“El secreto de Christine”, de Benjamin Black, por José Luis Muñoz

portada-secreto-christine_grandeJosé Luis Muñoz

Con El secreto de Christine, Benjamin Black/John Banville, el flamante premio Príncipe de Asturias de las Letras del presente año, inició su saga de novelas negras que tienen como protagonista al doctor Quirke, un investigador atípico por su condición profesional.

Sobre un personaje que no existe, que está muerto, Christine Falls, hace girar el escritor irlandés la trama de esta novela apasionante en la que Quirke, dipsómano retirado y herido de por vida por una ausencia, la de su esposa —Igual le ocurrió a él cuando murió Delia: un instrumento que llevaba en el pecho, el instrumento que le había mantenido en marcha, sincronizado con el resto del mundo, se detuvo de pronto y nunca más volvió a funcionar— investiga la desaparición de una niña a la que dan por muerta sin estarlo.

Ambientada en el Dublín de los años cincuenta y a lo largo de las más de 400 páginas de la novela Benjamin Black tensiona la narración con la presencia de Mal, cuñado de Quirke y también médico que oculta algo de esa extraña desaparición, Sarah, su esposa y antigua novia con la que quizá debió casarse, y Phoebe, la sensual hija de sus amigos y medio sobrina que ejerce una extraña fascinación sexual sobre el protagonista. Un elenco de personajes frustrados y desengañados que Benjamin Black disecciona con la precisión de un taxidermista.

Hay en la novela del escritor irlandés buenas y originales imágenes literarias —Las margaritas de septiembre olían a calcetines sucios o Traía un bebé en brazos, envuelto como una larva en una manta de algodón blanco— junto a descripciones impactantes en las que predomina el punto de vista clínico del protagonista en sus paseos por las morgues —Confió en que los dos ayudantes no se hubieran dado cuenta del respingo que dio al verse ante el cadáver de una anciana medio calva y bigotuda, cuyos párpados no estaban cerrados del todo, y los labios exangües y retirados en un rictus que dejaba al aire las puntas de unos dientes incongruentemente blancos, relucientes.— que no obvia detalles morbosos —Bajo aquella luz cruda y granulosa, el cadáver que había sido Christine Falls estaba tendido boca arriba, el tórax y el abdomen abiertos como una bolsa de viaje, dejando a la vista las entrañas relucientes.—, pero hay, sobre todo, un despliegue de buena literatura en la minuciosidad con la que Benjamin Black arma el relato, en sus múltiples detalles que no son anodinos y que redondean una trama detectivesca que gira en torno a esa bebé desaparecido —El aire verduzco de la tarde era de una suave calidez. Se encontraba en una acera ancha, bajo los árboles, terminando de fumarse un cigarrillo y mirando al otro lado de la calle, hacia la chica que esperaba en las escaleras del Hotel Shelbourne. Llevaba un vestido de verano, blanco, con lunares rojos, y un sombrerito garboso y adornado con una pluma.

Benjamin Black es un claro ejemplo de que el género negro puede ser literatura con mayúsculas. Un libro a disfrutar por su calidad extraordinaria la primera entrega del doctor Quirke que es mucho más que una novela detectivesca.

El secreto de Christine
Benjamin Black
Trad.: Miguel Martínez-Lage
Alfaguara

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