Reseña: “Camille”, de Pierre Lemaitre

Teresa Suárez

Nada como empezar el año con una novela de esas que te atrapan de tal manera que producen en tu interior una lucha titánica entre el impulso de seguir y seguir leyendo, para conocer cuanto antes el desenlace, y la tendencia a retrasar ese momento porque sabes que la última página dejara en ti un enorme vacío que tardarás en llenar. Y es que a los lectores habituales, exigentes como somos con la imaginación por encargo, no nos resulta fácil encontrar historias que renueven la emoción de la lectura ávida y comprometida, esa donde escritor, personaje y lector, se unen en una comunión tan perfecta, tanto, que llegas a tocar el cielo de las letras.

¿Conocen esa sensación?

Recientemente me pasó con Falcó de Pérez-Reverte y me ha vuelto a pasar, ¡y de qué manera!, con Camille de Pierre Lemaitre. Ambas novelas las leí en ralentí, mínimo de revoluciones necesarias para que el motor gire sin calarse, escasas para mover el conjunto, sí, pero más que suficientes para que el aceite marche por su circuito (sangre excitada corriendo por las venas) y mantener los diferentes dispositivos en funcionamiento (sentidos a pleno rendimiento experimentando el delito en toda su brutalidad y mente en permanente ebullición tratando de encontrar pistas, seguir la investigación y resolver el crimen antes de que lo haga el autor).

 

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Pierre Lemaitre

Con Irene, Alex, Rosy & John y Camille, la última de la tetralogía, he conseguido el título de Graduada en Lemaitrelogía, Especialidad Camille Verhoeven. ¡Lo sé todo sobre le petit Commandant!

Tras la espantosa muerte de su esposa Irene, embarazada de ocho meses, Camille “quedó fulminado. Pasó días enteros paralizado, alucinado. Cuando comenzó a delirar tuvo que ser hospitalizado (…) Era un milagro que siguiera con vida”. Pero ahí estaba, con su metro cuarenta y cinco de estatura y su carácter colérico intacto. Igual de calvo pero más viejo y solo, aceptando únicamente casos menores hasta que el comisario Le Guen, jefe y amigo, le obligó a volver al tajo para resolver el secuestro de otra fémina.

Comparto con mi compañero Sergio muchas de las cosas que cuenta sobre Alex, esa guapa y misteriosa mujer que pasa del rubio al castaño oscuro con la misma facilidad con que mon bien-aimé Lemaitre te hace percibirla como víctima y veinte páginas más allá como verdugo.

A lo largo de la serie Verhoeven se observa una clara e importante evolución. En Irene, la primera, la atención del autor se centra en la brigada criminal (algo que se hace patente en la presentación de unos personajes fuertes y bien definidos que llegan, con intención de permanecer, para animar el cotarro policíaco galo) y el delito, ya que Pierre, todo un esteta para esto de la sangre y la muerte, nos muestra un rico y variado surtido de asesinatos, claro homenaje a los grandes del género, sin escatimar ni un gramo de violencia y barbarie.

rosy-and-johnCon Alex explora la victimología (disciplina criminológica que estudia el papel que la víctima desempeña en el delito y las consecuencias que éste le ocasiona). En la primera parte asistimos al encierro de Alex (aviso, solo apto para estómagos fuertes) y su lucha por salir indemne, no ya físicamente (algo imposible dadas las condiciones de su cautiverio) sino mentalmente, tarea que le exigirá un esfuerzo sobrehumano. Si consiguen contener el vómito y pasar de esos primeros capítulos, llegarán a conocer el momento exacto en el que la palabra víctima se grabó a fuego en la frente de Alex y cómo eso condicionó su evolución posterior.

En Rosy & John (adaptación al papel de lo que, inicialmente, fue un folletín digital por entregas publicado con el título de Les grands moyens) todo el protagonismo se lo lleva Jean Garnier, el delincuente, solitario, introvertido y por encima de todo un buen hijo que, tras la primera explosión, se entrega a la policía y amenaza con volar medio país, a obús por día, si no se libera a su madre, esplendido ejemplar de hembra tóxica y controladora, que permanece encerrada en una cárcel de París. ¡Magnifica muestra de cómo encandilar al lector con un texto breve (casi tanto como el comandante Verhoeven pero tan intenso como él) cuando está bien escrito!

Y así llegamos a Camille donde, por fin, todos los elementos confluyen y Pierre nos regala una visión omnicomprensiva del hecho delictivo, donde el mayor protagonismo recae, esta vez sí, en la investigación criminal.

La historia comienza con el robo a una joyería. Necesité dos días para recuperarme de la conmoción que Lemaitre, con solo treinta y seis páginas, me produjo. Su relato es de tal crudeza que consigue que atracadores pertenecientes al mundo real, famosos por su brutalidad y falta de escrúpulos, como Jaime Giménez Arbe, más conocido como El Solitario, parezcan hermanitas de la caridad. ¿No me creen? Pues lean, lean: “El más alto levanta su arma, se gira y, como si sostuviera un hacha y se dispusiese a talar un roble, golpea a Anne en plena cara con la culata de la escopeta (…) Le revienta literalmente la cabeza (…) La culata de madera le ha abierto casi la mitad del rostro, desde la mandíbula hasta la sien, le ha aplastado el pómulo izquierdo, que se ha partido como una fruta, y se ha llevado por delante unos diez centímetros de mejilla”. Esto es solo un pequeño aperitivo del gran festín de violencia que, desde el inicio de la novela, se darán aquellos valientes que tengan arrestos para enfrentarse a ella. ¡Empezar fuerte para poner a prueba el aguante del lector es marca de la casa!

En Camille, hay un delito expuesto de una manera realista, una huída al más puro estilo fast & furious, una persecución contra reloj para dar caza al asesino antes de que vuelva a matar, una investigación policial que se complica por momentos y un desenlace con el que Lemaitre, por lo inesperado, te vuelve a sorprender.

camilleHay curiosos y chuscos homenajes literarios, como cuando compara el sabor delicioso de una cucharada de té con un trozo de magdalena (que convierte “las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria”) con las satisfacciones propias del oficio de atracador (“Cuando has disparado varias veces a una chica ensangrentada de la cabeza a los pies y has huido después derrapando en un todo terreno con cincuenta mil euros en joyas, volver al lugar de los hechos produce un poco el mismo efecto que la magdalena de Proust. Nada desagradable por cierto”).

Y hay humor, mucho humor; un humor negro y bestia que logra arrancarte una sonrisa en medio de tanto salvajismo. Así describe como uno de los atracadores se carga a su compinche de nacionalidad turca: “En cuanto al pequeño, es suficiente con girar levemente el cañón [de la escopeta] para tener el placer de volarle los sesos a través del parabrisas (…) Hay que acercarse para descubrir el resultado, la cabeza ha estallado en pedazos, no queda nada solo el cuello, y debajo, el cuerpo contoneándose. Los pollos también hacen eso cuando son decapitados, siguen corriendo. Pasa algo parecido con los turcos”.

Mientras escribo estas líneas debo confesarles que aún no he terminado la novela. Me faltan unas setenta páginas.

¿Qué por qué no la he terminado? Porque me estoy reservando para el sábado por la mañana. Quiero estar descansada, fresca, con un humeante café frente a mí y el trozo de roscón de Reyes que tengo guardado, para saborear ese placentero momento con toda la intensidad que se merece.

Yo también quiero mi pedazo de magdalena proustiana que me ayude a dejar de sentirme “mediocre, contingente y mortal”.

 

Camille

Pierre Lemaitre
Trad.: Juan Carlos Durán Romero
Alfaguara

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