David Llorente: “Podemos no me gusta como el indicativo del verbo poder sino como el imperativo del verbo podar”

 

Laurentino Vélez-Pelligrini

David Llorente es sin duda uno de los grandes nombres del “Noir” actual. Dramaturgo, escritor y profesor de lengua y literatura, arrastra un interesante recorrido. Fue II Premio Francisco Umbral de novela (1998) y en el 2000 se hizo con el Premio Ramón J. Sender de narrativa. Sin embargo, su gran éxito le vino con Te quiero porque me das de comer, (Alrevés, 2014) y por la que recibió el Premio Memorial Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón. Los suplementos literarios de periódicos como ABC y El PAÍS la consideraron como una de las mejores novelas negras de los últimos tiempos y creo que con razón. Su obra, Madrid:Frontera (Alrevés, 2016) le ha terminado de consolidar como de los autores más importantes del momento. Aunque Llorente no se reconoce como tal, se le puede considerar como uno de los principales representantes del hardboiled en España.

Si algo torna singular a David Llorente es su palabra nada preocupada por la vainillera corrección política, pero en cambio, concienzudamente irreverente, por momentos hasta insolente, pero ante todo y por encima de todo, clara y sincera. Virtud que se agradece frente al vedetismo de otros autores, empeñados en venderse con gesto de falsa modestia debajo de los cuales suele ocultarse en realidad un crispante egocentrismo. Llorente es un escritor de un enorme bagaje cultural y literario, con el dan ganas de pasarse horas y horas hablando o epistolando. A lo largo de esta entrevista hablamos de su trayectoria personal, su relación con la literatura y manera de entender la escritura. También de sus compromisos políticos y sociales. En suma, un escritor e intelectual de “raza”, al que resulta agradable escuchar.

Has alternado tu condición de dramaturgo con la de escritor. ¿Hay una doble alma en ti o esas dos facetas son incomprensibles la otra sin la otra en tu recorrido?

A mucha gente le sorprende que escriba novela y teatro al mismo tiempo. Camilo José Cela decía que España es un país tan pobre que la gente solamente admite una idea por cada cabeza. Y lo decía, precisamente, hablando acerca de la obra narrativa de Solana, al que se le conocía únicamente como pintor. Así que no es que haya una doble alma en mí, sino que, simplemente, soy capaz de hacerlo y de hacerlo con la suficiente calidad narrativa/escénica como para no avergonzarme. Ni la novela influye en el teatro, ni el teatro influye en la novela. Hay historias que sé que son para escribirlas y hay historias que sé que son para subirlas a un escenario.

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Pregunta que te haría como profesor de literatura que eres: ¿se han ido superando los prejuicios que los defensores de la literatura literaria, llamada de “expresión”, “culta”, manifestaban hacia la literatura de género?

Esta pregunta sería un tema no ya para una ponencia, sino para una tesis doctoral. Me vienen a la cabeza obras como Solaris, que es ciencia ficción y una obra maestra de la literatura, y Las edades de Lulú, que es una novela erótica y es una obra maestra de la literatura, y El nombre de la rosa, que es una novela histórica y policíaca y una obra maestra de la literatura, y El Quijote, que es una parodia de las novelas de caballerías y la más grande obra maestra jamás escrita. Es decir, desde mi punto de vista, no existe la literatura culta y la literatura de género. Eso está mal dicho, lo contrario de la literatura culta (la transmitida por escrito) es la literatura popular (la transmitida oralmente). Lo que pasa es que la novela de género ofrece unas pautas fijas (tipo de personaje, ambientación, localización, ritmo, conflicto) y eso hace que muchas personas que no son escritores ni saben escribir ficción (lo cual puede ser una frustración, pero no un desmérito) se crean capaces de construir una novela a base de repetir unas pautas comunes. Hay que aclarar que lo malo no es que las escriban (cada uno hace con su tiempo lo que quiere), lo malo es que los editores las publiquen.

Visto así, deberíamos empezar por romper moldes y reglas narrativas que eviten los sucesivos “clones” literarios que estamos viendo en la oferta de los últimos tiempos y que, en general, brillan por la ausencia de creatividad, originalidad e imaginación…

El que pueda romper moldes y reglas, que los rompa, por supuesto. A mí personalmente me encantan los movimientos literarios y las generaciones literarias que izaban la bandera de la libertad y daban carta blanca al autor para que hiciera lo que le diera la gana porque solamente de esa manera el autor puede mostrar todo lo que da de sí. Muchos autores escribieron sus obras maestras en ese momento de sus vidas en que estaban convencidos de que nadie les iba a publicar, de manera que únicamente se preocupaban por crear, más allá de lectores, crítica, moda y editores. Pero, claro, para hacer eso hay que valer, y mucho. El concepto de molde y de regla hace mucho daño a la literatura. Efectivamente, merma la originalidad y la creatividad. Pero, por otra parte, facilitan la tarea de escribir.

Aunque no sé muy bien si asumes el calificativo, se te considera un autor hardboiled, ¿pero qué autores te han marcado en esta tradición?

No. No asumo ese calificativo. De esa tradición no me ha marcado nadie. Sí asumo, sin embargo, que los lectores me coloquen donde quieran. Faltaría más. Ellos defienden lo que leen y yo defiendo lo que escribo.

Veo que no te gustan nada las etiquetas…Pero estarás de acuerdo conmigo en que a veces tienen su utilidad. No hay identidad sin nominación. Supongo que preferirás que te definen como un autor hardboiled, que como un escritor todoterreno, que eso sí que es una de las peores vulgaridades intelectuales a las que se suelen prestar los críticos literarios o los que pretenden serlo…

Claro. Si me definen como un autor hardboiled, sé a qué se refieren y qué están destacando de mis novelas, pero si me llaman autor todoterreno, no sé si me están elogiando o me están dejando como un lagarto pisoteado.

Las etiquetas son útiles, por supuesto. Pero también es útil desetiquetar a los autores a los que la etiqueta no termina de pegárseles, e individualizarlos. Tampoco podemos olvidar que la utilidad y el acierto de las etiquetas viene (si viene) cuando el crítico cuenta con la perspectiva del tiempo. Etiquetar a un autor que está en esos veinte años (entre los 40 y los 60) de máxima madurez y creatividad es bastante arriesgado porque su literatura aún puede dar grandes giros y más de una revuelta brusca.

Siempre hubo dos frentes, los incondicionales de los anglosajones y los defensores de la corriente francesa, muy especial la vinculada al néo-polar surgido en el Post-Mayo del 68. ¿En qué zona de influencia habría que situarte?

Si siempre hubo dos frentes, descubro entonces que me mantuve en actitud neutral. No tomo partido ni por unos ni por otros. Encuentro grandes novelas debajo de sendas banderas.

Entonces tampoco crees en las “Escuelas”….

Me haces ese comentario y ya me dejas entre la espada y la pared (como es tu obligación). Soy profesor de literatura y en mis clases me pongo a explicar las diferentes escuelas literarias y me quedo tan ancho y además creo y defiendo lo que digo. Pero como autor… Mira, yo conozco las escuelas narrativas más importantes de finales del siglo XX y comienzos del XXI y todo mi afán es aprender de ellas, sí, pero para superarlas, para usarlas de trampolín y que me lancen a algún territorio desconocido. A lo mejor, dentro de treinta años alguien habla de mí y de mi obra y la inscribe dentro de una escuela concreta y no me quedará más remedio que callarme y aceptarlo, si tiene razón. Pero hoy, como autor, mi obligación es poner el intermitente de la izquierda y rebasarlas.

Si me permites la reflexión, hay algunas actitudes en el mundillo del “Noir” que me ponen de mal humor. Por ejemplo, aquellos autores a los que le gusta que se le comparen, por su estilo narrativo y problemáticas de su obra, a los “clásicos”. De ahí una pregunta: ¿esa tendencia a obsesionarse con ellos no nos hace renunciar a la propia identidad y personalidad como autores?

En la literatura no debería haber ni mundillos ni actitudes. La literatura está por encima de la cultura. La literatura es un idioma universal. Pero, desgraciadamente, entiendo muy bien lo que dices.

Habría que ver, para empezar, a quiénes consideramos los clásicos. Se utiliza la palabra clásico o maestro con una acojonante frecuencia. Los clásicos abrieron caminos narrativos y sobrevivieron a la inclemente purga del tiempo. Los maestros levantaron una escuela y enseñaron y dieron paso a otros escritores. A lo mejor Pío Baroja fue el maestro de Cela y Cela fue el Maestro de Umbral y Umbral (en algún momento) fue el maestro de Juan Manuel de Prada, pero de todos ellos, el clásico solamente es el primero, todavía, ya veremos dentro de cien años. Ahora llamamos maestros o clásicos a unos señores que tienen 50 años (o menos) y que han escrito 7 novelas. Nadie en su sano juicio puede pretender que lo comparen con un clásico. Si alguien nos compara con un clásico, lo menos que podemos hacer es retirarle la palabra a ese sujeto.

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Coincido con tu reflexión, aunque también me estaba refiriendo a los supuestos “maestros”, no solo norteamericanos o franceses, sino también españoles. A mí me deja perplejo el culto sacrosanto que se les guarda a algunos autores de los 70 y 80, pretendidos padres fundadores del “Noir” en España, cuando en realidad, en algunos casos, sus obras son auténticos bodrios y no me quiero referir a nadie en especial…

Claro. Es que eso no funciona así. Para empezar, si queremos guardar un culto sacrosanto a alguien, guardémoselo a Cervantes, porque que sin su Quijote ninguno de nosotros estaríamos escribiendo lo que escribimos ni de la manera en que lo hacemos. Al resto de autores, basta con leerlos y disfrutar de ellos, que ya es mucho. Y en cuanto a lo de padres fundadores, tan sólo decir que hay que tener mucho cuidado y andarse con pies de plomo cuando pretendemos dilucidar quién fue el primero en crear un género narrativo, porque si vamos retrocediendo en la historia de la literatura española, nos vamos a encontrar con autores naturalistas que hablaban de las taras psicológicas del ser humano, de su tendencia al mal, de la influencia nefasta de la sociedad en el individuo y de investigadores que intentaban esclarecer crímenes, y eso ya es novela negra y estamos hablando de finales del XIX y principios del XX.

¿Compartes la crítica, difundida en algunos círculos, de que el “boom” del “Noir” está incidiendo negativamente en el esfuerzo de excelencia literaria?

Yo es que no veo ningún boom. A lo mejor es que mis referentes son otros. Pero yo oigo la palabra boom y me acuerdo de García Márquez, de Llosa, de Carlos Fuentes, de Cortázar, de Rulfo, de Roa Bastos, de Miguel Ángel Asturias, de un buen puñado de escritores que sacaron unas novelas de una calidad y con unos planteamientos estéticos como nunca antes se habían visto y que colonizaron las librerías del mundo entero. En España yo veo unos pocos autores de novela negra que se cierran y se mueven en torno a la endogamia de las redes sociales y que dan una pirueta en el aire cuando alguien les hace caso.

De todas formas, la manera de formular la pregunta deja entrever, si no cobardía, sí prudencia o miedo. Me gustaría saber cuáles son esos círculos que mencionas y me gustaría saber si la expresión incidir negativamente en el esfuerzo de excelencia literaria significa que los buenos novelistas tienen que soportar la llegada de otros autores que escriben mal, que no leen, que lo único que quieren es alimentar su ego con la alfalfa de que los consideren escritores y que además las editoriales les publican.

Ni miedo, ni cobardía, pero sí prudencia, dado que me debo al espíritu de esta casa, que es plural y respetuosa con las diversas sensibilidades. No se trata de que los buenos escritores no puedan reivindicar el derecho a no codearse con el cambalache del “amateurisme”, sino de que aclaremos qué entendemos por un “buen escritor”. Y perdona, lo que veo es que hay muchos que van de “genios”, cuando es obvio que no lo son y que, para colmo, se pasan el día despotricando contra la mediocridad ajena, sin reparar un solo momento en la propia. Es a esos “círculos” de “genios” de pacotilla a los que me refería y que, como si ya fuese poco, tienen la desfachatez de dictaminar qué es género negro y quién puede escribirlo…

Bravo. Yo no sabría explicar qué es un buen escritor. La figura del escritor está construida a partir de elementos que ni se miden ni se pesan. Ni siquiera sabemos qué es la calidad literaria. Ni siquiera sabemos qué es la literariedad (cuándo un texto es literario y cuándo no). Supongo que cada uno tenemos nuestro rasero. A mí me enganchan los escritores que intentan hacer cosas nuevas, que intentan buscar otros caminos expresivos para contar sus historias. Y los que se comprometen con el tiempo que les ha tocado vivir. Y genios todavía no he visto. Miro a mi alrededor y veo a buenos escritores. Hablo con ellos. Me escribo con ellos. Coincido con ellos en festivales y esas cosas. Les leo y a veces les reseño. Pero genios no he visto ninguno. Por otra parte, un escritor no debería dictaminar nada teóricamente. Ahora queremos ser escritores y editores y críticos y reseñistas y miembros de jurados y organizadores de ferias y todo a la vez. Y eso no puede ser. Yo prometo dedicarme en cuerpo y alma (resignándome a la pobreza y a cierta marginación social) a ser escritor y dar lo mejor de mí mismo, de manera que espero la misma responsabilidad y especialización en los críticos y reseñistas que comenten mis novelas.

¿Falta debate teórico en torno al “Noir”, como lo sugirieron unos o en cambio, abunda demasiado, como alzan la voz otros?

El debate teórico puede irse directamente a la mierda. Lo que hace falta es debate literario, creativo. Hacen falta novelas que lloren, novelas a las que desahucien, novelas que se mueran de frío en tiendas de campaña, novelas que busquen comida en las basuras, novelas a las que discriminen. Que las historias de un autor hablen con las historias de otro autor y de esa manera crear la gran red de la literatura de nuestro tiempo.

Uff… ¡David! Yo vengo del debate teórico. Jejeje… No me daré por aludido, porque al igual que tú, a veces también siento la tentación de decirle a los “académicos” y universitarios que vayan con su farragosa jerga a otro sitio. Dicho esto, hay teóricos y teóricos. Marginar el debate intelectual es dejar abandonada la literatura a los caprichosos de los grandes intereses comerciales y hacer tabula rasa de todas las problemáticas políticas, éticas y morales vinculadas al ejercicio de una escritura crítica con nuestro tiempo y proceso civilizatorio. Pero volviendo a lo que dices, tu planteamiento me parece interesante, tendría que haber más “diálogo” entre las obras de los autores y menos retórica para aulas magnas. Sin embargo, tengo mis dudas, sobre todo en un país como el nuestro, repleto de tribus y camarillas y donde solo te leen, reseñan o comentan si eres “de los suyos”…

Sí, sí. Por supuesto. Ya te digo que la mayoría de veces que me pongo a hablar delante de un auditorio es para soltar un rollo teórico acerca de la literatura que, desde el punto de vista del estudioso, es necesario. Pero como autor debo decir que no echo de menos el debate teórico (porque sé que lo hay, mejor o peor) pero sí echo de menos ese otro debate creativo. ¿Te imaginas una generación de autores escribiendo novelas incendiarias en contra del trato que se les da a los refugiados, sobre la violencia machista, sobre la corrupción, sobre la manipulación de los medios, sobre la destrucción del planeta, sobre la sumisión del poder político ante los poderes económicos? Los ojos del mundo se volverían hacia ella. La literatura tendría sentido.

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Ahora, si te parece, me gustaría que nos centrásemos más en tu obra… Aunque has sido galardonado con varios premios literarios y arrastras detrás de ti una trayectoria como autor, parece que Te quiero porque me das de comer es, sin embargo, la novela que más ha marcado tu camino…

Las novelas no marcan mi camino. Es mi camino el que marca mis novelas.De los problemas, las contradicciones y la magia de la adolescencia nació Kira.Del estudio de la literatura y el deseo de salir de España y conocer el mundo nació El bufón. De los años de depresión nació Ofrezco morir en Praga y De la mano del hermano muerto. De la añoranza de mi barrio/de sus vecinos/de sus historias nació Te quiero porque me das de comer. De la impotencia de ver cómo cada movimiento que hacemos es una equivocación nació Madrid:frontera.

¿A qué aspectos de ese curioso personaje de Max Luminaria te sigues sintiendo más atado?

No me siento atado a Max Luminaria. Otra cosa es que sea una figura fascinante que es capaz de crear a su alrededor una cantidad inmensa de historias, de sensaciones y de personajes. Se movió muy bien en la novela Te quiero porque me das de comer, pero mostró su verdadero potencial en los Diarios de Max Luminaria, que fue publicando la revista Fiat Lux en cinco entregas.

¿Y nunca te planteaste escribir otra novela con él?

Sí, me lo planteé, pero me pareció un planteamiento artificial, derivado más del éxito del personaje que de mis necesidades creativas. Y deseché la idea.

En esa obra, ilustras el mundo de Carabanchel, donde creciste. Todos sabemos los estereotipos que imperan en torno a esa emblemática ciudad-dormitorio, a la que siempre se consideró, por utilizar un arcaico término decimonónico, como el nido de las clases dangereuses. Yo me pregunto qué hay de mito y de realidad en ello…

No hay mito. Yo vi cómo la heroína arrasaba una generación como una de las espadas de fuego del Juicio Final. Vi la prostitución, la delincuencia, la desesperanza, el abandono, la marginación, el miedo, la violencia. Lo que pasa es que la gente que no lo ha visto se cree que es una leyenda urbana.

Yo nunca he pensado que sea una leyenda y claro que ese mundo de anomía social existe. Pero quiero creer que en Carabanchel hay gente que quisiera ser otra cosa que un pobre desgraciado, un colgado o un yonqui al que tarde o temprano encontraran muerto en un callejón…

No, claro que no. Lo que pasa es que cuando escribes una novela sobre un tema social, focalizas en ese tema y parece que toda la sociedad es tan brutal como los casos que describes. En el Carabanchel de aquellos años había mucha gente que peleaba por no caer en ese mundo y por que sus hijos no se vieran afectados, por supuesto. Pero también te diré que en una de las presentaciones que hice en Carabanchel, varias personas me empezaron a describir algunas situaciones que habían vivido (en Carabanchel en aquellos años) y te puedo asegurar que eran mucho peores/mucho más espeluznantes que las que se cuentan en Te quiero porque me das de comer.

También hay que decir que, cuando hablamos de Carabanchel, nos viene automáticamente a la mente aquella siniestra y hoy desaparecida institución penitenciaría. No sé si, con su cierre, se le quitó a la ciudad un estigma que pesó como una losa sobre su identidad colectiva.

Ah, no sé. Mi relación con la cárcel de Carabanchel era la siguiente: muchos de los delincuentes que salían de allí no iban a ningún sitio, se quedaban en Carabanchel. Puede que en un principio quisieran reinsertarse, pero después desistieron (no por su culpa, estaban estigmatizados y nadie los quería), de manera que se hacían con una navaja, una jeringuilla o una pistola y volvían a hacer lo que mejor sabían hacer/lo único que les dejaban hacer/lo que socialmente se esperaba de ellos.

Aunque siempre has reivindicado con orgullo tu pertenencia a Carabanchel, me pregunto si tú mismo también no tuviste que lidiar en algunos momentos con los prejuicios, el miedo hacia el pobre, el marginal, el delincuente, que es con lo que se vinculaba a tu ciudad.

Es mucho más complicado que eso. No te sientas en un banco y piensas: «David, tranquilízate y analiza la situación con calma. Esta gente no es mala, es simplemente que tiene menos oportunidades, que han nacido en la pobreza, que la sociedad les ha puesto un sello en la frente, que la promesa de una vida mejor y de un poco de paz les ha hecho caer en la delincuencia y en la heroína». No. No era así. Se vivía el día a día y yo huía y evitaba todo aquello que (de manera real o ficticia, justa o injusta) pudiera poner en peligro mi bolsillo, mi integridad o mi vida. Con el paso de los años aprendes a analizarlo con frialdad y a comprender hasta qué punto uno contribuía también a acrecentar la marginación de los marginados y a alimentar ciertos desprecios sociales. Después viene la paradoja de que te das cuenta de que creciste con eso y a eso perteneces. Yo ya vivía en Praga cuando tuve que aceptar que ya no me gustaba el Carabanchel que veía cuando volvía a Madrid de vacaciones. Prefería el otro Carabanchel, el de la chuta, la chaira, la papela y la mojá. No le preguntes a nadie por qué vive/por qué vuelve/por qué no puede dejar (mental o físicamente) el barrio en el que ha nacido/en el que ha crecido.

Vaya… Te veo pesimista. ¿Entonces tú también has perdido la esperanza de que aquella gente de tu barrio tenga la oportunidad de vivir en otro mundo que en el que vive?

El Carabanchel del que hablo en la novela ya no existe. Tu pregunta me ha recordado a un reportaje que vi en la televisión. Un periodista y varios cámaras fueron a una isla de hielo perdida más allá de Alaska, justo en la frontera que separa el este del oeste, donde en invierno alcanzan los 60 grados bajo cero y en verano no suben de los 20 bajo cero. Viven en casas prefabricadas (antes vivían en iglús) y su vida depende de la pesca, la caza y un generador eléctrico que les garantiza el funcionamiento de la calefacción. El periodista entrevistó a muchas personas y se dio cuenta de que la pregunta más innecesaria que hacía era, precisamente, por qué vives aquí. Todos respondían lo mismo: Nací aquí.

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Tu última obra, Madrid:Frontera, tiene una estructura narrativa muy diferente a la de Te quiero porque me das de comer. ¿Por qué la metafórica de urdimbre homérica?

Tiene una estructura narrativa muy diferente porque lo que cuento es muy diferente. Los personajes son diferentes. El espacio es diferente. El ritmo es diferente. Nunca pensé en Homero mientras la escribía. No veo ninguna Odisea. Nadie viaja ni vuelve a Ítaca. La presencia del mar es simbólica y cada uno puede sentir/pensar/imaginarse lo que quiera. Pero si los lectores les ha recordado a la Odisea, pues vale.

¿Cuáles son los malignos “cantos de sirena” que amenazan con hundir Madrid?

En Madrid:frontera las sirenas, con sus canciones, convencen a la gente para que deje de hacer lo que estaba haciendo, se acerque al borde de los acantilados y se arroje al mar. De manera que simbolizan la rendición de la persona, el cansancio enorme que hace que dejes de luchar. Es lo peor que se puede hacer. Dentro del argumento de una novela social, no hay mayor enemigo que la resignación, la sumisión y la claudicación.

Las mareas “verdes”, “blancas”, el 15-M están muy presentes en la obra. Aunque fuese desde la distancia, ¿cómo viviste esos momentos que convulsionaron la vida social de Madrid?

Con mucha excitación, ilusión y esperanza.

Resides en Praga desde hace muchos años. ¿Qué mirada tienen allí sobre nosotros?

Confusa y equivocada, hija de la sumisión, la jerarquización y el clasismo, varios de los males de este país de Centroeuropa. Hay que decir que las autoridades españolas destacadas aquí tampoco favorecen mucho nuestra imagen.

¿En la ciudad de Kafka también hay cantos de sirenas que están llevando a la sociedad hacia la catástrofe?

Doctores tiene la iglesia. Que hablen de Chequia los checos.

¿Y cómo es eso, no te sientes concernido por lo que pasa allí…?

No es eso, es que mi visión (aunque lleve aquí tantos años) es la del extranjero, y juzgo las cosas condicionado con lo que conozco de España y con la cultura y la visión de la sociedad con la que he crecido. Durante los primeros tres años que estuve en Praga, tenía una casera que entraba en mi casa cuando yo no estaba y aprovechaba para llamar por teléfono, dormir en el sillón o sentarse a cagar. Lo denuncié y me dijeron que la casera no hacía nada malo porque al fin y al cabo la casa era suya. Que te explique eso un checo. Yo no soy capaz.

¿Has percibido allí nostalgias por las democracias populares y las seguridades que garantizaban, muy a pesar de la falta de libertades?

Sí, en las viejas generaciones.

Algo de política “doméstica” para ir acabando. Estos largos años de reaccionarismo que trajeron la pareja maléfica Gallardón-Botella a la capital generaron también mucha añoranza, sobre todo hacia ese entrañable Madrid de Tierno Galván. Tú, que eres un declarado simpatizante de Podemos, ¿crees que estos chicos nos devolverán algo de aquella ciudad ?

A mí Podemos no me gusta como el indicativo del verbo poder sino como el imperativo del verbo podar. Hacía falta una fuerza política joven que pusiera en evidencia la impunidad, la corrupción y el tinglado que tenían montado tanto unos como otros. Es importante que sea gente joven porque los jóvenes se identifican con los jóvenes. Que las nuevas generaciones abran los ojos a los problemas de su país, a la crítica, a la retórica, a la filosofía, me parece muy positivo. Creo que, históricamente, ha llegado el momento de dejar gobernar a otros. Luego ya veremos qué hacemos con el papel y la urna. La democracia nos da a nosotros la última palabra.

¿Se puede hacer literatura sin hacer política o la literatura, el lenguaje y las estructuras narrativas ya son “política” y “poder”, cómo decía el maestro Jacques Derrida?

La literatura puede estar al servicio de la verdad, de la mentira y del silencio. Los dos últimos tipos de literatura acabaran en los más pútridos desaguaderos del tiempo. El primer tipo pervivirá y muy probablemente sirva para entender la sociedad y la política de un país en un momento de la historia, sí.

¿Para terminar, en qué nuevo trabajo literario estás?

Bueno…, en uno.

 

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3 comentarios en “David Llorente: “Podemos no me gusta como el indicativo del verbo poder sino como el imperativo del verbo podar”

  1. Una entrevista muy, pero que muy, interesante. De momento solo me he fijado en la respuesta a la pregunta muy recurrente cuando se habla de “literatura de género”, sobre literatura culta y literatura popular. No estoy muy de acuerdo con que “Las edades de Lulú” sea una “obra maestra de la literatura”, tampoco participo de lo dicho sobre “Solaris”, aunque está más cerca de la maestría que la anterior. Me cuesta creer que una novelista “de a duro” de los años sesenta, por el hecho de estar escrita, sea considerada una literatura culta, ¿Cuántos juglares, cuántos cantantes son hoy considerados grandes literatos sin haber escrito una línea, al menos publicada? Sin ir más lejos la obra de Coleridge, “Rima del viejo marinero” fue adaptada por Iron Maiden de forma genial.
    Pero también estoy totalmente de acuerdo, aunque David Llorente no lo exprese así, con que hay muchas obras “de género” que dan pena, lo cual no quita para que haya otras “obras de género” que da gloria leerlas, tenerlas, manosearlas, subrayarlas, anotarlas, releerlas… Dicho de otra manera: hay literatura buena y literatura mala. El problema es ponerse de acuerdo en una y otra. Harold Bloom lo intentó con “El canon occidental” y fue muy contestado. Tal vez lo bueno y lo malo sea patrimonio de cada uno. Si así fuera demostraríamos que somos autónomos.
    Hay tantas ideas en la entrevista que dejo para otra ocasión algún comentario.
    Estoy muy de acuerdo con la pregunta, que más que pregunta es una verdadera intervención en la entrevista, y muy inteligente, en la que se dice: “… lo que veo es que hay muchos que van de “genios”, cuando es obvio que no lo son y que, para colmo, se pasan el día despotricando contra la mediocridad ajena, sin reparar un solo momento en la propia”. También sería esta observación tema de otra tesis doctoral.
    Respecto del verbo podar hay mucho que decir. Podemos fue joven. Podemos fue revulsivo, Podemos chupó del 15M, sobre todo después de la primera semana de su existencia, cuando dejó de ser libertario, después el 15M se hizo políticamente correcto (odio esta expresión). Podemos ya no poda, ha pasado a ser un partido más.

  2. Bueno, la entrevista alcanza considerable altura. Las respuestas de David Llorente se ven sinceras, reales, espontáneas y bien construidas.
    David Llorente no se considera influido por los creadores del hardboiled, pero, en este momento, es uno de sus mejores representantes en España, quizá el mejor. Pienso que Hammett, Chandler, Macdonald, Thompson, … están presentes en sus novelas mucho más de lo que él cree.
    Le animo a que siga escribiendo. Hacen mucha falta escritores como él.

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