“El último Weynfeldt”, de Martin Suter, por Ricardo Bosque

Ricardo Bosque

Hace un par de semanas me encontré en el buzón de mi casa con un paquete remitido por Anagrama. Como quiera que la editorial de portadas amarillo pastel no es de las que habitualmente tienen el detalle de enviarme sus novedades -aprovecho la ocasión para sugerirles que no se corten un pelo y lo hagan siempre que tengan a bien- me extrañé, qué quieren que les diga. Me extrañé, sí.

Cuando vi el nombre del autor de la novela que tenía en mis manos, aluciné: Martin Suter. Pero, ¿tan listo es Jorge Herralde que sabe que Suter es uno de mis autores preferidos desde que leí Un amigo perfecto?, me dije. Sin embargo, al abrir el libro descubrí que no, que Herralde no conoce mis gustos personales. Lo que pasa es que la traductora de la novela en cuestión es Txaro Santoro. Acabáramos.

Hace ya unos cuantos años, Txaro me soltó a través del correo electrónico una educada pero firme reprimenda cuando leyó una reseña mía de una novela que había pasado por sus ojos traductores y había facilitado los datos habituales -título, autor y editorial- pero omitido el nombre y apellidos de quien había hecho posible que los no habituados al alemán la pudiéramos leer en castellano. El fin de Selb, era la novela en cuestión. Por supuesto, cuando alguien tiene razón lo menos que se puede hacer es dársela, pedir disculpas, corregir la omisión y prometer que nunca se volvería a repetir. Aquello fue el principio de una buena amistad y, desde entonces, siempre facilito los datos del traductor. Desde entonces también suelo recibir libros traducidos por Txaro. Uno de ellos, este último de Suter: El último Weynfeldt.

Adrian Weynfeldt es el último de su estirpe, hijo y nieto de ricos industriales, apasionado del arte y colaborador de la casa de subastas Murphy’s. Vive solo, en una casa del centro de Zurich protegida con fuertes medidas de seguridad y rodeado siempre de amigos, divididos en dos grupos -los mayores que él y los más jóvenes que él- pero unidos en una causa común: sacarle toda la pasta posible al bueno de Weynfeldt.

Porque Weynfeldt es -como Machado- un hombre, en el buen sentido de la palabra, bueno. Aunque claro, si alguno de ustedes leyó en su momento Un amigo perfecto, ya sabrá que, para Suter, no todo es lo que parece. En realidad, nada es lo que parece, lo que garantiza unos desenlaces que nadie -nadie que no haga trampas y abra el libro por la última página antes de tiempo- puede imaginar así como así.

Esa originalidad en sus tramas y personajes, así como la capacidad que tiene el autor para sorprender, ya debería ser una razón suficiente para agenciarse un ejemplar de la novela e iniciar su lectura lo antes posible. El problema es que, una vez metan la primera, ya no podrán dejarla a un lado, y eso que se trata de una narración que no se caracteriza por la acción trepidante o por la intriga continua, aunque se intuye que algo va a pasar a cada página que vuelves y eso te obliga a seguir y seguir y seguir hasta el final.

Pero originalidad y capacidad para sorprender no son más que dos de las virtudes -y no las mayores- que atesora Suter. Las más importantes, al menos para un servidor, son la pericia que demuestra a la hora de definir los perfiles psicológicos de protagonistas y secundarios -que nunca lo son del todo-, la absoluta amoralidad que demuestran -al más puro estilo Highsmith pero con menor dosis de psicopatía- y la habilidad y la suavidad con que utiliza el lenguaje para llevarte de la mano por donde quiere que vayas. Por poner un ejemplo de autor más conocido por todo el mundo y al que me recuerda en varios aspectos, les daría el nombre de otro de mis favoritos y no necesariamente criminales aunque muchas de sus novelas contengan ingredientes típicos del género: Paul Auster.

Y precisamente de la dudosa adscripción al género negro procede la única pega que le pongo a la novela, y no por culpa de la misma o de su autor sino por la manía de muchas editoriales -supongo que porque es una coletilla que vende- de reproducir en la contraportada fragmentos de críticas recibidas en prestigiosos medios escritos y en las que se haga hincapié en la pertenencia del libro de turno a dicho género (¿Les confieso algo que no soporto me digan en una novela? Pues eso tan manido de “esta es una novela que trasciende los límites del género” o “no se trata solamente de una novela negra, pues va más allá de…”). De acuerdo, los límites de lo policial, negro o criminal son muy permeables y en El último Weynfeldt hay falsificadores, truhanes, prostitutas de lujo y grandes y afortunados empresarios. Incluso sale un policía de modo testimonial en las últimas páginas del libro, pero eso no es lo fundamental y tampoco lo convierte -ni falta que hace- en una novela negra. Al menos no en una novela negra al uso, pero es que Suter es un especialista en rozar el género y hacerlo con una calidad y sutileza inusual.

De lo que estoy seguro, no obstante, es de que El último Weynfeldt gustará a los amantes del género con la mente abierta a lo que se sale de lo convencional. Y también a los que no lo son, por supuesto, porque una buena novela siempre será una buena novela. Y El último Weynfeldt lo es, no les quepa duda alguna.

@ricardo_bosque

 

El último Weinfeldt
Martin Suter
Trad.: Txaro Santoro
Anagrama

2 comentarios en ““El último Weynfeldt”, de Martin Suter, por Ricardo Bosque

  1. Lo he tenido en mis manos varias veces sin llegar a decidirme, pero tu post me ha servido para aclararme y lo he pasado a la lista de inminentes. Gracias.
    PD: y si hay que votar por Auster, cuenta conmigo.

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