
Un viaje alrededor de la novela negra
Costa Este: Detroit – Cleveland – X-ville – Boston – Nueva York – Nueva Jersey – Baltimore – Washington DC – Richmond – Miami
Etapa anterior: Boston
En octubre de 2024, se publicaba El lugar de los hechos. Un viaje alrededor de la novela, ensayo a cuatro manos escrito entre dos amigos y apasionados por el género negro: Jesús Lens y quien firma ahora estas líneas. Algo más de cuatrocientas páginas en las que visitamos tres continentes (Europa, Asia y África), treinta países y cincuenta y dos ciudades.
La aventura continúa, ahora en solitario y en otro soporte (esta vuestra revista Calibre .38), con la pretensión de recorrer América de norte a sur, Caribe, Pacífico y Antártida. Podrás seguir el recorrido en «cómodas entregas» -una por cada etapa del viaje- que recopilaré en un pdf de libre descarga conforme se vayan completando las diversas rutas en las que he estructurado el recorrido.
Buen viaje.
Por debajo de la ciudad de Nueva York se extiende otra ciudad, fundamentalmente asquerosa, sucia y mal acondicionada. Oscura y generalmente húmeda. Los túneles que en ella se entrecruzan dejan pasar convoyes de metro, trenes de cercanías y grandes líneas de ferrocarril, conducciones de agua, alcantarillas, conducciones de vapor, líneas eléctricas, líneas telefónicas, tuberías de gas-ciudad, de gasolina y aceite, así como automóviles y peatones. Durante la Prohibición, había un túnel que transportaba cerveza desde el Bronx a Manhattan Norte. Las bodegas situadas por debajo de la ciudad almacenan vinos, ficheros de negocios, armas, equipos de defensa civil, automóviles, repuestos, dinamos, agua y ginebra. A través y en torno a túneles, sótanos y bodegas corren los restos de los arroyos donde en otro tiempo, cuando Manhattan era aún parte de la naturaleza, los indios pescaban.
¿Por qué yo? Donald Westlake
Vértigo.
Eso es lo que se siente al tratar de abordar la presencia de una ciudad como Nueva York en el género criminal. Una ciudad que cualquier mortal conoce ya como si hubiera nacido en ella a fuerza de haberla recorrido en miles de novelas, películas, series de televisión, cómics… ¿Cómo compendiar toda la obra que la ciudad ha generado en un simple artículo, por muy extenso que este sea? Imposible ser mínimamente exhaustivo, así que seremos selectivos.
Muy selectivos. Y centrándonos en el material impreso con mención, si es el caso, a algunas adaptaciones cinematográficas o televisivas.
Y puestos a empezar por algún sitio, vamos a hacerlo con uno de los padres de la novela negra -ya saben, aquello del jarrón veneciano y el sucio callejón- que con tan solo cinco novelas se consagró como uno de los grandes. Hablamos, por supuesto, de Dashiell Hammett y, en concreto, de su última obra criminal, la única de todas ellas ambientada en Nueva York.
Navidad de 1932. Nick Charles -originalmente Charalambides, apellido cambiado por el funcionario de la isla de Ellis cuando el padre llegó al país, quien habría aceptado apellidarse X con tal de que le dejaran entrar en Estados Unidos- ha sido un detective cínico y violento hasta casarse con Nora, una dama de la alta sociedad, dedicándose a partir de ese momento a administrar sus abundantes posesiones. Pero la llamada de un viejo amigo en apuros le hará viajar a la Gran Manzana y recuperar sus dotes de investigador en una trama que nada en fiestas, alcohol -el whisky corre incluso antes de desayunar- y situaciones disparatadas que la convierten en una gran novela: El hombre delgado, totalmente diferente a todas las anteriores aunque mantenga el estilo conciso, directo y unos diálogos ágiles y siempre dotados de una fuerte dosis de ironía.
Publicada en 1934, fue llevada al cine el mismo año con el título La cena de los acusados, con William Powell y Myrna Loy como protagonistas de una comedia criminal -sí, han leído bien: Hammett y comedia casi en el mismo párrafo- que fue un gran éxito y derivó en otras cinco entregas con los mismos personajes.
Pero aunque Hammett fuera el pionero del harboiled y uno de sus más destacados representantes -a pesar de que El hombre delgado, como hemos dicho, pueda considerarse una rareza en este sentido-, no todo fue novela negra pura y dura en Nueva York y, por extensión, en los Estados Unidos. Y un ejemplo claro y glorioso de esto es la mujer de la que queremos hablar a continuación.
Nacida en la ciudad de los rascacielos en 1904, Helen McCloy -hija del jefe de redacción del New York Evening Sun William McCloy y de la escritora Helen Worrell McCloy- creó en 1938 a un personaje que le daría mucho juego, el psicólogo y detective Basil Willing, quien debutó en la novela Dance of Death -también disponible en una traducción muy libre como Bajo la nieve-, en la que ya deja muestras de su compromiso social:
La mayor parte de los crímenes se deben a la incapacidad del individuo para adaptarse a la sociedad, pero este lo ha provocado la incapacidad de la sociedad para cumplir sus obligaciones con el individuo.
Willing es un tipo elegante de origen ruso que, además de dar clases en la Universidad de Harvard, es asesor del fiscal del distrito de Nueva York. Protagonista de una docena de novelas -solo cinco traducidas al castellano, como la citada Bajo la nieve o Un reflejo velado en el cristal, por citar dos de nuestras favoritas- y tres libros de relatos, en más de una ocasión debe enfrentarse al fenómeno del döppeldanger y a hechos aparentemente sobrenaturales, si bien los casos terminan resolviéndose por métodos puramente realistas con una explicación basada en la psicología y en una de las máximas del detective, aquella que asegura que todo criminal deja huellas psíquicas que los guantes no pueden ocultar.
También aprovecha sus novelas para describir las diferencias existentes entre las distintas ciudades que conviven dentro de la misma ciudad, incluso cuando, en ocasiones, tan solo las separen unas pocas avenidas:
Y así fue como los habituales de un bar de barrio en la Primera Avenida se sorprendieron aquella noche con la súbita intrusión de una exótica pareja, forasteros de la Quinta o de Park. La mujer, con un abrigo largo de terciopelo negro y solapas de seda color fuego. El hombre. con sombrero de copa y uno de esos pañuelos blancos, como salido de una película. Más educados que los de la Quinta o Park, en la Primera Avenida no se les quedaron mirando ni murmuraron. La Primera es ante todo tolerante. Toleraría incluso a los ricos que no se lo merecen si se comportan como es debido y no arman escándalo.
O para denunciar, con una sutil pincelada, una sociedad que condena por igual la comisión de un delito y una orientación sexual:
-¿Se da cuenta de cómo afectará esto a mi futuro? ¡La gente pensará que he hecho algo terrible! ¡Que soy cleptómana o lesbiana!
Una gran escritora que les recomendamos vivamente si todavía no han tenido la suerte de conocerla.
De la misma época merece la pena dedicar aunque sea unas líneas a Elizabeth Daly, la autora de misterio norteamericana ganadora de un Edgar especial en 1961 y la preferida de Agatha Christie -con eso creemos decirlo todo-, creadora del personaje Henry Gamadge para quien escribió un total de dieciséis novelas publicadas entre 1940 y 1951.
Y, por supuesto, cómo no referirnos a Vera Caspary, autora de más de veinte novelas pero que pasó a la historia por la quinta de todas ellas, la inolvidable Laura, llevada al cine en 1944 por Otto Preminger, con Gene Tierney y Dana Andrews en los papeles protagonistas de una de las obras maestras del cine negro.

Laura es la historia de dos obsesiones por esa bella ejecutiva en una importante agencia de publicidad: la de Mark McPherson, el detective encargado de la investigación de su asesinato, quien primero se enamora de un retrato y luego de la dama en él representada; y la de Waldo Lydecker, el pedante, decadente y atildado columnista y amigo íntimo de Laura que, pretendiendo tener modales exquisitos a la mesa, no deja de ser un tipo francamente ridículo:
A Waldo le gustaba aderezarse el plato a su manera; cerdo a este lado, pato al otro, los tallarines debajo del pollo, las costillas de cerdo dulces y picantes junto a la langosta. Los raviolis chinos en un plato aparte para no mezclar las salsas. Hasta que no probó cada fuentecita con y sin jugo de remolacha no hubo más conversación en nuestra mesa.
El otro vértice del triángulo lo constituye Shelby Carpenter, novio parásito de Laura que pretende pasar de depender económicamente de su rica tía a hacerlo de su exitosa prometida. Un clásico inolvidable del film noir que está a la altura de la magnífica novela de Caspary.
Pero volviendo a esos detectives rudos que se recuperan de cualquier paliza recibida recurriendo al conocido remedio del whisky y la aspirina, y tratando de seguir ese orden cronológico que iniciamos con Nick Charles, vamos ahora con uno de los más macarras, violentos y reaccionarios que ha dado la literatura criminal: el Mike Hamer de Mickey Spillane.
Creado en 1947 para la novela Yo, el jurado, Mike Hammer llegó a protagonizar un total de trece novelas, fue interpretado en el cine por Ralph Meeker, Darren McGavin e incluso por el propio Spillane, y en la televisión de los ochenta por un actor a un sombrero y un bigote pegado: Stacy Keach.
Hammer es machista, patriota, anticomunista y ligón, muy ligón. Como un Bertín Osborne que, en lugar de matarte con un chiste lo hiciera a puñetazos.
El título de la primera novela de la serie deja claros sus principios: no cree en el sistema judicial, lo que le convierte en investigador, juez, jurado y, llegado el caso, ejecutor. Un tanto repetitivo en sus expresiones y en su modo de zanjar una buena pelea -con un puñetazo en la boca del estómago que deja indefectiblemente a su destinatario vomitando-, Hammer no esconde su violento proceder, que -como narrador en primera persona- suele explicar con pelos y detalles.
Y, a pesar de todo, a este hombre se le termina apreciando por algunas muestras de humor y humanidad que deja resbalar de vez en cuando aunque, sinceramente, no sería nuestro compañero de copas ideal, cerveza habitualmente y whisky de centeno en ocasiones especiales.
Mejor nos caen, para qué engañarnos, nuestros siguientes anfitriones: Ataúd Ed Johnson y Sepulturero Jones, creación del extraordinario Chester Himes.
Estamos ya a finales de la década de los cincuenta cuando se publica, en 1957, la primera de las ocho novelas que componen la saga, Por amor a Immabelle. Una serie en la que conoceremos un Harlem violento y plagado de situaciones y personajes a menudo absurdos o surrealistas, como los Musulmanes Molones -una banda de negros disfrazados con túnicas y barbas postizas-, otro negro vestido de hermana de la caridad que se dedica a investigar a los timadores de su hermana mientras vende entradas para el cielo o las “tres viudas negras” de la primera de la serie.
Ataúd y Sepulturero son también negros, por supuesto. Se conocen desde críos, han crecido juntos y juntos han acabado en la policía. Con el paso del tiempo intentan vestir de un modo elegante y poco acostumbrado entre sus compañeros, con trajes negros de alpaca, camisas negras de algodón, sombreros negros de fieltro… Son dos vigilantes de la noche que intentan, por todos los medios -a menudo expeditivos y poco reglamentarios, que en sus calles se mantenga el orden dentro de lo posible, constituyendo una auténtica pesadilla para traficantes y proxenetas pero no para drogadictos, prostitutas o chaperos.
En realidad no tenían nada que ver con la prostitución o con sus vicios adyacentes, los clubes ilegales, mercachifles de alcohol, pequeños rateros, terceros o drogadictos. Tampoco molestaban a los maricas; mientras no hicieran daño a nadie, los maricas podían mariconear todo lo que quisieran. No se sentían jueces de las costumbres sexuales de los demás.
No existía un reglamento para los gustos sexuales de la gente. Lo único que importaba era impedir que alguien se lastimara.
Y describen como nadie, por ejemplo, en estas dos líneas de Empieza el calor, el barrio que les toca vigilar y la discriminación racial que, seis décadas más tarde, sigue tan vigente como siempre:
Está muy bien matar un puñado de negros porque tratan de conseguir una educación para sus hijos, pero no se te ocurra reventar a una basura blanca que vende droga.
Sus gustos culinarios son tan sencillos como ellos mismos y no suelen pasar de la hamburguesa con patatas y ketchup, pero de vez en cuando hacen un exceso y se permiten recetas algo más elaboradas como la que les invitamos a degustar antes de abandonarlos y buscar nueva compañía en la ciudad. Eso sí, siempre y cuando no tengan un paladar estómago demasiado delicado:
Escogieron el gumbo, que era la especialidad de la casa. Estaba preparado con carne fresca de cerdo, menudos de pollo, testículos de puerco y camarones gigantes, todo sobre una base de okra y boniato, y sazonado con veintisiete variedades de hierbas y especias.
Un cambio radical en el planteamiento del género lo encontramos en el Distrito 87 de Ed McBain -nacido como Salvatore Lombino aunque luego adoptara legalmente el nombre de Evan Hunter-, con más de cincuenta títulos en su haber publicados entre 1956 y 2005 y ambientados en Isola, una ciudad ficticia que no es otra que Nueva York, concretamente Manhattan.
Son novelas corales, protagonizadas por un amplio grupo de detectives encabezado por el teniente Pete Byrnes y entre los que destacan el inolvidable Steve Carella, el judío y comprensivo Meyer Meyer, Cotton Hawes o Bert Kling. Novelas en las que destaca la humanidad de los personajes, sus vidas cotidianas, su convivencia con aquellos a quienes deben proteger en su trabajo diario.
Y si todo esto les suena de algo ya conocido a pesar de, tal vez, no haber leído ni una sola de las novelas de la saga es porque, seguramente, habrán visto una serie televisiva mítica que pudimos disfrutar en los años ochenta y que se inspiró en la obra de McBain: Hill Street Blues, conocida en España como Canción triste de Hill Street. ¿Cómo olvidar al capitán Furillo? ¿Cuántas veces habremos utilizado en alguna situación aquella frase paternalista del sargento Esterhaus, ese “tengan cuidado ahí fuera”?
Cambiemos ahora de tercio y veamos el delito desde el otro punto de vista, el del delincuente. Para ello, nada mejor que una entrañable banda de ladrones encabezada por el neoyorquino John Archibald Dortmunder, un ladrón desastroso capaz de pergeñar planes tan imposibles y rocambolescos como los del Coyote para capturar al Correcaminos.
Alan Marshall, Alan Marsh, James Blue, Ben Christopher, Edwin West, John B. Allan, Curt Clark, Tucker Coe, P.N. Castor, Timothy J. Culver, J. Morgan Cunningham, Samuel Holt, Judson Jack Carmichael, Richard Stark… Estos son algunos de los seudónimos que utilizó el prolífico Donald Westlake para sortear la norma no escrita de las editoriales de no publicar demasiados títulos al año de un mismo autor y poder dar salida a su abundante y magnífica producción literaria, cientos de novelas entre las que encontramos las veinticuatro protagonizadas por el violento Parker -firmadas como Richard Stark- o las muy divertidas protagonizadas por Dortmunder, un total de catorce publicadas entre 1970 y 2009.
Dortmunder podría ser considerado un ladrón de guante blanco si alguno de sus planes le saliera bien. Pero es que el tipo es un gafe de los pies a la cabeza y se rodea de un grupo de maleantes de tres al cuarto que no le van a la zaga, algunos fijos como su mejor amigo, Kelp, encargado de robar los coches a utilizar en los robos -con una cierta querencia por los de los médicos de servicio, que acostumbran a dejarse las llaves puestas- o Murch, el conductor, que vive con su madre taxista. El resto de la plantilla son individuos “contratados” para los diferentes golpes, formando unos equipos realmente disparatados.
Claro que no toda la culpa es del personal a sus órdenes. Y es que, ya lo hemos adelantado, sus planes no suelen tener desperdicio. Por ejemplo, cuando para robar un banco -en Atraco al banco, el segundo de sus trabajos- no se les ocurre otra idea mejor que no llevarse el contenido -la pasta- sino el continente, aprovechando que a las afueras de la ciudad, una entidad bancaria ha instalado provisionalmente sus oficinas en una caravana, lo que a su colega Kelp se le antoja como un «montón de dinero con ruedas».
En otras ocasiones, ya no es fallo de planificación sino, simplemente, mala pata. O estar en el lugar equivocado y en el momento equivocado. Es el caso de ¿Por qué yo?, tal vez la más divertida y alocada de la serie -al menos, de lo que hemos podido quienes no dominamos el inglés- y en la que, por puro azar, el mayor rubí del mundo cae en las manos de un Dortmunder que actuaba en solitario en una joyería. A partir de ese momento, todo el mundo se pone a la búsqueda de la joya y de quien la tiene en sus manos, y cuando decimos todo el mundo es todo el mundo: el FBI, agentes secretos turcos, griegos, chipriotas e incluso el propio gremio de los ladrones de Nueva York, que quieren entregar al responsable a la policía para que, así, la calma vuelva a la ciudad y todos puedan volver a la faena con cierta seguridad.
Varias películas se han rodado sobre las andanzas de esta cuadrilla de descerebrados, si bien la mayoría son adaptaciones desafortunadas con las que no hay que perder demasiado el tiempo. No es el caso de la primera de todas, Un diamante al rojo vivo, dirigida por Peter Yates en 1974 y con un espléndido Robert Redford como protagonista, un papel que le sienta como un guante.
Coetáneo de Dortmunder es otro tipo mucho más serio y atormentado, en este caso un detective. Se trata de Matt Scudder, protagonista de cerca de veinte novelas y una docena de relatos y novelas cortas escritas por Lawrence Block entre 1976 y 2012, quien también ha tenido tiempo de sacar adelante otras series imprescindibles como las protagonizadas por Bernie Rhodenbarr -otro ladrón tan divertido como el propio Dortmunder- o Keller, un asesino a sueldo con principios morales y asiduo a las terapias psicológicas.
Sin duda, la de Scudder es una de las mejores series ambientadas en Nueva York, una ciudad en la que hay ocho millones de maneras de morir -tantas como habitantes tiene-, con unos índices de criminalidad altísimos, manteniéndose estables los homicidios “de toda la vida” pero disparados aquellos que, en opinión del detective, reflejan la peligrosidad de un lugar:
La mayoría de los homicidios son historias de marido-mujer, o entre dos amigos que se toman unas copas juntos y uno le mete un tiro al otro y ni siquiera se acuerda al día siguiente. Esos muertos no aumentan jamás. Su número es siempre el mismo. Lo que ha cambiado son los asesinatos donde la víctima y el asesino no se conocían. Es el índice de ese tipo de homicidios el que refleja la peligrosidad de un sitio. Si tomamos tan sólo esos muertos, sin ocuparnos de los otros y los ponemos en un gráfico, la curva sube como una flecha
Matt Scudder fue policía durante quince años, abandonando el cuerpo cuando, en un tiroteo, una bala perdida acabó con la vida de una niña, Estrellita Rivera, que le acompaña durante el resto de su vida, siendo el motivo por el que, desde que se gana la vida como detective, entrega un diezmo de sus ganancias en la primera iglesia que se encuentra. Otra parte va para su exmujer e hija. Con lo que le queda malvive en hoteles, teniendo su oficina en el Armstrong’s, uno de sus bares de cabecera en los que se dedica a trasegar bourbon y café por encima de sus posibilidades.
Como también frecuenta las reuniones de Alcohólicos Anónimos que se celebran en iglesias y sinagogas por toda la ciudad en un constante intento de dejar la bebida, tocando fondo en Cuando el antro sagrado cierra y logrando salir del agujero en las siguientes entregas, siendo Un baile en el matadero la primera traducida en la que conseguimos verle sobrio.
Scudder nos muestra una ciudad de bares y bibliotecas, de hoteles sórdidos que recorre en taxi o en metro. Una ciudad en continua transformación que aprovecha las buhardillas como alojamiento de moda a precios desorbitados. Una ciudad en la que la corrupción policial -esos agentes que aceptan sus pagos a cambio de información- y política están a la orden del día e incluso ocupa un generoso espacio en la prensa escrita.
Me tomé un café y un panecillo y leí el Post. El nuevo alcalde estaba teniendo problemas para nombrar a su vicealcalde. La comisión de investigación había descubierto que los posibles candidatos eran gente involucrada en diferentes e interesantes tipos de corrupción. Había una solución evidente y el alcalde daría con ella tarde o temprano. Iba a tener que deshacerse de la comisión de investigación.
Nos dirigimos ahora a territorio de los Guzmann, un clan de judíos sudamericanos que campan a sus anchas por Nueva York controlando todo negocio ilícito que se ponga en su camino y constituyendo la principal razón de ser de Isaac Sidel, comisario irlandés, también judio además de bolchevique que no duda en recorrer las calles de su ciudad cubierto de harapos y que ha hecho de su vida una continua persecusión de aquellos que, tiempo atrás, le infectaron haciéndole comer una morcilla en mal estado, lo que le hace convivir desde entonces con una tenia intestinal de la que no se puede librar.
¿Curioso punto de partida, no? Pues de eso va esta serie escrita por el neoyorquino Jerome Charyn y compuesta por títulos como Ojos azules, Marilyn la Fiera, La educación de Patrick Silver, Las chicas de Maria o Misterioso Isaac.
Todo arranca con uno de los agentes a las órdenes de Sidel, Manfred Coen -más conocido como Ojitos Azules-,investigando la desaparición de la hija de un millonario en las peligrosas calles del Bronx, para lo que deberá volver al barrio de su infancia a interrogar a antiguos vecinos y amigos poniendo en riesgo su propia vida. Más tarde, a lo largo de la serie, conoceremos a Marilyn, la impetuosa e imprevisible hija del comisario; o a Patrick Silver, antaño policía y ahora guardaespaldas o niñero de Jerónimo el Bebé, uno de los hermanos Guzmann; al Chino Reyes, un proxeneta de lo más particular… Toda una galería de personajes que hacen de las novelas de Charyn una rareza dentro del género.
Porque lo que hace Charyn es, en lugar de adaptarse a las normas del noir, hacer que estas se acomoden a lo que quiere contar, que es su peculiar visión de la ciudad y de la cotidiana vida policial, algo en lo que mucho tiene que ver su hermano Harvey, policía de la Brigada de Homicidios de Brooklyn a través del que Jerome conoció las entrañas de una comisaría real. Pero no las entrañas “procedimentales” -a la vista de sus novelas, al autor le ha importado siempre más bien poco cómo se resuelven los casos en la vida real- sino las que se refieren a la convivencia diaria entre quienes integran un ecosistema tan jerarquizado, cerrado y tenso como el que se supone en un cuerpo policial. Pero, por supuesto, no es solo la profesión de su hermano lo que determinó la naturaleza de sus tramas. En el fondo, pero sin tener que rascar demasiado la superficie si has tenido la suerte de leer su excelente autobiografía –El hombre barbo-, está la infancia y adolescencia de Charyn en su neoyorquino Bronx natal, sus aventuras callejeras, sus anhelos y aficiones, su lucha continua contra el padre -algo que comparte con otro genio, Jim Thompson-, la devoción hacia su madre… y los barbos del río Bronx, cómo no.
El río Bronx es una pequeña corriente agusanada, famosa por sus barbos y el color del fango. Los barbos del Bronx pueden tragarse una lata y darle un cate a un niño en la orilla fangosa con sus largos bigotes y sus potentes dientes. El barbo vive en el barro, a ambas orillas del río, trazando caminillos en el lodo con sus belfos y revoloteando con sus aletas en el aire.
La obra de Charyn -incluso los títulos que forman parte de la serie Isaac Sidel- se encuentra dispersa en varias editoriales: la citada Plaza & Janés hace ya demasiados años, la Serie Negra de RBA más recientemente, la editorial Thassàlia que publicó varios de sus libros en los ochenta… Una pena, desde luego, que un autor de esta talla sea tan difícil de leer en España.
A quien casi seguro habrán podido leer ustedes -porque constituyó un bombazo editorial a principios de los noventa y tuvo ya en 2000 una cruda, violenta y sanguinolenta adaptación para la gran pantalla- es a Brett Easton Ellis, quien con tan solo veintisiete años publicó American Psycho, la historia del psicópata yuppie de Manhattan Patrick Bateman que revolucionó el panorama editorial norteamericano y mundial -según información de The New York Times de 1991, hubo editores de Random House que se sintieron aliviados con la guerra del Golfo Pérsico declarada por George Bush padre porque desviaba la atención del libro.
Y es que la novela -y también la película después- mostraba sin ahorrarse ningún detalle las tropelías de un psicópata narcisista -su mayor referente era Donald Trump, a quien se cita más de treinta veces en el libro, con eso lo decimos todo- frecuentador de los garitos de moda, adicto a la cocaína y a la opulencia, superficial, consumidor obsesionado con las marcas de ropa y una bestia imparable cuando se dedica a matar. Novela gore con violaciones, desmembramientos, torturas… y una sátira de una sociedad deslumbrada por el poder y el dinero y por el poder que proporciona el dinero. ¿Quién no conoce a algún universitario que decidió estudiar Económicas o Empresariales siguiendo la estela de un triunfador Mario Conde? El banquero delincuente, no el detective de Leonardo Padura, claro.
Deberíamos ir finalizando ya nuestro recorrido por Nueva York -ya decíamos al principio que era imposible ser exhaustivo y seguro que nos hemos dejado en el tintero montones de nombres que los lectores echaran de menos-, pero no podemos dejar de citar a uno de los grandes del género que también ha utilizado esta ciudad como escenario para algunas de sus novelas.
Nos referimos a Don Winslow, quien en los años noventa debutó en la literatura con una serie de cinco novelas -si no nos fallan las cuentas, tres de ellas disponibles en castellano- protagonizadas por Neal Carey, un neoyorquino del Upper West Side que podría haber terminado siendo un delincuente si no se hubiera cruzado en su camino con el veterano detective Joe Graham, a quien trata de robarle la cartera y quien decidió enseñarle unas cuantas cosas de la profesión además de ponerle bajo la protección del Banco, una exclusiva institución dedicada a solucionar los problemillas que les pueden surgir a sus ricos socios que se ocupó de darle una buena educación.
Un debut deslumbrante el de un Winslow que ya apuntaba maneras en Un soplo de aire fresco -qué título tan afortunado- y un personaje sumamente original para los que se estilaba hasta entonces.
Y un Winslow que regresaba a Nueva York en 2017 con Corrupción policial, una excelente novela protagonizada por una unidad de élite integrada por un grupo de policías corruptos -no dudan en aceptar copas y cenas gratis, dinero en efectivo y servicios de prostitutas de lujo- mandados por Denny Malone.
La ciudad es suya, los criminales le respetan y sus superiores le temen y obvian sus desmanes. Y muchos de sus vecinos más desfavorecidos le aprecian, gracias a iniciativas populistas que encabeza como el anual reparto de pavos por el Navidad:
Malone es consciente de que no todos los pavos llegarán a la mesa, que muchos irán directos a una pipa, a un brazo o a una nariz. Esos pavos acabarán en manos de los traficantes, que los venderán a las bodegas de los hispanos, que a su vez los expondrán en las estanterías de las tiendas de comidas y obtendrán beneficio. Pero la mayoría llegarán a su destino, y la vida es una cuestión de números. Algunos niños podrán disfrutar de una cena navideña gracias a sus pavos y otros no.
Como imposible resulta tratar con la extensión que se merece la aportación del cómic a la visión que podemos tener de Nueva York, pero no podemos abandonar la ciudad sin hacer una mención -aunque sea breve- a tres ejemplos que nos parecen sumamente interesantes y que deberían estar en las bibliotecas de cualquier aficionado al género.
-El Rip Kirby de Alex Raymond, publicado en la prensa norteamericana desde 1946 hasta 1999.
–Alack Sinner, de los argentinos Carlos Sampayo y José Muñoz. Si quedan con ganas de más -que lo damos por seguro- pueden continuar con El bar de Joe, donde se dan cita diariamente tanto el propio Alack como una abundante y fiel parroquia de clientes.
-Y, por supuesto, nuestro Torpedo, Luca Torelli, inmigrante de origen italiano y asesino a sueldo que reparte su particular justicia por las calles de Nueva York durante la Gran Depresión. Obra maestra de los geniales Enrique Sánchez Abulí y Jordi Bernet, otro de esos integrales que nadie debería dejar de leer.
Terminamos ya nuestra visita a The Big Apple, pero decíamos al visitar Boston que, dentro de esta ruta por la Costa Este de los USA, podríamos hacer una serie de paradas para visitar algunos de los puntos en los que residió Edgar Allan Poe, fundador del género policial con la creación de Auguste Dupin, protagonista de los relatos Los crímenes de la calle Morgue, El misterio de Marie Rôget y La carta robada. Pues bien, ya que estamos en Nueva York, pueden ustedes hacer un hueco para visitar, en la esquina entre el bulevar Grand Concourse y Kingsbridge Road -dentro del Bronx-, una pequeña cabaña conocida como Edgar Allan Poe Cottage en la que vivió durante sus últimos días y en la que falleció en 1847 Virginia, la esposa del autor, y en la que escribió obras como El cuervo o Annabel Lee.
Y ahora ya sí, nos dirigimos a nuestro siguiente destino aunque para ello no tengamos que hacer un gran desplazamiento, tan solo cruzar un puente o atravesar un túnel: Nueva Jersey.
Próxima etapa: Nueva Jersey








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