Crímenes en habitaciones cerradas. Reseñando “Encerrada” de Kerry Wilkinson, por Juan Mari Barasorda

Juan Mari Barasorda

Cometer un asesinato en una habitación cerrada y no ser descubierto es un reto para el asesino, pero también lo ha sido durante décadas para muchos escritores policiales. Hay quien califica como un tour de force escribir una novela policial con dicho argumento, pero son las novelas de referencia para este lector, incorporando por propio merecimiento algún cuento policial no menos inolvidable.

El cuento policial es, por supuesto, Los asesinatos de la calle Morgue (1841) de E. A. Poe. La singularidad del trepador asesino tal vez le hace perder un poco de savoir faire a la solución que Poe nos propone, pero ello no le hace perder su puesto de honor en este ranking policial.

En 1892, un escritor poco recordado, Israel Zangwill (humorista más que escritor policial, polemista y amigo personal de Chesterton) escribió The Big Bow Mystery, la primera novela policial basada en una habitación cerrada (con permiso de El tío Silas, en 1864, del “fantástico” Sheridan Le Fanu, en la que el enigma no era el elemento central). El propio Zangwill confesó que improvisó el final para elegir como asesino al único que no había sido elegido por los lectores del periódico donde fue publicando por capítulos la novela. En la serie Circulo del Crimen se nos dio a conocer con el titulo de El misterio de Big Bow, cuando la traducción correcta es El gran misterio de Bow.

chambre jaune

En 1907 Gaston Leroux escribe El misterio del cuarto amarillo, protagonizada por Rouletabille, un alter-ego detectivesco de su creador Leroux (que también fue periodista como Rouletabille). La trama es correcta, aunque no nos de muchas pistas precisamente, pero se aparta del esquema marcado por Conan Doyle. El detective no investiga el lugar del crimen. Pregunta y saca conclusiones, compitiendo con otro investigador –Larsan– que ya tiene fama y prestigio, para descubrir al asesino. El final nos depara, como no podía ser de otra forma, una sorpresa. Al final, cuando Rouletabille entra por primera vez en el cuarto amarillo lo hace para descubrir al asesino.

Pero es en la época de la golden age de la novela enigma cuando la novela con crimen en habitación cerrada –locked room mysteries– alcanza su esplendor. Un escritor y una novela entre todas de las de su ingente producción son la referencia de los lectores policiales durante décadas.

John Dickson Carr (1906-1977) es uno de los grandes –y para muchos, desconocido– de la golden age de la novela policial y, sin duda, el más grande de la llamada “novela problema”. En casi todas sus novelas y relatos se resuelven crímenes aparentemente irresolubles. Fue sin duda el mas inglés de todos los escritores americanos de novela policial (lo mismo que James Hadley Chase fue el más americano de los escritores ingleses de novela negra). Se le conoce como “el maestro del cuarto cerrado” y fue, además, el primer biógrafo de Arthur Conan Doyle. Creó cuatro detectives, pero uno de ellos, el doctor Gideon Fell, es especial.

Gideon Fell tiene la apariencia física y la personalidad de G. K. Chesterton: orondo, de andares torpes y capa al viento, siempre con su sombrero –idéntico al que usaba Chesterton–, lexicógrafo y cronista de la historia de la bebida en Inglaterra. Fue el alter-ego de Chesterton –al que J. D. Carr admiraba– como detective y protagonista de veintitrés novelas de enigmas imposibles. El doctor Fell se enfrentó en El hombre hueco al enigma de la habitación cerrada. En ella, hay un capítulo entero en el que el doctor Fell reflexiona sobre las distintas maneras en que se puede cometer un crimen en una habitación cerrada que se convierte, de hecho, en un autentico ensayo. En la novela hay un crimen en una habitación cerrada donde se ve entrar, pero no salir, al asesino, y otro en una calle solitaria ante dos testigos… que no ven nada. John Dickson Carr dio sucesivas vueltas de tuerca al enigma de la habitación cerrada, como en Empezó entre fieras o en La ventana de Judas (firmadas como Carter Dickson), incluso un relato corto escrito en compañía de Adrian Conan Doyle (el hijo pequeño de Sir Arthur) y titulado La aventura de la habitación cerrada, que podemos leer en Las hazañas de Sherlock Holmes, editado por Valdemar, pero ninguna llega a la perfección de El hombre hueco.

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Ese es el juego del que tanto gustaban los miembros del Detection Club. Al propio G. K. Chesterton el reto de asesinar en una habitación cerrada le seducía, lo que llevó a su curita sabio, el padre Brown, a encontrar la solución a este enigma en más de un cuento. Ejemplos para nuestra diversión son varios: La saeta del cielo, La canción del pez volador, El hombre invisible, El milagro de la Media Luna, El jardín secreto (aunque no es una habitación cerrada propiamente dicha) y, especialmente, La forma equívoca, donde descubre al asesino gracias a una nota de suicidio falsificada. Por su parte, Edgar Wallace, además de ser el guionista de la inolvidable King Kong, es considerado el padre del thriller gracias a Los cuatro hombres justos (1905), y es en esta novela donde consigue la fama gracias a una habitación cerrada y una novedad en el planteamiento del relato policial de la época: el asesino –los asesinos, en este caso– avisa a la policía del crimen que va a cometer. Y aunque el amenazado, Sir Philip Ramon, se encierra en una habitación bajo custodia policial, el asesinato se produce a la hora exacta en que los cuatro hombres justos habían avisado.

También nos desconcertaron con habitaciones cerradas otros inolvidables del genero: Ellery Queen (en realidad los primos Frederick Dannay y Manfred B. Lee) en El misterio de la mandarina (The Chinese Orange Mystery, 1934) se inventan otra habitación cerrada. Un plato de frutas (mandarinas). Un cadáver con el cráneo aplastado y la ropa vuelta del revés y todos los muebles de la habitación colocados en el extremo opuesto al que se encontraban originariamente retan al lector. Y, por supuesto, como era habitual en las novelas de Ellery Queen, ese punto de la novela donde se desafía al ingenio: “Afirmo que en este punto en su lectura de El misterio de la mandarina tiene usted todos los datos esenciales en su poder para una solución lógica del misterio”.

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Agatha Christie obligó a su belga favorito a resolver el problema en La Navidad de HerculesPoirot (1938) donde el anciano Simeon Lee contrata al detective antes de que lo asesinen. También se atrevieron con la habitación cerrada Dorothy L. Sayers y su detective Lord Peter Wimsey en Los nueve sastres (1934), con su memorable intriga en un campanario; Edmund Crispin con El caso de la mosca dorada (1944) y su crítico literario –el profesor Gervase Fen– convertido en detective resuelve un enigma perfecto; y Anthony Boucher (con el seudonimo de H. H. Holmes) también nos regala un misterio de habitación cerrada: El siete del calvario (1937), donde Lamb, un lector compulsivo de novelas policíacas (atentos los lectores…), debe resolver en un ambiente universitario un puzzle fantásticamente tramado. Como crítico, Boucher defendió el recurso a la habitación cerrada en la novela policial como una delicatessen (“es una fórmula tan gastada como pueda serlo una fuga, un soneto o cualquier otra fórmula artística restringida”).

No debía andar desencaminado Boucher cuando la fórmula continúa: Sjöwall y Wahlöö escriben una excelente novela negra donde su detective, Martin Beck, debe resolver el asesinato de La habitación cerrada, y en el panorama policial francés ha surgido un imaginativo Paul Halter, desgraciadamente todavía sin traducir al castellano. Paul Halter, desde su ya lejana La Quatrieme porte / The Fourth Door (1987, Prix du Roman Policier), desgrana no menos de veinte soluciones al enigma de la habitación cerrada (una de ellas basada en el Cluedo).

Incluso en España un tal Juan Montoro publico a través de la Editorial Molino en 1943 El misterio del hermano fantasma, un enigma de habitación cerrada perfecto, tan perfecto como que era la misma novela de J. D. Carr, The Hollow Man, pero “condensada”. El autor fue un traductor de la propia editorial al que llegó la edición en inglés y que firmó con el seudónimo que solía utilizar. Ese autor fue el conocido Jose Mallorquí, seguramente seducido por la calidad inigualable de El hombre hueco.

encerrada

No hace mucho el lector se ha encontrado en su librería negra de referencia Encerrada, de Kerry Wilkinson (La Trama, Ediciones B, 2012). “Un caso imposible. Una trama impecable”, reza la portada. “Un autor por accidente que concibió la novela como un desafio”, “Excelente novela policíaca”, “Un primer libro extraordinario”, “Absolutamente brillante” o “Número 1 en Amazon UK en 2011” son los reclamos de la contraportada. El lector queda seducido e intrigado a la vez. La sargento de detectives Jessica Daniel no me consigue seducir a las primeras de cambio (nada que ver con la “planetaria” agente Chamorro, ni con la subteniente Sara Fitzpatrick de la Policia Fluvial Metropolitana de Zaragoza, ni con la inspectora Amaia Salazar que ahora me acompaña en mi perenne insomnio), ni me importan los ligues de su compañera de piso, ni los “casos” colaterales con los que Wilkinson adereza el guiso, ni la ya esperada y omnisciente presencia de Asuntos Internos. El lector se sorprende con que se califique al ignoto asesino como “el Houdini estrangulador” porque empieza a adivinar una explicación –obvia– para la pagina 120. La trama no me intriga, los personajes no seducen porque sus descripciones son superficiales, los diálogos poco o nada tienen que ver con la investigación… Y todo el juego, el divertimento que una locked room mystery novel puede tener, se diluye ante los atónitos ojos del lector que no desea otra cosa que terminar su lectura, no por el interés de conocer su final sino por el irrefrenable deseo de recorrer las regatas del Bastan o los canales de una Zaragoza náutica y baturra por hablar de lecturas verdaderamente placenteras. Me pregunto si he sido demasiado injusto o si las expectativas creadas eran excesivas y descubro que, en Amazon UK, las críticas pasan del cinco estrellas (la mayoría) a una sola (y gracias) con reflexiones casi idénticas a las aquí expuestas.

El lector tiene que ser sincero. Seguirá confiando en Ediciones B porque John Locke o P. D. James me van a seguir aportando muchas horas de lectura placentera. Creo que para descubrir a jóvenes –o no tanto– escritores de novela negra es mejor esperar a los muy buenos momentos que en el futuro nos harán disfrutar gente como Javier Abasolo, Ricardo Bosque o Alexis Ravelo entre otros. Y, por supuesto, una recomendación a los lectores: busquen en las librerías de viejo El hombre hueco de John Dickson Carr. Y a las editoriales y traductores: ¿para cuándo La Quatrieme porte de Paul Halter será traducida al castellano? ¿o cualquiera de los títulos de Halter, con su holmesiano Owen Burns o su doctor Alan Twist? Los ávidos lectores de crímenes imposibles seguimos al acecho. Entre las sombras de una habitación cerrada… y rebosante de novelas policiales.

6 comentarios en “Crímenes en habitaciones cerradas. Reseñando “Encerrada” de Kerry Wilkinson, por Juan Mari Barasorda

  1. Felicidades por este post, es genial y aporta material para disfrutar largo tiempo (si es que se encuentra; voy a buscar lo que desconocía).
    De pequeño no leía de espaldas a una puerta abierta por miedo a que los terrores de la literatura se materializaran cogiéndome desprevenido. La habitación cerrada se convirtió en un refugio inexpugnable.
    Ahora con toda esta retahíla de datos, creo que optaré por leer bajo la cama 😉

    • Buenas noches Jordi. Me alegra incitarte a la busqueda de los clasicos. Cierto es que algunos no tienen la calidad literaria de las buenas novelas negras …pero estos pequeños enigmas me siguen divirtiendo. Mi habitacion era pequeña. Inundada de libros , comics, vinilos y una cadena musical ( con plato Garrad) .Un pequeño santuario . Aun tengo aquellas viejas novelas en mi biblioteca…y te aseguro que alguna vez vuelven a acompañarme junto a un buen whisky. Gracias por la visita. Algun dia compartiremos una buena velada..

    • Hola a todos. Felicidades por el artículo. Me ha gustado mucho porque son un gran seguidor de la novela-enigma. Aunque imagino que las conoceras, Juan Mari, ¿has leído las novelas de Sidney Morgan y James Endhard? Ambos son pseudónimos de escritores sudamericanos. Publicaron en los en la Librería Hachette, Argentina, allá por los 40. Si no los conoces te los recomiendo: son auténticos bocados de calidad “enigmática”.
      Y es cierto: creo que cuesta hoy mucho escribir una buena novela enigma (cuando Kerr lo intenta en la última, tampoco le sale muy allá, creo, aunque “plagie” al Chesterton de “La forma equivocada”). No te molesto más. Hasta otra, Pepe.
      No

      • Hola Pepe. Que buenas sugerencias haces en tu post. Recopile informacion de estos escritores al bucear en el origen del policial en Latinoamerica y los autores que usaban seudonimos ( y al final cite solo El enigma de la calle Arcos) . El lector empedernido y el gran musico. Dos biografias apasionantes por cierto. Ando buscando la Muerte en el pentagrama ( parece un guiño al lio de la Cumparsita) o cualquiera de las novelas de J.Endhard/ Guillermo Blanco/ Camilo Perez de Arce…bueno y de alguno mas como el mucho mas negro Rene Vergara. Coincidimos Pepe. Un fuerte abrazo

      • Hola, Juan Mari.

        De Sidney Morgan tengo “Muerte en el pentagrama” y también “Un muerto en la chimenea”. No sé si publicó más novelas. Las conseguí a través de uniliber.com, años ha. Si no pudieras conseguirlas podríamos solventarlo… Creo que dispones de mi correo personal. Un abrazo.

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