“El caso de los bombones envenenados”, de Anthony Berkeley Cox, por Juan Mari Barasorda

Juan Mari Barasorda

El lector se reencuentra en la sección de Novedades con una de las novelas que mejores recuerdos le trae. Ya posee dos ediciones anteriores, pero cae en la tentación de incorporar a su biblioteca el hallazgo, tal vez sensible con el recuerdo de juveniles lecturas. Su autor, un maestro del camuflaje, un escritor que empezó escribiendo para semanarios de humor, que ocultó en muchas de sus novelas su verdadera identidad con seudónimos como Frances Iles, con el que mereció también los mayores reconocimientos en la novela policial.

Anthony Berkeley Cox, periodista antes que escritor, publico anónimamente –bien por la afición por el misterio de su autor o tal vez por su timidez– su primera novela en 1925, El Misterio de Layton Court (Lumen) y creó un detective aficionado, además de novelista, de nombre Roger Sheringham, capaz de errar en sus deducciones –a veces el asesino confiesa cómo comete el asesinato frente a las erróneas deducciones de Sheringham– y por ello mucho mas cercano para el lector que otros que gozaban del don de la infalibilidad.

El Caso de los Bombones Envenenados, publicado en 1929 y que acaba de ser reeditado por Lumen, es una novela policial más que recomendable. En ella A. B. Cox reescribe con acierto la trama de un relato corto que había publicado unos meses antes y que había gozado del reconocimiento unánime de sus amigos (Chesterton, Dorothy L.Sayers…) del Detection Club que crearon los escritores policiales de lo que conocemos como la Golden Age de la novela policial y cuyo primer presidente fue G. K. Chesterton. Este relato era El Azar Vengador (calificado por Julyan Simons como “uno de los relatos más imaginativos del genero policial” y en Ellery Queen’s Mystery Magazine como “el relato policial más perfecto que jamás se ha escrito”) y en él hay una caja de bombones envenenados que cambia inesperadamente de destinatario, un crimen que parece perfecto y un detective que parece incapaz de encontrar razones para un asesinato. Al final es el azar el que permite descubrir al asesino. Interesante, ¿no?

En El caso de los bombones envenenados A. B. Cox introduce un nuevo elemento: son los seis miembros del Círculo del Crimen (un guiño del Cox humorista para incorporar bajo otra identidad al Detection Club a su obra), detectives aficionados todos ellos, quienes tratan de descubrir al culpable y su posible móvil. Sheringham repite sus deducciones para proponer al asesino, tal y como lo hacía en El azar vengador y, en un autentico tour de force, cada miembro del Círculo da su propia solución al enigma. Y es aquí cuando A. B. Cox saca un conejo de su chistera proponiendo una explicación diferente como correcta de la mano del más apocado y tímido miembro del Círculo –¿un nuevo guiño de A. B. Cox?–, un simpático aficionado a la criminología, Mr. Ambrose Chitterwick, que deja a sus compañeros asombrados con su solución. Un final sorprendente (“Una vez más reinó el silencio en el Círculo. Y ahora –preguntó el presidente–, ¿qué diablos haremos? Nadie supo decirlo”) que hace que el lector se pregunte si no habría habido por medio una apuesta entre G. K. Chesterton y A. B. Cox.

 A. B. Cox nos divierte con esta novela. Escritor de cómics, humorista, creador de puzzles policíacos para los tabloides dominicales, ferviente defensor del veneno como arma del crimen (“el envenenador es el criminal por excelencia”, decía) y estudioso de la mente criminal que publicó varios trabajos sobre los envenenadores más conocidos de su época. El lector ha vuelto a los londinenses años 20 acompañando a los miembros del Círculo del Crimen y disfrutando de uno de los clásicos del genero. Una novela como El caso de los bombones envenenados es un juego. Y juego es también la novela negra. Además, las novelas policiales clásicas han sido, como decía Borges, una “saludable influencia” para quienes ahora escriben la novela negra.

Para mí son tan deliciosas como una caja de bombones.

El caso de los bombones envenenados
Anthony Berkeley Cox
Lumen

3 comentarios en ““El caso de los bombones envenenados”, de Anthony Berkeley Cox, por Juan Mari Barasorda

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