“V de venganza”, de Sue Grafton, por Herminia Luque Ortiz

Herminia Luque Ortiz

En V de venganza, Sue Gafton vuelve a poner de manifiesto sus recursos literarios sin escamotearnos ni un ápice de su maestría. Antes bien, nos demuestra que sabe crecer con cada novela. Esta es la vigesimosegunda entrega del Alfabeto del crimen. En las veintiuna novelas anteriores, hemos disfrutado con las peripecias de la detective Kinsey Millhone (¡ay, en un determinado momento el personaje se queja de que su apellido se escribe con dos eles, mea culpatambién!), tan resuelta y testaruda como desastrosa en cuestiones estéticas (peluquería y otras minucias) o amorosas. Una Kinsey semieterna, anclada en la bendita década de los ochenta, sin teléfonos móviles ni apenas ordenadores (alguno sí sale). Con un casero, Henry, más eterno aún, con unos ochenta y pico años gozosos entregados a la pastelería y otras cosas benéficas para la humanidad (incluido soportar a Kinsey como inquilina: en una de la entregas le ponen una bomba en el minúsculo apartamento).

En esta novela, como hizo ya la autora en otras (la espléndida “S de silencio”) la trama se bifurca en dos hilos narrativos que luego van a converger apoteósicamente. Por un lado seguimos los ires y venires de nuestra detective (del despacho a la casa, sus fisgoneos varios; la relación de amistad con el casero, el coche o su inexistente vida sexual); esto narrado en primera persona. Y por otro lado, en tercera persona, se narran las historias de otros personajes. Entre ellos destacan dos: una hermosa mujer de mediana edad, Nora, y un prestamista de altos vuelos, Dante, con una vida amplia detrás también, en la que han cabido negocios inconfesables y hasta una familia mafiosa prototípica.

Otros personajes, muy bien dibujados por la autora, aunque secundarios, son el subinspector Priddy, que nos cae mal desde el minuto uno, y Pinky Ford, un ratero añoso que nos acaba cayendo simpático. O Wiliam, el hermano de Henry el casero, que se nos descubre como adicto a los funerales –una prolongación de su interés morboso por la salud.

Kinsey Millhone, como en muchas ocasiones, tendrá que investigar la muerte de una persona para un cliente. Pero antes tendrá un desagradable encuentro con una ladrona de lencería que, casualidades de la vida, aparecerá muerta. Al parecer se ha suicidado arrojándose por un puente. (Por cierto, en la página 215 se dice que el puente tiene “más de 1,20 metros de altura”; un poco más, sí, me parece que debe tener para ser tan mortífero).

El gracejo particular de la autora se muestra en digresiones que pone en boca de Kinsey, como la de la página 118 en contra de la muerte: “Personalmente estoy en contra del concepto de mortalidad. Está bien para otra gente pero no para mí ni para mis seres queridos. Parece injusto que no nos permitan votar sobre la cuestión, y que nadie se libre. ¿A quién se le ocurriría esa norma?” Buena pregunta, querida Kinsey; ahí queda para el aguerrido lector.

Un reparo: el comienzo de la novela es algo pesado. Luego comprenderemos su importancia para la trama –incluida la trama amorosa- pero no resulta especialmente atractivo. Es sólo un capítulo, el primero; en el segundo Kinsey comienza su narración con el brío habitual.

Hay un capítulo, el cinco, que se puede leer aisladamente como una pequeña ficción; una mininovela de amor y adulterio. Asistimos a la viejísima historia de siempre en la que el engaño aparece como la tela de araña nada sutil que envuelve las relaciones de pareja.

Toda novela es un viaje, dicen. Aquí también hay una historia de amor, envuelta, por supuesto en esa historia detectivesca en la que Kinsey hurga, pregunta y recibe algo más que un rasguño en su cuerpo serrano. Pero también hay un viaje. El viaje como huida, como evasión, como culminación de una historia. Aunque oscuramente intuyamos –la autora nada nos dirá al respecto- que es el perfecto viaje a ninguna parte.

 

V de venganza
Sue Grafton
Tusquest

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