Sergio Torrijos Martínez
Novela de espías y más concretamente espías norteamericanos, con todo el peso propagandístico que de ello se deriva. No es una novela del estilo Le Carré, aunque tenga momentos que lo parecen, es más bien estilo Tom Clancy. A qué me refiero con esa diferencia, para quien suscribe, sustancial.
Le Carré ponía en juego seres humanos, con contradicciones, envueltos en tramas complejas, inteligentes, donde la duda y la lealtad eran cuestionables. Recuerdo al traidor de su gran novela “El topo”, cuando le preguntaron por el origen de su traición y este simplemente refirió un nombre geográfico, “Suez”, lo cual ya te llevaba, si no sabías de que hablaba, a un hecho real contrastable e históricamente verificable que tuvo unas repercusiones enormes. Si se hubiera dado el caso contrario en Clancy te comentarían que la traición se producía por entrar en el lado bueno de la historia, por la naturaleza singular de USA y, por supuesto, por lo buenos que eran esos norteamericanos.
Ya por eso la novela pierde credibilidad, el reclutamiento de un agente en el régimen dominante en la Siria de Al Assad es tan pueril que provoca sonrojo. Se supone que se trata de seres inteligentes tratándose entre sí, buscando puntos de unión o intereses comunes. Pero claro, si quien escribe es un norteamericano, se pone por delante la superioridad moral de su país, de su forma de vida y de sus maneras. A partir de ese momento, lo que sería una novela de espías pierde pie porque no sitúa en el mismo nivel a las dos partes, y la idea de vaquero vengativo no deja de aparecer por todos los lados de la narración.
Un norteamericano puede bombardear, matar y destruir lo que considere tanto por su bien como por el del bombardeado, sin que pestañee y sin que tenga una mísera duda sobre la bondad de sus actos; que lo haga un sirio afín al régimen en el poder es tan cuestionable que apenas se considera humano. Por todo ello la novela fracasa desde su concepción. Las novelas de espías ponen en el mismo plano dos servicios secretos y el engaño entre ellos y la obtención de información es el leiv motiv de todo el desarrollo. Y ese es otro gran mal de la novela: no se considera la obtención de información como fin último de los espías, hay otros factores que desvirtúan lo básico.
Quiero destacar algunos momentos de la novela, que tienen su tensión y su gracia, pero siempre subyace esa superioridad norteamericana marcada por Hollywood que no ayuda nada a que un público neutral, como puede ser el nuestro, entienda y comprenda buena parte de las acciones que nos muestra la novela.
Recomendaría a los lectores que mejor inviertan su tiempo en lecturas más interesantes. Quiero destacarles, ya que hablamos de escritores del otro lado del Atlántico, a Olen Steinhauer, que ofrece dos novelas publicadas en nuestro país de hondo disfrute.
Estación Damasco
Trad.: Jofre Homedes Beutnagel
Salamandra
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