Reseña: “El jardín de cartón”, de Santiago Álvarez

Cubierta_El Jardín de Cartón_26mm_260916.inddRicardo Bosque

“Se pasaba las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio de tal manera que del poco comer y mucho leer se le vino a secar el cerebro ”

Decíamos ayer -y quien dice ayer dice hace casi dos años-, al reseñar La ciudad de la memoria, primera novela de Santiago Álvarez, que su protagonista, Mejías, respondía a la perfección a ese cliché que dice que el detective clásico es una reencarnación del Quijote con todas sus consecuencias. En concreto, en reseña publicada en febrero de 2015, se puede leer:

“Y como su idolatrado Marlowe, como el dios Bogart que ilumina su camino desde el cartel cinematográfico que preside su domicilio-despacho, Mejías es ese Quijote empeñado en desfacer entuertos por amor al arte o, en su defecto, por sentido romántico de la justicia; el detective que sigue adelante con su investigación aun cuando nadie le pague ya por ello, incluso a partir del momento en que, sus clientes, deciden que el encargo ha finalizado”.

Pues bien, casi dos años más tarde vuelve Mejías -Vicente a su pesar- más Mejías o más Quijote que nunca pues, a su afán por meterse en líos que no le incumben y embestir molinos que no gigantes, se le puede añadir la frase con que arranco esta reseña sustituyendo “mucho leer” por “mucho ver” cine negro de los años cuarenta.

Porque en esta nueva y pirotécnica entrega de las andanzas de Mejías y su fiel -a su modo- y más sensata Berta Valero, podría decirse que por momentos el detective pierde el oremus, se va de la bola si lo prefieres en castellano más reciente. O tal vez sea el autor quien, sintiéndose tan a gusto con el personaje, le somete a una serie de situaciones que ponen a prueba su capacidad de sufrimiento al tiempo que instalan la sonrisa en la cara del lector, siempre y cuando el lector sea pelín śádico, porque sádico hay que ser para reírse mientras un tipo -aunque sea de papel y letras en cuenta de carne y hueso- se somete a la tortura que supone la visita al odontólogo, por mucho que sea odontóloga y esté como un queso, todo hay que decirlo.

En esta ocasión, Santiago Álvarez combina dos historias -que, evidentemente no descubro nada, alguna relación tendrán entre sí- como ya hacía en La ciudad de la memoria: por un lado, la más centrada en la rabiosa actualidad de una ciudad en plenas fiestas, en la que debe encargarse de que la falla de los Lloret -una de las familias acaudaladas de Valencia- no sufra daño alguno hasta que sea pasto de las llamas en el momento adecuado; por otro, la búsqueda de un mítico whisky, el Ullal Blau, el único con denominación de origen Valencia, elaborado por un tal Fleixanoll doscientos años atrás.

Y digo dos historias pero todavía hay una tercera que sirve de perfecto engarce entre las anteriores, la que transcurre en un antiguo edificio del centro de la ciudad ocupado por otra familia, los Fuster, y por una anciana de apellido Ferrer que lee, una y otra vez, un antiguo diario redactado a principios del siglo XX.

Con todos estos elementos y con el estilo preciso que ya es marca de la casa, Santiago Álvarez nos ofrece una novela intensa y en ocasiones disparatada, tremendamente cinematográfica en la que no faltan escenas de sexo fallero que harían las delicias de un Berlanga en estado de gracia, automovilísticas persecuciones albuferanas que no tienen nada que envidiar a las que acostumbramos a ver en las pelis norteamericanas -se confirma en esta segunda entrega que Berta es un hacha al volante- o imágenes que, personalmente, me traen a la memoria a un Santiago Segura a un cartel de Schweppes pegado. Serán cosas mías, supongo.

Pero no todo es acción, colorín y pirotecnia, pues en El jardín de cartón -acertadísimo título, por cierto- tanto Mejías como Berta deberán enfrentarse a sí mismos y tratar de sacar lo mejor que llevan en su interior al tiempo que ahuyentan sus prejuicios, complejos y temores personales.

Estupenda continuación de una serie que prometía desde su inicio y ahora solo cabe esperar que, con los emolumentos cobrados por la resolución de su nuevo caso, Mejías pueda renovar vestuario -sobre todo esa impenitente gabardina que es resistente pero tiene sus límites- y, si es preciso, untar a su padre literario para que, en lo sucesivo, le dé alguna página de tregua, que los años y las palizas no perdonan.

 

El jardín de cartón
Santiago Álvarez
Almuzara
 

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