Novela: “The girl next door (La chica de al lado)”, de Ruth Rendell

Noemí Pastor

Aviso y súplica

Cualquiera que me conozca mínimamente, sabe que soy fan, pero que muy fan, de Ruth Rendell, prolifiquísima escritora británica, fallecida hace dos años, que tiene muchas novelas sin traducir al castellano. Soy tan fan, tan fan, que no he podido esperar a que alguna editorial española se anime a traducir y publicar sus obras, así que me he leído esta novela antes de que la traduzcan, pero no la original en inglés, que me daba pereza, sino la traducción al francés de Johan-Frederik Hel Guedi: Celle qui savai tout (Éditions des Deux Terres 2016).

Aclaro, pues, que el título original es The girl next door y que La chica de al lado es una traducción mía; nada brillante ni memorable, por cierto.

Y, tras este aviso, aprovecho para ponerme de rodillas ante el mundo editorial español y suplicar sin dignidad que, por favor, por favor, alguien acometa la tarea de traducir y publicar las últimas obras de Rendell. Gracias.

Viejunez

Lo primero que llama la atención de esta novela es que está protagonizada por ancianas y ancianos en sus setenta o más.Hay, incluso, un muy anciano, a punto de convertirse en centenario. Y son hasta tal punto protagonistas que incluso podría decirse que Rendell descuida a los personajes jóvenes, a las segundas y terceras generaciones, que solo aparecen, desdibujadas, inconsistentes, como meras comparsas o auxiliares necesarias de las verdaderas estrellas del relato.

Cuando estas setentonas y setentones eran criaturas, durante la Segunda Guerra Mundial, vivieron acontecimientos en peculiares escenarios; sesenta años después, ese pasado vuelve trágica, inesperada y criminalmente y tal irrupción cambia de manera abrupta el sentido y el rumbo del último tramo de sus vidas.

Rendell quiso escribir una novela sobre la vejez y la publicó cuando ya tenía 84 años y le quedaba uno de vida. En realidad, ya hacía tiempo que, muy consecuentemente, había adoptado otras perspectivas de personajes de edad y también su creación más conocida, el inspector Wexford, se había retirado del servicio policial activo.

Escribir sobre la vejez es escribir sobre el paso del tiempo, así que Rendell se deleita y nos deleita dándonos cuenta de los cambios sociales (la forma de vestir, los hábitos alimenticios, las actitudes hacia el sexo) y lingüísticos (¡menudo trabajo el del traductor!) que se han producido desde su infancia o juventud. Así consigue transmitirnos el efecto de que envejecer es vivir en un continuo despiste, como en un país extranjero en el que tienes que esforzarte todo el rato por adaptarte y comprender tu entorno.

No tan previsible

Sin embargo, lo que más sorprende de esta cuadrilla anciana es en qué gran medida se parecen a nosotros, al común de los mortales algo más jóvenes. Los descubrimos inesperadamene individualistas, acomodaticios, egoistones, alocados, vengativos o preocupados por sus relaciones de pareja. Exactamente como la gente de treinta o cuarenta años menos.

La edad no los ha hecho más grandes, más sabios ni más interesantes. No. Siguen siendo mezquinos y cortos de miras; y los señores siguen practicando la misoginia disfrazada de galantería, acrecentada, además, al toparse con mujeres en espacios de poder donde nunca habían visto sino hombres.

En este sentido destaca un personaje, el de mayor edad de todos, perteneciente a la generación anterior a la de los septuagenarios (padre de uno de ellos, de hecho), centenario casi, que no es para nada un dulce y venerable ancianito, sino más bien uno de esos abuelos que dan ganas de abandonar en una gasolinera; un maldito monstruo lúgubre, sin conciencia, que en algunas reseñas británicas comparan con el nefasto Jimmy Saville, antiguo presentador estrella de la BBC, fallecido en 2011, tras haber abusado durante décadas de centenares de niños y adultos de ambos sexos.

Este psicópata habría sido el centro de otras novelas de Rendell, pero en esta es marginal, es una tangente en el grupo de ancianas y ancianos que repasan sus vidas, sus remordimientos y su perplejidad y miran hacia la muerte.

¿Es Rendell o no es Rendell?

La pregunta viene a cuento porque puede que en La chica de al lado, al menos en un principio, no se reconozca el sello Rendell, su manera característica, de autora, de crear y gestionar magistralmente la intriga, aunque el crimen en esta trama sea casi una mera anécdota que desencadena otros minihilos, o no tan minis, conectados entre sí, que consiguen enredarte en la lectura, pues el relato comienza con un hecho criminal y luego se aleja sorprendentemente de él para poner el foco en los niños y niñas que pululaban por el escenario del crimen y los reatrapa cuando ya han cumplido los setenta.

Tampoco en el título se reconoce el tipo de historia que vendrá después. En principio, a mí me gustan los títulos que despistan: montones de veces he escrito que uno de mis favoritos es Los mares del sur, de Vázquez Montalbán, pues encabeza un relato que no sale de Barcelona; o Siete casas en Francia, de Bernardo Atxaga, que se desarrolla en África. Este título, La chica de al lado, no es que despiste: es que no expresa nada; se refiere a un hecho residual que apenas incide en la trama y no aporta nada. De hecho, solo se entiende un poquito hacia el final.

Y fíjate que acabo de darme cuenta de que, en general, no me gustan los títulos de Rendell, pues muchos son así, insustanciales, como este, con ninguna gracia. O quizá sí la tengan y yo no la atrapo. En fin, nadie es perfecto.

Lo que sí evoca el título es un escenario urbano en el que se desarrollan muchas de las novelas de Rendell: los suburbios ingleses. Allí construye sus narraciones, en las que reinan los personajes abrumados de normalidad con aterradores destellos de psicopatía, y que a menudo abandonan el tradicional esquema deductivo de la ficción criminal para ofrecer hechos en un principio inconexos que poco a poco nos conducen a un mismo desenlace temible.

 

The girl next door
Ruth Rendell
Hutchinson, Random House (Londres 2014)
 

 

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