en informar, entre bocado y bocado de un sándwich de jamón hecho a base de una loncha gruesa de jamón trinchada de lo que parecía ser un asado macerado con arce, con una salsa de miel y mostaza, y tajadas de cheddar curado en un cruasán recién hecho.
O con las exquisiteces que prepara su mujer, Reine-Marie, que tampoco nos importaría probar:
Aquella noche, al entrar en su propia casa, Gamache percibió el olor de la perdiz asándose. Era una de las especialidades vacacionales de Reine-Marie: las pequeñas aves de caza envueltas en panceta y cocinadas a fuego lento con una salsa de ponche y bayas de enebro. En condiciones normales, él se habría encargado del relleno de arroz salvaje, pero probablemente ya lo habría hecho ella.
Ya hemos adelantado que, si bien la inmensa mayoría de los casos a resolver por Gamache se desarrollan en Three Pines, en ocasiones debe abandonar su zona de confort y desplazarse a lugares tan distantes como las islas Charlotte -a cien kilómetros de la costa de la Columbia Británica, en el otro extremo de Canadá- o París, así como a otros más cercanos como el lago Massawippi, donde gusta de alojarse en el lujoso Manoir Bellechasse, hotel imaginario inspirado en el más real Manoir Hovey, situado en North Hatley, en el extremo norte del lago. Visiten si lo desean la web del hotel y venderán su alma al diablo por poderse alojar en él unos pocos días.
O, por supuesto, la ciudad de Quebec, a unos cuantos kilómetros al nordeste de Three Pines y única localidad amurallada al norte de México, que visitará en varias ocasiones.
Una de ellas es cuando, encontrándose de baja tras una trágica operación policial, decide aislarse durante una temporada en casa de su amigo y maestro Émile Comeau. Estamos en pleno invierno y, junto a Gamache, podremos disfrutar de sus muchos cafés y restaurantes, su excelente gastronomía y su reputada repostería. Por poner un par de ejemplos, les podemos recomendar Chez Temporel, en el número 25 de Rue Couillard y a pocos metros de la catedral de Nôtre Dame de Quebec; o el coqueto Le Petit Coin Latin, en el número 8 de Rue St-Ursule, ideal para desayunar antes de comenzar una jornada turística por esas calles que tanto gustan a nuestro inspector.
Una vez más, Gamache se maravilló ante la belleza de la ciudad antigua y su laberinto de estrechas callejuelas, los edificios de piedra y los tejados de metal, cubiertos de espesas capas de nieve y hielo. Era como aterrizar en una ciudad ancestral europea. No obstante, Quebec era mucho más que una atractiva anacronía o un parque temático bonito: era un remanso de tranquilidad vivo y efervescente, una gentil población que había cambiado de manos muchas veces sin alterar su esencia. Los remolinos de nieve empezaron a caer con más fuerza, aunque apenas hacía viento. La ciudad, siempre hermosa, tenía un aspecto aún más mágico en invierno, con la nieve y las luces, las calèches tiradas por caballos y la gente que se resguardaba del frío con prendas de colores vistosos.
Hablamos de Enterrad a los muertos, novela en la que Gamache ahonda en la historia del país, convirtiéndose en un asiduo de la biblioteca de la Sociedad Literaria e Histórica, edificio en el que pueden consultarse miles de libros legados por la minoritaria comunidad inglesa de Quebec y en la que aparecerá muerto un arqueólogo obsesionado con la búsqueda de la tumba de Samuel de Champlain, fundador de la ciudad de Quebec en 1608.
Por cierto, que no nos resistimos a darles a conocer una de las teorías relativas al origen del nombre de la ciudad. Y es que hay quien dice que cuando, al llegar Champlain siguiendo el curso del río San Lorenzo, fue invitado por los nativos a bajar (kepec) de la embarcación, creyendo el explorador francés que ese era el nombre la región a la que acababa de llegar.
Ay, la importancia de los idiomas…
Terminamos esta primera etapa de nuestro viaje recomendándoles -aunque igual no deberíamos hacerlo- que prueben ustedes el Caribou, la bebida oficial del carnaval de invierno, una mezcla casi letal de oporto con otras bebidas de alta graduación a la que Gamache achaca su incipiente calvicie desde antes de los treinta.
Pero, antes de partir, una recomendación final: aunque las novelas de la serie suelen ser autoconclusivas y nada impide su lectura en cualquier orden, les aconsejamos leer al menos dos de ellas en el orden correcto: Una revelación brutal y Enterrad a los muertos. Podríamos decir que se trata de una misma novela publicada en dos partes en la que se narran hasta tres tramas diferentes: la investigación de un asesinato en Quebec, la revisión del caso Olivier y la causa de que Gamache y Beauvoir estén de baja.
Por último, y para los más televisivos, tenemos que advertir de la existencia de una serie de ocho capítulos que consideramos prescindible en la que el actor británico Alfred Molina da vida a un Armand Gamache que no termina de parecerse, en nuestra opinión, al creado por Penny para las novelas. Evidentemente, nos quedamos con éstas.
No hay color.
Próxima etapa: Montreal






