El lugar de los hechos. Costa Este: Washington D.C.

Un viaje alrededor de la novela negra

Costa Este: DetroitClevelandX-ville – Boston – Nueva York – Nueva Jersey – Baltimore – Washington DC – Richmond – Miami

Etapa anterior: Baltimore

En octubre de 2024, se publicaba El lugar de los hechos. Un viaje alrededor de la novela, ensayo a cuatro manos escrito entre dos amigos y apasionados por el género negro: Jesús Lens y quien firma ahora estas líneas. Algo más de cuatrocientas páginas en las que visitamos tres continentes (Europa, Asia y África), treinta países y cincuenta y dos ciudades.

La aventura continúa, ahora en solitario y en otro soporte (esta vuestra revista Calibre .38), con la pretensión de recorrer América de norte a sur, Caribe, Pacífico y Antártida. Podrás seguir el recorrido en «cómodas entregas» -una por cada etapa del viaje- que recopilaré en un pdf de libre descarga conforme se vayan completando las diversas rutas en las que he estructurado el recorrido.

Buen viaje.

Ricardo Bosque

Los liberales del extrarradio pegaban adhesivos de Tíbet Libre en los parachoques de sus coches al parecer ajenos al hecho de que, a tan solo unos kilómetros de la Casa Blanca, había niños estadounidenses esclavizados en barrios de pesadilla, que vivían entre balazos y drogas y asistían a escuelas públicas bajo mínimos. La nación estaba escandalizada por los tiroteos en los institutos de los barrios blancos, mientras que en el Capitolio de la Nación asesinaban día tras día a mujeres y hombres negros sin tanta fanfarria.

Ojo por ojo. George Pelecanos

Situada entre los estados de Maryland y Virginia, Washington D.C. (Distrito de Columbia) es una ciudad concebida y planificada en la última década del siglo XVIII al este de la ya existente Georgetown -a la que absorbió, siendo esta en la actualidad uno de sus barrios- para ser la capital federal permanente de los Estados Unidos después de que otras localidades ostentaran esa categoría desde la independencia del país en 1776. Además de, obviamente, la Casa Blanca, la ciudad es sede de instituciones económicas como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional -¿se les ocurre a ustedes algo más negro y criminal, algo que provoque, consienta o aliente más muertes al cabo del año?- así como del Instituto Smithsoniano, el mayor complejo de museos del mundo. Pero, evidentemente, no es eso lo que vamos a ver en nuestra visita, sino algo más acorde a nuestros gustos.

Así, en el tema que nos ocupa, tenemos que hacer una breve mención, en primer lugar, a Margaret Truman, única hija del presidente Harry Truman, nacida en 1924, licenciada en Historia del Arte, locutora de radio, cantante de ópera y autora de una larga serie de novelas de suspense cuyos títulos comienzan siempre por la palabra “asesinato”, como Asesinato en el Tribunal Supremo, Asesinato en el Pentágono o Asesinato en la Catedral Nacional, por ejemplo.

Sin embargo, hablábamos en Baltimore de la mítica serie The Wire y de uno de sus guionistas, que no es otro que George Pelecanos, quien va a acompañarnos en esta estancia en la capital de los USA.

Nacido en 1957 en el seno de una familia de origen griego propietaria de una cafetería en la que comenzó a trabajar a los once años y de la que se hizo cargo a los diecinueve por enfermedad de su padre -datos biográficos que se verán reflejados en la serie de novelas de la que les vamos a hablar-, Pelecanos es, además de guionista de éxito, autor de un buen número de novelas, varias de ellas con personajes fijos aunque no traducidas al castellano y otras no seriadas que sí están disponibles en nuestro idioma, como Drama City, protagonizada por el expresidiario Lorenzo Brown quien, tras cumplir condena de ocho años, vuelve a su barrio de toda la vida en el que los únicos alicientes son la delincuencia y las drogas.

Así, la única de sus series que podemos leer en castellano -cinco títulos en total- es la protagonizada por Strange y Quinn. Y qué serie, por favor.

Como es marca de la casa, las novelas están protagonizadas por una pareja interracial. En este caso, un detective privado negro, Derek Strange, propietario de la agencia Investigaciones Strange, y un expolicía blanco, Terry Quinn, que dejó el cuerpo tras abatir a tiros a un compañero negro y que actualmente trabaja en una librería de su localidad natal de Silver Spring, limítrofe por el norte con Washington D.C.

Curiosamente, en la primera de las novelas de la serie –Mejor que bien-, Strange es contratado por la madre del policía muerto para que investigue a Quinn tras haber sido absuelto en la investigación interna realizada. No destripamos nada de la historia si decimos que Quinn está limpio en ese sentido pues será pareja de baile de Strange en otros títulos de la serie, que se completa con las novelas Ojo por ojo, Música de callejón, Revolución en las calles y Lo que fue.

Strange es, desde luego, un personaje peculiar. Policía treinta años antes -a finales de los sesenta-, es el propietario de una agencia de detectives ubicada en la calle 9, entre Upshur y Kansas, y que se encarga habitualmente de investigar infidelidades, fraudes laborales, bajas fingidas o a la recuperación de fianzas mediante la captura de presos que se han dado a la fuga violando la consabida condicional. En su trabajo le ayudan Janine -una secretaria con la que mantiene una relación sentimental abierta que no impide otros rollitos coyunturales por ambas partes- y el treintañero Ron Lattimer, que suele encargarse del tema de las fianzas cuando no está ocupado en renovar su vestuario -viste impecable, sin una arruga y con corbatas pintadas a mano- o en conducir su deportivo Acura de color rojo, ideal para unos discretos seguimientos.

Vive en la calle Buchanan, en un adosado junto a Georgia Avenue, acompañado por su bóxer Greco, al que suele pasear por el cercano Rock Creek Park que les aconsejamos visitar si quieren conocer uno de los primeros parques nacionales norteamericanos, concretamente el tercero de ellos tras los de Yellowstone y Mackinac. ¿Sus aficiones? Las películas del oeste y sus bandas sonoras, con predilección por las de Ennio Morricone, así como la música, la Motown de Detroit a poder ser.

Le gustan los coches y utiliza dos: para el trabajo, un Chevrolet Caprice del 89 cuya guantera es un cofre del tesoro en el que guarda una linterna Maglite, una herramienta multiusos Letherman -si se quieren dar el gusto, tienen una versión básica por sesenta euros en el Decathlon-, navaja, prismáticos, móvil, grabadora activada por voz, cámara fotográfica, binoculares de visión nocturna… Para su tiempo libre, la joya de la corona en cuanto a vehículos, un Cadillac Brougham V-8 del 91 por el que podría llegar a matar si fuera necesario.

Por su parte, Terry Quinn es un treintañero que, tras el accidente o malentendido en el que mató a un compañero de profesión, abandonó la policía y, como ya hemos adelantado, se dedica a vender libros y discos en una tienda del centro de la localidad en la que nació, Silver Spring, unida a Washington por la Georgia Avenue. Católico irlandés como tantísimos otros policías, es un tanto violento aunque, a la vez, sensible, sobre todo en lo que se refiere a los cambios que está experimentado su ciudad haciéndole perder su carácter tradicionalmente obrero. Vive en un apartamento muy humilde de Sligo Avenue y lleva años sin conducir, pero se ve animado a comprar un vehículo cuando comienza a trabajar para Investigaciones Strange, un Chavelle Super Sport del 69 que le cuesta poco más de seis mil dólares en uno de esos puestos de venta de coches que tan a menudo vemos en las películas norteamericanas y que parece haber en casi cada esquina de cualquier ciudad: un descampado, una mobil home que hace las veces de oficina y un vendedor siempre sonriente y siempre repitiendo la palabra “amigo” hasta la saciedad.

Fundamental para Derek Strange: también disfruta con los westerns, en su caso en forma de novelas.

Junto a ambos recorreremos una ciudad que nada tiene que ver con la que es sede de tantos edificios oficiales y que, en realidad, se limita a un cuadrilátero en el que podemos encontrar el Capitolio al este, la Casa Blanca al norte, el Lincoln Memorial al oeste y el Smithsonian National Museum -o sea, ese Museo de Historia Natural en el que tantas películas se han filmado.

La ciudad de Strange y Quinn es la ciudad de los drogadictos, de los edificios destartalados en los que se malvive, trafica y consume, de los chivatos, de los mafiosos y de sus policías a sueldo, de los pandilleros negros, de la basura blanca vestida con camisas de franela a cuadros. La ciudad en la que jamás se internaría un turista con un mínimo de sentido común.

Había poco tráfico peatonal en el barrio de oficinas; los trabajadores de la zona que iban a comer, los chavales del instituto y los últimos visitantes veraniegos que miraban los escaparates de los modistos de imitación y las tiendas de franquicias. Allí no había nada que no pudiera conseguirse en otra parte y a mejor precio. Para Quinn, y para la mayoría de los habitantes de siempre del D. C., Georgetown de día era una vulgar trampa para turistas y una pesadilla para aparcar que había que evitar a toda costa.

Y junto a ambos recorreremos también la historia de la música negra de las últimas décadas, aunque Strange siempre será fiel a la Motown, con predilección por el soul de Isley Brothers o el rhythm and blues de The Blackbyrds entre otras muchas bandas de los sesenta y setenta, mientras que Quinn no termina de compartir esos gustos que considera casi antediluvianos.

-La música soul de los sesenta y setenta -terció Strange-. No habrá nada que pueda sustituirla, creo yo.

-Eso tampoco me va, Derek. Si yo nací en 1970.

-Llegaste tarde, joven. Llegaste tarde.

Historias creíbles narradas con una alta calidad literaria que se disfrutan en todas y cada una de sus páginas. Edificios gubernamentales, museos, parques nacionales, barrios peligrosamente conflictivos. Policías corruptos, mafiosos, drogadictos irrecuperables. Música, cine, libros.

Tanto ajetreo requiere llenar el estómago antes de partir a nuestro siguiente destino, y para ello les recomendamos dos locales que pueden visitar si lo desean.

El primero, fruto de la imaginación del autor y que muestra un paralelismo evidente con su propia biografía: se trata de la cafetería Three Star de la calle Kennedy, al noroeste de la ciudad, regentada por Billy Georgelakos, hijo del dueño original para el que trabajó el padre de Derek haciéndose cargo de la plancha y primer amigo blanco del detective en su infancia. 

El segundo, mucho más real y desde luego muy recomendable si quieren raciones generosas de huevos revueltos, bacón, tostadas, sémola de maíz y pastel de cerdo a precios de ganga. El desayuno de los campeones, vaya. Hablamos de la Saints Paradise Cafetería, ubicada en el complejo religioso de la calle M, entre la 6 y 7, también en el noroeste de Washington. Lo complicado será encontrar una mesa libre, pues el lugar está siempre abarrotado de un público variopinto en el que encontraremos a policías uniformados y de paisano, activistas de la comunidad, empresarios, feligreses y vecinos de diversos colores y extracciones. 

Bien, pues una vez alimentados, partimos por fin a la siguiente ciudad de nuestra ruta por la Costa Este, haciendo escala en la cuna del trumpismo más exacerbado: Richmond, capital de Virginia.

Ricardo Bosque

Próxima etapa: Richmond

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