“Investigación a la tinta de calamar”, de Cristina Rava, por Ricardo Bosque

Investigación a la tinta de calamar - Cristina RavaRicardo Bosque (@ricardo_bosque)

En los últimos tiempos, Navona se ha convertido en una de esas editoriales de referencia para los aficionados al género negro: lo mismo recupera a los autores genuinamente clásicos (el Rex Stout de Nero Wolfe o el Howard Fast de la maravillosa Sylvia, ya reseñada en esta misma revista) que a otros que lo parecen pero no lo son, como es el caso de un norteamericano llamado M. A. West que luego resulta ser un canario calvo que malvive a base de bocatas de chopped y del que también escribimos aquí.

Por si fuera poco, de vez en cuando la editorial se descuelga con autores desconocidos en nuestro país y que, visto lo visto, se merecen un generoso espacio en las librerías criminales. El último -la última, para ser exactos-, la italiana Cristina Rava y su novela Investigación a la tinta de calamar, traducida por Valentina Mercuri.

Su protagonista es el comisario Bartolomeo Rebaudengo, el hombre tranquilo aunque sin parentesco conocido con Sean Thornton. Nacido en el Piamonte, en el somontano turinés, es hombre de clima fresco y alimentación basada en la carne hasta el extremo de abominar de los ligures de Albenga -la localidad costera en la que está destinado- por su incomprensible costumbre de comer productos sacados del mar, como por ejemplo esa pasta horriblemente ennegrecida por la tinta del calamar que da título a su primer caso.

Tranquilo pero no aburrido, en absoluto, pues Rebaudengo es hombre con sentido del humor que sabe mostrar cuando procede. Tranquilo por decisión tomada en la infancia cuando, tras una jornada cazando ranas con los amigos, vuelve a casa y se encuentra con más gente de lo habitual. Alborozado, lanzando vivas a diestro y siniestro, el pequeño Bartolomeo corre a saludar a sus tíos y primos hasta que su abuela, “una mujer severa de glúteos erosionados por los bancos de la iglesia”, le castiga obligándole a permanecer encerrado en su habitación: el abuelo ha muerto. En ese momento decidió Rebaudengo que, en adelante, nadie iba a conocer sus auténticas emociones.
    
Rebaudengo es hombre de interesantes, sorprendentes y, en ocasiones, escatológicas reflexiones, como cuando se permite comparar un interrogatorio policial con unas infantiles deposiciones:

“Ya estaba. Se le ocurrió un detalle de su infancia: Bartolomeo era un niño estreñido y le obligaban a quedarse horas sentado en el orinal. Cuando ya estaba aburrido como una ostra y adormecido por la postura, empujaba fuerte y al final salía la primera bolita: a partir de ahí el intestino se liberaba ágilmente. Cuántas charlas e interrogatorios se parecían a sus caquitas infantiles. Después del tapón, todo era más fácil”.

CristinaRava

Cristina Rava

Rebaudengo también es hombre de intuiciones, incapaz de manejarse con soltura -ni sin ella- con aparatos tan cotidianos como un ordenador o una cámara digital. Heredero, en cierto modo, del Maigret al que admira, como admira por inusual a su esposa -a la señora Maigret, digo-, un caso extraño en la historia de los polis de ficción pues la mayoría de ellos dan tumbos tras sus divorcios, incapaces sus cónyuges de comprender un trabajo tan poco dado a la conciliación entre vida laboral y familiar. Rebaudengo, no podía ser una excepción a la regla, también es hombre divorciado, pero en absoluto encerrado en sí mismo o entre las cuatro paredes de su despacho, no es el clásico lloricas tan visto en la literatura policial. Al contrario, puede enamorarse sin complejos, sin dramas, y la ocasión se la pintan calva en la figura de la forense encargada del caso, la doctora Ardelia Spinola.

Y con la intuición se enfrenta a la denuncia de la desaparición de un profesor de instituto, el primer caso interesante desde que llegó a su actual destino. Como interesante, todavía más, es la aparición del cadáver de una joven alumna del mismo instituto, estrangulada, desnuda y rodeada de unas velas de color verdeoscurocasinegro. Con estos dos elementos de partida, Rava monta una novela exquisitamente narrada, con una elevada calidad literaria en la que la intriga, el descubrimiento del misterio a resolver no es lo más importante, pues el lector avezado en el género comprenderá que el catálogo de presuntos implicados en la desaparición y el asesinato es limitado, así como los móviles posibles para ambos sucesos. Y, aun así, la autora es capaz de sorprender con un inesperado giro final. Aplauso sincero.

Resuelto el caso, la novela se cierra, en un a modo de epílogo, con el segundo encuentro privado entre el comisario y la forense, un encuentro que contiene una de las más ocurrentes, literarias y policiales declaraciones de amor -o, al menos, del deseo de iniciar algo en común- que servidor ha leído en mucho tiempo. Cena para dos, luz de velas, comida de mar y montaña -por Ardelia, Rebaudengo es capaz incluso de renegar de su aversión por los productos criados en agua salada-, buena conversación y un regalo final. No es un anillo, claro, es mucho mejor:

“-¿Por qué me has regalado estos tres libros?
-¡Porque me hacía ilusión hacerte un regalo!
-Ya, pero ¿por qué Maigret, Montalbano y este Kurt Wallander?
-Es bueno que te documentes, aunque cada comisario, en su género, es único.”

¿Es o no un encanto este hombre?

 
Investigación a la tinta de calamar
Cristina Rava
Trad.: Valentina Mercuri
Navona

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