El lugar de los hechos. Costa Este: Nueva Jersey

Un viaje alrededor de la novela negra

Costa Este: DetroitClevelandX-ville – Boston – Nueva York – Nueva Jersey – Baltimore – Washington DC – Richmond – Miami

Etapa anterior: Nueva York

En octubre de 2024, se publicaba El lugar de los hechos. Un viaje alrededor de la novela, ensayo a cuatro manos escrito entre dos amigos y apasionados por el género negro: Jesús Lens y quien firma ahora estas líneas. Algo más de cuatrocientas páginas en las que visitamos tres continentes (Europa, Asia y África), treinta países y cincuenta y dos ciudades.

La aventura continúa, ahora en solitario y en otro soporte (esta vuestra revista Calibre .38), con la pretensión de recorrer América de norte a sur, Caribe, Pacífico y Antártida. Podrás seguir el recorrido en «cómodas entregas» -una por cada etapa del viaje- que recopilaré en un pdf de libre descarga conforme se vayan completando las diversas rutas en las que he estructurado el recorrido.

Buen viaje.

Ricardo Bosque

Myron tomó la interestatal 280 en dirección este hacia el tramo norte de la autopista de Nueva Jersey. una carretera pintoresca. Como conducir por la zona oeste de Beirut en un buen día. El problema era que la gente juzgaba mal a Nueva Jersey por culpa de aquella carretera. Como valorar la belleza de una mujer por el tamaño de sus pies.

Motivo de ruptura. Harlan Coben

Vayan por delante nuestras más sinceras disculpas hacia todos aquellos neojerseitas -sí, ese es el gentilicio que se puede aplicar a tipos como Frank Sinatra, Jack Nicholson o el Boss, por poner tres ejemplos por el precio de uno- que se puedan sentir ofendidos por lo que vamos a decir a continuación: Nueva Jersey, al menos en su zona norte, no es más que una extensión demográfica de la Gran Manzana a la que se accede con solo cruzar el Holland Tunnel, el Lincoln Tunnel o el George Washington Bridge bajo o sobre el río Hudson, una sucesión infinita de municipios presuntamente independientes, atravesados por centenares de autopistas, que constituyen el lugar de residencia de aquellos que, trabajando en la Ciudad, no pueden permitirse vivir en ella, ya por limitaciones económicas o porque, simplemente, allí no cabe un alma más.

Entre estos últimos -dinero no le falta, desde luego- se encuentra nuestro próximo protagonista, Myron Bolitar, uno de los personajes más originales y divertidos que nos hemos encontrado hasta la fecha, al menos en todo lo que llevamos recorrido de la Costa Este.

Protagonista de una docena de novelas escritas por Harlan Coben -y sin que sirva de precedente, todas ellas editadas en castellano-, Myron es un exjugador de baloncesto que, después de estar en la élite y disfrutar de las mieles del éxito con los Boston Celtics, tuvo que abandonar el deporte por culpa de una terrible lesión. Pero lo abandonó como elemento activo dentro de las canchas, porque a partir de ese momento, y tras graduarse en derecho por la prestigiosa universidad de Harvard y trabajar un tiempo para el FBI, comenzó a dedicarse a la actividad por la que le conocemos y que le da de comer: la representación como agente de deportistas de segunda fila pero prometedores, ya sean tenistas, golfistas, baloncestistas o jugadores de fútbol americano.

A pesar de sus ya más de treinta años y sus muchos miles de dólares en la cuenta corriente -un agente deportivo en Estados Unidos se lleva en torno al cuatro por ciento del salario de los deportistas y, mucho más lucrativo, la cuarta parte de sus ingresos por publicidad-, Myron sigue viviendo con sus padres en el sótano de su vivienda en Livingston, lo que procura momentos sumamente divertidos cuando debe compatibilizar su independencia sentimental con el inevitable control marental.

Sin embargo, como ya hemos adelantado, su actividad profesional la desarrolla desde su despacho en el corazón de Manhattan, en un edificio de Park Avenue situado entre las calles 46 y 47, propiedad de su amigo y socio Windsor Horne Lockwood III, Win para los amigos, un auténtico “pijópata” si nos permiten el neologismo: blanco, rubio inmaculado, millonario, rasgos aristocráticos y bien relacionado con la alta sociedad norteamericana, no puede evitar ese gustillo por la violencia que le caracteriza y que ejerce sin sentir escrúpulo alguno. Solo cuando la ocasión lo requiere, eso sí.

Amante de los musicales y de las series televisivas de toda la vida -no se cansa de volver a ver episodios de “Bonanza” o Hawaii 5.0”-, Myron es un gran personaje que se rodea de otros que no le van a la zaga, como su novia, Jessica, o su secretaria y después socia Esperanza Díaz, conocida como la Pequeña Pocahontas cuando se dedicaba a la lucha libre de manera profesional. Todo un hallazgo de Harlan Coben, se mire como se mire.

A diferencia de su amigo Win, Myron -cómo odia el nombre que le pusieron sus padres al nacer- no es un hombre que se distinga por sus signos externos de riqueza y conduce un viejo Ford Taurus que le lleva a donde quiere sin llamar la atención. Su comida favorita, básicamente china: pollo Sichuan con berenjenas, sopa agria caliente o pato de Pekín. Su bebida predilecta, el Yoo-Hoo, una especie de batido de chocolate con gaseosa que siempre está presente en su dieta.

Como presente está en sus casos siempre el deporte, pues a eso se dedica profesionalmente. Y no siendo un representante normal, de los que van exclusivamente a por la pasta, sino un hombre que se implica en la vida de sus representados y busca siempre lo mejor para ellos, se ve mezclado a menudo en asuntos de los que le convendría alejarse, pues la de deporte y dinero es una combinación letal que atrae a la mafia como la sangre a los tiburones. En el caso que nos ocupa personalizada en los hermanos Ache: Herman, el mayor y razonable dentro de un orden -sobre todo si Win le invita a exclusivos clubes de golf a los que solo se puede acceder con recomendación- y Frank, el pequeño e incontrolable de la familia.

Y estando presente la mafia, a pesar de que las novelas se desarrollen habitualmente entre la ciudad de Nueva York y esa extensión residencial al oeste de ella que hemos dicho que puede ser Nueva Jersey, de vez en cuando tiene que viajar a la costa por cuestiones de trabajo, concretamente a la ciudad del juego y el crimen.

Atlantic City era así. Los grandes hoteles eran como flores hermosas e inmaculadas gracias a las indecorosas malas hierbas de pobreza y sordidez que los rodeaban. Sin embargo, al contrario de lo que habían prometido los propietarios de los casinos, las flores no habían contribuido a mejorar el aspecto del lugar. El contraste, en todo caso, resaltaba aún más la fealdad de las malas hierbas.

Y en Atlantic City, Myron podría encontrarse -si pudiera retroceder diez años en el tiempo- con Vincent Mora, el protagonista de Fulgor de muerte, una de las estupendas novelas de un hombre que solo hace novelas estupendas: Elmore Leonard.

Mora es policía en Miami pero se encuentra en San Juan de Puerto Rico, recuperándose de las heridas recibidas en un tiroteo semanas atrás. Allí conoce a Iris Ruiz, una muchacha que aspira a vivir el sueño americano dando el salto al continente aunque sea para trabajar como acompañante de caballeros, sea lo que sea que quiera decir eso. Vamos, que ya sabemos lo que quiere decir.

Y hasta allí le sigue Teddy Magyk, un tipo violento al que encarceló siete años antes por un delito de violación. Y rencoroso, muy rencoroso, pues está empeñado en ajustar cuentas con Mora aunque para ello tenga que utilizar a Iris como cebo.

De vuelta en los Estados Unidos, Iris y Teddy acaban en Atlantic City, la muchacha, contratada por el propietario de varios casinos tanto en Puerto Rico como en la localidad costera de Nueva Jersey, una especie de Las Vegas en miniatura. Vincent, en Miami, pero pronto tendrá que desplazarse a la ciudad de uno de los boardwalks -esos paseos marítimos entarimados- más célebres del mundo cuando una joven aparece muerta tras caer desde un décimo octavo piso con solo las bragas puestas bajo las que guarda una carta dirigida a él. Comienza así una investigación no demasiado oficial en la que Mora se tiene que relacionar con la policía local, propietarios de casinos, mafiosos y guardaespaldas en una persecución en la que terminamos por no saber bien quién es el ratón y quién el gato.

Otro tipo con el que nos podríamos encontrar es con Anthony Russo, el hijo adoptivo y descarriado de uno de los principales hampones de la ciudad ya que, por romper la tradición familiar, quiere ganarse la vida de un modo honrado. Y lo intenta al principio introduciéndose en el mundo de la construcción cuando la crisis económica acecha, pero cualquier cosa es válida con tal de poner distancia con el mundo de las apuestas, el tráfico de drogas o el blanqueo de dinero.

A pesar de que su padre insiste en su incorporación al negocio familiar, Tony sigue empeñado en valerse por sí mismo, y hace un nuevo intento recurriendo a un veterano boxeador que quiere volver al cuadrilátero,

Boxeo y crimen organizado. ¿Qué podría salir mal? Todo, evidentemente. 

Este es el punto de partida de Luna de casino, excelentísima novela de Peter Blauner en la que se dan cita promotores deportivos que nada tienen que ver con el entrañable Myron Bolitar, policías y políticos corruptos en una trama que, con grandes dosis de humor, retrata el lado más cutre y cotidiano de los clanes mafiosos -nada que ver con el glamour que podría desprenderse de El Padrino y otras producciones similares – y que se adelantó en unos cuantos años a lo que vendría después en un par de series televisivas de las que, evidentemente, tenemos que hablar en esta visita a Nueva Jersey.

La primera de ellas, no por la fecha de su estreno sino por la época en que se desarrolla, es Boardwalk Empire, una superproducción para HBO a cuyo frente se puso nada más y nada menos que Martin Scorsese -quien también se encargó de dirigir el episodio piloto- y que está ambientada en los años de la Ley Seca, cuando la prohibición del alcohol, lejos de los puritanos objetivos que la impulsaron, atrajo a todo tipo de organizaciones criminales a lo que se terminó convirtiendo en el negocio del siglo antes de la llegada del tráfico de heroína, cocaína y fentanilo. Una serie que, por cierto, partía del reto de tener que diferenciarse de la otra de la que hablaremos a continuación, y desde luego que lo consiguió.

Boardwalk Empire gira en torno a la figura de un político de Atlantic City, Enoch L. Johnson -a quien se conocía con el apodo de Nucky-, que enseguida vio que se podía ganar muy bien la vida venciendo alcohol. En la serie, el político cambia ligeramente su nombre por el de  Enock Nucky Thompson y es interpretado de un modo magistral por Steve Buscemi que verá pasar por su vida a mafiosos de la talla de Al Capone, Lucky Luciano, Meyer Lansky, “Bugsy” Siegel… Lo mejor de cada casa, vaya.

Pero claro, decíamos al principio que el norte del estado de Nueva Jersey podría considerarse como una extensión demográfica de la ciudad de Nueva York y no es exactamente así, porque si nos vamos al norte del norte de Nueva Jersey nos encontraremos con una localidad de poco más de seis mil habitantes con entidad propia en el mundo del género criminal al ser el lugar de residencia de uno de los mafiosos televisivos más entrañables de los últimos tiempos. La localidad es North Caldwell y el mafioso, Tony Soprano.

Poco puede añadirse a todo lo escrito sobre la que por muchos es considerada como la mejor serie de la historia de la televisión, creada por David Chase, protagonizada por James Gandolfini y ganadora de veinte premios Emmy. Una serie que, a lo largo de sus seis temporadas y ochenta y seis episodios, nos muestra el día a día de Tony, su vida familiar, sus problemas con las empresas que dirige y, cómo olvidarlas, sus visitas al diván de la doctora Delfi, su psicóloga de cabecera, a quien cuenta las intimidades de su convivencia con Carmela -su esposa-, su hijo adolescente y su combativa madre, Livia.

Lo que sí podemos y queremos hacer en esta guía de viajes, por considerarlo de vital interés para el lector, es dar unas cuantas indicaciones para que satisfagan su curiosidad sobre algunos de los escenarios emblemáticos de la serie y puedan hacerles una visita comenzando, cómo no, por la residencia de los Soprano.

La mansión familiar, de más de quinientos metros cuadrados y con piscina en la que puedan amerizar los patos, está construida en lo alto de una colina muy frondosa y al final de una calle sin salida, en el 14 de Aspen Drive, North Caldwell. Sin duda, el emplazamiento ideal para un mafioso que busca la máxima protección, la misma que obtendría al sentarse en un restaurante con la espalda pegada a la pared y una buena vista de la puerta de acceso al local.

Más modesta y ubicada en la localidad cercana de Verona es la casa de Livia, la madre de Tony, antes de ser trasladada a una residencia de ancianos. Una casa, edificada en 1926, y que se mantiene exactamente igual que en la serie aunque le falta la característica valla metálica que la rodea en la ficción.

En la necesaria pausa para comer podemos recomendarles tres establecimientos:

-El Bucco’s Vesubio, restaurante familiar en el que suele comer Tony con su paciente y comprensible esposa, Carmela, situado en la esquina de South First St. con Elizabeth Avenue, en la localidad de Elizabeth, aunque en la realidad lo encontrarán con el nombre de Del Porto Italian Restaurant.

-La heladería Holsten’s, en el 1063 de Broad Street, en Bloomfield. Se trata de un pequeño local que podría pasar desapercibido si no fuera por tratarse del lugar en el que se rodó la escena final de la serie, con Tony Soprano disfrutando de unos aros de cebolla en una de las mesas del establecimiento; mesa que, por cierto, lució durante dos semanas un cartel de reservado a nombre de James Gandolfini tras la muerte del actor en 2013 al convertirse en lugar de peregrinación de los más fieles seguidores de la serie. Actualmente, si lo desean, pueden sentarse a ella y disfrutar de sus menús, echar un vistazo a la gramola vintage que ambienta el lugar o, por qué no, adquirir una gorra, una taza, una camiseta u otros artículos que recuerdan la mítica serie.

-Si su presupuesto no da para tanto o desean algo más económico siempre les queda Pizzaland, una diminuta pizzería situada en el 260 de Belleville Turnpike, North Arlington: Tony Soprano nunca entró allí pero pasaba por delante de ella en los créditos iniciales de la serie, haciéndose tan popular que desde allí se enviaban pizzas a seguidores de todo el país.

Nos despedimos ya de los Soprano y de Nueva Jersey rumbo a un nuevo destino, pero todavía queremos recomendarle una visita nocturna imprescindible en el caso de que viajen sin niños: el Satin Dolls, club de estriptis situado en el 196 de la carretera NJ 17 a su paso por Lodi, y que exhibe en su exterior un cartel que reza “Home of the Original Bada Bing”.

Nada que añadir por nuestra parte, suponemos.

Ricardo Bosque

Próxima etapa: Baltimore

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Un comentario en “El lugar de los hechos. Costa Este: Nueva Jersey

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