“Sin epitafio”, de Francisco José Jurado, por Ricardo Bosque

sin epitafioRicardo Bosque

Cinco años han pasado ya desde que, editado por Almuzara, llegara a mi casa un libro titulado Benegas. Sin más. Benegas, por el nombre del inspector protagonista.

Un libro con varios relatos con tramas entrecruzadas, desarrollados en las calles de una Córdoba para mí y hasta entonces desconocida y con uno de ellos, creo que el cuarto, excepcional y sorprendente que suponía una ingeniosa vuelta de tuerca respecto a los anteriores. Su título, Quién mató a Frankie Jurado.

Desde ese momento, Francisco José Jurado, el autor de Benegas, pasó a ser para mí simplemente Frankie.

Cinco años de espera para poder leer lo siguiente del inspector cordobés, en este caso una novela con todas las de la ley. Cinco años que no lo son en realidad, pues un año y pico después de leer aquel libro de relatos, Francisco Jos…, perdón, Frankie, me enviaba para que le echase un ojo y diese mi opinión el borrador de una historia titulada Los códices templarios, códices que ahora por fin edita Algaida con el más acertado título de Sin epitafio.

Y vaya aquí la primera y necesaria advertencia, pues creo que fue una de las observaciones que hice en su día a Frankie y compruebo que no cayó en saco roto: el título no podía ser Los códices templarios, pues eso remitía a pamplinas históricas dirigidas a un público muy diferente del destinatario lógico de esta estupenda historia criminal, el de los buenos aficionados al género negro.

Porque sí, Sin epitafio es una muy buena novela negra -o policíaca, o thriller, o como prefiera el lector puntilloso con esto de las etiquetas- que contiene de regalo –by the face, cortesía del autor- una novela histórica típica, tópica y truculenta, con sus caballeros -templarios, por supuesto-, sus contubernios, sus conspiraciones, sus planos de iglesias, sus reyes y papas malvados y sus crípticos mensajes que pueden cambiar el curso de la historia.

De manual, vaya. Eso sí, todo ello muy correctamente administrado por el autor en capítulos alternos con los correspondientes a la trama principal, que se convierte en única una vez contado lo que era menester respecto a aquellas épocas remotas.

Pero en Sin epitafio (casi) nada es lo que parece, y esa milonga templaria es la herramienta que utilizan autor y protagonista para demostrar su escepticismo al respecto, algo en lo que, personalmente, les alabo el gusto (nota aclaratoria: mis únicos conocimientos respecto a eso del Temple son una calle de Zaragoza y un barrio entero de Dublín con ese nombre, en ambos casos plagados de bares y pubs).

La chicha de la novela reside, como sucediera con aquel Benegas de tan grato recuerdo, en la calidad de los personajes, tanto el propio inspector -escéptico en algunos temas como he dicho, pero también crítico y valiente a la hora de hablar de clientelismos políticos y amiguismos chanchulleros, o de la corrupción policial si procede- como sus fieles colaboradores, porque esto es un trabajo en equipo. Y ahí están el Maqueijan, Vázquez, Marita y el más joven de todos, Pepe Sampedro, un tipo que puede dar mucho juego en futuras entregas de la serie.

Y reside también en la trama, por supuesto, con algo que comienza con un par de asesinatos que para algunos pueden ser obra de uno de esos estereotipados e improbables asesinos en serie, para otros llevan la marca de los narcos mexicanos o colombianos y para Benegas… Benegas es más realista, lo que le permite intuir que los posibles móviles para ambos crímenes están bastante más cerca de lo que pudiera suponerse (como diría aquel iluminado expresidente, “no creo que los autores intelectuales se oculten en montañas lejanas o desiertos remotos”). Máxime cuando el autor utiliza esa subtrama medieval de la que se mofa al estilo cervantino como un juego de espejos metaliterario, algo que ya hizo en Quién mató a Frankie Jurado, pues es un personaje de la novela quien está escribiendo dicha historia medieval, jugando con el lector, y dándole así pistas y claves para desentrañar los terribles asesinatos ocurridos en el siglo XXI.

Y reside por fin, como no, en la brillante y original manera de contar las cosas que tiene Jurado, un estilo muy peculiar que ya era visible en aquellos relatos de hace cinco años y que ahora pule con esmero para dar como resultado una novela que disfrutará cualquier aficionado al género.

Los del histórico, quizás no tanto, porque, como digo, las apariencias engañan y con Benegas ni les cuento. Pero es que debemos hacerle caso al sr. Hammett, don Dashiell. Ya sabe, ¿no? En nuestro género, la regla básica es: “nada es lo que parece”. O casi nada.

Sin epitafio

Francisco José Jurado
Algaida
 

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