Novela: «Mantis», de Francisco Bescós

Ricardo Bosque

Lo poco que necesita Francisco Bescós para armar una gran historia. Por ejemplo, uno de esos centros logísticos por los que se pelean a muerte los ayuntamientos, que van a ocupar decenas de hectáreas de terrenos yermos -lo que viene a ser, en el sistema métrico nacional, campos de fútbol- y dar a trabajo a miles de personas, aunque luego resulten ser miles de trabajos de mierda.

En el caso que nos ocupa, el Centro Logístico de Transportes (CLT), un Monstruo de hormigón que se encarga del almacenaje y distribución de los miles de productos de todo tipo de una empresa china y en el que conviven durante la jornada laboral casi mil doscientas personas. Un edificio controlado férreamente por los representantes de la dirección y por el comité de empresa, encabezado y casi personalizado por un sindicalista de los que se graduaron en las huelgas asturianas contra la reconversión industrial y que guarda como recuerdo el casco de un antidisturbios.

Y entre los mil doscientos trabajadores, Fina, una joven con parálisis cerebral que le ha dejado como secuela un brazo espástico por el que la llaman, desde cría -la crueldad innata de los niños-, Mantis.

Pero una mantis también es un insecto de mirada curiosa con la que no duda en seguir los movimientos de su futura presa y que ni siquiera se acobarda cuando es observada por otro depredador aunque este sea un humano. Como mucho, tal vez se haga la muerta para evitar peligros mayores si la ocasión lo requiere.

Un insecto que utiliza su poderosa pinza en forma de brazo espástico -¿o era al revés?- para acabar con sus presas.

Por su ritmo, la novela tiene dos partes bien diferenciadas: una primera, casi la mitad, en la que Bescós se toma su tiempo para ir introduciendo a la protagonista y su entorno, para que sus conflictos o preocupaciones familiares vayan asomando la patita, para que sepamos qué coño fue lo del AutoMapi, ese suceso por el cual Fina-Mantis se vio obligada a prestar servicios sociales en un centro con personas con parálisis cerebral como ella -qué aguda, ingeniosa y malababa se muestra cuando puntualiza las diferencias entre minusvalías, discapacidades, movilidades reducidas y demás denominaciones que casi ninguno sabemos utilizar con precisión.

Y una segunda parte en la que la acción se desata y, escoltada muy a su pesar por su compañera Mariela -colombiana de Medellín y aspirante a actriz- se internará en las tripas del Monstruo fuera de su horario laboral para tratar de averiguar qué hubo detrás de la muerte de Ari, compañero rumano y una de sus escasas amistades dentro y fuera de la empresa, tal vez la única.

Una segunda parte de las de ritmo vertiginoso, de las de leer con el cinturón de seguridad bien abrochado como sucedía con la anterior novela del autor, La ronda, a la que hace un sutil guiño que el lector avezado no pasará por alto.

Novela con grandes personajes -no solo Fina, también la citada Mariela, el sindicalista Evaristo o el Grumo, guardia de seguridad de la empresa- con la que disfrutar de principio a fin.

Dicen que leer es un placer; leer a Francisco Bescós lo ratifica.

Mantis

Francisco Bescós
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Ricardo Bosque

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