
Un viaje alrededor de la novela negra
Costa Este: Detroit – Cleveland – X-ville – Boston – Nueva York – Nueva Jersey – Baltimore – Washington DC – Richmond – Miami
Etapa anterior: Nueva Jersey
En octubre de 2024, se publicaba El lugar de los hechos. Un viaje alrededor de la novela, ensayo a cuatro manos escrito entre dos amigos y apasionados por el género negro: Jesús Lens y quien firma ahora estas líneas. Algo más de cuatrocientas páginas en las que visitamos tres continentes (Europa, Asia y África), treinta países y cincuenta y dos ciudades.
La aventura continúa, ahora en solitario y en otro soporte (esta vuestra revista Calibre .38), con la pretensión de recorrer América de norte a sur, Caribe, Pacífico y Antártida. Podrás seguir el recorrido en «cómodas entregas» -una por cada etapa del viaje- que recopilaré en un pdf de libre descarga conforme se vayan completando las diversas rutas en las que he estructurado el recorrido.
Buen viaje.
El Baltimore rico y el Baltimore pobre. El Baltimore blanco y el Baltimore negro. El viejo Baltimore, aquellos que pueden seguir su árbol genealógico de sangre azul hasta los primeros colonos de Maryland que vinieron en el Ark y el Dove, descendientes de lord Baltimore, y luego está el Baltimore inmigrante.
Un asesino en Butchers Hill. Laura Lippman
Ya decíamos al visitar Boston que esta ruta por la Costa Este podría caracterizarse por la presencia continua del poeta y cuentista Poe, y si en la capital de Massachusetts nos encontrábamos con una curiosa estatua en su honor -la presunta casa natal no se conserva, aunque tampoco es que viviera mucho tiempo en esa ciudad; pero no se preocupen, pronto llegaremos a Richmond, que es donde pasó los primeros años de su vida tras ser adoptado-, en Baltimore podemos visitar la casa en la que -también presuntamente- escribió sus primeros relatos, situada en la esquina de las calles North Amity y West Lexington, en un barrio mayoritariamente negro en el que los únicos blancos son los turistas que, precisamente, buscan la casa en cuestión. Y, por supuesto, su tumba, actualmente en los terrenos del Westminster Hall and Burying Ground, a menos de un kilómetro hacia el este de la vivienda. Si se fijan, frente a la tumba verán una placa de homenaje del consulado de Francia, país en el que Poe estuvo mejor considerado que en Estados Unidos, entrando en el panteón literario de la mano de lectores como Baudelaire o Mallarmé.
Vale, cumplimentada esta necesaria visita, vamos a conocer el resto de la ciudad de la mano de una escritora y dos de sus personajes. La escritora es Laura Lippman; los personajes, Tess Monaghan y Maddie Schwartz.
Tess Monaghan es la protagonista de una docena de novelas de las que solo dos están disponibles en castellano: Un asesino en Butchers Hill y Colgando de un hilo. Y son dos buenas novelas, vaya esto por delante.
Judía por parte de madre, que es la vía por la que se hereda el judaísmo según explica la propia Monaghan, e irlandesa por parte de padre -curiosa mezcla en una ciudad dividida entre blancos y negros-, Tess se define como un híbrido no creyente que, si bien respeta las tradiciones culinarias judías cuando está con la abuela materna -raviolis al estilo kosher, blintzes de queso-, en realidad es más de raviolis en lata, bombas de nata, galletas del tipo que sea y cerveza, mucha cerveza.
Detective privado que ejerce su profesión bajo la marca Keyes Inc., en referencia al policía retirado Edward Keyes, a quien no conoce pero que pone el nombre a la empresa a cambio de un porcentaje de los beneficios -algo que nos recuerda vagamente a la serie televisiva Remington Steele-, tiene su despacho en Butchers Hill, barrio un tanto degradado junto al Patterson Park, en lo alto de una colina con vistas al puerto y que fue ocupada inicialmente por carniceros que se construyeron buenas casas en la zona.
Fuera como fuera que se dibujaran las fronteras, los carniceros ya hacía mucho tiempo que habían abandonado la zona. Ahora el barrio era una incómoda mezcla de viejos, pobres y aburguesados. Cerca, el hospital Johns Hopkins había demostrado ser una fuerte sirena y había atraído con sus cánticos a grandes cantidades de colonos que se cobijaban en sus chimeneas de ladrillo y ventanales emplomados.
Sin embargo, no es ahí donde reside. Su vivienda la podemos encontrar en el barrio costero de Fells Point, en una casa en la esquina de Bond St. y Shakespeare St., el lugar ideal para que su tía Kitty estableciera una biblioteca especializada, Las Mujeres y los Niños Primero, en la misma ubicación de la tienda de comestibles que, años atrás, regentó el abuelo Poppa Weinstein.
Fells Point es, sin duda, uno de esos barrios que podemos aconsejar con los ojos cerrados para quienes no buscan emociones fuertes. Seguro, residencial, repleto de bares, pubs y restaurantes así como de tiendas de antigüedades u otras que se dedican al mundo de la música.
Nada que ver con otras zonas muy cercanas al centro en las que la degradación no hace sino avanzar, barrios en los que muchas familias pobres sobreviven -y hacen negocio- con las adopciones de menores abandonados que proporcionan subvenciones y vales de comida a quienes los acogen en unos estados en los que el derecho al aborto está más que condicionado.
Barrios que van cambiando de color y, en algo parecido a lo que por aquí conocemos como gentrificación, van expulsando a aquellos que tienen mayores posibilidades económicas o que se endedudan hasta las pestañas y eligen como lugar de residencia zonas cada vez más alejadas del centro. Lo explica muy bien Lippman en otra de sus novelas, La dama del lago, en esta ocasión protagonizada por Maddie Schwartz.
Maddie sabía reconocer las señales que indicaban que un barrio estaba a punto de dejar de ser blanco y convertirse en negro. La nueva sucursal de EZ Kleeners se encontraba al lado de un salón de belleza en un vecindario que empezaba a cambiar. Los carteles de RESERVADO Y VENDIDO que se balanceaban debajo de los originales EN VENTA estaban diciendo de forma encubierta “Fuera de aquí”. Ella no podía entender por qué los blancos de la ciudad no querían vivir cerca de los negros, pero era así.
Estamos en 1966, año en el que Maddie, esposa y madre perfecta, decide abandonar a marido e hijo para iniciar una nueva vida dedicada, nada más y nada menos, que al mundo del periodismo. Y hace el camino inverso a la mayoría de los blancos, dejando su acomodada vivienda en Pikesville -barrio residencial y acomodado al noroeste de la ciudad situado a unos kilómetros de Baltimore- para instalarse en el centro más degradado y hacerlo, por si fuera poco, iniciando una relación amorosa con un policía negro y diez años menor que ella. Curiosidad: en los años sesenta, en Estados Unidos, un policía negro no podía usar coche ni radio, solo patrullar las calles y, tal vez, trabajar como agente secreto en el área de narcóticos.
Sí, en 1966, en una década en la que no se sabe si la sociedad es más sexista que racista o viceversa, como deja claro la autora:
Pero, por otra parte, ¿qué mujer poseía realmente su propio nombre? El apellido de “soltera” de Maddie era el de casada de su madre.
La dama del lago es un fascinante relato de investigación criminal y la historia de unas mujeres luchando contra el papel que la sociedad les había adjudicado por el mero hecho de serlo en un mundo tradicionalista y sexista, en el que los hombres trabajan para llevar dinero a casa y las mujeres se dedican a sus labores.
Y también es un juego de personajes excelentemente dibujados, desde la protagonista hasta el reportero Bob Bauer, desde los diferentes policías que van apareciendo hasta Eunetta Cleo Sherwood -la fallecida que se hace cargo de parte de la narración-, o el guiño a la anterior serie de la que les hemos hablado, introduciendo en la trama como secundarios a Judith y Donald Weinstein, madre y tío, respectivamente, de nuestra querida Tess Monaghan.
No nos queda otra que quitarnos el sombrero ante la señora Lippman y contarles dos curiosidades sobre ella: 1) tras ejercer el periodismo durante más de dos décadas, lo abandonó en 2001 para dedicarse en exclusiva a la escritura; y 2) está casada con David Simon, productor ejecutivo de The Wire, serie en la que se ha interpretado a sí misma en uno de sus capítulos.
The Wire, una de esas series icónicas e imprescindibles para los amantes del género negro y ambientada, precisamente, en Baltimore. Sesenta capítulos repartidos en cinco temporadas, cada una de ellas dedicada a ofrecer una visión realista de la vida en la ciudad, con el tráfico de drogas como leitmotiv de la trama. Cinco temporadas en las que Jimmy McNulty y su equipo se dedican a perseguir el crimen en sus diferentes aspectos: la primera, el tráfico de drogas; la segunda, el contrabando marítimo; la tercera, la corrupción policial; la cuarta, ese sistema educativo absolutamente discriminatorio, con una enseñanza pública totalmente carente de recursos y otra privada reservada a la gente con posibles; y la quinta y última, dedicada a uno de los grandes males de nuestro tiempo, esa consolidación de los bulos y noticias falsas como parte de la información que diariamente nos hacen consumir en algo que no parece un accidente sino una estrategia fríamente meditada.
¿Y saben qué es lo que más nos gusta de la serie? La naturalidad de los intérpretes, muchos de ellos prácticamente desconocidos o procedentes del mundo del teatro, la mayoría nativos o residentes en Baltimore y criados en sus suburbios, como la rapera Felicia Pearson, quien da vida a la ex convicta y traficante Snoop, lo que aporta un plus de realismo a la producción.
Dicho esto, ahora sí, continuamos el viaje para dirigirnos a la capital, Washington D.C, donde nos espera precisamente uno de los guionistas de la serie de la que acabamos de hablar y alguno de sus personajes.
Próxima etapa: Washington D. C.






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