“Django desencadenado”, por José Luis Muñoz

JDjangoosé Luis Muñoz

La aproximación al western de Quentin Tarantino, un reivindicador de los géneros populares en el cine, no lo hace el director de Pulp fiction tomando como referencia el género norteamericano por antonomasia, sino mirando su distorsión, el espagueti western, que restó épica y añadió mugre al cine de los grandes maestros Ford, Hawks, Hathaway y tantos otros. Tarantino, que ya había demostrado una especial devoción por Sergio Leone en la primera secuencia de Malditos bastardos, a su vez revisión de Doce del patíbulo de Aldrich, toma como inspiración la película Django de Sergio Corbucci, cambia mexicanos por negros esclavos y mantiene a su actor protagonista, Franco Nero, adjudicándole un pequeño papel testimonial.

Un cazarrecompensas alemán llamado Dr. Schultz (Christoph Waltz) libera al esclavo Django (Jamie Foxx) a cambio de que le conduzca hasta los forajidos que debe eliminar y, como compensación a sus servicios, se ofrece a redimir a Broohmilda (Kerry Washington) esposa del esclavo que vive encerrada en la propiedad del señor sureño Calvin Candie (Leonardo DiCaprio) que tiene en su fiel lacayo Stephen (Samuel L. Jackson) uno de sus principales valedores.

Bajo la pátina del espagueti western, subgénero con muchas más mediocridades que genialidades — que se pueden contar con los dedos de una mano — colaron los realizadores italianos de la época — la de las Brigadas Rojas, las convulsiones sociales, la podredumbre democrática en la que fermentó años más tarde Berlusconi — mensajes izquierdistas. Ese fue el caso de Sergio Corbucci y su Django y, sobre todo, del Sergio Sollima de El halcón y la presa.

El Django desencadenado de Tarantino pasa por alto el mensaje social, toma como excusa un pretendido mensaje antirracista y se centra en lo paródico y lo gran guiñolesco que lleva en sus raíces el súbgenero. La búsqueda por parte de Django de su amada y, en su camino hacia ella, el ajuste de cuentas con todos los que los esclavizaron, es una excusa que se antoja débil a la vista de los resultados de la película que tiene claramente un exceso de metraje. Ese distanciamientos que Tarantino tiene consigue mismo, ese no creerse lo que está narrando, ya sea un film negro, un western o una película de luchas marciales, es, o muestra de inseguridad por parte de un enfant terrible que ya ha dejado de serlo, o una coartada personal de cara a sus frustrantes resultados. Ni como película gamberra funciona Django desencadenado, y sin ninguna sorpresa espera el espectador los habituales excesos violentos del realizador que ya no tienen el mordiente de antaño — la larguísima balacera final; la escena de tortura de Django colgado cabeza abajo a la espera de ser emasculado; la larga y brutal lucha mandinga; o esos perros que descuartizan con fruición a un esclavo negro ante la mirada impasible de los amos,— y que nunca puede faltar en sus películas. No hay tampoco diálogos brillantes y sólo algún chiste ocasional — la partida del Ku Klux Klan que se queja de que los orificios de sus capuchas no coinciden con los ojos— resulta hilarante.

Del extenso reparto del film — hay multitud de cameos que recaen, además de en el ya citado Franco Nero, en Michael Parks, el Adán de La Biblia de Huston, o en Don Johnson — destacaría a Leonardo DiCaprio, que borda su papel de villano baboso, y Christopher Waltz, que se esfuerza en interpretar en inglés agermanado los diálogos verborreicos de Tarantino; no así los actores negros, Jamie Foxx o Samuel L. Jackson, éste último paródico con escasa gracia, que sobreactúan contantemente.

Lleva ya años Tarantino anclado en un tipo de cine sin progresión, en el que se siente cómodo, y parece que ya ha dado todo lo que podía dar de sí y no hace más que repetirse a través de los géneros que va tocando, más pendiente de sus señas de identidad, de su violencia paródica, que de la efectividad del discurso cinematográfico. Devorado por el exceso, por su propio ego — aquí se reserva un papel, quizá, simbólico: salta por los aires mientras traslada unos explosivos — y abusando de las secuencias chicle, viendo Django desencadenado uno echa en falta a ese ejemplar realizador que parecía iba a revolucionar el género negro, sin duda en el que mejor se ha desenvuelto, con películas como Reservor dogs, Pulp fiction y, sobre todo, Jackie Brown. Poco rastro hay de ese Tarantino en su última filmografía.

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