Reseña: “Irene”, de Pierre Lemaitre

ireneTeresa Suárez

Vestido de novia (Robe de marié), la segunda, que despertó mi interés por Pierre Lemaitre, me condujo hasta Irene (Travail Soigné), primera novela y presentación en sociedad de Camille Verhoeven comandante de la Brigada Criminal de Paris.

¿Qué vamos a encontrar en Irene? La cita de Roland Barthes (crítico, ensayista y semiólogo francés), que sigue a la dedicatoria, es la principal pista: “El escritor es una persona que encadena citas quitando las comillas”.

Juntando pedazos obtenidos de obras que integran la Serie Negra, Pierre Lemaitre, cual Víctor Frankenstein, crea su primera criatura, con aspecto de novela policiaca, esperando que su fealdad monstruosa (el contenido, dependiendo de su sensibilidad, puede asquear al lector) no genere rechazo como ocurrió con la creación de Frankenstein.

¿Conocen esa técnica de confección consistente en unir retales de telas de distintos colores y tamaños para crear diferentes motivos y objetos? Pues eso es Irene: una novela patchwork bastante precisa en el trazado, corte y ensamblado de las piezas.

Un sentido homenaje que abarca desde las obras que Lemaitre considera fundadoras del género policiaco (El crimen de Orcival de Émile Gaboriau) y los clásicos que lo encumbraron (La carta robada, El caso Lerouge, El perro de los Barkerville, El misterio de cuarto amarillo) hasta los best seller, de consumo rápido y olvido veloz, que han contribuido a disparar la afición por el noir. Un completo índice bibliográfico que te indica a quién y qué leer si quieres ser alguien en esto de lo negro y criminal.

Reconocer que se trata de un debut sorprendente (avalado por la concesión del Premio Cognac, 2006, a la mejor primera novela y el Premio de los Lectores en Francia, 2012, a la mejor novela de suspense) no impide darte cuenta de que adolece de una serie de fallos como, por ejemplo, alguna que otra deducción nada lógica, giros del argumento increíbles por lo excesivos y teatrales o adivinar cuál va a ser el desenlace mucho antes de llegar al final.

Pero su carácter de primera obra imperfecta no impide vislumbrar que Lemaitre es un escritor agudo, apasionante y de talento.

Un buen escritor, en suma, cuyo oficio, pese a su vocación tardía (solo ha escrito cinco novelas policiacas y una bélica), se deja sentir con fuerza sobre todo en unos personajes que bajo su metafórica y profunda pluma no solo cobran vida sino que se instalan en la del lector con, aviso, intención de quedarse.

Puesto que del argumento no puedo contar nada, so pena de desvelarlo, les hablaré encantada, bueno encantadísima, de lo que considero joyas de la corona de las novelas lemaitreras.

Que el protagonista sea un policía de cuarenta años a quien el autor define como “de rostro largo y marcado, calvo como una bola de billar” no es nada novedoso. De un tiempo a esta parte prima esa corriente que reniega de los agentes de la ley machotes, fuertes, elegantes e irónicos, irresistibles para mujeres de cualquier pelaje, y en su lugar reivindica a hombres corrientes, mal vestidos y pasados de kilos, a quienes echar un polvo, sin previo pago, les resulta tan difícil como al resto de los mortales que comparten su falta de atractivo.

Eso sí, existe un pack básico que los escritores, sea cual sea su lugar de procedencia, incluyen de serie en sus detectives: son solitarios, coléricos y adictos al trabajo. Clásicos en sus aficiones (sea música, pintura o literatura con guiños ocasionales, en este último caso, a la novela negra) y de paladar sibarita tanto en el consumo de alcohol (un buen whisky, escocés por supuesto, para relajarse al final de un duro día de trabajo) como en sus preferencias gastronómicas, regadas con buenos caldos, para cuyo disfrute siempre encuentran el momento, ese paréntesis que, espectadores habituales de lo peor de la raza humana, los ancle a la normalidad y les impida volverse majaras.

Podría decirse que Camille Verhoeven cumple los cánones del género si no fuera porque su descripción va precedida del diminutivo hombrecillo. Y es que erigirte en adalid del bien y la justicia, midiendo tan solo 1,45 metros, conlleva un plus que garantiza frecuentes explosiones de ira.

Entre todas las artes fue la pintura la que marcó la vida del comandante Verhoeven. A su madre, pintora de éxito (“Mujer fuerte. Sólida y concentrada, con una pincelada algo rabiosa”) le debe tanto el nombre de Camille, homenaje a Pisarro, como su aspecto (“le había fabricado como una pálida copia de Toulouse-Lautrec solo que menos deforme”). Los miles de cigarrillos que, como francesa y además artista, consumía su madre fueron los causantes de la hipotrofia fetal que hizo de él un “hombre que se había quedado a medio hacer”, convirtiendo palabras como enano, duende o gnomo, en proyectiles que detractores y enemigos no dudan en disparar cada vez que quieren ridiculizarlo o menospreciarlo. Tal vez para garantizarse un respeto que se le niega sistemáticamente a las primeras de cambio decidió, pese a sus evidentes cualidades para el dibujo, estudiar Derecho, con una media de sobresaliente, y después entrar en la Escuela Nacional de Policía.

Por su mirada inteligente y expresión astuta, además de por su altura, Camille recuerda a un teckel, perro sensible y afectuoso pero también tremendamente valiente que, no consciente de su pequeño tamaño, planta cara a cualquier intruso que intente quitarle el puesto dentro de su territorio. Ambos, policía y can, provistos de un fuerte carácter que es preciso moldear con decisión y firmeza en el trato si se quiere mantener el liderazgo en su presencia.

A las ordenes del comisario Le Guen (“un tipo grandote que, como llevaba veinte años a régimen sin haber perdido un solo gramo, había adquirido por ello un fatalismo vagamente exhausto que se leía en su rostro y en toda su persona”), acompañan a Camille Verhoeven, en su lucha contra el crimen por el centro de Paris y le périphérie, Louis el rico (“alguien elegante, delgado, delicado, profundamente irritante”), Maleval el guapo (“alto, moreno, (…) y un encanto del que abusaba como abusaba de todo, de la noche, de las chicas, del cuerpo” y Armand el avaro (con la reputación del rácano más sórdido que jambas hubiese pertenecido a la policía (…) la encarnación de la penuria).

¡Le petit commandant y su brigada clikera!

 

Irene

Pierre Lemaitre
Trad.: Juan Carlos Durán Romero
Alfaguara

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2 comentarios en “Reseña: “Irene”, de Pierre Lemaitre

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