Bruna Husky, la androide que me amó. “Los tiempos del odio”, de Rosa Montero

Manu López Marañón

De ambición literaria no anda escasa la madrileña Rosa Montero. Cuando otros autores optan por copiarse a sí mismos, una y otra vez, ella no deja de catar todo tipo de texturas literarias. Así, en 2011, inicia con Lágrimas en la lluvia un camino que descoloca no poco a sus habituales lectores: la saga protagonizada por la androide Bruna Husky. A la primera entrega de esta sorprendente distopía la siguen en 2015 El peso del corazón y el pasado año Los tiempos del odio; sumadas conforman, por el momento, una trilogía. De su última parte –que pensamos resulta ser la más completa– vamos a ocuparnos hoy. Otros títulos dan idea de la fecunda trayectoria de esta novelista de enorme repercusión: Te trataré como una reina (1983), La hija del caníbal (1997) o La ridícula idea de no volver a verte (2013) serían buenos ejemplos.

No nos cansamos de celebrar aquí los nuevos derroteros que sigue el género negro, un género cada día más permeable y no reacio a abordar temáticas que lo enriquezcan. A las siempre prolíficas investigaciones criminales nuestro país aporta, a pesar de que muchos parecen no enterarse, originales tratamientos y enfoques. No es momento de enumerarlos sino de anunciar a viva voz cómo, precisamente durante estos creativos tiempos, surge –de la mano de Rosa Montero– el primer distopic noir español. Distopía en cuanto a «representación imaginaria de una sociedad futura con características negativas que son causantes de alienación moral» (según la RAE), y noir, en el caso de Los tiempos del odio, por haber encontrado suficientes rasgos del género como para que de ellos se ocupe Calibre .38… Ahora que cito a nuestra revista, la novela de su director Ricardo Bosque, Cuestión de galones, sin ser distópica, se gustaba en su inspiración futurista: aquella Zaragoza de 2041, enteramente acuática y por la que se circula en motos y vehículos náuticos, da adecuado y sorprendente marco a las pesquisas del capitán Ulises Sopena.

Un mundo feliz (Aldous Huxley), 1984 (George Orwell) y Farenheit 451 (Ray Bradbury) conforman los hitos fundacionales del género distópico. Sin duda Rosa Montero los estará teniendo en mente durante la redacción de su saga, pero las influencias que ejercen tanto ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (Philip K. Dick, 1968) como el relato Los superjuguetes duran todo el verano (Brian Aldiss, 1969) nos resultan más visibles.

Las películas producto de estas últimas narraciones, Blade runner (Ridley Scott, 1982), paradigma de cómo la palpitante novela de un autor eminente puede generar una película aburrida y deslavazadamente adaptada (para ello bastará recordar el monólogo del replicante Roy Batty; si, aquella ristra de sandeces tipo «he visto naves de ataque en llamas más allá del hombro de Orión», un entero pegote de los engolados guionistas, o la jocosa confirmación de cómo en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? lo único que caía por la azotea era una cabra viva), y la otra, Inteligencia artificial (Steven Spielberg, 2001), asimismo paradigma de cómo un cuento es inspiración para un guion magistral (sus creadores tuvieron la bendita ocurrencia de completar la historia de Aldiss con referencias al Pinocho de Carlo Collodi) han dejado poso sobre el trabajo de la autora madrileña, labor reforzada y corregida –según ella misma ha señalado en los agradecimientos de su libro– por la inestimable ayuda de un ingeniero aeroespacial, un físico argentino y hasta de una experta en control de robots humanoides…

Tanto celo aporta una ambientación donde poco queda sin aclarar gracias a un convincente detallismo que, de paso, colabora a esa recreación alucinante de la Tierra dentro de un siglo, hostil planeta cuyos habitantes se nutren a base de medusas e insectos, y donde no solo se cobra el agua sino que hasta existe una tasa de aire para algo tan esencial como el respirar. Las revueltas sociales provocan violentas manifestaciones reprimidas por el gobierno regional de Chem Cones. En Madrid Bruna es testigo de alguna:

«Al regresar a Madrid pelotones del ejército de los EUT pasaban al trote con los fusiles de plasma armados. Husky advirtió que eran tropas compuestas mayoritariamente por reps de combate, cosa que demostraba de manera inequívoca la peligrosidad de la situación: los androides siempre eran usados como fuerzas de choque en las campañas más duras y arriesgadas.»

Pero lo primerísimo que hay que destacar en cualquier resumen de Los tiempos del odio es la magnética personalidad de su protagonista, la detective Bruna Husky, androide de combate (llamada también «rep», «replicante» o «tecnohumana de combate») creado con hormonas artificiales para configurar una hembra bisexual programada para la lucha pero ¡ay! de breve vida y con muerte programada. Y aquí tenemos el gran hallazgo de esta obra: una androide de 25 años existencialmente angustiada por el paso del tiempo y consciente de cómo un Tumor Total Tecno (proceso degenerativo multiorgánico) la aniquilará, irremediablemente, a los 35. Debido a ello Bruna lleva –de obsesiva manera– una cuenta atrás que, desde el inicio de Los tiempos del odio, va restando a partir de 3 años, 3 meses y 14 días. Durante cada uno de los siguientes 40 capítulos el plazo decrece de manera implacable.

Bruna Husky en el Madrid que le ha tocado sufrir: el de 2110

Paul Lizard es un inspector de policía de raza humana con el que Bruna comparte camastro tras un año ya de relación. Ella se entrega con intensidad en esos apareamientos. Que sea una replicante capaz de darse en el amor es otra gran y sugerente originalidad.

Trayendo a colación a un par de famosos replicantes interpretamos mejor el sustancial progreso emocional en la criatura de Rosa Montero.

Los Nexus 6 de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? ya igualaban (o sobrepasaban) intelectualmente a muchos humanos. Pero estos impulsivos y rebeldes robots carecían de capacidad para relacionar y asociar conceptos; disponían de unas memorias sintéticas limitadas (pobladas de falsos recuerdos); no controlaban las pasiones sensuales y, –sobre todo–, eran incapaces de empatizar. Reps como Bruna Husky, intelectualmente avanzados e intuitivos, y con capacidad asociativa, disponen también ya de una memoria elaborada –confeccionada por «memoristas» que a menudo resultan ser escritores a sueldo– y empatizan por igual con androides y terrícolas, llevando al límite sus empatías durante las relaciones sexuales, en las que se zambullen con urgente ardor. La diferencia a la hora de sentir entre aquellos fríos Nexus 6 y nuestra fogosa tecnohumana de Los tiempos del odio resulta, pues, diáfana.

La Nexus 6 Rachael Rosen: ni siento ni padezco

También los sofisticados robots –llamados Mecas– de Los superjuguetes duran todo el verano vienen, de fábrica, más evolucionados que los primitivos Nexus de K. Dick, pero su carencia de sentimientos –de nuevo la inexistente empatía– sigue diferenciándolos drásticamente de los humanos terrícolas. Éstos, complacidos en maltratarlos, los eliminan sin miramientos cuando quedan obsoletos (recordar la aterradora «fiesta de la carne», aquella demencial feria con claras reminiscencias del Holocausto). Pero, cuando a un robot-niño llamado David se le consigue programar para que ame, los inventores no están preparados para las consecuencias que esto traerá… Así, una empatía sin tasa desarrollada hacia el entorno doméstico que cobija a David –empatía más centrada, si cabe, en la figura de la madre– acaba siendo la perdición del Meca y supone su expulsión sin retorno del hogareño edén. En este enfermizo querer del robot-hijo único, aún bien lejano a las pulsiones eróticas que podría llegar a desarrollar, si creciera, hacia una hembra, encontramos sin embargo un anticipo a los amatorios extravíos de la rep Bruna Husky.

David: el Meca que empatizaba demasiado

«¿No buscaban todas las criaturas lo mismo? ¿Los humanos, los tecnohumanos, seguramente también, a su modo, los alienígenas y los primates? Un amor sin sombras, sin barreras, una complicidad total, la entrega hasta el abismo.»

En cuanto al orden mundial del Estado Unificado de la Tierra (EUT), caricaturescamente democrático en 2110 y cuyo gobierno global preside la señora Guang, decir que asiste, de forma atónita e impotente, a los excesos cometidos en la plataforma flotante Cosmos. Allí se ha consolidado ya el régimen instaurado por aquella rebelión conducida por su líder, el ahora gobernante Diko Krakotek: un comunista ultraortodoxo a lo Kim Jong-un a quien agrada considerarse «primer camarada entre los camaradas». Apoyado por el Ejército de Justicia Inmediata (EJI) Cosmos comete planificados atentados en la Tierra que causan decenas de muertos. No contento con ello Krakotek ha empezado a desplazar efectivos al planeta Ceres. Por si este clima prebélico no bastase, un empresario multimillonario llamado Juan Lago, partidario de una dictadura derechista en la Tierra, forma un ejército de humanos terrícolas que lucha por sus intereses supremacistas atacando sin cuartel a los reps.

Cuando el EJI secuestra a Paul Lizard el abanico narrativo de Los tiempos del odio se despliega. Estar enterado de cómo va a producirse un asalto al palacio de Reikiavik donde los jefes de gobierno de las potencias enfrentadas se han reunido para tratar de pactar, ha sido motivo suficiente para su apresamiento. En efecto, el palacio islandés pronto es tomado por un general al mando directo de Lago. En paralelo y sin dar tregua, los terroristas anticapitalistas ejecutan en Cosmos –a uno por día– rehenes. La guerra parece inminente.

Husky calcula que a Paul, por el puesto que ocupa en la fila de ejecución, le quedan 2 semanas de vida. Así, a la angustia que la encamina a una muerte segura –la suya– Bruna añade la que generan los cada vez menos días que tiene Paul para poder ser salvado antes de su asesinato… Acompañada por una hermana de Paul, la eficaz humana Barri Aznárez, por Ángela Gayo (de gran inteligencia pero rescatada de un manicomio), y con el titubeante apoyo de la inspectora Kai, Bruna viaja a Cosmos en la destartalada nave Mosquito.

«La calma genéticamente reforzada de la androide le permitía seguir razonando, seguir trabajando y no ponerse a aullar de dolor…, pero, aun así, Bruna Husky sentía la angustia como una cuerda de nudos que estuviera apretándole el estómago.»

Los tiempos del odio, sin dar tregua al absorbido lector, desemboca en un tramo final modélico bien apoyado por un Gran Apagón en la Tierra. Pletórico de dantescas imágenes, y con alguna revelación extra sobre el material genético de Bruna Husky, Rosa Montero no deja de atar cabos ni tampoco olvida resolver la principal incógnita que nos desvela: ¿se agotará la cuenta atrás de su personaje de ficción más logrado? A Bruna le quedan 3 años, 2 meses y 27 días…

«El mundo se colapsaba y aquí estaban ellas, pedaleando en las líquidas sombras de la noche temprana, una renegada de una secta, un engendro genético, y una pobre chiflada huida de un psiquiátrico, creyendo que podían hacer algo por arreglar el mundo.»

Los tiempos del odio
Rosa Montero
Seix Barral

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