“Asesinos en serie”, de Robert K. Ressler y Tom Shachtman, por Teresa Suárez

asesinos-en-serie-9788434401068Teresa Suárez

“Degeneramos en horribles títeres perseguidos por el recuerdo de las pasiones que nos dieron demasiado miedo, de las exquisitas tentaciones ante las que nos faltó valor para ceder”. ¡Eh vosotros, sí vosotros lectores de Calibre .38! Lo leo en vuestros ojos, siento ese anhelo que os perturba y que intentáis dominar a toda costa. Conmigo no os vale, os contemplo desde el otro lado del Retrato de Dorian Gray, soy su cara oculta. Depravación es mi segundo nombre. No conozco límites. Traspaso cuanta frontera moral se me antoja y disfruto con ello casi tanto como contemplando vuestras caras horrorizadas ante mis hazañas. ¡Me envidiáis!

“Quien ha experimentado una sola vez el poder, el dominio ilimitado sobre el cuerpo, la sangre y el espíritu de otro hombre igual a él (…); quien ha experimentado el poder y la capacidad absoluta para humillar de la forma más denigrante a otra criatura, ése pierde por fuerza el control sobre sus propios sentimientos. La crueldad es un hábito: es susceptible de desarrollarse, y de hecho se desarrolla hasta convertirse en una enfermedad”. Dostoievski durante ocho años, el tiempo que duró su condena a trabajos forzados en un penal de Siberia, convivió con toda clase de delincuentes. Narró sus experiencias en Memorias de la casa muerta. Deberíais leerlas.

Vosotros, seguidores de “lo negro y criminal”, alabáis el trabajo de policías y detectives de medio pelo que sin mí y mis hermanos nada serían pues la fama y el reconocimiento que llegan a alcanzar en su mediocre existencia son directamente proporcionales a la maldad del delincuente que persiguen o abaten. Somos dos caras de la misma moneda pero su triste figura sin el peso de la mía se difumina: Mr. Hide, su lado criminal y pervertido, otorgó reconocimiento mundial a ese Dr. Jeckyll anodino, le dio una razón para existir (“Me sentí más joven, más ligero, más feliz físicamente. En mi interior experimentaba una fogosidad impetuosa, por mi imaginación cruzó una sucesión de imágenes sensuales en carrera desenfrenada, sentí que se disolvían los vínculos de todas mis obligaciones y una libertad de espíritu desconocida, pero no inocente, invadió todo mi ser”).  ¡Stevenson sabía de lo que hablaba!

Ellos fueron unos pioneros que, desde la propia experiencia uno y desde su turbulenta imaginación de tuberculoso el otro, trataron de dilucidar si somos seres humanos normales o arrastramos taras genéticas, físicas o psíquicas, que justifican nuestro comportamiento. Sus intentos, bastante precisos por cierto, quedaron circunscritos a la ficción y como tal apenas fueron tenidos en cuenta.

Así llegamos a Robert K. Ressler, antiguo agente del FBI, el que acuñó el término “asesino en serie” y ayudó a desarrollar las técnicas de elaboración de perfiles criminales. Con él adquirimos el protagonismo que nos merecíamos. Nos visitó en prisión, escuchaba atentamente los relatos de nuestras hazañas, cuidaba de no mostrar repulsión alguna contáramos lo que contáramos y nos hizo aún más famosos de lo que ya éramos dedicándonos varios libros que fueron éxito de ventas. ¡Un tío listo!

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Ted Bundy

¿Habéis oído eso de que la realidad siempre supera a la ficción? Pues para vosotros, tan aficionados a los crímenes de novela, aquí va un retazo de un crimen novelado, pero real, a cargo de mi colega Ted Bundy (el tío era un animal, una mala bestia, pero los periódicos, debido a que era joven, guapo e inteligente, casi llegaron a definirlo como un asesino benévolo; ¡menudo ojo los periodistas, je, je!): “Su modo de operar habitual era atraer a chicas y mujeres jóvenes, valiéndose de sus habilidades verbales y, luego, cuando estaban en una posición vulnerable, pegarles con una palanca corta que llevaba escondida en su brazo escayolado (…) Después cometía actos sexuales brutales con las víctimas inconscientes o semiinconscientes, siendo su práctica sexual favorita la penetración anal. Posteriormente las estrangulaba (…) Antes de dejar los cuerpos, solía mutilarlos, despedazarlos y, a veces, practicaba la necrofilia con ellos. A menudo regresaba al cabo de unos días al lugar donde había dejado el cuerpo de una víctima reciente para agredir sexualmente las partes de su cuerpo, por ejemplo, eyaculando en la boca de una cabeza cortada”. Siempre habláis de rubias poco legales, él las prefería morenas.

Cuando en esas novelas que devoráis con ansia a uno de mis hermanos le descerrajan un tiro en la cabeza o le vacían un cargador, vosotros, intrépidos aventureros de sofá y manta, dejáis escapar una risita sarcástica pero mi desaparición, admitámoslo, os deja un regusto amargo porque con ella se apaga la excitación que, mientras dura la lectura, acompaña a vuestras insípidas vidas.

Una buena dosis de realidad criminal es lo que encontrareis en Asesinos en serie. Vamos, pequeñas alimañas, admitidlo: deseáis adentraros en mi mente, en ese lado oscuro que, cual agujero negro, ejerce sobre vosotros tan poderosa atracción. Pero tened cuidado porque “cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti”.

No lo digo yo sino ese loco de Nietzsche.

Asesinos en serie
Robert K. Ressler y Tom Shachtman
Ariel

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