“Busca mi rostro”, de Ignacio del Valle, por Sergio Torrijos Martínez

Sergio Torrijos Martínez

Tuve conocimiento de este autor a través de su libro “El tiempo de los emperadores extraños” una obra interesantísima, a mi juicio, en la que apuntaba maneras. Desde entonces hasta esta novela le había perdido el rastro, pero como las sendas en un bosque nos volvemos a encontrar.

Ignacio del Valle trabaja los libros con paciencia, aporta documentación, investiga, excava y, poco a poco, va creando una ficción que se asienta sobre hechos reales. Es trabajo complejo y que no luce lo que debiera, porque los que leemos la novela no apreciamos en su totalidad la labor que tiene como trasfondo. Aunque se nota que el libro ha sido trabajado con profusión y no solo en su documentación sino también en la prosa y en la construcción de los personajes.

Me sorprende con un thriller, con un inicio muy típico de los escritores anglosajones -en especial americanos-, una narración en la que la acción y la lectura son igual de rápidas. Es un género muy trabajado y que tiene sus lectores, como todos, pero el escritor lo va mutando, lo va cambiando, poco a poco lo va acercando a su manera de ver la literatura y le va dando un toque muy personal, al final tiene menos de thriller que de otra cosa pero ya es algo que deberían ver quienes lo lean. Creo, y es una suposición, que el escritor intenta introducirnos una serie de variantes para crear otra más, mucho más particular, existe un gusto por la literatura más ortodoxa, afición a la flexibilidad y viveza de la trama del mundo policiaco o criminal y también elementos de otro tipo de literatura, esa que hablaba de espías y de enemigos que se conocen a través de sus actos y que es preciso saber cómo piensan para poder acercarnos a ellos.

Esa mezcla, logra su objetivo que es trasladar emociones, impresiones y alguna que otra reflexión, muy acertada.

Sirva como ejemplo:

“Pensó que era absurdo coleccionar imágenes sin ton ni son, absurdo y estúpido, como si captando cada gesto insignificante pudiéramos salvarlos dotándoles de lo más parecido a la inmortalidad. Sin embargo, aquella era la única manera de tener algún tipo de control sobre una vida imprevisible, la forma de engañarnos con eficacia acerca de una relativa impunidad.”

La novela va evolucionando con rapidez, pasa de un punto a otro y lo que hace, en lugar de empobrecerse, es enriquecerse aunque, claro, se abandona el propósito inicial que se desdibuja cada vez más. La narración se adentra en la psicología de los personajes, haciendo su Odisea particular, cuyo destino no será lo importante sino lo que habrá encontrado en el camino.

Gusta a este reseñista la cultura clásica del autor, me sorprende incluso leer en mitad de una narración así palabras de Epicuro y alguna frase verdaderamente antológica referida a hechos pasados que cada vez son recordados en menor medida. Por ello, me parece valiente y arriesgado hablar de lo que uno quiere sin importar el receptor, dicho lo cual es todo un contrasentido cuando hablamos de literatura.

El estilo empleado es de alto standing, sumamente elaborado y en algunos momentos brillante.

“…un haiku visual, algo grande, sucinto, porque aquél era el momento que todo profesional esperaba o temía, lo terrible como fuente de lo sublime, la mirada intentando alcanzar lo absoluto, la tempestad de Turner o el color abisal de Torhko, la catarsis del mundo, y lo explicó sin ahorrarse la descripción de un placer viscoso y oscuro que experimentó al margen de su discurso oficial, el poso de lujuria y complacencia que la había embargado por ser consciente de ser ella y no otra quien lo había logrado: mostrar un mundo más allá de la sensibilidad y la razón, una agonía infantil que sublevaba y ofendía, sin atemperar ni ocultar, sin magnificar ni consagrar. Era la emoción más fuerte. El escalofrío metafísico. La paradójica delicia de la contemplación del terror o la carroña. El deseo de destruir la belleza.”

Y como han podido leer, así de poderoso.

De la editorial y la edición debo decir que ha decepcionado, Plaza y Janés siempre ha sido una referencia pero su trabajo en esta novela deja algo que desear. La portada y demás elementos externos son encomiables, no así la biografía del autor, un laberinto que no se entiende en absoluto. Pero lo peor está dentro, hay bastantes erratas y alguna frase sin sentido, todo ello fruto de un trabajo de revisión un tanto descuidado.

Personalmente, la novela me ha encantado aunque la lectura puede ser un poco pesada, pero el resultado es verdaderamente interesante. La recomendaría como idea de modificar un género, cómo adaptarlo a nuestras ideas y cómo tornarlo a nuestro gusto. El escritor es más que interesante y le aguardo éxito, sin duda, me encantaría que tomara los trastos y se internara en el mundo del espionaje y nos ofreciera algo de ese formato.

 
Busca mi rostro
Ignacio del Valle
Plaza & Janés

2 comentarios en ““Busca mi rostro”, de Ignacio del Valle, por Sergio Torrijos Martínez

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