“Un mundo peor”, de Claudio Cerdán, por Francisco J. Ortiz

un-mundo-peorFrancisco J. Ortiz

Un mundo peor:

Las calles de nuestros hijos

En la crítica literaria, como en la propia literatura, los lugares comunes son tan nocivos como inevitables. Y cuando se habla de Claudio Cerdán, cuya obra presenta ya unas dimensiones considerables como para haber dado pie a sus propios lugares comunes, no tardan en hacer acto de presencia al menos dos. El primero: que es un autor joven, algo innegable hoy en día (nació en 1981, así que saquen cuentas) pero que con el paso del tiempo dejará de ser verdad y desaparecerá como juicio a priori para dejar paso a críticas más ecuánimes acorde con los valores intrínsecos de su obra. El segundo: que es un escritor de raza. Esta aseveración, en cambio, se me antoja un sambenito con el que el autor tendrá que cargar ad aeternum, aunque no se puede negar que él se lo ha buscado: lejos de ejercer de juntaletras de tres al cuarto, de esos que se toman la literatura como un hobby, un sobresueldo o un camino supuestamente fácil y directo hacia la fama mediática, Cerdán escribe porque no tiene otro remedio, sin perder el tiempo en otras cuestiones intrascendentes. Así parece demostrarlo el hecho de que cada vez que saca libro nuevo a la calle, a poco que el respetable se despiste y deje pasar unos pocos meses sin leerlo, este se encontrará con que ya no es el último, sino el penúltimo de una producción aparentemente sin freno.

A servidor, que intenta estar al tanto de lo que publican sus escritores de cabecera, le ha pasado precisamente eso: cuando todavía tengo pendiente de lectura Cien años de perdón, publicada el año pasado por Versátil, el escritor murciano se descuelga con otra novela negra, esta Un mundo peor que vuelve a publicar la misma editorial en su colección temática dedicada al género. Y aunque tengo por costumbre leer los libros de un mismo autor por orden de aparición, esta vez y dado que tratándose de Cerdán la anterior podría dejar de ser muy pronto su penúltima novela para convertirse en la antepenúltima, me he permitido hacer una excepción y he pasado a dar cuenta de este nuevo relato criminal ambientado, cómo no podía ser de otra forma, en esa Alicante en la que vivo y por la que Cerdán y otros autores como Mariano Sánchez Soler han hecho lo mismo que Andreu Martín y Francisco González Ledesma por esa Barcelona a la que este último dedicó, entre otras muchas, una novela titulada Las calles de nuestros padres: convertirla en un universo literario cruel, depravado y terrorífico. En definitiva: en un mundo peor.

En esta su nueva novela, ya les adelanto que magnífica, Cerdán trata un tema peliagudo al que, al menos en la realidad, hay que acercarse con bastante delicadeza: la pederastia. En realidad trata de varios, algunos relacionados entre sí, y uno de ellos de plena actualidad como mandan los cánones del género (y no, no es la corrupción política, tan habitual por otra parte en el noir); me refiero a un polémico asunto cuya naturaleza y alcance me guardaré mucho de desvelar aquí para no espoilear el acto final del libro… aunque también es cierto que conocerlo de antemano no invalidaría su lectura, absorbente como pocas en el marco de la literatura contemporánea, sea de género o no.

 

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En el parking del Centro Comercial Puerta de Alicante se desarrolla una de las escenas clave del libro

Para ello, Cerdán recurre a algunos de los estilemas del canon policíaco, empezando por el propio protagonista de la historia: Roberto Cusac, ex policía e investigador privado con problemas con el alcohol y la autoestima, al que su mujer abandonó después de que la pareja no lograse superar la desaparición de su hijo de seis años. A partir de este suceso del pasado, que ha convertido al personaje principal en poco menos que una figura trágica, el autor construye un relato de intriga por el que aquel deambula intentando desentrañar el enigma que rodea a otra desaparición y posible secuestro, el de la hija adolescente de unos amigos de su ex mujer, cuando en realidad lo que intenta resolver es el caso del que nacen los demonios interiores que le atormentan.

En el devenir del relato, y al estilo de Elmore Leonard (o de su profeta, Quentin Tarantino), el autor recupera personajes de Cien años de perdón como hizo en aquella respecto de la anterior El país de los ciegos, dando pie así a la gestación de un microcosmos cuya autorrecurrencia subraya su verosimilitud como mundo posible, aludiendo a la terminología propia de la teoría literaria, mucho más allá de lo habitual. A partir de ahí, la trama aparece salpicada de posibles sospechosos, pistas falsas y callejones sin salida, elementos todos ellos que potencian la intriga pero que no distraen al lector de manera gratuita ni sirven para inflar artificialmente el relato: de hecho, estamos ante la novela más breve de su autor, que aquí sigue fiel a los diálogos precisos y el estilo certero marca de la casa pero mostrándose todavía más depurado que de costumbre.

 

*

La Avenida Alfonso X el Sabio: otro de lugares de Alicante que aparecen en el relato

El resultado de esta operación es una ficción trepidante que culmina en una de esas conclusiones que forman parte de la clase más memorable de finales literarios: la de aquellos que nos sorprenden pero que, al mismo tiempo y tras una breve reflexión crítica, se nos antojan como el único final posible. A este logro cabe añadir otro, puesto que antes de alcanzar dicho final la historia ha logrado revolver las tripas del lector como, al menos para el que esto suscribe, solo lo había conseguido otro libro antes: Felices como asesinos, de Gordon Burn. Pero debe tenerse en cuenta que aquella era una novela-reportaje (centrada en Fred y Rosemary West, el matrimonio de asesinos en serie de Gloucester) y no una ficción. Lo cual, para el presente relato inventado y su responsable, es otra medalla más que poder lucir con orgullo.

Por lo demás, y al respecto de la presente obra, merece destacarse que una de las obsesiones actuales del autor (al referirnos a alguien como Cerdán no se puede hablar de ideas o inquietudes, solo de obsesiones) es la paternidad; un tema cuyo tratamiento aquí convierte a Un mundo peor en la imagen especular de otra novela, también espléndida: Nuestra propia sangre, del citado Sánchez Soler. Si allí se retrataba la figura de esos padres que no merecen serlo, aquí estamos ante otros que sí lo merecen pero a los que el destino, por así decir, no les permite ejercer como tales. Que se sepa, Cerdán todavía no tiene hijos, pero ha logrado transmitir a sus lectores, a aquellos que son padres como el que esto suscribe, que les comprende, como comprende el alcoholismo o la soledad sin necesidad de tener que sufrirlos en sus propias carnes. Lo que les decía: Claudio Cerdán, además de joven (todavía), es un escritor de raza (siempre). Y sospecho que un padre de raza, también.

 

Un mundo peor
Claudio Cerdán
Versátil

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