Jordi Ledesma: “En todos y cada uno de nosotros hay un vividor esperando su momento de tumbarse a la bartola”

 

Laurentino Vélez-Pelligrini

Jordi Ledesma es sobre todo un escritor modesto cuando habla de él, sinceramente modesto, quiero decir, dado que la “falsa modestia”, cómo nos recuerda nuestro amigo Jesús Lens, suele ser la otra cara del ególatra disfrazado. Ponderado y equitativo en sus palabras, Ledesma se revela también un autor muy carismático y todos los que le conocen coinciden acerca de su calidad humana. Primero se autoeditó y después llegó a la casa Alrevés de la mano de Jordi Canal. Autor de Narcolepsia (Alrevés, 2012) y El diablo en cada esquina (Alrevés, 2015), está cosechando un cierto numero de éxitos con su nueva novela, Lo que nos queda de la muerte (Alrevés, 2016), por la que ya ha recibido el premio Novelpol (2017) y el premio de Pata Negra (2017). Sin embargo, Jordi Ledesma se considera un autor todavía por hacer. A lo largo de esta entrevista hablamos de su última novela, así como de su relación con la escritura.

Aunque ya tenías cosas publicadas, tu hora te llegó con El diablo en cada esquina, que es la obra que te otorgó tu lugar en el mundillo “Noir”. ¿Dirías que es tu hijo predilecto, el detonador de todo en la fructífera trayectoria que estás teniendo en estos momentos?

No. Creo que es una obra más de mi producción. Supongo que gané algún lector con ella, que se haya podido interesar por Lo que nos queda de la muerte. Pero opino que el reconocimiento actual se debe a mi último trabajo publicado. No tengo todavía una trayectoria que se pueda valorar de manera conjunta, solo son tres novelas, de momento.

¿Y qué me dices de Narcolepsia, la has relegado al cajón del olvido, sobre todo a la vista del éxito de tus dos últimas novelas?

No. Con Narcolepsia sucede lo mismo, es una más. En realidad, funcionó mejor que la segunda. Y fue finalista del Memorial Silverio Cañada y publicada en el extranjero. No la olvido, fue el principio de todo lo que ha venido después.

¿Has publicado alguna cosa de la que abominas o que te gustaría reeditar bajo otra forma?

Como novelista, doy mucha importancia a la fase de reescritura, y es una fase que nunca acaba, más bien se abandona, por lo que nunca terminas de sentirte realizado. A parte de eso, las innumerables lecturas de tu propio texto te hacen saber dónde están las costuras y, si no eres muy pretencioso, sabes que partes son mejorables. Ahora mismo reescribiría muchos pasajes de mis tres novelas, pero creo que eso es positivo.

¿Sueles tener algún “lector cero” de confianza que lo mire con más distancia?

Mi lector cero es mi editor. Creo que debe ser así. En mi caso, y de momento, mi editor es también mi agente. Tu entorno no puede ser realmente objetivo ni tiene los conocimientos para la valoración de un manuscrito. Hay autores que pasan sus textos a otros novelistas y aceptan sugerencias, y les va bien, pero no es mi caso. Mi mujer lee algunos pasajes cuando estoy corrigiendo y pululan hojas impresas por casa, pero no le hago caso. La primera persona que leyó el manuscrito de Lo que nos queda de la muerte fue el editor de Alrevés, Ilya Pérdigo.

Es conocido que hay autores que se dejan llevar por la impaciencia y ponen sus obras en manos de editores que no son dignos de ese nombre. ¿Tú te lo pensaste mucho antes de elegir un editor y enviarle tu obra?

Yo autoedité mi primera obra con todo lo que conlleva la autoedición. Llegué a Alrevés después de que Jordi Canal, la leyera y actuara de filtro. Mi relación con mis editores es buena y estoy satisfecho con el trabajo que hacemos por mis libros. En el mundo editorial cuesta mucho obtener resultados y tratamos de aunar esfuerzos para ello. Yo he tenido la suerte de trabajar con Josep Forment y Carlos Pujol, y es impagable todo lo que he aprendido durante los procesos. Es aconsejable ver el recorrido de un editor antes de aliarte, por lo general los que no tienen ni idea duran poco. El problema es dejarse llevar por las ilusiones que uno mismo se hace y anteponerlas a la realidad de tu momento actual como escritor y las capacidades de la editorial en la que publicas.

Se dice que hay muchas novelas negras malas y producto del efecto llamada que genera la moda del “Noir”, pero ¿no piensas también que hay editores oportunistas que se suman al carro y se muestran de lo más chapuceros con la prisa de ganar algunas perras?

Sí. Supongo que sí. Por lo menos es lo que se dice. Yo ya no entro en valorar la calidad de las novelas. Con distancia, cualquiera podría suponer que es un error publicar una novela que crees que es mala. Yo creo que el problema, para algunos puristas, es que se catalogan dentro del género textos que no pertenecen a él. Y que hay un abuso de la etiqueta. Pero tampoco estoy tan metido como para emitir un juicio sobre el mercado, ni facultado como para decir qué es y no es novela negra, cuanto menos para determinar cuál es buena o mala. Que a mí no me guste un autor o una obra no quiere decir nada. Esto es arte, y por lo tanto todo es subjetivo, ese es papel de los estudiosos, de los críticos y de los opinadores. También creo que se habla mucho del género y se vende poco. Y vender, vender, solo venden los sellos pertenecientes a grandes grupos, como siempre.

Parece que las nominaciones y los premios por Lo que nos queda de la muerte también te están cayendo uno a uno, el último “Pata negra” en Salamanca. Una curiosidad, en términos narrativos, ¿qué continuidades y discontinuidades tiene respecto a El diablo en cada esquina?

Planteo todas mis novelas como ejercicios narrativos independientes. Y he intentado mejorar estilísticamente en cada una de ellas. Pero supongo que algunos aspectos de mi voz, de mi intención narrativa y mis universos son reconocibles en unas y otras. Creo que en todas hay un deseo de señalar determinadas cosas.

¿Has tenido alguna vez la sensación de que te estabas autoplagiando o utilizando una “plantilla”, cómo ocurre con algunos autores, que se repiten hasta la saciedad siempre con lo mismo?

No, en absoluto. No sé si está bien que yo lo diga, pero creo que una de las virtudes de mis novelas es lo diferentes que son entre sí.

En las reseñas y yo mismo en conversaciones informales he comparado que lo que siempre sale a colación es el lado enigmático del narrador en Lo que nos queda de la muerte, incluso hasta algunos dicen que es tu alter ego…

El texto propone ese juego. Yo firmo debajo de muchas de las cosas que el narrador expone y plantea. Pero como he dicho otras veces, él mismo asegura haber escrito la novela, y eso es absolutamente mentira. La he escrito yo.

¿En la narración en primera persona siempre hay algo de nosotros, una parte autoficcional que se escurre sin que lo que deseemos?

Creo que hay algo de nosotros mismos siempre que narramos, usemos la voz que usemos. Con la primera persona es más fácil canalizarse, pero ser tú también es arriesgado y creo que hay que alejarse de la visión idealizada de uno mismo. A mí me atraía la idea de la autoficción, pero el escenario también se prestaba a ello, no funciona en cualquier contexto.

¿Por qué Reus como ambientación “negra”? ¿te estabas hartando del idilismo con el que nos venden el Mediterráneo?

La novela se desarrolla en el puerto de Cambrils. Reus es el lugar de procedencia de algunos personajes, y es una ciudad de interior, a unos 15 kilómetros de Cambrils y su capital administrativa. Reus contó con una clase burguesa muy asentada durante siglos, y que ha mutado en un tejido empresarial solvente y que, por proximidad y desde hace décadas, se desplaza para disfrutar los placeres de la vida costera. Supongo que para mucha gente será idílico y lo seguirá siendo, y es lógico, al fin y al cabo, es un destino vacacional. Yo no compito con ninguna visión establecida, solo es un escenario que refleja un tiempo y una época.

La cosa empieza con la muerte de un joven sin bola ni manija, a la deriva, sin rumbo. ¿Te gustan los personajes marginales?

Es algo real, que está ahí. Las poblaciones hacen limpieza y desplazan la marginalidad hacia entornos con problemas de marginalidad. Se crean mayores áreas conflictivas y eso genera circunstancias y consecuencias. A mí me interesa retratarlas y ofrecer una mirada objetiva, y puede que humana.

¿Te has planteado alguna vez hacer una novela “quinqui”, desde los más absolutos márgenes sociales?

El género quinqui, en narrativa, creo que no existe como tal. La etiqueta deriva de un tipo de cine muy determinado, y de baja calidad, y en el que los protagonistas eran delincuentes, pero no solo los personajes sino los actores que se representaban a sí mismos. Sí es cierto que Paco G. Escribano, ha acuñado sus últimas novelas de esa manera, y no estoy muy seguro del registro que exige la etiqueta. Sea como sea, la novela de delincuentes es algo viejísimo, mucho más que yo y que Paco. Y también creo que ya he tocado esos mundos. En mis novelas se habla de menudeo, de atracos y robos, de prostitución, de tráfico de armas, de corrupción institucional, policial y vecinal. De robo de niños. De narcotráfico internacional. De asesinatos… y he utilizado estratos periféricos como escenario tratando de acercar una visión real, tanto de las actividades criminales como de las circunstancias sociales de quienes las llevan a cabo y sus víctimas, y del impacto de todo eso.

También hay un guardia civil oscuro, corrupto, maquiavélico, ideológicamente sospechoso. ¿Querías recentrar las cosas respecto a la curiosa bondad con la que todos presentan ahora a las Fuerzas de Seguridad del Estado?

No. No me preocupa lo que hacen los demás. hay muchas novelas que comparten mi perspectiva, muchísimas. La imagen de la policía corrupta no la he inventado yo. Es un reflejo de algo real, y que también está ahí. El comandante responde al estereotipo del poder degradado y que actúa por interés personal y sin más ideología que la del dinero. Respeto mucho el trabajo de la policía, es necesario, muy importante, y espero que lo sigan desempeñando con total garantía e independencia política, y que los casos de corrupción y abuso sean hechos aislados capaces de erradicarse.

Sin embargo, te he oído quejarte alguna vez sobre la representación ficcional de los policías humanos y “cultillos” y decir que eso no responde a la realidad…

Hombre, humanos son, para bien o para mal. Y cultillos supongo que los habrá. Yo no me quejo de nada. Sí participé, en una ocasión en un foro de Facebook, con un comentario en una discusión respecto al cliché del policía lector de filosofía. Pero si atendemos a que una de cada diez personas en España, lee filosofía, en un ámbito como el policial no creo que el porcentaje pueda ser más alto. Hay una película británica en la que los delincuentes son cultísimos, y mientras van camino de dar un palo, discuten cual es el mejor filósofo de la historia del Reino Unido, la escena es brillante por cínica, y por el nivel de la conversación que mantienen.

Al hilo del asunto, supongo que también a ti te habrá indignado el hecho de que le hayan abierto un expediente disciplinario a Esteban Navarro por su novela Historias de policías.

Sí, claro. Desconozco si es por esa obra en concreto o por otra. Quiero pensar que escribir, sea ficción o no, es compatible con el desempeño de cualquier trabajo.También desconozco si existe una reglamentación que impida a los policías escribir novelas. En cualquier caso, Estaban Navarro no empezó ayer. Es todo bastante extraño. Si es por incomodidad respecto a esa novela, me parece muy triste.

Volviendo a la tuya, el lado inconfesable del pasado también está en la obra…

Está la confesión conjunta de culpabilidad de ese pasado sobre este presente, en lo bueno y en lo malo. Pero eso tampoco es novedad ni algo que yo no haya leído o visto hacer antes.

Veo que insistes en la modestia. No me vas a decir que no hay algo que pienses que lo has hecho de forma diferente a los otros…

Sí. Crear una voz, que presumo propia. Pero la clave no está en querer ser súper original. Todo está escrito. El novelista debe formarse a base de lecturas, y escoger qué lee, y estudiar la forma de componer imágenes de los autores que le gustan, y tratar de llevar esas formas a tus propios mundos, y a tu propia manera de contar. Por mucho que uno escriba, no evoluciona si no lee.

Si me permites el comentario hay dos personajes interesantes: Lucía, una mujer sujeto erótico de todos y su amigo Silvia, que en cambio tiene una vida muy plana y gris. Creo que a través de ellas tratas un tema recurrente en este país, que es la envidia. Pero tratándose de figuras femeninas, ¿no corrías el riesgo de pillarte los dedos y que alguien te acusase de caer en estereotipos?

Yo creo que, en narrativa, todos los personajes deben responder a un patrón arquetípico que cumple una función en el desarrollo del texto. Se trata de narrar una serie de acontecimientos que explican un hecho, o un conjunto de hechos. Todos los personajes son estereotipos, y gran parte de la virtud del narrador se medirá en sus capacidades para dotarlos de la piel que los convierte en personajes singulares, y se tarda una novela en conseguirlo, si es que se consigue. Los personajes siempre han de obedecer a su labor dentro del juego. Hay que huir del cliché, no del estereotipo.

Estoy de acuerdo contigo, pero estaba pensando sobre todo en los dispositivos ideológicos que albergan los patrones arquetípicos, que no solo reproducen imaginarios colectivos, pero que además perpetuán prejuicios sociales y valores culturales harto cuestionables. Un tema recurrente en los Cultural Studies en general y la teoría literaria más radical…

Quiero pensar, o me gustaría creer, que hay una posición ideológica detrás de mi narrativa, de hecho, me he sentido halagado cuando alguien ha matizado esa percepción. Pero hay que tener cuidado. Una cosa es posicionarse a través de ciertas conductas o hechos que evidencian un abuso, un crimen, o unas circunstancias sociales. Y otra cosa es hacer política o tratar asentar un ideal. Los resortes solo se accionan cuando el lector comparte tu perspectiva acerca de una situación, e intento no hacerlo desde una vertiente partidista, sino humana.

También están Ignacio y “el poeta”. ¿Ya no hay amistades sinceras, siempre son interesadas?

Hay todo tipo de amistades, muchos tipos. La palabra amistad, en sí, es engañosa, por lo que yo hablaría de grados de amistad. De niño te enseñan que amigos de verdad se tienen muy pocos, y a cualquiera puede parecerle increíble en ese momento, pero la vida te demuestra que es así. “El poeta” es de los pocos personajes que se salvan en el reparto de las culpas, es mero espectador, nos caiga bien o mal, nos guste su actitud o no. Tampoco obliga a Ignacio a nada; es Ignacio el que lo reclama, y le paga las copas y lo invita a cocaína, también por interés, o no; sencillamente cada uno responde al grado de amistad que los une.

¿Estamos en un país de vividores, donde no tenemos escrúpulos, ni pensamos en el daño que podemos hacerle a terceros?

Estamos en un mundo en el que hay gente capaz de hacer cualquier cosa. Hay actitudes mezquinas, pero no pueden ser sorprendentes. Siempre ha sido así. Y no es solo en este país, creo que los conflictos que aborda la novela son universales. No faltan aspirantes a vividor, lo que faltan son aptitudes para lograrlo. En todos y cada uno de nosotros hay un vividor esperando su momento de tumbarse a la bartola. Y del mismo modo que hay quienes nacen con más facilidades de serlo, hay otros dispuestos a luchar por ello con más ahínco. En el caso de Sergi Romeu, él ya es un vividor, y un embarazo no deseado no es motivo como para dejar de serlo.

Se habla mucho de la especulación urbanística y de la corrupción política, pero que tú también sacas a colación un tema importante, el espíritu rapiñero y explotar del sector turístico…

Explotación hay en todos los gremios, y en todas partes hay aros por los que pasar. Pero en la hostelería de temporada es lamentable. Hoy en día, en los restaurantes de Cambrils en temporada alta, el personal de cocina echa doce horas diarias y está cotizando según contrato, por tres. Más del cincuenta por ciento de los camareros tienen contratos de media jornada y trabajan la jornada completa, que es de doce horas. Y en las tiendas igual. Y en ningún gremio se reconoce la categoría profesional que el empleado desempeña realmente, y en todos los puestos de trabajo se realizan horas que van con el puesto, porque allí es así. Y los dueños de esos negocios tienen canguros y empleadas del hogar sin contrato, a las que pagan en negro. Pero eso sí: una cerveza vale cuatro euros, y un trapito de marca ciento veinte. Hay que pagar el Audi, y la segunda residencia. Y en Invierno ir a Tailandia. Y todo eso se consigue explotando.

¿La crítica social es inherente a tu producción narrativa o te ves en el futuro escribiendo algo solo centrado en el entretenimiento del lector y acomodadizo respecto a las modas y los intereses comerciales?

¿De cuánto dinero hablamos? Creo que es más difícil atinar con lo que estará de moda para cuando yo haya concluido un texto, tenga fecha de publicación, y la novela salga, que tratar de escribir una buena novela sin más propósito que ese. Yo me conformo con tener una cantidad de lectores que me permitan seguir escribiendo y ganarme la vida con ello, aunque sea de manera humilde. No espero tener un rancho en Nevada, la verdad. Ya no. Tampoco descartaría escribir por encargo, de manera puntual, para comer. Pero si puedo elegir prefiero triunfar haciendo lo que yo quiera, y puestos a soñar, que a todo el mundo le gustara lo que yo hago, y cuando digo a todo el mundo, me refiero a todo el mundo. Y acabar comprándome ese rancho en Nevada, con el que ya no sueño.

¿Qué nuevos proyectos literarios se avecinan?

Trabajo en una novela, que espero acabar más pronto que tarde, pero ya veremos.

Bueno, pues me queda darte en nombre de Calibre .38 y en el mío propio la enhorabuena por la buena marcha y éxito de tu última novela…

Gracias a ti, Laurentino. Siempre es un placer salir en Calibre-38. Saludos a toda la banda.

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