“Ángeles con caras sucias”, por Teresa Suárez

ngeles_con_caras_sucias-633387876-largeTeresa Suárez

“Está claro”, me dije a mí misma mientras daba una larga chupada al cigarrillo que, apenas colilla, hacia rato que pedía a gritos reposar en el atiborrado cenicero de cristal verde junto a los compañeros que le precedieron en la inútil tarea de intentar calmar mi ansiedad, “lo de pequeño pero matón se acuño pensando en James Cagney”.

James no tuvo una infancia fácil. Nació en Nueva York, en el seno de una humilde familia de emigrantes irlandeses, con un padre jugador y alcohólico. Se crió en Yorkville, uno de los barrios más conflictivos, por lo que las calles de la Gran Manzana no tenían secretos para él ni para sus hermanos que sobrevivían en ellas a base de decisión y coraje, incluso a golpes cuando era necesario. “De donde yo vengo, si puedes ganar un dólar no haces preguntas, simplemente vas y lo haces”, dicen que decía. Tal vez por eso las dotes de James como bailarín y cantante (que dejó patente en comedias musicales como Desfile de candilejas de Lloyd Bacon) quedaron sepultadas bajo esa naturalidad con la que interpretaba delincuentes, ya fueran maleantes de poca monta (el personaje de Tom en The Public Enemy, de William A. Wellman, el primero) o despiadados y dementes asesinos (el gánster Arthur ‘Cody’ Jarrett  en Al rojo vivo de Raoul Walsh), siempre tan rematadamente atildados, tan repeinados, que más valía resguardarse de ellos cuando algún rizo rebelde se posaba sobre sus frentes enmarcando la fiera mirada.

Repantigada en el sofá, sigo pensando en Ángeles con caras sucias, de Michael Curtiz, la vieja película que acabo de ver, la historia de Rocky Sullivan y Jerry Connelly, dos rufianes juveniles cuya peripecia vital los separa en la edad adulta llevando al primero, tras repetidas entradas y salidas de la cárcel, a convertirse en un famoso gángster y al segundo en un sacerdote católico que lucha por alejar a los jóvenes del barrio del mundo de la delincuencia.

Siempre impecablemente vestido, James Francis Cagney, con sus 1,65 de estatura, se especializó en papeles de tipo duro que no se arredraba ante nada ni nadie, por mucho que enfrente tuviera al mismísimo Bogart que en esta ocasión, y pese a superarle en diez centímetros de altura, en escena se le queda pequeño. Aún habrían de pasar unos años para que Humphrey terminará de encontrar y pulir su imagen de hombre cínico y desencantado que, una vez situado en el lado correcto de la ley, aunque siempre con claroscuros, nos proporcionó esos detectives míticos (en 1941, como Sam Spade en El halcón maltes, de John Huston, y en 1946, como Philip Marlowe en El sueño eterno, de Howard Hawks, ya junto a La Flaca) que forman parte de la historia del cine clásico y negro con mayúsculas.

¡Y es que Cagney era mucho Cagney!

Compensaba su baja estatura con una arrolladora energía. Solo alguien con su talento era capaz de hacer tan creíble como entrañable ese Rocky Sullivan que, como un autentico torbellino, regresa a su barrio para ponerlo patas arriba: recuperar la amistad de su viejo amigo Jerry, aleccionar a los pillastres que lo idolatran, seducir con su seguridad y arrogancia a la guapa de turno, mucho más alta que él, y poner los puntos sobre las íes a su antiguo socio que pretende quedarse con su pasta. Sí, nadie como Rocky pasa con tanta naturalidad de las palmadas en la espalda a los piropos y de éstos a las balas. ¡Érase un hombre a una pistola pegado!

Cuando es detenido y condenado a morir en la silla eléctrica, Rocky Sullivan, a petición del padre Connelly (“de que me sirve enseñarles de que la honradez es el mejor camino si por todas partes ven que la falta de honradez da más beneficios”), en un gesto de nobleza, accede a comportarse como un cobarde que implora clemencia para ganarse el desprecio de los jóvenes que tanto le admiran evitando así que éstos sigan sus pasos.

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A Cagney le gustaban los retos, por eso sus maleantes tenían doble faz. Por perversos o crueles que fueran siempre tenían un momento de debilidad, un gesto de ternura con alguien o algo que los hacía humanos y dignos de perdón, ganándose con ello el favor del público.

Su magnífica interpretación de Rocky Sullivan le valió, en 1938, su primera nominación al Oscar al mejor actor, aunque ese año la preciada estatuilla se la llevó Spencer Tracy, también de ascendencia irlandesa, por Forja de hombres, de Norman Taurog, en la que, casualidades de la vida, interpretaba al Padre Edward Flanagan, un sacerdote católico que crea una escuela para tratar de alejar a los chicos del barrio del mundo de la delincuencia. El cura ganó al gánster.

Cada vez que reponen una de estas viejas películas se establece una especial comunión entre el adicto a lo negro y los padres del género, esos pioneros que crearon escuela y nos legaron verdaderas obras de culto.

Una noche tranquila, el salón a media luz, y los clásicos en blanco y negro… ¡Uhmnnnn, que placer!

Cuando la ausencia de color evita que el rojo llamativo de la sangre distraiga tu atención, ésta se concentra en los primeros planos de los actores. No hay efectos especiales, visuales o sonoros, que encubran una mala interpretación, tan solo un rostro, una elevación de ceja, una media sonrisa, unos ojos que miran fijamente, fríamente.

¡Cuánto he disfrutado!

Si esta noche en mis sueños alguien grita como un poseso “¡Estoy en la cima del mundo!”, sabré que James anda cerca y reclama mi atención para que nunca, nunca me olvide de él.

Ni ustedes tampoco.

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