Paco Gómez Escribano: “Me da más juego literario hablar de los desheredados y me fascina su desprecio por la vida”

 

Laurentino Vélez-Pelligrini

Aunque formalmente está considerado como un autor en la tradición del hardboiled, a Paco Gómez Escribano no le gustan las etiquetas. Pero sí hay que decir de él que es, sobre todo, un representante de lo que podría denominarse la “literatura de los márgenes”. En suma, la voz narrativa de aquellos colectivos, hoy cada vez más numerosos, que se están quedando en la cuneta social, arrojados a ella por un capitalismo sin matices al que ha dado lugar la pareja maléfica de la globalización y el neoliberalismo económico. Con una primera etapa como autor de thrillers esotéricos, Paco Gómez Escribano fue un asiduo asistente a semanas, festivales y certámenes de novela negra, para después convertirse en participante y ponente en los mismos tras publicar dos novelas que marcaron un nuevo camino en su periplo como autor, Yonki (Erein, 2014) y Lumpen, en colaboración Luis Gutiérrez Maluenda (Pan de Letras, 2015). Además de colaborar en la revista digital Culturamas, este año acaba de brindarnos Manguis (Erein, 2016), una magnética novela ambientada en el tardofranquismo. A lo largo de esta entrevista, nos habla de su encuentro con los libros y su pasión por la lectura, las influencias literarias y su concepción de la escritura. Directo, sincero y nada dado a las medias tintas, si algo hay que decir de Paco Gómez Escribano es que es un escritor que se reconoce como un salvado del exilio social al que se vio condenada la gente de su barrio y generación, pero sin por ello olvidar sus orígenes y rindiéndoles tributo desde la propia creación ficcional.

Eres de Canillejas y siempre lo has presentado como un elemento esencial de tu propia identidad personal. De hecho, te sigues reivindicando como un “chico de barrio”.

Es que haberte criado en Canillejas o en Carabanchel o en Vallecas, o en tantos otros barrios periféricos marca. Por lo menos a la gente sensible como yo. Otros pasaron la niñez, la adolescencia y la juventud como pudieron. Más tarde se marcharon y no han vuelto. Nunca llegaron a sumergirse en el barrio y por tanto no tienen ningún vínculo. Yo pateé el barro, los descampados y las calles. Por un lado me gustaría haber nacido en otro barrio más rico. Pero por otro no. He odiado el barrio tantas veces que he perdido la cuenta. También he perdido la cuenta de las veces que me fascinaba. Es una historia de amor-odio. En cualquier caso ha marcado mi personalidad, para bien y para mal.

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Paco Gómez Escribano

Tuviste una primera etapa como poeta y autor de novelas de corte esotérico, como El Círculo alquímico y Al otro lado, que publicaste con Ledoria. Sin embargo, lo que de verdad ha marcado tu identidad como autor es la ilustración literaria de ese mundo de los márgenes que tú conociste y que plasmaste en obras como Yonqui o Lumpen. ¿Por qué la elección de ese mundo como tema literario cuando podías haberte evadido creando otros universos, digamos, comercialmente más atractivos?

Bueno… Lo de comercial yo creo que queda para otros ámbitos fuera de mi alcance. Lo de ser escritor comercial y tener éxito es difícil si no eres presentador, tertuliano, político o estás casado con una editora. Mis dos primeras novelas llevaban una carga esotérica fuerte por una razón concreta. Verás, de pequeño, en el colegio, me hicieron odiar la lectura. Nos hacían leer la Biblia y tochos infumables, traumatizaban a los críos. Ahora bien, me gustaban mucho los tebeos y las novelas del Oeste. También las bélicas y las policíacas. Recuerdo una tarde que llovía a cántaros (sí, antes llovía mucho). La panda de críos nos refugiamos en una Biblioteca. Ciertamente, me impresionó ver aquellas estanterías llenas de libros. Y casi me da un ictus cuando me enteré de que te los podías llevar gratis a casa. Aunque los tuvieras que devolver, aquello era la hostia, porque en el barrio no te daban nada gratis. Cogí un par de títulos: El tercer ojo y El túnel. Me flipó la oscuridad de Sábato, pero me quedé bastante pillado con Rampa. Me leí la novela en una tarde, descubriendo que leer molaba. Después vinieron Castaneda, Louis Pauwels y Jacques Bergier, Helena Blavatsky, Fulcanelli, etc. De aquí que quisiera aportar mi propia contribución.

Una vez hecho al hábito de leer me he leído todo lo que he podido, que no es poco. Y entre lecturas, leía una novela negra, descubriendo que no podía leer solo una porque me enganchaban. Así que abandonaba el género premeditadamente hasta que volvía. Poco a poco empecé a aburrirme con las novelas que no eran negras y ahora casi todo lo que leo es negro. Así que siendo un lector empedernido de género, casi un enfermo, decidí que la tercera sería una novela negra. Pensé durante mucho tiempo en si empleaba un detective, un policía, un abogado… Paseé mucho por el barrio hasta que me dije: “Tío, lo tienes delante”. Si a eso le sumas mi especial predilección por la crook story, es decir, la novela desde el punto de vista del delincuente, la elección fue fácil.

Por lo que tengo entendido, eres de los que has reivindicado sin pudor lo metaliterario o lo que se conoce como ficción real, a veces muy denostada como corriente narrativa.

Creo que no hago metaliteratura si por ello se entiende hablar de libros o de Literatura dentro de una novela, aunque no lo descarto. En cuanto me apetezca lo hago. Si hablamos de ficción real, tampoco estoy seguro de saber muy bien qué es eso. Yo hago ficción. Me invento personajes, escenarios y situaciones. Otra cosa es que todo ello esté basado en mis experiencias con los colegas colgados de la bodega. Pero eso es documentación. Si quiero que me cuenten cosas, tengo que ir con ellos, y beber con ellos, y tocar la guitarra y echar unos cantes. Como verás, el tema de la documentación es duro.

También has defendido el valor literario del lenguaje crudo de la calle, no solo por parte de los personajes, sino del narrador. ¿Querías hacer de tu producción la voz de los “sin voz”?

Algo de eso hay. Yo no voy a escribir sobre príncipes ni princesas, no se lo merecen. Además, me da mucho más juego literario hablar de todos los desheredados y me fascina su desprecio por la vida, su humor negro y lo poco que les importa todo. Por otra parte, para hacer el tipo de novela que yo hago, me tengo que ceñir a la verosimilitud de los diálogos, lo contrario es engañar al lector. Otra cosa es la voz del narrador. No es lo mismo escribir en primera persona que utilizar un narrador omnisciente neutro, en cuyo caso te tienes que cortar un poco, pero esto es una simple cuestión de técnica. Hay escritores, sin embargo, que pretenden hacer crook story y se lanzan, pero después cuando lees sus novelas y ves que los yonquis hablan como si hubieran ido a los maristas, no pega ni con cola, no es creíble. Hay muchos lectores, escritores e incluso editores, que piensan que si haces diálogos verosímiles entre delincuentes estás faltando al respeto al lector. Yo pienso todo lo contrario. Se ve que no han leído a George V. Higgins o a Irvine Welsh, por poner dos ejemplos que me vienen a botepronto. Sustituyen uno de los cánones del género, la verosimilitud y la crudeza en los diálogos, por un pontificado de lo políticamente correcto. Desde mi punto de vista es totalmente absurdo. Un error garrafal.

En Francia, durante los años 80, surgieron una serie de autores vinculados al neo-polar, como Jonquet y otros escritores crecidos en medios sociales muy modestos, que dieron forma literaria al olvido y la marginación de las que eran objeto las Banlieux Rouges y de esto, desde una profunda desilusión ante la presidencia de François Mittérand. Aunque los contextos son diferentes, esa visibilidad que por tu parte le otorgas a los márgenes sociales madrileños, ¿deben tomarse también como la protesta de un escritor políticamente decepcionado ante una izquierda acomodadiza?

Desde luego. Lo hicieron Thierry Jonquet y Jean Claude Izzo en Francia, el mencionado Welsh ante el recorte de derechos que significó el Thatcherismo, Jakob Arjuni en Alemania, Walter Mosley en Los Ángeles y lo hizo Dashiell Hammett, que fue perseguido y acosado por el macartismo. Yo escribo sobre los pobres, porque yo también lo soy. Da igual que tenga una carrera, que sea escritor, músico o profesor. Mi extracto social es precisamente ese. Esto es una cuestión de clases, como decía aquel ilustre filósofo. Dice un amigo mío al que admiro en una de sus novelas que «la pérdida de la identidad es la madre de todas las desgracias». Y lleva más razón que un santo. Una cosa es que en un momento dado los desheredados hayamos podido estudiar y tener un nivel de vida algo más acomodado, pero eso no nos convierte en parte de la élite, como creen algunos advenedizos. Una vez escuché decir a Juan Madrid que solo hay dos tipos de escritores: los que creen en el sistema y los que no creen. Cuando lo dijo no lo entendí muy bien. Ahora lo entiendo perfectamente.

manguis

Tu última obra, Manguis, ha tenido muy buena acogida. Sin embargo, muchos la siguen vinculando a la tradición del “vaquillismo”, cuando en realidad, si me permites la opinión, yo creo que es bastante innovadora en sus aspectos ambientales, simbólicos y estéticos. El Torre se parece mucho más a las figuras paternalistas del gansterismo que dominaron el hardboiled norteamericano que a la mitificada figura del Vaquilla.

A mí me parece que sí. Aquellas películas eran malísimas, salvo contadas excepciones. Y patéticas. Ten en cuenta que mezclaban a delincuentes, que no sabían actuar, con actores de verdad, que intentaban imitar a los quinquis sin conseguirlo. Lo que pasa es que los productores vieron que atraían al público y se pusieron a hacerlas como rosquillas. A mi barrio vinieron a hacer castings. Recuerdo que reclutaron al Pirri, que ni era el más malo ni el más kíe, pero era rubio con ojos azules y quedaba bien frente a la cámara. A los feos, a los que no tenían nada de glamour, los cogían para que se dieran un pico en directo y filmar el plano con su brazo, y les pagaban con la propia dosis. No, Manguis y mis otras novelas no tienen que ver con eso. Es novela realista, social. Y como me gustan tanto los americanos intento contar las historias bajo ese tono narrativo.

El quinqui, el voyou o el banlieusard fueron individuos con conductas “fronterizas” pero que, sin embargo, albergaban un lado socialmente entrañable, representando a todo un submundo dentro de un universo cultural proletario más o menos cohesionada por la identidad de clase. En cambio, en tu novela nos presentas a individuos en la anomía total, “colgados”, “pringados” y desprovistos de cualquier referencia. No sé si quizás, con Manguis, pretendías brindar un testimonio sobre la descomposición del mundo obrero.

Tú hablas del lumpen, de personajes que más o menos trabajan y de vez en cuando se buscan la vida. Yo hablo de delincuentes, de gente cuya forma de vida es el delito. Explícitamente digo muchas cosas. Implícitamente creo que digo muchas más. Y una de esas cosas es eso que tú dices. La marginalidad, el alcohol, las drogas, todo eso es algo impuesto desde arriba. En concreto la entrada de la heroína fue más efectiva que cualquier guerra. Fue un genocidio en el que pereció toda una generación. En su mayoría, eran los hijos de los desheredados que habían emigrado del campo a la ciudad en busca de una vida mejor. Unos jóvenes que habían perdido las raíces y ya no poseían esa sumisión de sus padres. Una bomba de relojería que desactivaron con las drogas, así de sencillo.

En ese mundo de marginalidad, ¿la supervivencia siempre está por encima de la esperanza?

En ese mundo la esperanza no existe, es una quimera. No hay esperanza cuando el mundo no tiene nada que ofrecerte. La supervivencia es algo instintivo, animal. Es la ley del más fuerte que se impone ante cualquier otro concepto abstracto.

¿El barrio y los personajes de tu novela eran el Madrid que el franquismo no quería enseñar, en medio de esa euforia desarrollista que algunos presentan como una de las bondades de la dictadura?

El desarrollismo fue un desastre. Por un lado metieron maquinaria en el campo, un símbolo de progreso que sin embargo dejó sin trabajo y acabó con el modus vivendi de miles, de millones de familias. Por otra parte, en las ciudades proliferaron las fábricas. La emigración desde el entorno rural al urbano fue masiva y descontrolada. Los que tuvieron suerte encontraron un trabajo y compraron una vivienda o encontraron una caja de cerillas de protección oficial. Muchos vivían hacinados, en barrios sin ningún servicio. Barrios artificiales que se crearon precisamente para albergar a la mano de obra barata y a sus familias. Los que tuvieron menos suerte no tuvieron más remedio que levantar chabolas con cuatro chapas y cuatro cartones. En Manguis, el Torre se viene del pueblo para Madrid con una tartera en la que guardaba un trozo de tocino. Eso me lo contó un tío paterno mío. Su experiencia me pareció apropiada para mi personaje. Mi barrio, Canillejas, era un pueblo, al igual que Vallecas, Vicálvaro o Carabanchel. Cuando Franco convirtió obligatoriamente estos pueblos en barrios periféricos de la gran metrópoli hubo protestas, revueltas que acabaron en nada ante la obligación de capitular. Convirtieron pueblos prósperos en barrios marginales. Les robaron su identidad y a cambio les dieron miseria y delincuencia.

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Próxima estación: Las Musas

En tu novela, también hay un policía, no muy limpio que se diga. ¿Qué pretendías, denunciar “por delegación” lo que, precisamente en los años 70, ningún escritor se habría atrevido o hubiese podido hacer?

Lo que pretendo denunciar es un hecho: que la policía franquista era corrupta. Cuando el dictador se hizo viejo estaban acojonados. No sabían qué iban a hacer con ellos. Al fin y al cabo eran la policía de un régimen dictatorial. Estaban detrás de muchos de los atracos de la época. Al final no pasó nada. Los viejos-nuevos políticos se dieron cuenta de que tenían unos recursos humanos muy valiosos. Pasaron de hostiar rojos a hostiar delincuentes. Y aquí paz y después gloria.

Unos te presentan como un representante de la novela Quinqui, otros te consideran, precisamente, un autor hardboiled. ¿Con qué te quedas?

Con nada, son solo etiquetas. Solo soy un escritor que es ante todo un lector al que le gustan las novelas negras narradas desde el punto de vista del delincuente. Intento imitar en el tono narrativo a los maestros americanos, así que supongo que mi narrativa es más harboiled que enigma. Al menos por ahora. En un futuro quién sabe.

Muchos dicen que el hardboiled es un fenómeno literario solo inteligible a partir de las coordenadas de una sociedad como la norteamericana, donde la violencia y el crimen organizado están muy arraigados en el tejido social, pero que en cambio tiene difícil extrapolación a España.

Eso son tonterías. Es cierto que el harboiled nace y se perfecciona ante dos hechos históricos: La Ley Seca, que crea los gángsteres, y el crack del 29, que propicia la delincuencia rural de la América profunda. Hay quien sostiene que en Europa no ha ocurrido ningún hecho semejante, pero se equivocan. Te voy a dar dos ejemplos, aunque hay muchos más. Uno sería la irrupción de la heroína y otro la caída del muro de Berlín y la proliferación de las mafias. Estos dos hechos son equiparables a los dos sucesos americanos y se pueden tratar literariamente de la misma forma, incluso de otras. Los americanos tuvieron el mérito de inventarlo. A ello hay que añadir que todo aquel grupo de escritores habían pasado por una u otra guerra, aunque claro ¿qué americano no ha ido a una guerra? Desde mi punto de vista, haber estado en esas guerras les hizo descreídos, cínicos, estaban de vuelta de todo. Esa mirada única les hizo mirar los dos sucesos citados con una perspectiva que desembocó en su forma de hacer literatura. Ellos nos regalaron el harboiled, sí, pero hoy es Patrimonio de la Humanidad.

¿Qué contestas a algunas críticas que consideran que el hardboiled o la propia novela Quinqui, bajo pretexto de dar testimonio del exilio social y la marginación, contribuyen a perpetuar la estigmatización de ciertos barrios, tornando invisibles realidades más diversas y digamos “integracionistas”?

A mí me parece muy bien la gente que opina que la vida es Disneylandia, lo respeto. En el fondo no es más que un escudo, una forma de protegerse de la cruda realidad. Me parece bien que se engañen a sí mismos. Ahora bien, si me intentan engañar a mí, no me dejo. El harboiled es novela social, de compromiso. Yo prefiero estar informado que estar engañado. Mosley y Himes me han ayudado a entender el problema racial en Estados Unidos más que cualquier libro de Historia o Telediario. No he estado en Marsella, pero Izzo me explicó lo que es. Tampoco había estado en el barrio de San Francisco de Bilbao, hasta que Jon Arretxe me introdujo con sus novelas. Hay multitud de ejemplos. Para hablar de lo bonita que es la vida ya hay otros escritores. Pero a mí no me interesan en absoluto.

No eres muy devoto de los debates teóricos en torno al género negro y menos todavía, de implicarte en polémicas. Sin embargo, te has mostrado públicamente muy crítico con algunas propuestas de innovación y que, según tú, desvirtúan el espíritu del Noir. ¿Qué aspectos y reglas narrativas son irrenunciables para ti para que una novela pueda considerarse Noir?

Yo no me muestro públicamente muy crítico con nada, a pesar de que tengo mis ideas, obviamente. Cada cual que escriba lo que quiera, que yo también leeré lo que me dé la gana. Es cierto que a veces tienes que opinar. Bien porque te llevan a una mesa o porque estás en un hilo de Facebook o porque te hacen una entrevista, yo que sé. Pero los debates no me molan mucho, porque al final cada uno entiende lo que quiere. Eso de que hablando se entiende la gente es otra de las grandes mentiras. Mira, el término “negro” viene de Black Mask y de la serie Noire de Gallimard. Y es tan fácil como mirar quiénes publicaron allí. Es tan fácil como leer a todos aquellos autores, aunque en España tengamos la dificultad añadida de que la mayoría de autores no están traducidos y de algunos solo se han traducido unas pocas obras. En España lo de la cultura es de juzgado de guardia.

A veces leo novelas que me parecen de Los Cinco, de grandes editoriales a las que se les llena la boca con las palabras mágicas: Novela Negra. ¡Y un huevo! Ojo, y de autores consagrados y premiados, sobrevalorados. Hay incluso quien dice que ese tipo de novelas son antiguas. O no conocen a Lehane, Mosley, Manzini, Block, Pizzolatto o Block, o es que yo no entiendo nada. Son autores vivos, actuales, que nos cuentan historias desde una perspectiva actual, pero con el mismo estilo de los maestros del Noir. ¿Que cuáles son las reglas irrenunciables? A falta de ensayos de calidad en España, una vez más, quien quiera saberlo tendrá que leer a Izzo o a Burnett, a Westlake o a Higgins. Quien tenga ojos que mire. Quien tenga oídos que escuche.

Y ya para acabar, nos has prometido una nueva novela. ¿Qué nos reservas?

Creo que lo mejor que escrito hasta ahora. Es una novela que transcurre nuevamente en mi barrio. Es actual, pero el desenlace tiene mucho que ver con unos hechos que sucedieron en el pasado. Es un ajuste de cuentas entre los personajes. Es un ajuste de cuentas con los lectores. Es un ajuste de cuentas con el mundo. Y espero que salga para principios de año.

 

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2 comentarios en “Paco Gómez Escribano: “Me da más juego literario hablar de los desheredados y me fascina su desprecio por la vida”

  1. Muy buena entrevista, con preguntas bien dirigidas y respuestas claras y concisas.
    Me quedo con dos cosas que dice el entrevistado: primera es que el mérito de la invención del hardboiled es de los americanos (que buscaron un medio de contar su situación social) como Hammett y Chandler, pero el crecimiento del género dependió de otros, como Andreu Martín, Taibo II, John Connolly… Y segunda, que no se puede narrar una ciudad en la que no se ha estado, un barrio que no se ha pisado, una tribu urbana que no se conoce desde dentro o desde muy cerca.
    Habrá que buscar sus libros acá en México. Saludos.

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