“La parte del muerto”, de Yasmina Khadra, por Sergio Torrijos Martínez

parte muertoSergio Torrijos Martínez

Yasmina Khadra es un carnicero. No un cirujano que con un corte preciso intenta cercenar un mal conocido, ni mucho menos. Mejor dicho, retiro lo de carnicero y le colocó el sustantivo de matarife, que le cae mejor.

No es un matarife porque le guste la sangre, ni porque sus novelas sean violentas, que lo son, sino porque lo que trata lo intenta trocear, partir, descuartizar, eviscerar y sacarlo todo a la luz. De lo que versa la novela no es de una trama criminal, esa es la excusa, de lo que de verdad trata es sobre Argelia y sobre su realidad a pie de calle.

Khadra no es melindroso y nos sorprende con un espectáculo sin cortapisas, sin piedad, enseñando lo que él cree que es el mal, sacándolo a la vista de todos de manera brutal. No he leído a nadie más crítico con su país que Khadra y al mismo tiempo más orgulloso y con más fe en su pueblo. Es cierto que comprender algo de la realidad de Argelia no es precisamente para alegrarse, se ha pasado de un desastre a otro, en medio los matices que expone el escritor, en palabras de Brahim Llob, protagonista de la novela:

“Aquí no hay Carta Magna ni Constitución que valgan, ni ley ni equidad. Si nuestra justicia lleva una venda en los ojos, es porque le da vergüenza mirarse a la cara. No servimos a un país, sino a hombres. Dependemos del humor que tengan y nos atenemos a su santa voluntad”.

La novela negra es una excusa, como ya señalé, y es una lástima porque como escritor tiene un talento narrativo potentísimo. Recrea con mucho garbo ambientes de todo tipo, desde los turbios de algún burdel hasta los más elitistas, todo ello con una prosa precisa, eficaz y con un acierto a prueba de bombas.

Tiene momentos muy buenos y refleja a unos personajes tan perfilados y tan bien definidos que casi se pueden tocar. Sirva como ejemplo, un personaje al que se le apoda la esfinge:

“Hocine El-Ulach no tiene un milímetro de napia. Es como si de chaval un golpe de aire le hubiese estrellado la puerta de una caja fuerte en los morros. Si se le pusiera una regla de albañil sobre el hocico, la burbuja se quedaría clavada en pleno centro. No se le ha puesto ese mote por casualidad. Es difícil ser más feo. Para atenuar la inconveniencia de sus rasgos, se ha dejado crecer un gran bigote reforzado por una barba de charlatán que haría palidecer de envidia el pubis de una tendera. Sin embargo, lo más chocante en nuestro yeti mediterráneo son sus manos, repugnantes y velludas como tarántulas gigantes. Las mantiene tan juntas y apretadas que parece un parapolicía a punto de moler a un sospechoso”.

La novela arranca de manera morosa y hasta no haber avanzado casi hasta la mitad no entrevemos la línea que va a seguir. El planteamiento del autor es paciente y hasta un punto parece que ocurre poco y de pronto se inicia la historia en todos sus frentes.

Se inicia la trama con la liberación de un asesino en serie debido a un error administrativo, ello se unirá a una sub-trama cuyo protagonista es Lino, mano derecha del comisario Llob, que anda detrás de una bella mujer que es amante de uno de los hombres más poderosos del país. Y esos hombres poderosos tienen un pie tanto en el gobierno como en el delito. Ambos hilos narrativos convergirán en un mismo punto y se mezclarán con el pasado del país.

Buena parte de la obra nos recuerda aquella frase de Balzac que aseguraba que detrás de cada gran fortuna existía un delito. Y de delitos el inspector Llob sabe un rato y con su sapiencia y saber hacer intenta sacar a la luz esos viejos trapos sucios.

La lectura es de obligada recomendación. Probablemente Khadra, con permiso de Camilleri y de Markaris, sea el mejor escritor mediterráneo. Tiene un toque muy personal, muy diferente, más violento porque en cualquier momento existe una explosión de furia y de mala leche, también más vital, más enérgico que los otros dos grandes citados. Léanlo y juzguen por sí mismos.

Para finalizar les ofrezco un extracto del tipo de personajes que sobrevuelan las novelas de Yasmina Khadra:

“Hadi Salem fue compañero de promoción. Eligió convertirse en polizonte y ampararse tras la ley para darle mejor por culo. Pero era una nulidad en los estudios y, al final de nuestras prácticas de formación en la escuela de la policía, sus pésimas notas y sus aleatorias predisposiciones profesionales imposibilitaron que se le destinara a un servicio operativo sin preparar previamente el terreno para las catástrofes. Se le envió a una oficina auxiliar, donde su tarea se limitaba a clasificar las facturas y las declaraciones manifiestamente falsas en el sótano de los archivos. Y allí, en la penumbra propiciatoria de los cuartuchos, que no tardó en influir en la negrura de sus intenciones, aprendió a trapichear, luego a maniobrar con más holgura, y se descubrió una vocación que encandiló a todos los jefes turbios y a los aprendices de corruptos de su unidad: se convirtió en el hombre de los casos oscuros. Su olfato de sabueso fracasado iba a alejarlo de las pistas criminales y a atraerlo a las de los apetitos personales. Sus galones de inspector consolidaron su tráfico de influencias. Empezó a vérsele mucho más con los alcaldes turbios y en los bares fraudulentos que con una lupa en la mano tras las huellas de un delincuente. Poco a poco fue conociendo a gente interesante, penetrando en sus secretillos e interviniendo, aquí y allá, para archivar un expediente explosivo y hacer desaparecer los cuerpos del delito. Cuando se hizo con un pequeño capital, se introdujo en el sector inmobiliario para blanquear su dinero”.

La parte del muerto

Yasmina Khadra
Trad.: Wenceslao Carlos Lozano
Alianza Editorial

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