“La ciudad de la memoria”, de Santiago Álvarez, por Ricardo Bosque

la_ciudad_de_la_memoria_santiago_lvarezRicardo Bosque

Decididamente, el género negro goza de una excelente salud en España, con unas cuantas editoriales entregadas en cuerpo y alma a la causa, casi todas las grandes -las de toda la vida- abriendo colección específica para dar salida a los más bajos instintos criminales y autores, autores nuevos, voces que se suman a las ya consagradas y que, en algunos casos, lo hacen con conocimiento de causa, las bases bien aprendidas y ganas de hacerse un hueco entre ellos.

El último -tal vez debería decir el penúltimo, tal como está el patio- es Santiago Álvarez, murciano de nacimiento -como Cerdán, como Tristante; “Murcia, qué criminal eres” podría ser el nuevo eslogan turístico de la región- y valenciano de adopción. Director de contenidos de Valencia Negra por más señas.

Debuta Álvarez con La ciudad de la memoria, una novela canónica, respetuosa con los dogmas clásicos hasta el punto de que su protagonista, el detective Mejías, se ha quedado anclado en un tiempo pasado porque cualquier tiempo pasado fue mejor: su televisor es en blanco y negro porque así como de verdad se aprecia el cine negro de los cuarenta que tanto le gusta, en su despacho no hay ordenador ni en su americana un móvil, su tocadiscos es uno de los de toda la vida, nada de sonido digital sino vinilo puro y duro…Y Mejías adora, añora a Marlowe-Bogart. Pero…

Pero Mejías es español e incluso más bajito que lo fuera Bogart, más enclenque, menos dotado -del sexo no hablamos-, más simpático y, desde luego, más pícaro, como demuestra el detective en las situaciones desesperadas, en las distancias cortas, ésas en las que la colonia de un hombre se la juega.

Y como su idolatrado Marlowe, como el dios Bogart que ilumina su camino desde el cartel cinematográfico que preside su domicilio-despacho, Mejías es ese Quijote empeñado en desfacer entuertos por amor al arte o, en su defecto, por sentido romántico de la justicia; el detective que sigue adelante con su investigación aun cuando nadie le pague ya por ello, incluso a partir del momento en que, sus clientes, deciden que el encargo ha finalizado. Corrijo: sobre todo, a partir del momento en que, sus clientes, deciden que el encargo ha finalizado.

Junto al veterano detective, un paso por detrás al principio, un paso por delante cuando la situación lo requiere, la becaria Berta Valero, joven veinteañera, emigrante del pueblo a la capital para estudiar periodismo que contesta a una oferta de empleo en la agencia de Mejías por aquello de sacarse unas perrillas que le permitan costearse la carrera. Una joven cargada de razones y de refranes, los de su tía Marina, que, en más de una ocasión, le indican el camino a seguir.

Y una trama compleja como lo son las familias, todas en general y las de postín en particular, con una investigación que arranca casi accidentalmente -como accidente es que un pájaro abandone su jaula y eche a volar- y, poco a poco, nos va sumergiendo en las entrañas de un clan en el que todo es paz y armonía al modo de los Colby de Dinastía, los Ewing de Dallas o los Channing-Gioberti de Falcon Crest.

Y nos sumerge, de paso, en dos ciudades, la Valencia del siglo XXI y la de principios del XX, la de los grandes mausoleos calatravianos y la del nacimiento de una república en la que mucho depositaron todas sus esperanzas.

Para ello, y aunque no quede expresamente reflejado en el índice de la novela, el autor se vale de una estructura en tres partes: la presentación de los personajes y puesta a prueba de la aprendiza Berta; el despertar de ésta, el momento en que se suma -con condiciones, eso sí, que la chica de tonta no tiene un pelo- a la “causa Mejías” y decide asumir un papel más protagónico y decisivo, ganándose los galones con nota; y, como traca final -estamos en la ciudad en la que ni la alcaldesa muestra recato a la hora de vestirse de fallera-, el poner las cartas sobre la mesa, literalmente, revelando al lector el penúltimo enigma que quedaba por resolver. El último, como debe ser, se lo reserva Álvarez para el desenlace final.

La ciudad de la memoria es, en definitiva, una muy buena novela, con una prosa exquisita, un uso elegante y original de las metáforas y con algunas erratas -por poner un pero- que la editorial corregirá, sin duda alguna, en las posteriores reediciones que la historia de Santiago Álvarez merece.

 
La ciudad de la memoria
Santiago Álvarez
Almuzara
 

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2 comentarios en ““La ciudad de la memoria”, de Santiago Álvarez, por Ricardo Bosque

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