“La lluvia en la Mazmorra”, de Juan Ramón Biedma, por Ricardo Bosque

lluvia-mazmorra-face-fajaRicardo Bosque

Damas y caballeros, sean ustedes bienvenidos a BiedmaWorld. Siéntense en su sillón favorito y dispónganse a disfrutar de una nueva entrega de ese mundo tan particular que el escritor sevillano sabe crear para todas y cada una de sus novelas, un mundo en el que la belleza es anécdota y la rareza, la perversión, la oscuridad, norma.

Juan Ramón Biedma nos ha llevado de su mano a conocer la Sevilla más siniestra, el Londres más oscuro y, ahora, le tocaba el turno a Madrid, un Madrid que por momentos me ha recordado al plasmado por Edgar Neville en la fascinante película de 1944 La torre de los siete jorobados.

Un Madrid de finales de enero de 1930, en concreto de los tres últimos días de la dictadura de Primo de Rivera. Un Madrid de apuestas mortales, de cementerios ambulantes, de mayordomos descarados y rompecorazones y de nobles que resucitan convirtiendo su mansión -la Mazmorra- en un centro de peregrinación en el que todo el mundo es bienvenido y alimentado.

Un Madrid en el que campan a sus anchas los matones incultos de la Unidad Patriótica, en el que el Somatén provoca estragos, en el que las huelgas se suceden y en el que una de las actrices más destacadas del panorama nacional, la diva Ana Ermitaño, muere con las botas puestas, al pie del cañón, sobre las tablas del Teatro Nacional durante una de las funciones diarias.

Una pitillera desaparecida, una llave y unas cartas que no aparecen y un equipo heterodoxo y multidisciplinar integrado por Enrique Jardiel Poncela -sí, el dramaturgo de afilado colmillo-, una escritora inédita y un sereno municipal siguiendo la pista de todo ello por suburbios, sanatorios y geriátricos. En paralelo, una profesora del primer colegio de discapacitados que se fundó en la capital -y cuidadora particular de la hija del duque de Olivenza, el noble resucitado a que hacía referencia unas líneas más arriba- y el heredero de una tienda de juguetes tratando de tirar del hilo que les lleve hasta el manipulador de un autómata capaz de escribir amenazadores mensajes.

Construida al modo de una obra de teatro, con cuatro prólogos, tres actos, dos epílogos y un comentario del autor, La lluvia en la Mazmorra funciona como una maquinaria de alta precisión, tal vez algo confusa en su inicio hasta que el lector descubre el mecanismo que mueve cada uno de los engranajes. Una novela para disfrutar, una lección de historia reciente, un homenaje merecidísimo a un escritor siempre cuestionado, por las derechas y por las izquierdas y que -España es así de dolorosa- tal vez nunca haya recibido el debido respeto por parte de sus paisanos.

Una joya, otra más, de la factoría Biedma.

 

La lluvia en la Mazmorra
Juan Ramón Biedma
Versátil

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