“La danza de la gaviota”, de Andrea Camilleri, por Noemí Pastor

la danza de la gaviotaNoemí Pastor

El crepúsculo de los héroes

Esta es la décima novena novela de la serie del comisario Montalbano, sin contar los volúmenes de relatos breves que también protagoniza. Son ya, pues, unas cuantas entregas y unos cuantos años los que cumple el comisario: cincuenta y siete, para ser exactos; pero desde los cincuenta Montalbano se ve achacoso. Mi madre diría que está txotxolo, tontorrón, con pensamientos tristones sobre la muerte y la fragilidad de la vida, sobre todo porque no duerme. Tiene un insomnio puñetero, así que pasa buena parte de la noche en la galería de su casa, en la playa, observando las danzas de las aves, y se le ocurren cosas fúnebres, porque a esas horas y en esas circunstancias nada alegre te atraviesa la cabeza. Si lo sabré yo.

Además de achacoso, lleva ya unas cuantas novelas tonteando con veinteañeras despampanantes. No son lo que se dice grandes historias de amor; ni de pasión siquiera. Las chiquitas se aprovechan de él y acaban siempre dejándole un regusto amargo, como de moraleja cruel. Sí, pero durante unas páginas, al menos durante unas poquitas páginas, toma cuerpo la fantasía cincuentona, o sesentona ya, del reverdecimiento sexual. Yo le he leído a Camilleri unas críticas muy lúcidas, muy agudas y muy certeras contra Berlusconi; pero en este aspecto hay que constatar que van un poco a la par.

Y para acabar con el apartado rosa de esta reseña, daremos cuenta de otra novedad en la aburrida vida sentimental de Montalbano: por primera vez considera la posibilidad de romper con su novia Livia.

¿Cómo es que no dejaban de discutir por los motivos más tontos? ¿Y cómo es que a ninguno se le pasaba por la sesera extraer la lógica conclusión de esa situación, que era darse la mano y separarse de una vez por todas?

Quizás esta ruptura fuera un cambio muy brusco para una serie que ya toca a su fin, quizás Livia sea un hilo conductor que recorre todas las novelas, muy importante y muy fuerte, que no se debería quebrar, pero las lectoras y lectores casi agradeceríamos librarnos de un personaje tan tóxico y antipático y nos gustaría que se fuera a la porra esta relación que, si no es la más rara, sí será probablemente de las más raras del mundo.

Antes de cambiar de asunto, quiero aclarar una cosa. He escrito en el párrafo anterior que la serie de Montalbano toca a su fin, pero, bueno, tranquilo todo el mundo: todavía hay cinco novelas sin publicar en español, más algún otro volumen de relatos. Y está además, Riccardino, un libro dedicado a Montalbano que Camilleri ya ha entregado a su editorial, pero que, sin embargo, no tiene fecha de publicación: Camilleri ha puesto la condición de que se publique como último libro de la serie “cuando el alzheimer me sea irreversible o cuando, falto ya de facultades, sea incapaz de inventar nuevas historias”.

Camilleri saca los pies del texto

Si en la anterior novela el personaje Montalbano leía novelas de su autor, Camilleri, en esta lo vuelve a nombrar como su creador, como el dueño de su destino, como ser superior al que Montalbano está irremediablemente obligado a contar su vida y sus historias. ¿Está burlándose Camilleri de ese género narrativo llamado autoficción en el que los autores entremezclan su yo real con yoes ficticios? Podría ser. Pero también podría ser que simplemente estuviera imitando a su admirado Georges Simenon, que escribía cartas a su personaje Maigret.

Además, el Montalbano literario no quiere acercarse a cierto rincón de Sicilia en el que ruedan la serie televisiva que protagoniza, porque no quiere toparse con Luca Zingaretti el actor que lo encarna. Claro, porque si el Montalbano literario se encuentra con el Montalbano catódico probablemente se produciría una colisión espacio-temporal, como en Regreso al futuro, de consecuencias cósmicas imprevisibles.

pietri germi

Pietro Germi

Lo curioso es que Camilleri, cuando pensaba en el físico de Montalbano, no tenía en mente a Luca Zingaretti, sino a Pietro Germi, otro actor italiano que no se parece a ZIngaretti en nada.

Y el texto pone un pie en la realidad

Como sabéis, Montalbano es comisario en Vigata, ciudad imaginaria inspirada en Porto Empedocle, que es el lugar de nacimiento de Camilleri. Pues bien, las autoridadeslocales, en homenaje a su hijo más ilustre, cambiaron en 2003 el nombre real del pueblo para añadirle el nombre ficticio. Así, Porto Empedocle pasó a llamarse oficialmente Porto Empedocle Vigata y la ficción literaria se asentó en la realidad geográfica.

estatua

Años más tarde, en 2009, inauguraron en la localidad esta estatua de Montalbano.

Habrá que decir algo sobre la novela, ¿no?

Vale, vale. Me pongo a ello. La danza de la gaviota comparte las características principales de todas las novelas de la serie, que, según confesiones de Camilleri, que en esto sí que imita a su maestro Simenon, se componen siempre de 180 páginas de su procesador de textos, divididas en 18 capítulos de 10 páginas cada uno.

Esta férrea estructura formal encierra, sin embargo, un vodevil policiaco, una trama simpática, espolvoreada de pizquitas de amargura, pero también de mucho humor, apartado en el que sobresale el inefable bufón Catarella; un enredo en el que el único que no se pierde es el mismo Salvo Montalbano, ya que él maneja muy hábilmente los hilos, acapara las informaciones, las manipula, dosifica y reparte entre colaboradores y periodistas, para que los acontecimientos se precipiten hacia donde él desea.

Y, como decía al principio, la trama rocambolesca se sumerge en dos miedos de Montalbano que empapan las últimas novelas de la serie: el miedo a la vejez que avanza y el miedo a la globalización del crimen. Los dos construyen un tercer miedo: Montalbano teme no ser capaz de adaptarse a cambios cada vez más veloces en su cuerpo y mente y en su trabajo.

¿Mantendrá nuestro querido Salvo su pericia en la resolución de crímenes? ¿Qué nos depararán las próximas novelas? ¿Qué nos deparará Riccardino? Sea lo que sea, lo seguiremos con atención y seguiremos informando.

La danza de la gaviota
Andrea Camilleri
Salamandra

2 comentarios en ““La danza de la gaviota”, de Andrea Camilleri, por Noemí Pastor

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